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Revista Kinetoscopio: el cinéfilo crítico

Wednesday, June 10, 2015 por Samuel Castro

No me gusta la palabra reseña, por tibia. A diferencia de su equivalente en inglés (review), la reseña no especifica esa acción de volver a mirar, con más cuidado, que distingue al espectador desprevenido del crítico. Reseña suena a comentario casual, a enumeración de atributos. Crítica, en cambio, me parece mucho mejor porque se anda sin tapujos: yo vengo a mirar esto y a decirle por qué creo que lo que veo no funciona, o funciona menos bien de lo que usted cree, señor director. Me gusta entonces, porque de inmediato se piensa mal de la crítica, como si fuera el villano de la historia. Y como sabe cualquiera que haya visto películas de Disney alguna vez, los villanos son los personajes más interesantes del mundo.

Kinetoscopio 1

La revista Kinetoscopio hace crítica de cine desde hace 25 años. Sólo la frase ya asusta. Un cuarto de siglo siendo “los malos” del paseo, llevando la contraria desde una ciudad como Medellín, donde llevar la contraria siempre ha traído problemas. Un cuarto de siglo que les ha permitido a sus lectores entender el valor del disenso, de la argumentación, a través de la conversación sobre cine, que siendo un arte popular genera muchas más pasiones que, por ejemplo, una discusión sobre “los elementos geométricos en la composición de los cuadros de tal artista”. Para cada persona, sin excepción, las películas buenas son las que le gustan a ella, así que hacer crítica de cine es, automáticamente, ponerse frente al blanco para que te lancen cuchillos.

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En el periódico El Colombiano hizo durante muchos años la crítica de cine —que ahora compartimos dos integrantes de Kinetoscopio, Oswaldo Osorio y yo—, el sacerdote Luis Alberto Álvarez, a quien no tuve el gusto de conocer y por quien, sin embargo, siento el afecto de un niño con un abuelo que vive muy lejos y al que quiere parecerse por lo imponente que se ve en los retratos. El padre Luis Alberto, junto con Paul Bardwell, también fallecido, y editores como Pedro Adrián Zuluaga o Juan Carlos González y el apoyo institucional, invaluable e inagotable del Colombo Americano de Medellín, han logrado convertir a Kinetoscopio en una institución, no sólo en Colombia sino, gracias a la constancia y la resistencia, en América Latina, donde tanta falta hace que dejemos de tirarnos cuchillos y donde hay muchas peleas y pocos debates.

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Los que han leído mis críticas sabrán que trato de evadir la primera persona en la escritura. Hoy no lo hago porque debo agradecerle a Kinetoscopio no sólo la oportunidad de publicar textos míos que no tendrían cabida en otros medios sino porque desde cuando era apenas lector, me enseñó que se puede ser crítico sin dejar de amar al cine, que el buen crítico no es el que las sabe todas sino el que todo lo quiere aprender, que uno puede ser el más amigo del que piense lo contrario y quererlo más, incluso, gracias a eso. Que vale la pena escribir sobre cine, porque para el cinéfilo que tiene la misión de argumentar sus opiniones, cada crítica es un poema de amor, a veces incisivo y otras fogoso. Pero jamás tibio.

Being Don Draper

Wednesday, October 1, 2014 por Samuel Castro

Si hay algún mito que hace parte de la estructura profunda del “american way of life” que nos hayan querido vender durante años en el cine, la televisión y, por supuesto, la publicidad, es el del “self made man”, el hombre hecho a sí mismo, a pulso, que comenzando desde lo más bajo de la escala social consigue trepar hasta la cima gracias a una combinación de talento, creatividad y esfuerzo. Sobre ese mito descansa “el sueño americano”: no importa quién sea yo en mi país, si voy a Estados Unidos y lo hago bien, la vida me compensará.

En el año 2000, Matthew Weiner estaba viviendo su propio sueño. Tenía 35 años y trabajaba bajo contrato como escritor de planta de una sitcom más o menos exitosa (Becker), tenía tres hijos, unos ingresos estables y un trabajo por el que 100 personas estarían dispuestas a matar. Y sin embargo, no era feliz. ¿Qué era lo que pasaba? ¿Por qué no se sentía satisfecho con lo que había obtenido? Como dijo en una entrevista para la National Public Radio, “si esto es todo lo que ofrece la vida, podría ser una muy buena excusa para comportarme mal”.

Mad men 1

Mientras intentaba explicarse a sí mismo esa sensación de pesar y desasosiego en el alma, continuó su exitosa carrera de guionista televisivo escribiendo bajo la sombra y el consejo de David Chase, doce capítulos de The Sopranos. Al mismo tiempo volvió a revisar The horseshoe, un guión en el que trabajaba desde que había salido de la escuela de cine, donde intentaba explicar a través de la vida de un sólo hombre, muchos de los acontecimientos vividos por la generación de norteamericanos nacida después de la Gran Depresión. Seis años más tarde, cuando la gente del canal AMC se interesó en su propuesta de una serie sobre una agencia de publicidad y le preguntó por el resto de la historia, sobre quién era ese personaje que la protagonizaba y hacia dónde iba, Weiner volvió a hojear su guión inconcluso hasta llegar a la página en que lo había abandonado. Sólo había cuatro caracteres en ella: 1960.

Un hombre bajo la influencia

Un poco después de la mitad de la primera temporada de Mad Men entendemos por fin que Donald Draper, el seductor, varonil y siempre impecable director creativo de la pequeña agencia de publicidad Sterling-Cooper, ubicada como todas las empresas del negocio en la Avenida Madison de New York (de allí el maravilloso nombre de la serie), no siempre fue así de perfecto ni así de seguro. Es más, descubrimos que tampoco nació siendo Donald Draper. Y de repente aquella historia, su historia, se convierte en LA historia. ¿Cuándo uno se hace a sí mismo, no tiene que mentirse un poco para conseguirlo? Y si es así, ¿qué mejor lugar para que triunfe un buen mentiroso que una agencia de publicidad? ¿Es Estados Unidos, siguiendo ese razonamiento, una sociedad que está construida a partir de las mentiras en las que cree?

Mad men 2

Weiner, que en una entrevista para Rolling Stone afirmó que su libro favorito de todos los tiempos era El amor en los tiempos del cólera (¿no hay algo de Florentino Ariza en esa cualidad que tiene Draper de ser un donjuán que siempre se convierte en lo que su amante necesita y en la necesidad constante de tener nuevas conquistas?) logró con Mad Men justo lo que buscaba en aquel guión inconcluso de su juventud: contar las transformaciones de una sociedad a partir de unas cuantas historias. Ahí están, presentadas con el cuidadoso obsesivo por el vestuario y la ambientación, que le han valido la admiración de los fanáticos de las producciones de época, la melancolía de los cuentos de John Cheever y la soledad de las pinturas de Hopper; el surgimiento del rock, la consolidación del jazz y la importancia del cine (el refugio de Don cuando tiene un problema) y la televisión; las tensiones políticas, los conflictos raciales; la sensación de bienestar general bajo el gobierno de Kennedy y el pesimismo colectivo que supuso su asesinato. Todo afecta a los personajes de la agencia en la medida en que ésta es un reflejo de la cultura occidental: por eso en Sterling Cooper también aguantarán su propia “invasión inglesa”, se hará palpable en la suma de apellidos en la marquesina el ascenso de la clase media y se vivirá, como pasó en todo el continente, el cambio más importante de los últimas décadas: la revolución femenina.

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Mad women

Una de las mayores cualidades de Mad Men es que a pesar de tener un gran personaje central masculino, son las mujeres que rodean a Don los secundarios más atractivos de la historia. Sus vidas reflejan la metamorfosis de las mujeres norteamericanas en la segunda mitad del siglo XX. Peggy comienza como la secretaria de Draper y logra convertirse en una de las primeras escritoras de la industria. La hermosa Joan (con el amplio cuerpo que se consideraba deseable en los cincuentas), cuya sentido común es muy superior al de los muchachitos que trabajan a su lado, será  madre soltera a pesar del qué dirán y, por terribles casualidades de la vida terminará teniendo parte de las acciones de la agencia. Betty se divorciará de Don cuando por fin comprenda que no son la familia perfecta y rearmará su vida, pasando a ser mucho más que el adorno de su nuevo marido. Son ellas, aunque él no lo sepa o no quiera creerlo, las que realmente marcan los cambios en la existencia de Draper. Su perdición y su gloria.

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Porque de eso también nos habla Mad Men: de lo dura que puede ser la caída después de alcanzar la cima. En la última temporada vemos a Don bajo las órdenes de una persona que antes fue su subalterno y junto a él tenemos que preguntarnos en qué momento su vida se puso de cabeza, como en aquel cabezote animado, ya histórico, con el que comienza cada capítulo. ¿Cuándo fue que este mundo en el que teníamos algunas seguridades se convirtió en una interminable sucesión de preguntas? En cada temporada Matthew Weiner ha logrado inocular en sus personajes y en la audiencia, compuesta ya por fanáticos de todo el mundo, la misma inquietud que él tenía a los 35: ¿esto es todo? ¿Después de lo que hemos vivido, de recibir algún premio, de aprender alguna lección, de ser traicionados y traicionar, no hay nada que aplaque esta insatisfacción?

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Si hay alguna actividad dedicada a satisfacer los deseos de las personas y a crear nuevos deseos es la publicidad. Mad men se ha convertido en una de las series más importantes de esta edad dorada de la televisión al retratar ese universo donde la mentira es la norma, mientras narraba, sin prisa pero sin pausa, la metamorfosis de una sociedad que a partir de 1960 es otra. Tal vez no mejor ni peor, pero sí distinta. Y al mismo tiempo ha logrado ser memorable para millones de personas, al recordarnos que todos somos Donald Draper. Que estamos condenados a construir nuestra propia identidad, dejando a un lado lo que menos nos guste de nuestro pasado, para tratar de triunfar en un mundo donde cada vez hay menos certezas. Que esta vida es un constante intento de estar a la altura de nuestro ego. Un intento desesperado por ver el mundo desde la azotea y no lanzarnos.

Adaptaciones. Oh, adaptaciones

Sunday, March 9, 2014 por Paula Andrea Chaparro

Todos conocemos a alguien —si tenemos mala suerte, a más de uno— que juzga sin piedad las adaptaciones fílmicas de libros, novelas gráficas, cintas clásicas e incluso series de culto. Seguramente muchos de ustedes se repiten la misma pregunta: ¿por qué estas criaturas de Lucifer no disfrutan la película como un producto independiente y dejan a los otros espectadores en paz? Porque esta gente no se limita a refunfuñar en casa, no. Lo hace en la sala llena, en ese asiento perfectamente ubicado en la mitad del teatro, para que al elevar su voz de protesta, toda la sala tenga que escucharla. Tal vez estos personajes necesiten llenar sus vacíos emocionales, sintiéndose superiores al resto de los humanos, y por eso se ven obligados a publicar sus vastos conocimientos a viva voz… pero ese no es mi asunto.

Mi idea, algo utópica, es esta: compañero insatisfecho, haga un club de criaturas de su misma especie y desgárrese las vestiduras con ellos; a quienes queremos ver la película en paz, déjenos tranquilos.

Como ex-mamerta cinematográfica, caí en ese cliché comparativo —bueno, algunas veces sufro aún esa especie de embolia digna de Sheldon Cooper—, pero desde que comencé a relajarme y a separar una cosa de la otra, me ahorro discusiones, malos ratos, úlceras gástricas y vergonzosos abucheos en el cine. Para superar los escollos de las adaptaciones debemos entender una única premisa: necesitaríamos películas de mínimo 12 horas de duración, para reproducir con exactitud cada detalle del documento base (en caso de libros o novelas gráficas), e incluso así, el fanático frenético dentro de cada uno de nosotros pediría más.

Admitámoslo, el pasatiempo favorito de la humanidad es joder la vida por estupideces.

Somos tan insolentes, que incluso encontramos imperfecciones en obras como Lord of the rings y The godfather, porque “faltan detalles de los libros”.

¿Y si nos dejamos de pendejadas y nos damos cuenta (¡oh, la epifanía!) de que realizar una película ya es de por sí complicado? Sumemos a eso la presión de hacer un buen remake, o una buena adaptación y a eso las opiniones —jamás pedidas— de los fanáticos, que no ponemos un solo peso de nuestros bolsillos y exigimos excelencia.

Soy admiradora de uno de los autores con mayor cantidad de adaptaciones fílmicas, y tengo opiniones mixtas. Stephen King ha dado origen a casi tantas películas como novelas, y el proceso ha sido agridulce. Sin embargo, ha valido la pena, por la cantidad de películas de culto que han surgido. The shawshank redemption, The shining, The green mile, Misery —para citar solo algunas— hubieran permanecido en las bibliotecas del Círculo de Lectores de nuestros familiares, acumulando polvo, de no haber sido por la incursión del celuloide.

Y esa es la cuestión.

Buenas o malas, las cintas adaptadas le dan cariz masivo a documentos de “élite”, como  libros o comics… o películas independientes, porque, siendo honestos, vivimos en una sociedad de inmediatez, que busca que sus productos artísticos sean de fácil digestión. Una película de máximo tres horas, es más fácil de tragar que un libro de 500 páginas.

De esta manera volvemos al quid del asunto. Como sea que resulte una adaptación, es una entidad autónoma. Disfrutable, o censurable, como elemento único. Debemos aprender a verlas como lo que son; parientes lejanas de sus obras base, que guardan un leve parecido con sus predecesoras, pero terminan siendo lo que pueden, de acuerdo al estrato sociocultural en el que germinan.

Algunas, son esas primas cool que “son rebeldes porque el mundo las ha hecho así”, otras siguen un sendero derechito y correcto, y las demás… Bueno, las demás se convierten en Judge Dredd con Sly Stallone.

Eduardo Sacheri: del Hay Festival al Blogumental

Thursday, January 24, 2013 por Samuel Castro

Gracias a la amable gestión de la Oficina de Prensa del Hay Festival Cartagena y luego de poder asistir a una especie de “inauguración no oficial” del evento en la que se destacó la importancia de la lectura en la educación, Ochoymedio pudo entrevistar a Eduardo Sacheri, el escritor argentino autor de “La pregunta de sus ojos”, la novela en la cual está basada la extraordinaria cinta de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos, de la cual Sacheri es también coautor del guión. Además de hablar sobre algunos detalles de su escritura, de profundizar en ciertas particularidades de la adaptación de su novela al cine, y de sacarle algo de información sobre su próximo proyecto con Campanella, la cinta animada Metegol, Sacheri accedió a responder el ya famoso cuestionario que conocemos en estas páginas como Blogumental.

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Usted fue profesor de historia. ¿Qué tanto y de qué manera se fija usted en “la historia oficial”, sus datos y anécdotas, a la hora de hacer un relato de época, o que ocurre en el pasado?

Me parece importante que la ficción que uno decide narrar encuentre un marco verosímil en el entorno histórico social. Si bien yo no escribo “novelas históricas” me parece útil y necesario que mis personajes y sus vidas tengan, como telón de fondo, los horizontes, expectativas, valores y posibilidades de la época en que están situados.

Uno de los momentos más emocionantes, por lo menos para mí, de El secreto de sus ojos, es cuando Sandoval explica con el fútbol lo que significa la pasión. ¿Por qué cree usted que hay tan pocas películas, tan pocas obras de arte, que logran transmitir lo que significa el fútbol para tantas personas?

Creo que existe una vieja desconfianza del mundo intelectual y artístico hacia el terreno de la cultura popular, sus manifestaciones y sus valores. Creo que el fútbol ha sucumbido a ese prejuicio durante muchos años. Sin embargo, creo también que en los últimos años esa prevención ha retrocedido en la mirada de muchos creadores. Un camino inconcluso, tal vez, pero por el que se comienza a transitar.

¿Por qué escribir el cuento “El hombre”, que contaba la historia de Isidoro y Ricardo Morales, antes de que surgiera “La pregunta de sus ojos”?

Cuando me propuse escribir esta historia (cuyo tema central me rondaba desde hacía muchos años) yo había incursionado en el género del cuento, pero no me había atrevido a encarar el trabajo de largo aliento que significa escribir una novela. Hice varios —numerosos— intentos de que la historia entera cupiese en un cuento. Naturalmente, fracasé. Y cuando me reconcilié con ese fracaso decidí escribir un cuento que narrase un día, un solo día, de esa historia que abarcaba tres décadas. Y publicar ese cuento. Cuando fuese capaz de escribir la novela, le daría la chance a mis lectores más asiduos de establecer el vínculo entre ambos textos. Me encanta —como lector— cuando un escritor me propone ese guiño. Pienso, por ejemplo, en García Márquez y su Coronel (de “El coronel no tiene quien le escriba”), que atraviesa —cargando el tesoro revolucionario— un par de páginas de “Cien años de soledad”. Me encantan esos guiños. Y espero que se me disculpe la osadía de citar un antecedente de esa envergadura, claro.

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¿Qué tan difícil fue para usted cambiar lo que ocurría en el interrogatorio a Isidoro que hacían Sandoval y Benjamín en la novela, por la versión que al final quedó en la película?, ¿cómo lo hizo?

Fue difícil pasar de una provocación eminentemente masculina, entre hombres, a otra en que el elemento femenino era tan importante. Sobre todo, encarnar esa provocación en Irene, que era un personaje tan contenido, tan poco corpóreo, en algún punto. Creo que la solución fue convertir esa escena en un punto de auto revelación para el propio personaje. Una especie de “Descubro en este instante de lo que soy capaz de provocar”. Las conversaciones con Campanella fueron también determinantes, en hallar el tono correcto para eso.

¿Qué diferencias hay en escribir el guión de una película que tendrá actores frente a la cámara y escribir una película animada, como Metegol, donde todo, teóricamente, es posible?

Bueno, la verdad es que desde mi posición de guionista no me representó tantas diferencias. Tal vez, por mi propia inconsciencia, de no tomar demasiado en cuenta los límites concretos en una producción con actores. Pero creo que, sobre todo, se debe a que en ambas películas el acento está puesto en los personajes, en su evolución, en su crecimiento a lo largo del filme. En ese sentido, Metegol es una apuesta muy ambiciosa desde lo visual, pero sobre todo es una historia de personajes, que viven, sienten y cambian. O al menos esa es mi perspectiva.

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Blogumental

¿Recuerda qué sintió al ir al cine por primera vez?

Puedo poner esa respuesta en tiempo presente. Cuando se apagan las luces, y me envuelve el sonido, y esas imágenes enormes se me vienen encima, vuelvo a sentir cada vez la misma maravilla, el mismo asombro y el mismo placer que la primera vez.

¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Si tienen que ver con mi vida, sabrá dispensar el lector que su impacto tenga que ver con la edad en que las vi. Robin Hood (la versión de dibujos animados de Walt Disney). E.T., de Spielberg. Cinema Paradiso, de Tornatore. El Padrino, de Coppola (la descubrí tarde, pero me marcó absolutamente). Nueve reinas de Fabián Bielinsky.

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

La gran seducción, de Jean-François Pouliot. Esa película resume casi todo lo que me importa de la vida.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

Duro de matar. Nunca me voy a cansar de ver las doscientas vidas que puede perder Bruce Willis sin parar de aniquilar villanos.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

En realidad es más larga la pregunta que la respuesta. Es simple: porque el cine es una de las cosas más lindas que conozco en la vida. Leer libros, ver películas y jugar al fútbol. No me pidan que las jerarquice.

Lo mejor del año que se fue

Monday, February 20, 2012 por Samuel Castro

Las tradiciones, cuando tienen lógica, es mejor conservarlas. Y aunque todos ya tenemos en la cabeza que el Oscar es el próximo fin de semana y lo que queremos es hacer nuestras apuestas (que llegarán, se los prometo) para ver qué tanto nos equivocamos, no podía dejar de hacer este listado, siempre marcado por la falta de sincronía colombiana con los estrenos que de verdad importan, para que repasemos juntos las mejores imágenes e historias que vi en 2011. Como siempre aclaro, este post no es un “lo mejor del año” tradicional, hecho sólo de cine o de estrenos. Es también una invitación a que nos movamos a ese reino de la historia en que se ha convertido la televisión norteamericana o a que repasemos algún clásico vuelto a ver en TCM o en el cine club del maestro y amigo Juan Carlos González en la Universidad EAFIT. Incluso hay cierta contención en la lista, pues no puse en ella series de las que ya he hablado en este blog o en este post tradicional, que yo sigo viendo y que siguen haciendo capítulos memorables: House M.D., Dexter, Grey’s Anatomy. A lo mejor se me pasó algo y ustedes me lo recuerdan en los comentarios o a lo mejor descubren alguna cosa que les interesa.

Vientos de agua: La vi a comienzos del año pasado, antes de que a la Cuevana que funcionaba de maravilla le diera por ser una web mediática y ponerse en la mira de los cazadores. Es sobre un español que se vino a América en barco en busca de un futuro mejor y su nieto, argentino, décadas después, que se devuelve a Europa en avión en busca de un presente menos terrible. Todo contado en paralelo, con actores maravillosos y bajo la supervisión de Juan José Campanella. “Fue lo mejor que hice”, alcanzó a decirle al crítico que lo entrevistó en el Festival de Santafé de Antioquia.

Inside job: Parece mentira que haya pasado tanto tiempo, pero este documental que desnuda nuevamente, como en el cuento, al emperador, o al imperio en este caso, lo pudimos ver apenas a comienzos de 2011. Y parecería que han pasado siglos desde aquello, pero no; hoy seguimos condenados, por los hechos que relata esta película de terror en envase equivocado, a repetir la crisis y probablemente a profundizarla. Y Atenas en llamas.

Psycho: Gracias al especial que hizo la Revista Kinetoscopio sobre la obra de Hitchcock, tuve que volver a ver, a una mejor edad para disfrutarla, esta maravilla. Cada plano es perfecto. Cada sombra que resalta con su oscuridad algún aspecto del cuadro, hace que todos, callados, nos veamos en la obligación de cerrar los ojos y admirar con respeto el genio del director inglés. Maestro.

You don’t know Jack: ¿Por qué habrá todavía personas que creen que las “películas para televisión” son la expresión correcta para designar las malas películas. Las películas para televisión, cuando las hace HBO y las actúan personas como Al Pacino, Susan Sarandon y John Goodman, son cosas como ésta: crónicas hermosas sobre un personaje único, que se ganó a pulso aquel sobrenombre de “Doctor Muerte.

Carancho: Que la salud está podrida en Latinoamérica es algo que podemos comprobar todos los días cuando asistimos a un servicio de urgencias. Pero que Pablo Trapero tome el tema y sea capaz, junto con la prodigiosa actuación de Ricardo Darín, de hacer un film noir latino, demuestra que nuestro cine, el que habla español, no debe temerle a ningún género cuando detrás de la cámara hay gente que realmente sabe lo que quiere.

The treasure of Sierra Madre: La mejor película que vi del cine-club de Eafit, lo que no quiere decir que sea la mejor que hayan pasado en él, porque no pude asistir a todas las citas con el buen cine. Una historia escrita con desencanto, donde ese Dobbs que compuso Humphrey Bogart, se parece desde tanto al Gollum de El señor de los anillos de Peter Jackson que da miedo.

Crazy, stupid love: Es una maravilla cuando uno va sin expectativas a ver una película y se encuentra con una pequeña delicia como esta comedia romántica multiusos, la mejor entre las que trajo la propuesta comercial en 2011. Divertida, bien escrita, con situaciones realmente graciosas y con una pareja cómica buenísima conformada por Ryan Gosling y Steve Carrell. Si a eso le añadimos Emma Stone, Julianne Moore y Marisa Tomei, estamos hablando de una de esas cintas que, con los años, crecerá en la memoria. 

Downton Abbey: Después de leer en Arcadia que Carolina Sanín no entiende realmente esta serie aunque ella piense que sí, debería salir a defenderla, contándoles cuál es el encanto de una historia que se desarrolla por los años de la Primera Guerra Mundial y que nos va paseando por las vidas de los aristócratas habitantes de un gran palacio y sus criados, continuando (porque son del mismo guionista) con aquello que no pudo hacer del todo bien Robert Altman en Gosford Park. Debería, pero no. Basta con que la vean un par de episodios para que se enamoren al instante de esta serie de la BBC.

Jane Eyre: Para todos aquellos jóvenes que no han visto las versiones anteriores, ésta, con un trabajo de fotografía admirable, que nos hace creer en la primera mitad que vemos un relato de misterio, para luego atropellarnos con una historia romántica como pocas, esta versión es la posibilidad de acercarse a un clásico, traducido a un lenguaje actual sin perderle el respeto a la fuente. Una gran versión.

Super 8: Vivimos una época nostálgica. Recordamos con afecto aquellas canciones de los ochenta que hasta hace algunos años nos parecían ridículas, tal vez porque nos vamos dando cuenta del encanto de aquella ingenuidad. Con el mismo espíritu de búsqueda del tiempo perdido, esta película inteligente protagonizada por niños brillantes y por la hermosísima Elle Fanning, tan talentosa como su hermana pero más bella, nos acerca a aquellos años en que los efectos especiales todavía eran como actos de magia.

Midnight in Paris: Hacer un gran guion (que seguro ganará el Oscar) basado en una idea simple (nunca estamos contentos con el tiempo que nos tocó vivir) pero no tan explorada como otras, para convertirlo en un cuento de hadas moderno. Ese es el encanto único de esta película que ocurre en una de las ciudades más hermosas del planeta, que Woody Allen, enamorado de ella, muestra mejor que muchos directores franceses.

The help: ¡Tantos críticos amargados, de esos que sólo creen que es buen cine aquello que pueden ver muy poquitos, que atacan esta película porque supuestamente es más de lo mismo! Sí, puede que se le note lo que está hecha para ganar premios, pero no se le puede negar ni la producción perfecta, ni el hecho de jugársela del todo por verdaderas actrices (Emma Stone, Jessica Chastain, Viola Davis, Octavia Spencer) que logran que creamos una fábula de época. ¿Ligera? ¡Qué importa si funciona! Y funciona tan bien que cuando acaba no nos dimos cuenta de su duración. Eso también es virtud del buen cine.

Un pelao de barrio en el Teatro Heredia

Saturday, January 28, 2012 por Samuel Castro

Como siempre pasa en el Hay Festival, la primera charla, la que inaugura el evento, es una de las más concurridas, sobre todas porque hay demasiadas personas de Cartagena que quieren salir en la foto de sociales de los periódicos o en la sección de farándula de RCN. A pesar de eso, el personaje que convocaba, John Leguízamo, tenía el suficiente prestigio como para pensar que asistiríamos a una charla muy interesante.

Hubo más entrevistado que entrevistador. Como si sufriera un terrible jet-lag, o tal vez porque su conocimiento sobre cine es mucho menos que el que tiene sobre música, Roberto Pombo, director de El Tiempo, no pareció nunca estar cómodo y realizó una entrevista que fue amena gracias a las respuestas llenas de alegría de Leguízamo, pero sin el picante que ha sabido imprimirle el mismo Pombo en otros años.

Leguízamo, con su acento indefinible, que pasa del paisa al chicano, del mexicano al costeño y luego al rolo, habló de sus pocos recuerdos de infancia asociados a Colombia, que tenían que ver con la compañía que había aquí, contrastada con la soledad que tuvo que vivir su familia al comienzo en Estados Unidos. Habló de su madre, que se mataba trabajando mientras su papá le dedicaba mucho tiempo a conquistar mujeres, y contó lo que le dijo mientras planchaba: “Chucho, tú tienes el toque de Midas pero al revés; todo lo que tocas lo conviertes en mierda”. Recordó que sus habilidades para la actuación comenzaron a desarrollarse por la necesidad de ser gracioso y lograr que no le pegaran a él mismo, uno de los pocos latinos que había en su barrio en aquel entonces; narró la historia de cuando, alentado por sus amigos, tomó el micrófono de la línea 7 del metro de New York y comenzó a contar sus historias y sus chistes. Como lo arrestaron por eso, su mamá fue a la comisaría diciéndoles a los policías: “Él no es un delincuente. Solamente es hiperactivo”.

También recordó su primer contacto con el teatro, a los 17 años, en el que conoció a Shakespeare y a las grandes autores, lo que hizo que se enamorara de la actuación y de la dramaturgia, empezando a escribir sus obras. Con una de ellas, lograría que al teatro de 70 sillas donde se presentó por primera vez (¡qué tal que viera nuestros teatros de 15 sillas!) fueran a verlo Madonna, Al Pacino, Rubén Blades y algunos de los que hoy siguen siendo sus amigos en el star system de Hollywood. Vendrían entonces sus primeros papeles en el cine, destacándose el de mafioso que hizo en Carlito’s way, en el que le gritaba (y cómo él dijo, le escupía mientras lo hacía), a dos centímetros de su rostro a Pacino. Relató con gracia, su paso por Two wong foo thanks for everything, Julie Newman en el que hacía junto a Patrick Swayze y Wesley Snipes, el papel de tres drag queens atrapadas en un pequeño pueblo. Según Leguízamo, se metieron tanto en sus personajes que a Swayze y a él les dio síndrome premenstrual y se fueron a las manos en algún momento de la filmación.

Hubo comentarios acerca del momento actual de Hollywood: nada que no supiéramos, por supuesto. Ese fue el tipo de temas que Pombo introdujo en la conversación que fueron un desperdicio de minutos, tanto como las supuestas “escenas importantes” de la trayectoria del actor, que eran vistas en una pantalla de video y que en vez de representar una carrera, más bien mostraban haber sido seleccionadas “a la carrera”, pues en casi todas, la aparición de Leguízamo en ese momento justo de la película, era intrascendental. Además, habría que poner en el podio de los errores, las preguntas sobre si Leguízamo pensaba en español o en inglés y la equivocadísima afirmación del entrevistador (que demuestra poco conocimiento del mundo del cine) en la que pensaba que en Hollywood eran más de derecha que de izquierda, a lo que el actor contestó que casi todos eran demócratas, con excepción de algunos tipos raros por ahí, como Arnold Schwarzenegger.

Un descubrimiento para los fans de La era del hielo: la voz de Sid nace del estudio de Leguízamo de los osos perezosos, cuando descubre que estos animales guardan comida en sus bocas, prueba él mismo con un pedazo de sándwich y decide que ese acento y esa forma de pronunciar las palabras es perfecto para su personaje animado. En el tema de los doblajes, anunció que su voz estará presente en la próxima Men in black III dándole vida a una especie de marciano graffiti.

Nos enteramos también de que Leguízamo le rogó a Baz Luhrman, con quien ya había trabajado en Romeo y Julieta, que lo dejara probar en una audición para Moulin Rouge y hacer su versión de Toulouse-Lautrec; con este fin se preparó durante un mes para hablar inglés con acento francés, contratando a un profesor de dicción y cuando llegó a la audición le ganó el papel a Rowan Atkinson, porque fue capaz de correr de rodillas durante varias horas. Aunque de todas las anécdotas, la que más le salió del alma a Leguízamo fue la de su odio por Steven Seagal (tema que aparece también en una de sus obras de teatro, cuyos extractos en video asombraron por la asombrosa capacidad de imitación de Leguízamo), debido a que en alguna filmación de una película de Seagal, éste se dirigió al colombiano, muy serio, diciéndole: “Yo soy la ley. Aquí se hace mi voluntad” y ante la risa de Leguízamo (porque “quién habla así”, pensó) le asestó un codazo que lo lanzó contra una pared dejándolo sin aire. Así que la charla fue una buena oportunidad para vengarse un poco e imitar la forma de correr de Seagal, como una “viejita miedosa”.

Finalmente se habló de sus espectáculos teatrales y de sus recientes amistades con directores jóvenes y entusiastas como Simon Brand, que le han permitido trabajar también en el creativo mundo del cine independiente. No mencionaremos aquí la intervención de Salvo Basile (“dejan entrar a cualquiera”, le explicó Pombo con buen humor a Leguízamo) porque es tan vergonzosa, que lo mejor para ella es el olvido. Como ven, la charla estuvo muy entretenida a pesar de las flaquezas del entrevistador, y funcionó bien como el contacto que cada año el Hay Festival tiene con el cine.

Harry: un amigo que te quiere bien

Saturday, July 30, 2011 por Samuel Castro

Cuando terminó la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte una muchachita (la cédula todavía sin estrenar) que estaba a mi lado, dijo: bueno, ahora sí se acabó la infancia. No era para menos. La comprendo. Desde que es un ser pensante, durante más de una década, ha tenido la presencia de los libros y las películas del joven hechicero en su vida, Harry Potter ha sido uno de sus más cercanos amigos y la partida de un amigo le duele a cualquiera.

 

Hay, sin embargo, un problema en los medios de comunicación más grandes de Colombia (y supongo que en otros territorios) para poder reflejar en sus páginas, en sus espacios radiales o en sus notas televisivas, la verdadera trascendencia del fenómeno de Harry Potter y ofrecer a miles de jóvenes como la del primer párrafo, información y opiniones interesantes para ellos. Muchas de las personas que analizan la saga (periodistas culturales, críticos de cine, analistas políticos inclusive, porque así son los medios acá) nunca han leído los libros, un poco por desprecio, un poco por prejuicio, otro poco por pereza. Y al no hacerlo, así sea por celo profesional, pierden autoridad frente a gran parte del público para el que están trabajando.

 

Yo descubrí los libros de Harry Potter mientras trabajaba en un supermercado hace más de doce años, cuando aún no habían salido las películas y a escondidas de mis supervisores leía en los espacios entre un cliente y otro. Me atrajeron los nombres de los libros y el hecho de que hubiera novelas de extensión considerable vendiéndose junto a las chocolatinas y los chicles. Y me convertí, como sólo me había ocurrido con la música de Fito Páez, en un fan. No perdía oportunidad de recomendarle a quien me quisiera escuchar esos relatos atrapantes y perfectamente construidos por un autor que ni siquiera sabía que era mujer (todavía uno no consultaba en Google). Supongo yo, a pesar de lo que pueda decir Harold Bloom, que la emoción que uno siente leyendo a Harry debe ser comparable con la que sentían los obreros ingleses cuando leían las novelas por entregas de Charles Dickens: un algo que genera identificación (ya sea el sentirse distinto, el no saber qué cualidades heredamos de nuestros papás, el miedo ante lo nuevo, el anhelo por trascender en lo que hacemos) sumado a una historia atrapante y a una narración capaz de crear con detalle un universo.

 

Por eso la mayor parte de lo que leo, oigo o escucho sobre Harry Potter me parece tremendamente fuera de foco, inclusive cuando viene de personas (algunas, amigos) cuyas opiniones normalmente respeto. Si uno de ellos se queja de que la séptima película de la saga es muy lenta para lo que se supone que debe ser un gran blockbuster, refunfuño en silencio porque si quien lo dice hubiera leído el libro entendería que es tal vez la mejor de las adaptaciones a cargo de David Yates; si otro opina que de esta saga no se podía esperar profundidad en los personajes, la rabia es mayor, porque si algo ha hecho bien J.K. Rowling es lograr que Hermione, Harry, Ron, Voldemort o Snape sean mucho más que caricaturas. Que el cine tenga que centrarse más en las acciones que en retratarnos el alma de sus criaturas, por simples cuestiones de formato, no es excusa para que extendamos nuestras opiniones sobre una historia que no conocemos, y de paso ofendamos a los que sí.

 

Advierto entonces que mi balance, no es estrictamente cinematográfico; que hablo teniendo en mente las horas disfrutadas sumergido en la lectura de las novelas y la profunda admiración por todo aquello que tenga que ver con Hogwarts. Y el resultado del balance, por fortuna, tiene muchas más cosas positivas que negativas. Desde el comienzo, el esfuerzo de Warner (supongo que algo obligados por el contrato con la autora) por ser fieles a los detalles, se notó en la producción y en intentar que todos los actores de la película fueran británicos. El casting puede ser uno de los mejores que haya tenido nunca una súper producción: Emma Watson, Daniel Radcliffe y Rupert Grint fueron hasta el final, las encarnaciones perfectas de los personajes principales. Aun cuando hubo un par de desaciertos importantes (que los profesores sean como 10 años mayores de lo que debían ser por la lógica de los libros, que Gary Oldman fuera una pésima decisión para estar en los zapatos de Sirius Black por su presencia física) en general lo que uno veía en la pantalla se correspondía muy bien con lo que había leído.

 

Tal vez hubiera sido mejor si a partir del quinto libro, Warner hubiera tomado la misma decisión que tomó con el séptimo y hubiera partido las películas en dos partes, por la extensión de las novelas y para que David Yates, el peor de los directores de la saga en el balance (la quinta es la película más lamentable) adquiriera “cancha” más rápido. De la misma manera resulta incomprensible que Alfonso Cuarón, el que mejor hizo las cosas (logrando una combinación perfecta entre SU estilo y las exigencias del mundo de Rowling) en El prisionero de Azkabán no volviera a trabajar para la saga. Su ausencia se suma a otras cosas lamentables, como la muerte de Richard Harris, el perfecto Dumbledore, o el recorte de personajes entrañables y escenas memorables, que a los que leímos la novela, nos dolieron como puñaladas.

 

Pero en general lo lograron. Uno salía de cada nueva entrega con la felicidad enorme de ver en imágenes reales algunos de los párrafos que más lo habían conmovido y pensando con anticipación cómo harían tal o cuál capítulo. Algunos hasta se animaron a leer las novelas gracias a lo mucho que les gustó la película. Por eso duele que ya no vaya a existir otra noche de estreno y que por unos años (seguramente en unos cuántos harán miniseries para la BBC) no haya más hechizos en nuestra vida. La magia ha terminado y Harry, el amigo de tantas horas, debe despedirse. Puede que el fenómeno de taquilla no exista más. Pero un nuevo personaje inmortal, ha terminado de instalarse en la memoria de millones de personas en el mundo, que lo identificarán para siempre, con una parte de sus vidas.

Memorias del Hay: el guión de la vida

Thursday, February 17, 2011 por Samuel Castro

No hay que menospreciar tanto la rutina. Si no fuera por ella, de la que tanto nos quejamos, nuestra vida sería prácticamente imposible, pues le dedicaríamos minutos de pensamiento a esas acciones que por fortuna, en cierto momento, hacemos en piloto automático. Prueba de que la rutina es valiosa, es que volver a entrar a ella luego de un par de días en que nos salimos de su monotonía tranquilizadora, es muy difícil.

Este primer párrafo es la explicación de por qué nos hemos demorado tanto en actualizar este blog: ha sido muy complicado que Diana Ospina y yo volvamos a nuestras vidas habituales y tengamos algo de tiempo para organizar nuestras anotaciones acerca de los momentos de cine que vivimos, juntos o separados, en la última edición del Hay Festival. Pero por fin ha ocurrido.

Una de las charlas que hizo parte de estos episodios de cine del Hay en Cartagena, fue la que condujo Manuel Gutiérrez Aragón acerca del oficio del guionista. Sus invitados eran Senel Paz, el guionista de Fresa y chocolate; Fernando Gaitán, creador de Yo soy Betty, la fea y David Trueba, director y guionista de Soldados de Salamina. Aunque no fue, ni mucho menos, una de las charlas más divertidas o más memorables del Festival (la primera media hora parecía que Gaitán estuviera pensando en los problemas logísticos de sus restaurantes bogotanos o que su mente estuviera en algún lugar muy lejos de Cartagena y Senel podrá ser un tipo muy interesante, pero no tiene el don de la empatía con los públicos) gracias a la conducción acertada y sutil de Gutiérrez Aragón y a la triunfante presencia de David Trueba (una de las estrellas del Festival, donde el ingenio y el sentido del humor siempre serán cartas ganadoras) el evento no fue una completa pérdida de tiempo. Ustedes tienen la fortuna de que al escribirlas, uno trata de hacer más interesantes y concisas las respuestas que en la vida real demoraron muchos minutos y varias divagaciones.

Manuel comenzó diciendo que el asunto con los guionistas es que no eran importantes para la industria. Pocos espectadores sabían qué escritor había hecho alguna película y nadie los llevaba a los festivales (era ya famosa la historia nunca comprobada de que González-Iñárritu ordenó que nadie le diera tiquetes a Guillermo Arriaga para que asistiera a Cannes). Sin embargo, dijo que algo estaba cambiando. Dicho esto, le preguntó a los participantes cómo habían comenzado en el oficio. Senel contó que había sido por ayudarle a un amigo que sabía que quería contar algo en una película pero no tenía ni idea de QUÉ quería contar. Fernando relató sus inicios como periodista, donde conoció a una productora que creyó que él podía funcionar en el oficio, así que luego de comprobar que los libros de texto servían muy poco para saber cómo se hacía una historia para televisión, cogió los libretos que los actores dejaban tirados en los sets de grabación y así comenzó. Mencionó que la mayor parte de los veteranos del oficio había empezado haciendo historias de comedia baratas, que era lo que encargaban a comienzos de los ochenta las programadoras, con las instrucciones claras: 6 actores, no más de 2 sets. Que tal vez a eso se deba que la telenovela colombiana se haya destacado siempre por su combinación entre melodrama y comedia. David Trueba rememoró su infancia para que entendiéramos por qué comenzó escribiendo por dinero (lo que ha sido una constante en su vida). Nos dijo que él era el menor de una familia de 8 hermanos (entre ellos, por supuesto, Fernando Trueba, el director de Belle epoque) y que su mamá, para asombro de todos, le hizo caso cuando él dijo el primer día de clases que no quería ir al colegio. A partir de ese momento, se “educó” en su casa. Preocupados sus hermanos porque el muchachito no se volviera un completo inútil, le ofrecieron pagarle una suma de dinero si cada ocho días él había escrito un cuento. Un par de años después, cuando se incorporó al sistema escolar, compensaba sus malas notas en otras materias con la participación en un concurso de relatos que organizaba regularmente un profesor. Con toda esa práctica en contar historias, había sido muy fácil decir que sí cuando un compañero le pidió ayuda para realizar un cortometraje.

A Fernando le gusta más el término de escritor que el de guionista, porque le gusta más pensar en su trabajo como el de un autor. Y reafirmó que en la televisión actual es el escritor el que tiene el real poder, pues al ser la producción televisiva una obra “que se va construyendo” es él el único que sabe “qué es lo que va a pasar más adelante”.

Trueba dijo algo muy bonito: que el ser humano, desde que estaba reunido alrededor del fuego, siempre ha necesitado historias. Porque la vida real tiene todo lo que nos gusta: emoción, aventura, violencia, romance, pero todo ocurre caóticamente. Y nos gusta la idea de que hay un orden. Esa es la función del guionista: hacerle creer a la gente que hay una explicación para lo que ocurre día a día.

Senel dijo que era discutible que un guión fuera literatura, pero que no cabía la menor duda de que un guionista tenía que ser escritor y también un cineasta. Que tal vez una de las cosas más importantes que le pudiera pasar a un guionista es que pudiera escoger a la persona que traducirá su historia a imágenes.

Ante la pregunta de Manuel acerca de cómo controlar las distintas versiones de una historia, es esta época de guiones que se venden a 20 países, Fernando contó varias anécdotas acerca de Betty, tratando de explicar que es muy importante que se mantenga la columna vertebral (una muchacha fea que triunfa en el mundo de la moda) pero que las particularidades locales cambien de acuerdo con el entorno. En Suiza, contó, era imposible que hubiera un marido que no le gira el cheque de manutención a su ex esposa. En Rusia consideraban inhumana la oficina a la que meten a Betty para esconderla y le dieron un espacio mejor. En Estados Unidos la historia se dedicó muchísimo al tema de la inmigración latina.

¿Por qué hoy hablamos de series con la misma pasión con que hace algunas décadas hablábamos de películas? Senel habló de un espectador más entrenado, que ya no traga tan entero, y que las series con sus múltiples tramas y personajes, permiten que el espectador encuentre la profundidad y la densidad que la forma de la película rara vez consigue. Davis Trueba mencionó una espantosa realidad: son los adolescentes los que llenan las salas de cine. Los adultos están muy ocupados viviendo vidas responsables, en las que el ocio no siempre hace parte de sus prioridades. Por eso el cine se ha convertido en fórmulas para atraer incautos. Pero los canales de pago, de todos esos suscriptores que quieren ver algo menos telegrafiado en la comodidad de sus casas, ahora tienen los recursos para ofrecer un entretenimiento verdaderamente adulto, o para gastarse millones de dólares, como HBO, en Boardwalk empire, una serie que obviamente no compensa su inversión, sólo por el buen nombre que un producto de esa calidad da.

Entre otros temas colaterales, se mencionó que a los personajes hay que buscarlos en la calle, caminando para señalarlos y decir: éste es mi portero o así va a ser mi heroína. Y que no debemos temer en pervertir los géneros, porque al final la vida es eso: una perversión, una mezcla entre un thriller y una comedia del absurdo.

Más de cine en el Hay Festival 2010

Monday, February 1, 2010 por Samuel Castro

Mientras la incredulidad se va haciendo cada vez mayor ante las propuestas de Álvaro Uribe (lo de los taxistas es francamente inverosímil, ¿será que no se va a lanzar pero la fórmula que eligió para no decirlo públicamente es que lo creamos loco?) el tiempo se aprovecha mejor hablando de cine. Como lo hicimos, específicamente en algunas charlas, y como de refilón en otras, del quinto Hay Festival de Cartagena. Recordemos la charla con Manuel Gutiérrez Aragón (creo que Sergio Cabrera no estaba como moderador sino como encargado de sostenerle el micrófono, o al menos eso pareció gracias al nivel de sus aportes) y algunos de esos contactos laterales que hubo entre cine y literatura.

El director español estaba en Cartagena para hablar de su primera novela, en esta nueva carrera (que había sido también su primera elección hace años) emprendida que lo llevó a ganar el premio Herralde. De su cine, tal vez lo único que se pueda conseguir legalmente en Colombia es La vida que te espera en Blockbuster, pero oírlo fue una delicia.

Manuel

Dijo que ahora que no dirige, lo que más extraña es la gente, el estar rodeado de personas en los rodajes: el actor que le pregunta, el asistente que le ayuda. Y esos inmensos equipos humanos, obligados a convivir un par de meses, entre quienes se forma una camaradería única, donde se desatan pasiones y se hacen juramentos de amor que se acaban cuando llega el último día de rodaje.

Lo que menos le gustaba de su labor como director era la espera eterna para reunir las condiciones financieras que hicieran posible su siguiente cinta. Y después, el hecho terrible de que el cine sea tan costoso. Porque, como dijo, al escribir una novela uno pone “Ella se pasea junto al mar” y ya está. Ha sucedido. En cine esa frase es terriblemente complicada: conseguir el mar, la actriz. Y al final por los permisos, toca filmar junto a un lago.

Una frase buenísima: “Los premios generan muchas sorpresas y muy pocas certidumbres” refiriéndose a que ahora no es que él pensara que era un magnífico escritor.

Dijo que la experiencia de la escritura de guiones era muy útil porque como novelista era más conciente de que había que mantener el interés del lector, porque no quería que pasara con mucha literatura, que te parece maravillosa las primeras 40 páginas, y luego es una lata.

El cine, según Gutiérrez Aragón, “es un mercado de Ali Babá”, que ha cogido influencias de todas partes. Porque los guionistas legendarios de Hollywood se basaron para construir sus textos cinematográficos en los escritores clásicos del siglo XIX, como Dickens, maestro en meter personajes, desarrollarlos, hacer tramas paralelas y generar interés en cada momento.

Otra frase: “Lo difícil de escribir una adaptación no es saber qué se pone sino qué se quita”

Además contó que pensaba que un guión de cine se escribe porque alguien tiene que leerlo para que la película se haga. Y ese guión no es otra cosa que una colección de apuntes para tener en cuenta en el rodaje. Es decir que es un trabajo incompleto. Pero como desdiciéndose un poco, recordó que ninguna gran película se puede hacer sin un buen guión. Aunque afirmó que lo mejor es “ir al rodaje empelota” para que cuando llegue el momento, todo se transforme de acuerdo con las circunstancias.

Afirmó que las metáforas visuales en el cine eran muy difíciles y ya no se usaban (como en el cine ruso, que se podía poner a un personaje y luego una ola estrellándose contra una roca para mostrar su conmoción interior) pero que lo que tenía el cine era su simbolismo, muy poderoso cuando está usado por buenas manos.

Y la frase campeona para cerrar: “Lo malo del cine es que tienes que escribir para el imbécil de la empresa de televisión que lo va a leer”.

OTRAS DISQUISICIONES

Paolo Giordano anunció en su charla con Héctor Abad Faciolince que ya se había filmado la película sobre su libro La soledad de los números primos y que había sido dirigida por Saverio Constanzo. Me metí a buscar la ficha en IMDb y debo decir que me encantó el cásting, sobre todo ver a Ricardo Scamaccio, el de Romanzo criminale, encarnando a Mattia

Finalmente, Ian McEwan confesó que por lo menos en la adaptación de Enduring love que hizo Roger Michell y en la de Atonement de Joe Wright había tenido la suerte de contar con dos directores comprometidos con hacerle justicia al libro. Y que aunque al comienzo no le gustaba Keira Knightley como elección para protagonizar, después de ver la película, le fascino. Adelantó que se va a hacer una película sobre Chesil beach, su último libro (una novela hermosa que todos deberían leer, y eso lo digo yo, no es cuña propia de McEwan) y que a él le encantaría que la dirigiera Sam Mendes.

Todo por hoy desde Cartagena, (perdonen, no puedo evitarlo) mañana desde cualquier lugar del mundo.