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Archivo para la categoría 'Cine de nuestras vidas'

La mujer de nuestros días. Y nuestras noches

Wednesday, March 13, 2013 por Samuel Castro

Peter Jackson debería pasar a la historia del cine por razones distintas a la de convertir en imágenes la Tierra Media descrita por Tolkien en El señor de los anillos o revivir al simio más famoso de la pantalla grande en su versión de King Kong. Lo más importante que ha hecho el director neozelandés (y quien opine lo contrario tal vez no deba seguir leyendo este artículo) es escoger para uno de los papeles centrales de su película Heavenly creatures (1994) a una actriz de 18 años cuya experiencia en pantallas se limitaba a algunos comerciales televisivos y una sitcom sin éxito. La jovencita era Kate Elizabeth Winslet, hija, nieta y hermana de actores británicos, dueña de un rostro ambiguo, hermoso pero brusco, que le permite encajar en cualquier tipo de personaje sin mucho esfuerzo, desde la noble princesa de A kid in King Arthur’s court (1995) hasta la criada de Quills (2000)

Kate Winslet 7

Cuando le  dieron la noticia de que había sido escogida, Kate estaba armándole un sánduche de pavo a uno de los clientes del delicatesen donde trabajaba para completar sus ingresos. El llanto fue imposible de atajar y el sánduche se quedó a medio hacer mientras ella salía corriendo del local, llena de emoción. Si algo tiene que ver el primer papel de cine de un actor con la suerte de su carrera, la interpretación de Juliet Hulme, la señorita inglesa refinada y cuasi histérica que compuso Winslet en Heavenly creatures, donde debía reír como una poseída, llorar a mares, toser enferma de tuberculosis, correr agitando los brazos en medio de un valle verde y florido, cual Julie Andrews en The sound of music, cantar y mostrar una actitud fría y temible al cometer un asesinato, reflejan la versatilidad de esta estrella inclasificable, capaz de renunciar a proyectos seguros como Shakespeare in love (1998) donde iba a tener el papel que le dio el Oscar a Gwyneth Paltrow, por películas que la reten como actriz; que nunca nos aburre porque siempre nos muestra que es capaz de una nueva transformación, más compleja que la anterior.

Kate Winslet 8

En una escena de la película, Juliet sale corriendo de una sala de cine y luego de besar el cartel de The great Caruso (porque su amor platónico es Mario Lanza) se acerca a un pordiosero y lo abraza, como agradeciéndole algo. Ese pordiosero es Peter Jackson en uno de sus acostumbrados cameos, y el agradecimiento era válido porque con su participación en esta película, Winslet consigue el suficiente reconocimiento para ser llamada por Ang Lee a probar suerte en Sense and sensibility (1995) donde deslumbra a la crítica con una interpretación que le brinda sus primeras candidaturas al Oscar y al Globo y con el que gana el Bafta como actriz de reparto. Una estrella había nacido.

Kate Winslet 2

La mujer que corre Kate Winslet se ve bien corriendo. Corre por un muelle de madera en Heavenly creatures, vistiendo traje de baño enterizo azul, con un estampado de moños rojos que la hace parecer un regalo, un regalo de piel y músculos que se muestran sin pudor. Corre por la borda del Titanic (1997) con el pelo rojo encendido, suelto, junto a su amigo del alma de ahí en adelante, Leonardo DiCaprio, con quien deberá compartir la fortuna y la tragedia de ser las estrellas de la película más taquillera de la historia. Corría medio borracha, interpretando a la actriz irlandesa Iris Murdoch en Iris (2001) papel que le daría su tercera nominación al Oscar. Corre muerta de la risa sobre un lago congelado en Eternal sunshine of the spotless mind (2004), convertida en Clementine, una de las 100 mejores interpretaciones de todos los tiempos según la selección hecha por la revista Premiere en 2006. Y corrió, hace un par de años, para gritar y escapar de la vida rutinaria que le ofrecía su marido, otra vez DiCaprio, en la maravillosa y poco valorada Revolutionary road (2008).

Kate Winslet 4

Verla corriendo es disfrutar la metáfora más adecuada de lo que ha sido su trayectoria, una verdadera competencia de velocidad para llegar más y más lejos. Cada vez que Kate Winslet es nominada a un Oscar vuelve a convertirse en la actriz más joven en recibir esa cantidad de nominaciones. Hoy, con las seis que tiene, es la única intérprete en ejercicio (si Dakota Fanning y Abigail Breslin no hacen algo para volver más serias sus carreras) con posibilidades reales de superar el record de quince nominaciones que ostenta Meryl Streep. Porque sin apartarse del material comercial, Winslet ha hecho de la selección de personajes la clave para convertirse en la mejor actriz de su generación (otra vez, quien no esté de acuerdo, es mejor que se abstenga de seguir leyendo), con interpretaciones fascinantes que salen de su alma y que no la obligan a imitar personajes históricos archiconocidos (cantantes francesas, reinas inglesas) a alterar su cuerpo (llámese narices postizas, crecimiento de músculos, aumento de kilos) o a intentar ser una desquiciada, como la mayoría de ganadoras del Oscar los últimos 10 años.

Kate Winslet 3

Es como si necesitara demostrar a cada instante que es buena. Que su gesto de amargura cuando Helen Hunt le ganó en la competencia del Oscar de 1998 fue sólo un desliz de inmadurez ya superado. Como si nos pidiera perdón por ese alarde de soberbia. Por eso las palabras de Marione Cotillard cuando presentaba su nominación en la ceremonia de 2009, donde por fin la estatuilla dorada terminó en sus manos gracias a su papel de guardiana nazi analfabeta en The reader (2008) son totalmente ciertas: su gran virtud es que el público nunca pierde la conexión con el personaje representado, que nunca estamos viendo a Kate Winslet corriendo, o a Kate Winslet disfrazada (como nos ocurre tantas veces con Angelina Jolie o con Nicole Kidman) sino a Rose, la mujer decidida en el siglo equivocado (y en el barco equivocado) o a Bitsey Bloom, la periodista que quiere impedir una sentencia de muerte en The life of David Gale (2003), o a Sarah Pierce, la madre de familia que no siente el amor que debería por sus hijos en Little children (2006). Vemos a través de su rostro, los espíritus de otras personas, mentiras verdaderas; en últimas, vidas en las que podemos creer, el objetivo que cualquier actuación debería tener.

Kate Winslet 5

Real actresses have curves

Kate Winslet tiene la fabulosa capacidad de ser otra siendo la misma. Salvo la voz, cuyo tono, acento y dicción cambia cada vez que se le antoja de acuerdo con el personaje, siempre vemos a esa mujer de boca generosa, dientes grandes, cejas tupidas y una nariz muy poco respingada que debe hacer babear a los cirujanos plásticos con ganas de uniformar la belleza. Toda ella es redondeada: sus mejillas sobresalientes, sus tetas suntuosas, ese lunar que parte la línea entre su nariz y su boca, las caderas amplias que contagian de amplitud a sus nalgas. Kate es una mujer real, una mujer que no necesita parecer (¿cómo Keira Knightley, como Natalie Portman?) un maniquí famélico para verse hermosa. Y que es más hermosa gracias a su talento.

Kate Winslet 6

Hay una frase que Winslet pronuncia encarnando a la Clementine de gestos bruscos, la del amago de paso adelante que acepta a subir al auto que conduce Jim Carrey, la del pelo multicolor: “Bebe. Hará que la seducción sea menos repugnante”. Tal vez sea la única frase que viniendo de sus labios jamás creeríamos. Porque con ella, la seducción siempre será posible. Todos los días y todas las noches.

Una primera versión de este texto fue publicada en la Revista Kinetoscopio en marzo de 2009

Eduardo Sacheri: del Hay Festival al Blogumental

Thursday, January 24, 2013 por Samuel Castro

Gracias a la amable gestión de la Oficina de Prensa del Hay Festival Cartagena y luego de poder asistir a una especie de “inauguración no oficial” del evento en la que se destacó la importancia de la lectura en la educación, Ochoymedio pudo entrevistar a Eduardo Sacheri, el escritor argentino autor de “La pregunta de sus ojos”, la novela en la cual está basada la extraordinaria cinta de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos, de la cual Sacheri es también coautor del guión. Además de hablar sobre algunos detalles de su escritura, de profundizar en ciertas particularidades de la adaptación de su novela al cine, y de sacarle algo de información sobre su próximo proyecto con Campanella, la cinta animada Metegol, Sacheri accedió a responder el ya famoso cuestionario que conocemos en estas páginas como Blogumental.

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Usted fue profesor de historia. ¿Qué tanto y de qué manera se fija usted en “la historia oficial”, sus datos y anécdotas, a la hora de hacer un relato de época, o que ocurre en el pasado?

Me parece importante que la ficción que uno decide narrar encuentre un marco verosímil en el entorno histórico social. Si bien yo no escribo “novelas históricas” me parece útil y necesario que mis personajes y sus vidas tengan, como telón de fondo, los horizontes, expectativas, valores y posibilidades de la época en que están situados.

Uno de los momentos más emocionantes, por lo menos para mí, de El secreto de sus ojos, es cuando Sandoval explica con el fútbol lo que significa la pasión. ¿Por qué cree usted que hay tan pocas películas, tan pocas obras de arte, que logran transmitir lo que significa el fútbol para tantas personas?

Creo que existe una vieja desconfianza del mundo intelectual y artístico hacia el terreno de la cultura popular, sus manifestaciones y sus valores. Creo que el fútbol ha sucumbido a ese prejuicio durante muchos años. Sin embargo, creo también que en los últimos años esa prevención ha retrocedido en la mirada de muchos creadores. Un camino inconcluso, tal vez, pero por el que se comienza a transitar.

¿Por qué escribir el cuento “El hombre”, que contaba la historia de Isidoro y Ricardo Morales, antes de que surgiera “La pregunta de sus ojos”?

Cuando me propuse escribir esta historia (cuyo tema central me rondaba desde hacía muchos años) yo había incursionado en el género del cuento, pero no me había atrevido a encarar el trabajo de largo aliento que significa escribir una novela. Hice varios —numerosos— intentos de que la historia entera cupiese en un cuento. Naturalmente, fracasé. Y cuando me reconcilié con ese fracaso decidí escribir un cuento que narrase un día, un solo día, de esa historia que abarcaba tres décadas. Y publicar ese cuento. Cuando fuese capaz de escribir la novela, le daría la chance a mis lectores más asiduos de establecer el vínculo entre ambos textos. Me encanta —como lector— cuando un escritor me propone ese guiño. Pienso, por ejemplo, en García Márquez y su Coronel (de “El coronel no tiene quien le escriba”), que atraviesa —cargando el tesoro revolucionario— un par de páginas de “Cien años de soledad”. Me encantan esos guiños. Y espero que se me disculpe la osadía de citar un antecedente de esa envergadura, claro.

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¿Qué tan difícil fue para usted cambiar lo que ocurría en el interrogatorio a Isidoro que hacían Sandoval y Benjamín en la novela, por la versión que al final quedó en la película?, ¿cómo lo hizo?

Fue difícil pasar de una provocación eminentemente masculina, entre hombres, a otra en que el elemento femenino era tan importante. Sobre todo, encarnar esa provocación en Irene, que era un personaje tan contenido, tan poco corpóreo, en algún punto. Creo que la solución fue convertir esa escena en un punto de auto revelación para el propio personaje. Una especie de “Descubro en este instante de lo que soy capaz de provocar”. Las conversaciones con Campanella fueron también determinantes, en hallar el tono correcto para eso.

¿Qué diferencias hay en escribir el guión de una película que tendrá actores frente a la cámara y escribir una película animada, como Metegol, donde todo, teóricamente, es posible?

Bueno, la verdad es que desde mi posición de guionista no me representó tantas diferencias. Tal vez, por mi propia inconsciencia, de no tomar demasiado en cuenta los límites concretos en una producción con actores. Pero creo que, sobre todo, se debe a que en ambas películas el acento está puesto en los personajes, en su evolución, en su crecimiento a lo largo del filme. En ese sentido, Metegol es una apuesta muy ambiciosa desde lo visual, pero sobre todo es una historia de personajes, que viven, sienten y cambian. O al menos esa es mi perspectiva.

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Blogumental

¿Recuerda qué sintió al ir al cine por primera vez?

Puedo poner esa respuesta en tiempo presente. Cuando se apagan las luces, y me envuelve el sonido, y esas imágenes enormes se me vienen encima, vuelvo a sentir cada vez la misma maravilla, el mismo asombro y el mismo placer que la primera vez.

¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Si tienen que ver con mi vida, sabrá dispensar el lector que su impacto tenga que ver con la edad en que las vi. Robin Hood (la versión de dibujos animados de Walt Disney). E.T., de Spielberg. Cinema Paradiso, de Tornatore. El Padrino, de Coppola (la descubrí tarde, pero me marcó absolutamente). Nueve reinas de Fabián Bielinsky.

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

La gran seducción, de Jean-François Pouliot. Esa película resume casi todo lo que me importa de la vida.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

Duro de matar. Nunca me voy a cansar de ver las doscientas vidas que puede perder Bruce Willis sin parar de aniquilar villanos.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

En realidad es más larga la pregunta que la respuesta. Es simple: porque el cine es una de las cosas más lindas que conozco en la vida. Leer libros, ver películas y jugar al fútbol. No me pidan que las jerarquice.

Lo mejor del año que se fue

Monday, January 14, 2013 por Carolina Morales

Una selección muy personal sobre lo mejor que pude ver durante 2012. Películas de todo tipo, una serie de televisión y por supuesto un espacio dedicado al buen año del cine colombiano hacen parte de esta lista. Solo resta esperar que durante este nuevo capítulo de la vida, la magia del cine nos traiga muchos más joyas para no olvidar.

Shame

Shame
Una obra de arte de principio a fin, donde todo está puesto en su sitio en el momento indicado, justo como Steve McQueen sabe hacerlo. Michael Fassbender actúa de manera impecable, ganándose un lugar en la lista de los mejores actores contemporáneos.

The artist

The artist
Esta película es una joya con la que reímos y lloramos. El cuidado de cada detalle, su música y el final, que nos deja sin aliento, son motivos suficientes para sentir que se trata de un regalo para quienes amamos el cine.

Hugo

Hugo
Un homenaje perfecto para George Méliès. Una película hermosa e inolvidable que, como pocas, logra emocionar con igual éxito a grandes y chicos.

Drive

Drive
Acción, pasión, amor, melancolía, tristeza, odio, ira y mucha velocidad. Todo en justas dosis y con la actuación perfecta de Ryan Gosling. Todo lo anterior y su banda sonora, la convierten en uno de los mejores dramas del año.

Ted

Ted
No importa si su humor es muy gringo o si toca aguantarse hora y media a Mark Wahlberg. TED es una comedia delirante, que al final nos deja una que otra enseñanza sobre el valor de la amistad y el respeto. Seth MacFarlane es un genio.

Girls

Girls
Me declaro fan de Sex and the city, sin embargo jamás saldría a la calle vestida como Carrie ni tampoco tendría el dinero para desayunar todos los días en los exclusivos restaurantes de New York. Girls tiene esa dosis de realismo que la hace cercana, íntima y perfecta. Una comedia inteligente, divertida y refrescante.

The dark knight rises

The dark knight rises
Perturbadora, emocionante y con una narrativa perfecta. No hay mucho más que adicionar a todo lo que ya se ha dicho sobre una de las historias mejor contadas en el cine durante 2012.

Moonrise Kingdom

Moonrise Kingdom
Bizarra, colorida y hermosa, una historia donde dos niños se liberan para disfrutar de su primer amor, mientras todos, quizá viéndonos en un espejo, nos burlamos de la tristeza y torpeza que cubre la vida de los adultos.

Argo

Argo
Si una película hace que usted se pare de su silla en la sala de cine sin importarle nada, tiene que estar en la lista de lo mejor del año. Argo es la señal irrefutable de lo que significa el talento de Ben Affleck como director. Sin duda, la mejor película de suspenso del año.

Intouchable

Amigos
Podría repetirla una y otra vez. Reí, lloré y me deleité con la belleza de Omar Sy. Una película para tener en casa y compartir con buenos amigos.

Las acacias

Las acacias
En el cine no se necesitan grandes historias, algunas veces de la sencillez resultan tesoros. Esta película ha recorrido el mundo robando corazones con su sutileza y con su belleza natural y desinteresada.

La sirga

La sirga
Tenía de donde escoger la cuota criolla, pues durante 2012 se vivió un legítimo renacimiento del cine colombiano. Sin embargo me quedo con esta poesía que me robó el corazón y que considero una de las mejores cintas nacionales del año que acaba de terminar. ¡Que se vengan más!

Lo mejor del año que se fue

Wednesday, January 9, 2013 por Samuel Castro

No hay mejor momento para pensar en el cine y la televisión vistos durante el año que pasó, que en medio de la preparación del sancocho del primero de enero, tradición que hace parte de la vida cotidiana de la mitad de los colombianos. Mientras la familia busca con desespero en medio de las profundidades de la olla algún pedazo de carne, yo me sumerjo también en el mar de imágenes vistas para no dejar nada importante por fuera. Como siempre, tengo que hacer una advertencia a los lectores de este post, especialmente a los que viven en Colombia: este conteo es personal e intransferible. No está conformado por películas que pasaron por nuestras carteleras (ni siquiera por películas sólo de este año), sino por lo mejor entre lo que vi, tanto en salas, como en cineclubes y DVD de amplia procedencia. Y aunque eso podría llevar a pensar en un terreno muy grande, hay que aclarar que no tuve acceso a mucho cine de calidad que se estrenó en 2012, especialmente porque no tengo la paciencia para soportar descargas de torrents o subtítulos mal puestos en copias editadas en Vietnam. Aquí no están ni Amour de Haneke, ni Bernie de Linklater, ni algunos de los estrenos más importantes de festivales. Puede que en 2013 ocupen su lugar. Pero es lo que hay, y en vez de quejarnos habrá que seguir reclamándole a los exhibidores, como propósito para el 2013, que se arriesguen un poquito más, a ver si este listado de 12 se hace todavía más diverso en 2014.

 Welcome

Welcome: Al pensar en películas de inmigrantes las primeras tramas que se nos vienen a la mente seguramente tendrán que ver con latinoamericanos que intentan alcanzar Estados Unidos por “el hueco”. Pero en esta cinta francesa nos cuentan una historia, por lo menos para mí, desconocida: la de los inmigrantes de la India, que llegan a Francia e intentan cruzar el Canal de la Mancha, para encontrarse con algún pariente hace tiempo instalado en Londres. Vincent Lindon, su protagonista, es una maravilla como intérprete: su cara, perfecta para encarnar a tipos “duros” y a villanos, logra comunicar la epifanía emocional que siente cuando conoce al joven al que ayudará primero como una forma de reivindicarse frente a su esposa y después, por simple afecto.

We need to talk about Kevin

We need to talk about Kevin: Tilda Swinton brinda un concierto interpretativo en la piel de una madre que se siente extraña desde el momento mismo de la concepción de su hijo. En esta película visualmente impactante, en la cual cada plano parece hecho para una campaña publicitaria, ese mito facilista de que los hijos son siempre una bendición, se resquebraja frente a todos, gota a gota, hasta que la copa que se rebosa se convierte en una tragedia.

The ides of march

The ides of march: Todo el mundo amó a Ryan Gosling en Drive pero yo lo preferí en esta película de George Clooney por un motivo muy simple: él encarna acá toda la inocencia de los jóvenes de hoy, tan seguros de sí mismos y de sus posgrados, ante la política real. Como animales domésticos que sueltan en la selva, a su personaje sólo le queda comer y no ser comido. Y las escenas de los monólogos de Paul Giamatti y Philip Seymour Hoffman, son magia pura.

Homeland

Homeland y otros dramas televisivos: Yo sí me siento privilegiado por poder presenciar la edad de oro de la televisión norteamericana, y le ruego a todos los santos que se mantenga por muchos años más en ese nivel, ahora que ni en Pixar se puede confiar. Y entre todas las maravillas de las que he hablado en otros años (Dexter y su inteligente comienzo del fin, Mad men y su fantástica quinta temporada) hay que mencionar a la serie favorita de Obama: Homeland. Que Claire Danes haya encontrado un lugar donde su mirada de loca quede perfecta ya es una suerte, pero aquí además nos enfrentamos a un gran uso del terrorismo como generador de suspenso, mezclado, como debe ser, con una historia de amor imposible.

The flowers of war

The flowers of war: Ah, las historias  de época grandiosas, contadas con lujo de detalles, con escenografías costosas donde no se ahorra en extras, ni en vestuarios. Pero cuando esas películas están acompañadas además por una historia que lo tiene todo, que es capaz de retratar el momento en el que se desarrolla (la invasión de China por parte de Japón) sin abandonar ni a sus personajes ni el melodrama, el resultado es esta gran cinta de Zhang Yimou sobre un estafador (con el rostro de Christian Bale) que un día se encuentra sin querer al mando de un internado de señoritas, que servirá de refugio para un grupo de prostitutas. Un drama como pocos, con uno de los mejores planos secuencia que he visto en la vida.

The dark knight rises

The dark knight rises: Se ha escrito tanto sobre esta película (se escribe tanto sobre las películas de superhéroes) que sólo diré que todos los pecados del cine de Christopher Nolan (la duración excesiva, los diálogos tan inteligentes que a veces suenan postizos, los guiones con demasiadas trampas) se perdonan cuando el resultado es una película capaz de hacer de la historia de un enmascarado con capa, una reflexión sobre la justicia, sin evadir las grandiosas secuencias de acción que necesita el público masivo. Y como si eso no bastara, está Anne Hathaway vestida de cuero negro. Nada más hace falta.

Moonrise kingdom

Moonrise kingdom: Los que me han oído hablar de lo que pienso sobre el cine de Wes Anderson podrán extrañarse con esta selección en la lista. Pero los que hayan visto esta hermosísima película sabrán que el preciosismo de siempre de Anderson (innegable su maestría en la composición visual y espacial de sus planos) esta vez se usa para contar una historia inocente y mágica, de dos niños que se están convirtiendo en adolescentes y que son el primer amor que cualquiera hubiera querido tener. Dos príncipes de cuento de hadas que iluminan con sus gestos a los adultos que les rodean. Tan hermosa que parece más un sueño que una película.

Monsieur Lazhar

Monsieur Lazhar: Las películas de profesores se han convertido durante los últimos años en melcochas azucaradas con guiones calcados los unos de los otros. Pero Monsieur Lazhar es la muestra de que cualquier género, por maltratado que esté, en las manos adecuadas es capaz de producir historias memorables. La delicadeza con que esta película canadiense afronta temas tan complicado como la muerte o el suicidio, es conmovedora. Y su último plano, ese abrazo que los gringos hubieran editado por políticamente incorrecto, hace llorar al más curtido.

HOW I MET YOUR MOTHER

How I met your mother: Hace mucho rato que tenía pendiente dedicarme a ver esta comedia, que hoy todavía no sé en qué canal del cable nacional dan ni a qué horas. Gracias a Netflix he podido maravillarme con esta comedia inteligente, creativa y arriesgada desde lo narrativo. Muchos la consideran el reemplazo de Friends pero yo creo que por derecho propio, por su reparto, por capítulos perfectos como “El hombre desnudo” (búsquenlo por favor), How I met your mother merece su propia casilla entre las grandes comedias televisivas de los últimos años.

Hugo

Hugo: Es el maestro Martin Scorsese, que hace películas en las que cada plano tiene una explicación, haciendo por primera vez una película familiar, en 3D y rindiéndole homenaje a uno de los primeros magos del cine, George Méliès. ¿Se necesita decir más?

the girl with dragon

Girl with the dragon tattoo: Creo que David Fincher es uno de los cineastas imprescindibles de nuestra época. Por eso cuando me enteré de que iba a asumir la adaptación anglo de las novelas de Stieg Larsson, a sabiendas de que ya existía una versión europea, ni siquiera me inquieté. Sabía que iba a ser buena, porque el regular de Fincher es la cima a la que algunos nunca llegarán en toda su vida. Pero al verla la disfruté todavía más, porque su belleza formal, la actuación de Rooney Mara y la perfección quirúrgica de cada plano sí le hacían justicia a uno de los mejores personajes femeninos de la literatura contemporánea.

Argo

Argo: A ningún crítico le gusta escribir dos veces sobre la misma película. Porque es complicado no repetirse y porque uno teme quedarse estancado en la mitad de uno de los textos. Con Argo me pasó, pero no hubo tal bloqueo. Porque me gustó mucho y siempre me faltaba espacio para elogiar a Ben Affleck, para destacar a un reparto que ofrece un alto nivel en todas sus intervenciones (mis respetos, señor John Goodman) o para hablar de las muchas virtudes de la cinta. Hoy, cuando seguramente estará en varias de las categorías del Oscar, quisiera volverla a ver, sin presiones ni la atención alerta para alimentar la escritura. Sólo para sentir esa maravillosa tensión que sólo los buenos thrillers, los que son inteligentes y bien hechos, pueden producir en el público.

El terror ya no es lo que era

Tuesday, October 2, 2012 por Samuel Castro

El problema comenzó con la salsa de tomate. Fue en alguno de esos programas en que muestran el “detrás de cámaras” de las películas donde nos develaron el secreto: la sangre que salía a borbotones de los cuellos juveniles que Jason Voorhees o Freddy Krueger desgarraban con sus cuchillas era esa mezcla que también se podía echar tranquilamente sobre un perro caliente. Ahí comenzamos a perderle el respeto al cine de terror.

Por obvias razones cronológicas no habíamos gritado viendo a ese vampiro deforme y pálido (pura lógica: si alguien no puede ver la luz del sol es difícil que parezca un salvavidas bronceado, como ciertos vampiros que gustan a las adolescentes de hoy en día) que protagonizó Nosferatu en 1922, pero gracias al Betamax sí tuvimos la posibilidad de revisar las cintas que hicieron gritar a nuestros padres en los sesenta y setenta, como La noche de los muertos vivientes, El bebé de Rosemary, El exorcista o La profecía. El miedo que producían esas películas era algo respetable: las historias que contaban se tomaban en serio a sí mismas y después de verlas en la oscuridad de una alcoba no era fácil animarse a buscar agua en la cocina.

Los ochenta nos permitieron disfrutar sin remordimiento de las “pesadillas sin fin”, los “viernes 13” y los “halloweens” porque las funciones de esos títulos eran lo más parecido a los parques de diversiones que teníamos: se valía gritar, saltar en la silla y abrazar a quien tuviéramos al lado. Hasta que vimos lo del truco de la salsa de tomate. Y los gritos, entonces,  se convirtieron en carcajadas. De repente, el cine de terror se volvió barato: se notaban los micrófonos colgando por todas partes, los brazos arrancados en las torturas eran tan reales como los de un maniquí y cualquiera podía comprar las máscaras de los asesinos en serie.

La decadencia continuó imparable. El matón de Scream era tan torpe como los jovencitos que perseguía: se tropezaba con las mesas, se enredaba con los cables del teléfono y se caía. Sé lo que hicieron el verano pasado lograba que uno se tapara la cara pero por la sensación de pena ajena. A veces daba más miedo Scary movie. Hubo esperanza cuando los japoneses introdujeron su estilo lleno de niñas pálidas a las que el pelo negro les tapaba los ojos o cuando alguien hizo Saw con una buena historia y pocos dólares. Pero se reprodujeron sin control y comenzamos a saber lo que iba a pasar en sus decenas de secuelas desde el minuto 10. Hoy, con tristeza, tenemos que soportar títulos como The final destination, cuya trama es más de cuento infantil que de película para asustar. Y entonces, lo único que podemos hacer es animarnos con directores como Rob Zombie o Eli Roth que quieren revivir la época gloriosa del terror y buscar en las videotiendas más antiguas algún título de los setenta que haya sobrevivido en VHS. Para que otra vez veamos con miedo la salsa de tomate en nuestro perro caliente.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N°26

Un clásico de juguete

Monday, September 24, 2012 por Samuel Castro

Hace unos años, en la Revista Kinetoscopio escogimos las películas esenciales para nosotros como cinéfilos. Este es el texto que escribí, sobre una cinta inolvidable: Toy Story

La anécdota es ya uno de esos mitos del mundo del cine que se enriquecen con detalles cada vez que se cuentan, como la obsesión por las rubias de Hitchcok o los percances en la filmación de Apocalypse now (1979). Varios de los más importantes ejecutivos de Disney acaban de dejar la sala donde les han relatado el argumento, escena por escena recreadas con dibujos en papel, de la próxima película que pretende estrenar el estudio Pixar, utilizando la marca de Walt como sombrilla. Acaban de salir y aún no se reponen de la impresión. La película es un asco. Está llena de bromas crueles, de chistes violentos, de un humor negro que provoca angustia más que risa. Alguien pregunta: “¿Qué pasó?” y la voz de otro más sincero contesta: “Hicieron lo que les dijimos”. Muchas sugerencias. Demasiados consejos acerca de “lo que gustaba al público” por parte del gran estudio que la gente de Pixar, inexperta, había asumido como órdenes. El fracaso estaba a la vuelta de la esquina.

Y aquí viene la parte de la historia que la convierte en leyenda. John Lasseter, enfundado en su eterna camisa de motivos hawaianos, sale a pedirles a esos mismos ejecutivos que le den dos semanas, que en dos semanas van a tener una historia que les guste y que permita que todos esos animadores que ya han contratado, puedan comenzar a trabajar. Probablemente aceptaron por la cara de angustia que vieron en el animador californiano y porque no tenían nada que perder  (¿qué posibilidades había de que arreglaran aquel desastre?), sin saber que ese mismo tipo, en menos de 20 años se convertiría en el jefe creativo de los estudios Disney.

Toy story (1995), que muchos reconocemos como un clásico del cine, se creó en quince días. En esas dos semanas, Joe Ranft, (que después sería co-director de Cars), Andrew Stanton (director de Finding Nemo y de WALL-E) y Pete Docter (director de Monsters Inc. y de Up) junto al mismo Lasseter, dibujaron y escribieron una historia donde desaparecía todo el sarcasmo que habían incluido y los dos protagonistas convertían la trama en una típica buddy movie, ese subgénero cinematográfico en el que dos personajes muy distintos entre sí deben convertirse a la fuerza en compañeros y enfrentar juntos una serie de peripecias. En vez de hacerle caso a los manuales de instrucciones decidieron hacer justo lo que ellos creían que era lo correcto: que no hubiera realmente “villanos”, que las canciones se redujeran al máximo posible, que todos los personajes hablaran, pensaran y se comportaran como adultos (con excepción, por supuesto, de los niños). Y la fórmula funcionó. Toy story consiguió la financiación necesaria y se convirtió en el primer largometraje diseñado enteramente por computador de la historia del cine. Pero más que eso (que podría haber sido una casualidad cronológica) gracias a la calidad de su historia, al manejo del humor y a la frescura de sus personajes, Toy story fue la película que volvió a reconciliar a los adultos con la animación, que mostró que se podían hacer películas “familiares” que no fueran estúpidas y que convirtió a Pixar en una de las marcas más respetadas, admiradas y reconocidas en el mundo del cine.

Una de vaqueros y una del espacio

A veces olvidamos lo deliciosamente anacrónica que es Toy story. ¿Realmente cuántos niños jugaban con vaqueros de juguete en los años noventa? Pero ese era un detalle en el que no reparamos (siempre pasa con las buenas historias) porque estábamos maravillados con ese mundo que se despertaba cuando nadie estaba viendo. Casi todos los adultos que acompañaron a sus hijos a las salas de cine en 1995 se encontraron recordando con nostalgia sus propios juguetes: el hombre forzudo, los soldados de plástico, la alcancía de cochinito, el tablero mágico, el Señor Cara de Papa. Ese fue el astuto anzuelo que Pixar le lanzó al público para que se identificara con la historia del juguete preferido que es desplazado por uno más bonito y más moderno, y que tras muchas peripecias se ve trabajando en equipo con el otro para enfrentar ese peligroso mundo exterior y lograr volver a casa, sanos y salvos. Era una situación que todos podían entender: por un lado casi cualquiera ha sentido alguna vez que alguien nuevo llega a deslumbrar y a quitarlo del centro de atención; por otro, todos sabemos que un amigo te salva de morir en tu primer día de colegio, que un amigo hace que la oficina nueva no sea tan despiadada. Por eso, por lograr contarnos una historia universal vestida con el ropaje asombroso de una clase de animación que nunca habíamos visto y que se parecía tanto a la vida real, Toy story le llegó al alma a millones de personas.

Como ocurre con las grandes películas, ¡hay tanto cine en Toy story! Un amor por la historia del séptimo arte estadounidense que se va haciendo evidente conforme pasan los minutos Todo es más claro cuando sabemos que en principio, Lasseter y compañía quisieron que las voces de sus personajes principales, el vaquero Woody y Buzz Lightyear fueran las de Paul Newman y Jim Carrey. Su idea era mostrar cómo el “viejo” Hollywood iba siendo desplazado por esas “nuevas” estrellas, que estaban transformando el negocio.

Por eso Toy story comienza siendo un western (que narra en sus juegos Andy, mientras usa a sus juguetes para armar la fantasía), se convierte en una película de guerra (con la ya antológica secuencia de los soldados de plástico en su operación para averiguar cuáles eran los regalos de Andy por su fiesta de cumpleaños), pasa por la ciencia-ficción (con los marcianitos mirando asombrados al cielo donde los iba a recoger la nave madre), se transforma en una película de terror (en las escenas donde intervienen los “monstruos” que ha creado Sid, el niño “malo” vecino de Andy, que ha cambiado cabezas de lugar y ha destripado a todos sus muñecos), y termina en una persecución digna de cualquier filme de acción. Todos los géneros en uno, como desafiando a cualquiera que se atreviera a decir que la animación era un juego de niños. Y por si eso fuera poco, los reemplazos en las voces (Tom Hanks y Tim Allen) haciendo un trabajo sobresaliente en su tarea de darle vida a los diálogos de esa comedia de enredos que se producía por la creencia de Buzz Lightyear de ser realmente un integrante de la Patrulla Espacial. ¿Qué niño no sabe hoy a qué personaje nos referimos cuando escucha la frase “Al infinito y más allá”? ¿No forma parte de las sentencias mejor dichas del cine la de Woody desesperado gritándole a Buzz “¡You are a toy!”? Eso es lo que hacen los clásicos: se instalan en nuestra memoria y se convierten en parte de los referentes que tenemos para entender el mundo.

Durante los siguientes años hubo muchas personas que creyeron que el mérito de Toy story estaba en la técnica y por eso nos llenamos de cintas animadas con historias tontas y predecibles que nada nos decían. Por fortuna, haciendo honor a su pieza fundacional, siempre estuvo Pixar para recordarnos que hoy y siempre, en 3D o en dibujos a lápiz, el asombro y la magia provienen de las buenas historias.

Publicado originalmente en la Revista Kinetoscopio N°90

Blogumental de cine: Darío Jaramillo Agudelo

Saturday, September 24, 2011 por Samuel Castro

Esta vez al blogumental se lo toma la poesía, con las respuestas de uno de los poetas que a muchos de nosotros más nos han conmovido en la vida. Y aunque puede que Darío Jaramillo Agudelo no comparta con nosotros la pasión por el cine (tal vez porque su primera vez con el cine un monstruo se atravesó en su camino) es cierto que eso es lo que pasa con los poetas: que ven la belleza del mundo donde otros no.

¿Recuerda qué se siente ir a cine por primera vez?

Era un cine que proyectaban en la plaza de mi pueblo, Santa Rosa de Osos. Todo el pueblo iba verlo. No recuerdo la película. Hacía frío y sólo recuerdo un monstruo.

¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Casablanca, Siete hombres y un destino, Mi tío

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

No tentaría a nadie con un pecado que yo no cometo. No voy a cine desde el siglo pasado. Ocurre que me duermo en cine y los amigos que me llevaban ya no me invitan desde mis ronquidos en Cyrano de Bergerac. Y si pongo una película en el televisor, en realidad estoy poniendo un somnífero infalible.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

No tengo.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

Sí puedo.

Harry: un amigo que te quiere bien

Saturday, July 30, 2011 por Samuel Castro

Cuando terminó la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte una muchachita (la cédula todavía sin estrenar) que estaba a mi lado, dijo: bueno, ahora sí se acabó la infancia. No era para menos. La comprendo. Desde que es un ser pensante, durante más de una década, ha tenido la presencia de los libros y las películas del joven hechicero en su vida, Harry Potter ha sido uno de sus más cercanos amigos y la partida de un amigo le duele a cualquiera.

 

Hay, sin embargo, un problema en los medios de comunicación más grandes de Colombia (y supongo que en otros territorios) para poder reflejar en sus páginas, en sus espacios radiales o en sus notas televisivas, la verdadera trascendencia del fenómeno de Harry Potter y ofrecer a miles de jóvenes como la del primer párrafo, información y opiniones interesantes para ellos. Muchas de las personas que analizan la saga (periodistas culturales, críticos de cine, analistas políticos inclusive, porque así son los medios acá) nunca han leído los libros, un poco por desprecio, un poco por prejuicio, otro poco por pereza. Y al no hacerlo, así sea por celo profesional, pierden autoridad frente a gran parte del público para el que están trabajando.

 

Yo descubrí los libros de Harry Potter mientras trabajaba en un supermercado hace más de doce años, cuando aún no habían salido las películas y a escondidas de mis supervisores leía en los espacios entre un cliente y otro. Me atrajeron los nombres de los libros y el hecho de que hubiera novelas de extensión considerable vendiéndose junto a las chocolatinas y los chicles. Y me convertí, como sólo me había ocurrido con la música de Fito Páez, en un fan. No perdía oportunidad de recomendarle a quien me quisiera escuchar esos relatos atrapantes y perfectamente construidos por un autor que ni siquiera sabía que era mujer (todavía uno no consultaba en Google). Supongo yo, a pesar de lo que pueda decir Harold Bloom, que la emoción que uno siente leyendo a Harry debe ser comparable con la que sentían los obreros ingleses cuando leían las novelas por entregas de Charles Dickens: un algo que genera identificación (ya sea el sentirse distinto, el no saber qué cualidades heredamos de nuestros papás, el miedo ante lo nuevo, el anhelo por trascender en lo que hacemos) sumado a una historia atrapante y a una narración capaz de crear con detalle un universo.

 

Por eso la mayor parte de lo que leo, oigo o escucho sobre Harry Potter me parece tremendamente fuera de foco, inclusive cuando viene de personas (algunas, amigos) cuyas opiniones normalmente respeto. Si uno de ellos se queja de que la séptima película de la saga es muy lenta para lo que se supone que debe ser un gran blockbuster, refunfuño en silencio porque si quien lo dice hubiera leído el libro entendería que es tal vez la mejor de las adaptaciones a cargo de David Yates; si otro opina que de esta saga no se podía esperar profundidad en los personajes, la rabia es mayor, porque si algo ha hecho bien J.K. Rowling es lograr que Hermione, Harry, Ron, Voldemort o Snape sean mucho más que caricaturas. Que el cine tenga que centrarse más en las acciones que en retratarnos el alma de sus criaturas, por simples cuestiones de formato, no es excusa para que extendamos nuestras opiniones sobre una historia que no conocemos, y de paso ofendamos a los que sí.

 

Advierto entonces que mi balance, no es estrictamente cinematográfico; que hablo teniendo en mente las horas disfrutadas sumergido en la lectura de las novelas y la profunda admiración por todo aquello que tenga que ver con Hogwarts. Y el resultado del balance, por fortuna, tiene muchas más cosas positivas que negativas. Desde el comienzo, el esfuerzo de Warner (supongo que algo obligados por el contrato con la autora) por ser fieles a los detalles, se notó en la producción y en intentar que todos los actores de la película fueran británicos. El casting puede ser uno de los mejores que haya tenido nunca una súper producción: Emma Watson, Daniel Radcliffe y Rupert Grint fueron hasta el final, las encarnaciones perfectas de los personajes principales. Aun cuando hubo un par de desaciertos importantes (que los profesores sean como 10 años mayores de lo que debían ser por la lógica de los libros, que Gary Oldman fuera una pésima decisión para estar en los zapatos de Sirius Black por su presencia física) en general lo que uno veía en la pantalla se correspondía muy bien con lo que había leído.

 

Tal vez hubiera sido mejor si a partir del quinto libro, Warner hubiera tomado la misma decisión que tomó con el séptimo y hubiera partido las películas en dos partes, por la extensión de las novelas y para que David Yates, el peor de los directores de la saga en el balance (la quinta es la película más lamentable) adquiriera “cancha” más rápido. De la misma manera resulta incomprensible que Alfonso Cuarón, el que mejor hizo las cosas (logrando una combinación perfecta entre SU estilo y las exigencias del mundo de Rowling) en El prisionero de Azkabán no volviera a trabajar para la saga. Su ausencia se suma a otras cosas lamentables, como la muerte de Richard Harris, el perfecto Dumbledore, o el recorte de personajes entrañables y escenas memorables, que a los que leímos la novela, nos dolieron como puñaladas.

 

Pero en general lo lograron. Uno salía de cada nueva entrega con la felicidad enorme de ver en imágenes reales algunos de los párrafos que más lo habían conmovido y pensando con anticipación cómo harían tal o cuál capítulo. Algunos hasta se animaron a leer las novelas gracias a lo mucho que les gustó la película. Por eso duele que ya no vaya a existir otra noche de estreno y que por unos años (seguramente en unos cuántos harán miniseries para la BBC) no haya más hechizos en nuestra vida. La magia ha terminado y Harry, el amigo de tantas horas, debe despedirse. Puede que el fenómeno de taquilla no exista más. Pero un nuevo personaje inmortal, ha terminado de instalarse en la memoria de millones de personas en el mundo, que lo identificarán para siempre, con una parte de sus vidas.

Blogumental de cine: Andrés Sánchez

Wednesday, June 29, 2011 por Samuel Castro

Seguimos con nuestro blogumental, el lugar donde escuchamos a algunas voces valiosas, hablándonos de nuestro tema favorito, el cine. En este caso, nuestro invitado es Andrés Sánchez, (@tropicalia115 en Twitter). Pero que sea una de los fundadores de Ochoymedio, Ricardo Silva Romero (@RSilvaRomero) el que nos presente a Andrés.

Andrés Sánchez es un escritor que se ha hecho a sí mismo en la era de Internet: entre YouTube, Twitter y los blogs. Tiene una cultura, desde los libros hasta los videos, que resulta abrumadora. Y, como él mismo suele decir, la clave de su vida se encuentra en todas las ficciones que lo mantienen a flote. Hoy en día se lo tropiezan con mayor frecuencia sus alumnos del CESA y sus compañeros de la maestría en literatura de la Universidad Javeriana.

¿Recuerda qué se siente ir a cine por primera vez?

Difícil. Pero creo que fue una de las películas de Disney de principios de los 90, en el Astor Plaza o en los teatros viejos de Granahorrar. Y terminé pasmado viendo las historias (en esa época eran excelentes) para después volverme fiel de la sala de cine.

¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Comienzo con Inocencia interrumpida, que me enseñó el placer de ver cine solo sin nadie (además, daría pena llorar toda la película al lado de alguien). Sigo con las de Pixar, todas. Me permito agregar algunos capítulos de series (no comprendo cómo el “cinéfilo” desprecia la televisión): algunos de Grey’s Anatomy, Los Simpsons y South Park (que son una clase magistral de escribir guiones); a veces un capítulo o dos minutos de una serie tienen mucho más sentido para una vida que una película que, a veces, es aburridora. La última escena de La vida acuática con Steve Zissou (cuando Bill Murray levanta al sobrino de Klaus y suena Queen bitch de David Bowie) me dejó completamente pasmado, y Waking life me dejó con ganas de no tener más sueños lúcidos. Luego, las sagas: La guerra de las galaxias, Indiana Jones, El señor de los anillos: la espera por un capítulo más, el placer agridulce de la última imagen. Después, irían esas que son construidas, tipo Crash, Babel y Magnolia, fragmentadas como la mente a medida que uno crece. Y terminaría con The Big Lebowski, sólo por lo que significó el momento en todo sentido para mi vida de hoy en día.

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

Todas las anteriores.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

Las películas de desastre son mi placer culpable por excelencia. Ponen una por televisión y no puedo dejar de verla, ahí podría incluir Día de la independencia, El día después de mañana, Godzilla (Roland Emmerich es un genio para los desastres, creo que tiene algo con destruir la Estatua de la Libertad), Armageddon, Impacto profundo, e incluso la deprimente Pearl Harbor no me deja cambiar de canal. Juego de gemelas es una que repiten siempre y siempre la veo, y cualquiera de Ben Stiller me parece perfecta para perder el tiempo un domingo por la tarde después del fútbol.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

Es lo más cercano a un arte total como lo soñó Wagner con la ópera. Y el cine es la fuente de la cual están bebiendo muchas, por no decir todas las artes. Desde la literatura hasta la música: quien no ve cine no puede crear arte en este momento. Sería, por lo menos, un arte que olvida su contexto.

Blogumental de cine: Felipe Restrepo

Friday, May 27, 2011 por Samuel Castro

A falta de post y críticas (ya se imaginarán el trabajo en el que andamos, no dejen de disculparnos y de leernos) siempre es bueno continuar con los buenos proyectos, como el de nuestro blogumental. Esta vez, el invitado es Felipe Restrepo, (@felres en Twitter), uno de esos tipos que cualquiera quisiera tener de amigo, que ha tenido la suerte de satisfacer su pasión por el cine, con entrevistas a verdaderas estrellas (Ewan McGregor o Chris O’Donnell han sido algunas de las más recientes) que realiza como editor de la revista Esquire para Latinoamérica. Además el tiempo le alcanza para ser columnista de El Espectador y la Revista Gente edición mexicana. Un verdadero gatopardo de la literatura y de la escritura.

¿Recuerda qué se siente ir a cine por primera vez?

Desde muy chiquito mi papá me llevaba a cine todos los sábados por la tarde. Más que las películas que me llevaba a ver, recuerdo la impresión que me causaba entrar en ese mundo. Por lo general íbamos al Astor Plaza o al Royal Plaza —que ya no sé si siguen siendo salas de cine o las convirtieron en iglesias o en discotecas— que eran teatros enormes y viejos. Me sentía muy bien ahí y descubrí pronto que el cine era una de las mejores cosas que tenía la vida. Creo que cada vez que regreso a ver una película busco volver a sentirme igual. Pero, como decía, no recuerdo exactamente qué películas veíamos. Yo siempre quería que me mi papá me llevara a ver las de James Bond, pero eran para mayores de 12 años —creo que por las escenas, fuertísimas, de sexo— así que no me dejaban entrar. Siempre terminábamos viendo alguna de acción malísima o, peor, una de Disney. Me acuerdo que Volver al futuro fue la primera que me gustó de verdad.
 
¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Estoy de acuerdo con algo que dice por ahí Alejandro Martín: los eventos que menciona no fueron grandes eventos. Más bien trámites aburridos. En cambio, algunas películas sí fueron acontecimientos que marcaron momentos muy precisos de mi vida. La lista es larga, pero más o menos es, en orden cronológico: las de Superman, Batman e Indiana Jones (porque era como ser amigo de tres niños: uno bueno, uno malo y uno inteligente); Adiós a los niños (porque era sentir la misma angustia de ir al colegio); El silencio de los inocentes (porque no podía imaginarme nada más asustador); El club de la pelea (porque ahí estaba todo lo que siempre había querido que me dijeran); Y tu mamá también (porque era muy caliente); Bowling for Columbine (porque el mundo no es un lugar seguro); Belleza americana (porque tiene la secuencia final más bonita que yo haya visto); Secreto en la montaña (porque fue liberadora); y El Padrino (porque mi propia familia no era tan disfucional, después de todo).

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

Pues me imagino que le mostraría mi película favorita: El club de la pelea, de David Fincher. Aunque no sé si eso le explicaría algo sobre mí —es posible que más bien lo asustara un poco—. Creo que mejor haría una selección de la lista que mencioné en la respuesta anterior.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

Tengo una debilidad por los placeres y mucho más si son culposos. Así que mi lista es larga y un poco vergonzosa para confesarla acá. Pero hay dos películas que tendría que mencionar. La primera es Forrest Gump que muchos consideran mala, pero no lo es tanto. Hay algo en esa película —las actuaciones o cómo cuentan la historia, no sé— que siempre me conmueve mucho.
Y luego está —en un merecido primer lugar— La sinfonía del Señor Holland (Mr.Holland Opus). Una película pésima, con Richard Dreyfuss, que no es más que una serie de lugares comunes: la esposa abnegada, el alumno rebelde, la alumna gordita, el hijo sordo, etc. Pero debo confesar que me parece la obra maestra de ese género que nos gusta tanto a todos: el del profesor sabio que le cambia la vida a sus alumnos.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

Por dos razones. Una práctica: me quedaría sin trabajo y sin con qué vivir. Y otra aún más práctica: me quedaría sin ganas de vivir.