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Para mí nada, niño Jesús

Tuesday, December 18, 2012 por Samuel Castro

Adorado Niño Jesús. En vista de que no fui mejor persona este año (prueba de ello es que jamás tuve la paciencia para aguantar más de 20 segundos de Mundos opuestos, y seguí viendo los partidos de eliminatorias con el radio prendido porque no aguanto a ningún narrador de televisión) quiero escribirte, con el mismo fervor que RCN tiene por las ideas de Fernando Gaitán, pidiéndote algunos regalos para esta Navidad, que no serán para mí, divino niño, sino para aquellos que de verdad lo merecen. Mi lista es, como tú, pequeña pero justa:

La red

A Diva Jessurum y a la Negra Candela, niño Jesús, las principales “periodistas” de El lavadero y de La red, dales por favor una suscripción a televisión por cable, para que vean el canal E! y entiendan cómo se hacen programas de farándula y chismes entretenidos, amenos y bien producidos. Ah, y no olvides encimarles un diccionario, para que puedan entender los chistes de Joan Rivers en Fashion pólice.

A los productores de los canales de este país, venerado infante, regálales una pizca de sentido común, del que no tienen nada, a ver si algún día comprenden que el formato de Gran hermano no funciona en Colombia. Que a la gente de este país no le importa la convivencia. Lo que quieren es ver modelos en ropa interior, con cualquier excusa: diciendo que quieren ser actores, o que son cavernícolas, o que viven en el futuro.

NP&

A los reencauchados del Noticiero NP&, dales por favor, como a Pinocho, la oportunidad de convertirse en personas de carne y hueso, para que dejen de confundirlos con un programa infantil y pueda tener el éxito que se merece el único programa de humor político al aire.

A Luis Carlos Vélez, Dios en pañales (te hablo a ti, no a él, niño Jesús, su ego hace necesaria la aclaración) regálale una fábrica de gel para el pelo, porque usando un frasco cada vez que va a salir al aire, no hay sueldo por grande que sea, que aguante.

How I met your mother

Alarga, niño Jesús, la existencia por varias temporadas más de programas como The big bang theory, How I met your mother o Modern family, pues nuestros canales privados parecen incapaces de crear comedias que no sean telenovelas donde se burlen de los pobres o de las idiosincrasias regionales.

Permítele a Colombia, niño Jesús, la llegada a sus pantallas de más programas que se parezcan a La voz Colombia, donde felizmente se fijan más en el talento que en las medidas de sus participantes.

Como dice la novena, Divino Niño, espero que acojáis y despachéis estas súplicas, pues con esos regalos ajenos, también me harías muy feliz.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N°64

Un clásico de juguete

Monday, September 24, 2012 por Samuel Castro

Hace unos años, en la Revista Kinetoscopio escogimos las películas esenciales para nosotros como cinéfilos. Este es el texto que escribí, sobre una cinta inolvidable: Toy Story

La anécdota es ya uno de esos mitos del mundo del cine que se enriquecen con detalles cada vez que se cuentan, como la obsesión por las rubias de Hitchcok o los percances en la filmación de Apocalypse now (1979). Varios de los más importantes ejecutivos de Disney acaban de dejar la sala donde les han relatado el argumento, escena por escena recreadas con dibujos en papel, de la próxima película que pretende estrenar el estudio Pixar, utilizando la marca de Walt como sombrilla. Acaban de salir y aún no se reponen de la impresión. La película es un asco. Está llena de bromas crueles, de chistes violentos, de un humor negro que provoca angustia más que risa. Alguien pregunta: “¿Qué pasó?” y la voz de otro más sincero contesta: “Hicieron lo que les dijimos”. Muchas sugerencias. Demasiados consejos acerca de “lo que gustaba al público” por parte del gran estudio que la gente de Pixar, inexperta, había asumido como órdenes. El fracaso estaba a la vuelta de la esquina.

Y aquí viene la parte de la historia que la convierte en leyenda. John Lasseter, enfundado en su eterna camisa de motivos hawaianos, sale a pedirles a esos mismos ejecutivos que le den dos semanas, que en dos semanas van a tener una historia que les guste y que permita que todos esos animadores que ya han contratado, puedan comenzar a trabajar. Probablemente aceptaron por la cara de angustia que vieron en el animador californiano y porque no tenían nada que perder  (¿qué posibilidades había de que arreglaran aquel desastre?), sin saber que ese mismo tipo, en menos de 20 años se convertiría en el jefe creativo de los estudios Disney.

Toy story (1995), que muchos reconocemos como un clásico del cine, se creó en quince días. En esas dos semanas, Joe Ranft, (que después sería co-director de Cars), Andrew Stanton (director de Finding Nemo y de WALL-E) y Pete Docter (director de Monsters Inc. y de Up) junto al mismo Lasseter, dibujaron y escribieron una historia donde desaparecía todo el sarcasmo que habían incluido y los dos protagonistas convertían la trama en una típica buddy movie, ese subgénero cinematográfico en el que dos personajes muy distintos entre sí deben convertirse a la fuerza en compañeros y enfrentar juntos una serie de peripecias. En vez de hacerle caso a los manuales de instrucciones decidieron hacer justo lo que ellos creían que era lo correcto: que no hubiera realmente “villanos”, que las canciones se redujeran al máximo posible, que todos los personajes hablaran, pensaran y se comportaran como adultos (con excepción, por supuesto, de los niños). Y la fórmula funcionó. Toy story consiguió la financiación necesaria y se convirtió en el primer largometraje diseñado enteramente por computador de la historia del cine. Pero más que eso (que podría haber sido una casualidad cronológica) gracias a la calidad de su historia, al manejo del humor y a la frescura de sus personajes, Toy story fue la película que volvió a reconciliar a los adultos con la animación, que mostró que se podían hacer películas “familiares” que no fueran estúpidas y que convirtió a Pixar en una de las marcas más respetadas, admiradas y reconocidas en el mundo del cine.

Una de vaqueros y una del espacio

A veces olvidamos lo deliciosamente anacrónica que es Toy story. ¿Realmente cuántos niños jugaban con vaqueros de juguete en los años noventa? Pero ese era un detalle en el que no reparamos (siempre pasa con las buenas historias) porque estábamos maravillados con ese mundo que se despertaba cuando nadie estaba viendo. Casi todos los adultos que acompañaron a sus hijos a las salas de cine en 1995 se encontraron recordando con nostalgia sus propios juguetes: el hombre forzudo, los soldados de plástico, la alcancía de cochinito, el tablero mágico, el Señor Cara de Papa. Ese fue el astuto anzuelo que Pixar le lanzó al público para que se identificara con la historia del juguete preferido que es desplazado por uno más bonito y más moderno, y que tras muchas peripecias se ve trabajando en equipo con el otro para enfrentar ese peligroso mundo exterior y lograr volver a casa, sanos y salvos. Era una situación que todos podían entender: por un lado casi cualquiera ha sentido alguna vez que alguien nuevo llega a deslumbrar y a quitarlo del centro de atención; por otro, todos sabemos que un amigo te salva de morir en tu primer día de colegio, que un amigo hace que la oficina nueva no sea tan despiadada. Por eso, por lograr contarnos una historia universal vestida con el ropaje asombroso de una clase de animación que nunca habíamos visto y que se parecía tanto a la vida real, Toy story le llegó al alma a millones de personas.

Como ocurre con las grandes películas, ¡hay tanto cine en Toy story! Un amor por la historia del séptimo arte estadounidense que se va haciendo evidente conforme pasan los minutos Todo es más claro cuando sabemos que en principio, Lasseter y compañía quisieron que las voces de sus personajes principales, el vaquero Woody y Buzz Lightyear fueran las de Paul Newman y Jim Carrey. Su idea era mostrar cómo el “viejo” Hollywood iba siendo desplazado por esas “nuevas” estrellas, que estaban transformando el negocio.

Por eso Toy story comienza siendo un western (que narra en sus juegos Andy, mientras usa a sus juguetes para armar la fantasía), se convierte en una película de guerra (con la ya antológica secuencia de los soldados de plástico en su operación para averiguar cuáles eran los regalos de Andy por su fiesta de cumpleaños), pasa por la ciencia-ficción (con los marcianitos mirando asombrados al cielo donde los iba a recoger la nave madre), se transforma en una película de terror (en las escenas donde intervienen los “monstruos” que ha creado Sid, el niño “malo” vecino de Andy, que ha cambiado cabezas de lugar y ha destripado a todos sus muñecos), y termina en una persecución digna de cualquier filme de acción. Todos los géneros en uno, como desafiando a cualquiera que se atreviera a decir que la animación era un juego de niños. Y por si eso fuera poco, los reemplazos en las voces (Tom Hanks y Tim Allen) haciendo un trabajo sobresaliente en su tarea de darle vida a los diálogos de esa comedia de enredos que se producía por la creencia de Buzz Lightyear de ser realmente un integrante de la Patrulla Espacial. ¿Qué niño no sabe hoy a qué personaje nos referimos cuando escucha la frase “Al infinito y más allá”? ¿No forma parte de las sentencias mejor dichas del cine la de Woody desesperado gritándole a Buzz “¡You are a toy!”? Eso es lo que hacen los clásicos: se instalan en nuestra memoria y se convierten en parte de los referentes que tenemos para entender el mundo.

Durante los siguientes años hubo muchas personas que creyeron que el mérito de Toy story estaba en la técnica y por eso nos llenamos de cintas animadas con historias tontas y predecibles que nada nos decían. Por fortuna, haciendo honor a su pieza fundacional, siempre estuvo Pixar para recordarnos que hoy y siempre, en 3D o en dibujos a lápiz, el asombro y la magia provienen de las buenas historias.

Publicado originalmente en la Revista Kinetoscopio N°90

Un pelao de barrio en el Teatro Heredia

Saturday, January 28, 2012 por Samuel Castro

Como siempre pasa en el Hay Festival, la primera charla, la que inaugura el evento, es una de las más concurridas, sobre todas porque hay demasiadas personas de Cartagena que quieren salir en la foto de sociales de los periódicos o en la sección de farándula de RCN. A pesar de eso, el personaje que convocaba, John Leguízamo, tenía el suficiente prestigio como para pensar que asistiríamos a una charla muy interesante.

Hubo más entrevistado que entrevistador. Como si sufriera un terrible jet-lag, o tal vez porque su conocimiento sobre cine es mucho menos que el que tiene sobre música, Roberto Pombo, director de El Tiempo, no pareció nunca estar cómodo y realizó una entrevista que fue amena gracias a las respuestas llenas de alegría de Leguízamo, pero sin el picante que ha sabido imprimirle el mismo Pombo en otros años.

Leguízamo, con su acento indefinible, que pasa del paisa al chicano, del mexicano al costeño y luego al rolo, habló de sus pocos recuerdos de infancia asociados a Colombia, que tenían que ver con la compañía que había aquí, contrastada con la soledad que tuvo que vivir su familia al comienzo en Estados Unidos. Habló de su madre, que se mataba trabajando mientras su papá le dedicaba mucho tiempo a conquistar mujeres, y contó lo que le dijo mientras planchaba: “Chucho, tú tienes el toque de Midas pero al revés; todo lo que tocas lo conviertes en mierda”. Recordó que sus habilidades para la actuación comenzaron a desarrollarse por la necesidad de ser gracioso y lograr que no le pegaran a él mismo, uno de los pocos latinos que había en su barrio en aquel entonces; narró la historia de cuando, alentado por sus amigos, tomó el micrófono de la línea 7 del metro de New York y comenzó a contar sus historias y sus chistes. Como lo arrestaron por eso, su mamá fue a la comisaría diciéndoles a los policías: “Él no es un delincuente. Solamente es hiperactivo”.

También recordó su primer contacto con el teatro, a los 17 años, en el que conoció a Shakespeare y a las grandes autores, lo que hizo que se enamorara de la actuación y de la dramaturgia, empezando a escribir sus obras. Con una de ellas, lograría que al teatro de 70 sillas donde se presentó por primera vez (¡qué tal que viera nuestros teatros de 15 sillas!) fueran a verlo Madonna, Al Pacino, Rubén Blades y algunos de los que hoy siguen siendo sus amigos en el star system de Hollywood. Vendrían entonces sus primeros papeles en el cine, destacándose el de mafioso que hizo en Carlito’s way, en el que le gritaba (y cómo él dijo, le escupía mientras lo hacía), a dos centímetros de su rostro a Pacino. Relató con gracia, su paso por Two wong foo thanks for everything, Julie Newman en el que hacía junto a Patrick Swayze y Wesley Snipes, el papel de tres drag queens atrapadas en un pequeño pueblo. Según Leguízamo, se metieron tanto en sus personajes que a Swayze y a él les dio síndrome premenstrual y se fueron a las manos en algún momento de la filmación.

Hubo comentarios acerca del momento actual de Hollywood: nada que no supiéramos, por supuesto. Ese fue el tipo de temas que Pombo introdujo en la conversación que fueron un desperdicio de minutos, tanto como las supuestas “escenas importantes” de la trayectoria del actor, que eran vistas en una pantalla de video y que en vez de representar una carrera, más bien mostraban haber sido seleccionadas “a la carrera”, pues en casi todas, la aparición de Leguízamo en ese momento justo de la película, era intrascendental. Además, habría que poner en el podio de los errores, las preguntas sobre si Leguízamo pensaba en español o en inglés y la equivocadísima afirmación del entrevistador (que demuestra poco conocimiento del mundo del cine) en la que pensaba que en Hollywood eran más de derecha que de izquierda, a lo que el actor contestó que casi todos eran demócratas, con excepción de algunos tipos raros por ahí, como Arnold Schwarzenegger.

Un descubrimiento para los fans de La era del hielo: la voz de Sid nace del estudio de Leguízamo de los osos perezosos, cuando descubre que estos animales guardan comida en sus bocas, prueba él mismo con un pedazo de sándwich y decide que ese acento y esa forma de pronunciar las palabras es perfecto para su personaje animado. En el tema de los doblajes, anunció que su voz estará presente en la próxima Men in black III dándole vida a una especie de marciano graffiti.

Nos enteramos también de que Leguízamo le rogó a Baz Luhrman, con quien ya había trabajado en Romeo y Julieta, que lo dejara probar en una audición para Moulin Rouge y hacer su versión de Toulouse-Lautrec; con este fin se preparó durante un mes para hablar inglés con acento francés, contratando a un profesor de dicción y cuando llegó a la audición le ganó el papel a Rowan Atkinson, porque fue capaz de correr de rodillas durante varias horas. Aunque de todas las anécdotas, la que más le salió del alma a Leguízamo fue la de su odio por Steven Seagal (tema que aparece también en una de sus obras de teatro, cuyos extractos en video asombraron por la asombrosa capacidad de imitación de Leguízamo), debido a que en alguna filmación de una película de Seagal, éste se dirigió al colombiano, muy serio, diciéndole: “Yo soy la ley. Aquí se hace mi voluntad” y ante la risa de Leguízamo (porque “quién habla así”, pensó) le asestó un codazo que lo lanzó contra una pared dejándolo sin aire. Así que la charla fue una buena oportunidad para vengarse un poco e imitar la forma de correr de Seagal, como una “viejita miedosa”.

Finalmente se habló de sus espectáculos teatrales y de sus recientes amistades con directores jóvenes y entusiastas como Simon Brand, que le han permitido trabajar también en el creativo mundo del cine independiente. No mencionaremos aquí la intervención de Salvo Basile (“dejan entrar a cualquiera”, le explicó Pombo con buen humor a Leguízamo) porque es tan vergonzosa, que lo mejor para ella es el olvido. Como ven, la charla estuvo muy entretenida a pesar de las flaquezas del entrevistador, y funcionó bien como el contacto que cada año el Hay Festival tiene con el cine.

La gracia de Grey’s Anatomy

Saturday, June 18, 2011 por Samuel Castro

Me he pasado de las peleas entre hinchas de fútbol a las discusiones entre aficionados a las series. Y así como a algunos no les cabe en la cabeza que uno pueda ser hincha de Nacional y alegrarse por las victorias del DIM, parece que no se pudieran adorar al mismo tiempo las ironías y los sarcasmos de House M.D. y disfrutar de las tramas pasionales y desgarradas de Grey’s anatomy. Sus fans parecen Montescos y Capuletos. Y me perdonan los fanáticos de ambas familias, pero las dos están muy bien. Lo que pasa es que se ha escrito tanto acerca del doctor cojo (análisis de cada capítulo, compilaciones de las frases, filosofías) y tan poco de la serie que revivió la carrera de Patrick Dempsey, que mi costumbre de ponerme del lado del débil me obliga a dedicar un rato a elogiar todas sus cualidades, y burlarme con cariño de sus defectos. Eso sí, maldiciendo la hora en que a alguien se le ocurrió hacer una adaptación “a la colombiana” que lleva el creativísimo nombre (copiado de la película de Susanne Bier) de “A corazón abierto”. Podrá ser hasta decente la versión, pero el sólo hecho de que todas las protagonistas femeninas parezcan escogidas por Diego Cadavid para la portada de Soho, me hace preferir el original.

Para empezar el rasgo distintivo de Grey’s anatomy: el personaje más carismático de la serie no es su protagonista, cosa que según los cánones gringos es un sacrilegio (aunque después vino Big love con el petardo de Bill Paxton y comprobó que cualquier cosa puede pasar) Cuando la serie comenzó, esa fue una de las características que hacían a los críticos augurarle poca permanencia al aire (es maravilloso cuando nos equivocamos tan estrepitosamente). Ellen Pompeo, la novia de Jim Carrey en las escenas eliminadas de Eternal sunshine of the spotless mind, se ha visto siempre cinco años mayor de la edad que supuestamente debería tener Meredith y un día está hermosa y al otro parece que hubiera amanecido en un parque antes de la grabación de sus escenas, habla como si le diera pereza abrir la boca y no siempre le creemos sus depresiones y sus tristezas. Pero este “defecto” hizo también que desde el comienzo las tramas de los secundarios, sus vidas y sus amores, fueran alternándose el protagonismo. El resultado es que hoy todos los personajes nos importan (cuando se fue de la serie George, el “buenazo”, debo confesarlo, lloré durante diez minutos seguidos), todas las historias han cobrado vida propia y la serie tiene decenas de caminos posibles. Queremos que Karev consiga a una mujer que no esté loca, que Cristina Yang haga la mejor operación de cardio que exista, que a Torres y a Arizona les vaya bien en su matrimonio, que a Mark le siente bien la paternidad. Y sobre todas las cosas, adoramos a Miranda, el verdadero corazón del Seattle Grace Hospital.

Los seguidores de House desprecian el dramatismo de Grey’s anatomy. Pero si uno ve de corrido las siete temporadas que lleva hasta ahora, descubrirá que una de sus muchas virtudes es dosificar la tragedia para que haya capítulos donde incluso las emergencias son graciosas y otros donde pasan pequeñas cosas, que tres episodios más adelante serán vitales para la historia. Pura inteligencia de su creadora, Shonda Rhimes, que además no ha dejado de atreverse a correr riesgos: un capítulo grabado como si fuera un documental televisivo, otro donde a lo Rashomon, veíamos la versión de los hechos según cada persona que los contaba, uno más donde la protagonista hablaba con los muertos en un cielo que era un quirófano vacío. Nada mal para una serie supuestamente rosa.

¿Qué es lo que tanto nos gusta de Grey’s anatomy? Que a diferencia de House, un genio solitario que sólo podemos imitar, los personajes de Grey’s se parecen mucho a nosotros. Supuestamente ya son “grandes” pero todavía tienen que descubrir cuál es su talento, para qué sirven en la vida; todos cargan sobre sus hombros los pecados y las miserias de sus padres; están aprendiendo a ser papás, esposos, buenas personas; se han ido transformando a lo largo de la serie y ya no son los mismos muchachitos (sobre todo Meredith) que peleaban por una operación de vesícula hace unos años. Pero todavía en cada capítulo pueden tomar una decisión que les cambie la vida (al menos durante media temporada) Es una gran serie, distinta a House pero maravillosa a su manera.

Puede que uno quiera conocer a House más que a Meredith o a McDreamy.  Pero nadie puede negar, que entre los dos hospitales, el más divertido, el más parecido a cualquiera de nuestras casas, es el de Seattle. Y esa es su gracia.

Memorias del Hay: el guión de la vida

Thursday, February 17, 2011 por Samuel Castro

No hay que menospreciar tanto la rutina. Si no fuera por ella, de la que tanto nos quejamos, nuestra vida sería prácticamente imposible, pues le dedicaríamos minutos de pensamiento a esas acciones que por fortuna, en cierto momento, hacemos en piloto automático. Prueba de que la rutina es valiosa, es que volver a entrar a ella luego de un par de días en que nos salimos de su monotonía tranquilizadora, es muy difícil.

Este primer párrafo es la explicación de por qué nos hemos demorado tanto en actualizar este blog: ha sido muy complicado que Diana Ospina y yo volvamos a nuestras vidas habituales y tengamos algo de tiempo para organizar nuestras anotaciones acerca de los momentos de cine que vivimos, juntos o separados, en la última edición del Hay Festival. Pero por fin ha ocurrido.

Una de las charlas que hizo parte de estos episodios de cine del Hay en Cartagena, fue la que condujo Manuel Gutiérrez Aragón acerca del oficio del guionista. Sus invitados eran Senel Paz, el guionista de Fresa y chocolate; Fernando Gaitán, creador de Yo soy Betty, la fea y David Trueba, director y guionista de Soldados de Salamina. Aunque no fue, ni mucho menos, una de las charlas más divertidas o más memorables del Festival (la primera media hora parecía que Gaitán estuviera pensando en los problemas logísticos de sus restaurantes bogotanos o que su mente estuviera en algún lugar muy lejos de Cartagena y Senel podrá ser un tipo muy interesante, pero no tiene el don de la empatía con los públicos) gracias a la conducción acertada y sutil de Gutiérrez Aragón y a la triunfante presencia de David Trueba (una de las estrellas del Festival, donde el ingenio y el sentido del humor siempre serán cartas ganadoras) el evento no fue una completa pérdida de tiempo. Ustedes tienen la fortuna de que al escribirlas, uno trata de hacer más interesantes y concisas las respuestas que en la vida real demoraron muchos minutos y varias divagaciones.

Manuel comenzó diciendo que el asunto con los guionistas es que no eran importantes para la industria. Pocos espectadores sabían qué escritor había hecho alguna película y nadie los llevaba a los festivales (era ya famosa la historia nunca comprobada de que González-Iñárritu ordenó que nadie le diera tiquetes a Guillermo Arriaga para que asistiera a Cannes). Sin embargo, dijo que algo estaba cambiando. Dicho esto, le preguntó a los participantes cómo habían comenzado en el oficio. Senel contó que había sido por ayudarle a un amigo que sabía que quería contar algo en una película pero no tenía ni idea de QUÉ quería contar. Fernando relató sus inicios como periodista, donde conoció a una productora que creyó que él podía funcionar en el oficio, así que luego de comprobar que los libros de texto servían muy poco para saber cómo se hacía una historia para televisión, cogió los libretos que los actores dejaban tirados en los sets de grabación y así comenzó. Mencionó que la mayor parte de los veteranos del oficio había empezado haciendo historias de comedia baratas, que era lo que encargaban a comienzos de los ochenta las programadoras, con las instrucciones claras: 6 actores, no más de 2 sets. Que tal vez a eso se deba que la telenovela colombiana se haya destacado siempre por su combinación entre melodrama y comedia. David Trueba rememoró su infancia para que entendiéramos por qué comenzó escribiendo por dinero (lo que ha sido una constante en su vida). Nos dijo que él era el menor de una familia de 8 hermanos (entre ellos, por supuesto, Fernando Trueba, el director de Belle epoque) y que su mamá, para asombro de todos, le hizo caso cuando él dijo el primer día de clases que no quería ir al colegio. A partir de ese momento, se “educó” en su casa. Preocupados sus hermanos porque el muchachito no se volviera un completo inútil, le ofrecieron pagarle una suma de dinero si cada ocho días él había escrito un cuento. Un par de años después, cuando se incorporó al sistema escolar, compensaba sus malas notas en otras materias con la participación en un concurso de relatos que organizaba regularmente un profesor. Con toda esa práctica en contar historias, había sido muy fácil decir que sí cuando un compañero le pidió ayuda para realizar un cortometraje.

A Fernando le gusta más el término de escritor que el de guionista, porque le gusta más pensar en su trabajo como el de un autor. Y reafirmó que en la televisión actual es el escritor el que tiene el real poder, pues al ser la producción televisiva una obra “que se va construyendo” es él el único que sabe “qué es lo que va a pasar más adelante”.

Trueba dijo algo muy bonito: que el ser humano, desde que estaba reunido alrededor del fuego, siempre ha necesitado historias. Porque la vida real tiene todo lo que nos gusta: emoción, aventura, violencia, romance, pero todo ocurre caóticamente. Y nos gusta la idea de que hay un orden. Esa es la función del guionista: hacerle creer a la gente que hay una explicación para lo que ocurre día a día.

Senel dijo que era discutible que un guión fuera literatura, pero que no cabía la menor duda de que un guionista tenía que ser escritor y también un cineasta. Que tal vez una de las cosas más importantes que le pudiera pasar a un guionista es que pudiera escoger a la persona que traducirá su historia a imágenes.

Ante la pregunta de Manuel acerca de cómo controlar las distintas versiones de una historia, es esta época de guiones que se venden a 20 países, Fernando contó varias anécdotas acerca de Betty, tratando de explicar que es muy importante que se mantenga la columna vertebral (una muchacha fea que triunfa en el mundo de la moda) pero que las particularidades locales cambien de acuerdo con el entorno. En Suiza, contó, era imposible que hubiera un marido que no le gira el cheque de manutención a su ex esposa. En Rusia consideraban inhumana la oficina a la que meten a Betty para esconderla y le dieron un espacio mejor. En Estados Unidos la historia se dedicó muchísimo al tema de la inmigración latina.

¿Por qué hoy hablamos de series con la misma pasión con que hace algunas décadas hablábamos de películas? Senel habló de un espectador más entrenado, que ya no traga tan entero, y que las series con sus múltiples tramas y personajes, permiten que el espectador encuentre la profundidad y la densidad que la forma de la película rara vez consigue. Davis Trueba mencionó una espantosa realidad: son los adolescentes los que llenan las salas de cine. Los adultos están muy ocupados viviendo vidas responsables, en las que el ocio no siempre hace parte de sus prioridades. Por eso el cine se ha convertido en fórmulas para atraer incautos. Pero los canales de pago, de todos esos suscriptores que quieren ver algo menos telegrafiado en la comodidad de sus casas, ahora tienen los recursos para ofrecer un entretenimiento verdaderamente adulto, o para gastarse millones de dólares, como HBO, en Boardwalk empire, una serie que obviamente no compensa su inversión, sólo por el buen nombre que un producto de esa calidad da.

Entre otros temas colaterales, se mencionó que a los personajes hay que buscarlos en la calle, caminando para señalarlos y decir: éste es mi portero o así va a ser mi heroína. Y que no debemos temer en pervertir los géneros, porque al final la vida es eso: una perversión, una mezcla entre un thriller y una comedia del absurdo.

Cuando los guiones sirven para sostener puertas

Saturday, November 27, 2010 por Samuel Castro

Fui el sábado pasado, en representación de Kinetoscopio, la revista donde escribo, al Festival de Cine de Oriente, en Rionegro, Antioquia. Por lo que nos contaron las personas a cargo, hasta ése día el evento cinematográfico había sido exitoso, con asistencia de bastante público a las proyecciones que se hicieron.

En la mesa del foro, que supuestamente debía hablar del guión (y algo se habló de eso, pero no mucho) estaban también los directores colombianos Harold Trompetero y Ciro Guerra, la directora mexicana Natalia Armienta y el productor Juan Pablo Tamayo (contentísimo por los éxitos internacionales de su película Los colores de la montaña), entre otros invitados. Se habló de todo: de la adolescencia del cine colombiano, de cómo en México también se cuecen habas en cuanto a pérdida de joyas del antiguo cine por desidia gubernamental, de la admiración/antipatía que despierta la máquina de hacer cine que es Dago García (que como siempre estrenará su próxima película el 25 de diciembre).

Pero de todos los temas, el que me parece más importante es el diagnóstico preocupante que se puede hacer del futuro de la ley de cine colombiana si hacemos caso a los comentarios informales de los invitados al Festival. Que cada año estamos comenzando de cero pues no se tiene en cuenta la trayectoria de los realizadores para asignarles puntos adicionales a sus propuestas (algún mérito debe tener haber hecho ya una película, con todo lo que eso implica) en los concursos para asignar recursos; que en las convocatorias de “investigación para documental” hay personas que ganan con documentales ya hechos; que el Fondo de Cinematografía saca pecho por películas que en realidad nunca apoyaron; que es imposible hacer una película (o al menos distribuirla y promocionarla como se debe) sin el apoyo de los canales de televisión; que están premiando guiones irrealizables porque a alguien se le ocurrió que puede ser muy buena la historia de un naufragio, sin pensar en lo que eso implica en costos de producción, en efectos especiales, en recursos.

Es decir, que los guionistas y los jurados están enfocando sus energías a historias que se ven muy lindas en el papel, pero que nadie está produciendo porque aquí, en Colombia, no hay con qué hacerlas. Por lo tanto, que hay pilas y pilas de guiones premiados, arrumadas en alguna oficina del Estado, con las que no se hace nada además de alimentar a las polillas. La gravísima conclusión que se saca de todo es que en tres años el supuesto “boom” del cine colombiano se va a terminar porque no habrá nada que mostrarle al público. O bueno, tal vez sí: un montón de papeles que se llaman a sí mismos guiones de cine que no son combustible para películas; si acaso, para una buena fogata.

El cine que se lee 2: Moteros y toros

Monday, September 20, 2010 por Samuel Castro

Lo primero que debemos decir de este libro es que los editores, como para estar a la altura de quienes traducen los nombres originales de las películas, me imagino que tratando de tener una correspondencia con el tema del cine, tuvieron una desafortunada decisión al traducir el título: ¿Moteros tranquilos?  ¿Les parece esa una buena traducción de “Easy riders”? No sé a ustedes, pero a mí no, aunque como en España le dicen moteros a los motociclistas… Pero Latinoamérica no es España, ni Bogotá es Madrid. Tendría que tener el libro un nombre diferente para venderse en estos países.

Eso por el lado del nombre (de la traducción, digamos que no es la peor que uno puede imaginarse y que nadie dice “coño”, por decir “mierda”) Pero por el lado de lo que trata, de su materia prima, Moteros tranquilos, toros salvajes es una maravilla para todos aquellos que pensamos en el cine como un mundo fantástico que nos gustaría conocer, una especie de Disneylandia para adultos. Peter Biskind, el autor, es uno de los más conocidos periodistas de ese mundo, que lleva cubriendo por muchos años para la revista Premiere y con notas y reportajes que ha publicado en el New York Times o en la revista Rolling Stone.

Si a usted le molestan los “chismes” del cine, esas historias que hay detrás de las películas, de cómo se hicieron, de las peleas entre el reparto y demás, éste no es el libro que necesita. En cambio, si disfruta con esos relatos, si le encanta saber que el tiburón de Tiburón no se ve tanto en pantalla porque el funcionamiento del robot animatrónico era una pesadilla y no tanto por la perspicacia inicial de Spielberg, o que Scorsese tiene que querer mucho a DeNiro porque es el actor personalmente quien lo convence de filmar Toro salvaje, o que los ejecutivos más veteranos de los estudios no entendían por qué una película como Easy rider, con mal sonido y planos “imperfectos” podía ser un éxito. De ese talante son los chismes, que entre chiste y chanza nos van contando el cambio que se produjo en Hollywood a finales de los 60 y durante los 70, donde por unos pocos años se creyó que  el cine estaba cambiando (y claro, también cuenta la resaca que demostró que no era así, que siempre lo más importante, era el negocio)

Porque eso sí, están todos los nombres y todas las historias. Woody Allen poniendo nervioso a Warren Beatty porque él también era muy interesante para el sexo femenino. Warren Beatty acostándose con todas las mujeres que se le pasaban por delante. Lucas y su golpe de suerte con Star wars, Robert Altman dirigiendo borracho muchas de sus escenas y pensando que el sexo oral era una buena fuente de inspiración (y ésta es una de muchas historias que tienen que ver con el sexo que se cuenta en el libro)

¿Es agradable de leer? Maravilloso. ¿Util? Tal vez no tanto, porque se pierde a veces en los caminos coloridos del chisme. Pero como en muchas ocasiones pasa, el cine también es para divertirse, y este libro nos habla de una época tal vez menos inocente que la actual, pero probablemente mucho más divertida.

PD agradecida: A Fátima, debemos agradecerle su crítica. Aunque hay que decirle que hablamos más del cine estadounidense porque es el que más tenemos en salas (escribimos para invitarlos a cine, entre otras cosas) y no tanto porque sea el único que vemos.

Problemas gordos

Sunday, February 21, 2010 por Samuel Castro

DeNiro bull

Tal vez sea desde cuando Robert DeNiro ganó el Oscar por Raging bull (puede ser más atrás en el tiempo, pero digamos que ese es el primer recuerdo de peso que se me viene a la memoria), cuando logró la enorme tarea de convertirse en un boxeador muy capaz de peso completo (decían que hubiera podido participar en una competencia real), que ha quedado la idea en nuestras mentes de que hay un mérito actoral en el tipo que engorda (no puse “y en la tipa”, pero ustedes, señores y señoras felices con la corrección política, imagínense lo fea que queda la frase).

Clooney Syriana

La información “cultural” de nuestros noticieros siempre se afana en aclarar que Renée Zellweger tiene que subir no sé cuántas libras para hacer de Bridget Jones (y entonces se ve más bonita, pienso yo, que con la apariencia flacuchenta que tenía en Chicago) o que Gwyneth Paltrow tuvo que utilizar un traje especial para hacer de la gordísima Rosemary en Shallow Hal. George Clooney lo hace bien en Syriana, pero no estoy tan seguro de que el Oscar se lo hubieran dado sin que la camisa se le apretara contra la barriga y la papada cubierta de barba le diera más carácter. Hasta Matt Damon se enorgullecía de haber dedicado semanas enteras a tomar malteadas para lograr la apariencia de su último papel bajo órdenes de Steven Soderbergh en The informant!

Antonio de la Torre

Hay casos de casos. Antonio de la Torre en la reciente Gordos (dejen que pase el Oscar para que hagamos la crítica de la cinta española) engordó 33  kilos para su papel de un maricón (él mismo dice que es un maricón en la película, para que no se escandalicen las monjas y sacerdotes que visitan habitualmente www.ochoymedio.info) que vende un producto para ser flaco, el Kilo Away. Si uno ve la película, así como cuando uno veía Raging bull, se acepta que los kilos de más representan credibilidad para una actuación memorable. Que suman a una actuación de peso, si se vale el juego de palabras.

Pero la vida real no es tan complaciente con los gordos. Lo sé por experiencia. Ni siquiera con los actores. Igual que se le paga a las prostitutas para que se vayan, lo admirable es que luego de convertirse en zeppelines los intérpretes vuelvan a su estado normal. Por eso los felicitamos. Pero si uno es Marlon Brando y engorda hasta el punto de que toda la ropa deba ser hecha a la medida, entonces la mirada al que tal vez fue el mejor actor de la historia del cine norteamericano es de conmiseración. Si uno es Gabourey Sidibela nominada al Oscar por Precious: based on the novel Push by Sapphire puede tener su momento de gloria por una noche, (una sola y como una especie de sustituto a Björk y su traje de cisne) para luego ser tema de conversación de todos los programas de farándula que hablan de cuál es la mejor dieta para ser “una mujer hermosa” (dando por sentado que nadie es hermoso si es gordo)  Si uno es Kevin Smith (para que lo ubiquen, el tipo que desde su apartamento de friki le ayudaba a Bruce Willis en la última Duro de matar) tiene que aguantar el maltrato de Southwest Airlines, que “amablemente” le pidió la semana pasada que se bajara del avión porque ocupaba parte del espacio del pasajero sentado a su lado. Smith, que ya es conciente del desprecio por los gordos (algo extraño en un país como Estados Unidos, donde el 30% de su población es obesa) había comprado dos tiquetes para evitar molestias, pero tuvo que viajar antes y para esa hora, sólo había un asiento disponible.

Kevin Smith

¿Entonces qué? ¿Por qué la gordura es meritoria y da premios si uno la encuentra voluntariamente (y luego la deja) pero es una marca de Caín si es parte del cuerpo que nos hemos ido ganando (¿no hay en toda gordura, una historia interesante?) a pulso? ¿Habrá que mandar a los gordos en jaulas de plástico, como las de las mascotas, allá abajo en el área de equipaje, para que no nos molesten con su presencia? Si tanto los odiamos (¿nos odiamos?) dejemos de darles premios cuando son personajes de fantasía y organicemos safaris urbanos para acabar con todos. No faltará quien quiera tener la cabeza de Fabio Valencia, como trofeo de caza en su sala de lectura.

Ahora son 10

Thursday, June 25, 2009 por Samuel Castro

En una noticia extraña, la Academia de Hollywood anunció que a partir de la próxima edición de los Premios Oscar, la categoría de Mejor película va a tener 10 nominados, en vez de los 5 que actualmente se mencionan. Y uno, que es mal pensado, no puede evitar pensar mal (y acertar, probablemente) preguntándose: ¿Para qué el cambio? ¿Quieren por fin incluir películas cómicas, ya que al tener los Globo esa división entre dramas y comedias o musicales, se aseguran mayor asistencia de estrellas populares y más audiencia televisiva? ¿O fue algún estudio o algún productor, que cansado de quedarse con las nominaciones de Oscares técnicos (como las que seguramente recibirá Transformers 2, por ejemplo) decidió que por fin su blockbuster va a tener alguna oportunidad?

 

Por otro lado, surgen preguntas aún más inquietantes: ¿habrá candidatas que no son habladas en inglés? ¿Cómo afectará esto otras categorías? ¿Llegaremos a una ceremonia que dure 6 horas, ya que tendremos que escuchar el doble de entradillas medio descachadas para presentar a los nominados?

 

Todo es medio extraño con esta noticia, pero sólo me queda un comentario positivo. Con esta ampliación de la categoría, ahora sí es seguro que cada año veremos una película animada (y probablemente de Pixar) peleando por el Oscar a Mejor Película. Desde ya creo que Up es una buena candidata al 2010. ¿Ustedes qué opinan?

Las imágenes del cine ahora en radio

Wednesday, February 4, 2009 por Samuel Castro

Lo que queremos en ochoymedio, lo que siempre hemos deseado, es que el cine sea un GRAN TEMA de conversación, que haya muchas cosas que decir de él, que podamos escuchar distintas opiniones sobre las mismas películas, que descubramos títulos desconocidos, que si el cine no puede ser como la vida al menos la vida esté llena de películas. Y por eso, aprovechamos el blog para hacer un clasificado que anuncia una fuente más de información sobre cine: esta noche, a las 8 PM, a través de los 100.4 en FM de UN Radio, la emisora de la Universidad Nacional en Medellín, se estrena “En el cine”, un programa que intentará hacer del cine el mejor tema de conversación. Más adelante nuestros lectores que no son de Medellín y nuestros amigos de todo el mundo, podrán encontrar los contenidos de los programas en www.ochoymedio.info  en formato podcast para que lo puedan escuchar cuando quieran. Nos escuchamos entonces, “En el cine”.