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Eduardo Sacheri: del Hay Festival al Blogumental

Thursday, January 24, 2013 por Samuel Castro

Gracias a la amable gestión de la Oficina de Prensa del Hay Festival Cartagena y luego de poder asistir a una especie de “inauguración no oficial” del evento en la que se destacó la importancia de la lectura en la educación, Ochoymedio pudo entrevistar a Eduardo Sacheri, el escritor argentino autor de “La pregunta de sus ojos”, la novela en la cual está basada la extraordinaria cinta de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos, de la cual Sacheri es también coautor del guión. Además de hablar sobre algunos detalles de su escritura, de profundizar en ciertas particularidades de la adaptación de su novela al cine, y de sacarle algo de información sobre su próximo proyecto con Campanella, la cinta animada Metegol, Sacheri accedió a responder el ya famoso cuestionario que conocemos en estas páginas como Blogumental.

Sacheri 3

Usted fue profesor de historia. ¿Qué tanto y de qué manera se fija usted en “la historia oficial”, sus datos y anécdotas, a la hora de hacer un relato de época, o que ocurre en el pasado?

Me parece importante que la ficción que uno decide narrar encuentre un marco verosímil en el entorno histórico social. Si bien yo no escribo “novelas históricas” me parece útil y necesario que mis personajes y sus vidas tengan, como telón de fondo, los horizontes, expectativas, valores y posibilidades de la época en que están situados.

Uno de los momentos más emocionantes, por lo menos para mí, de El secreto de sus ojos, es cuando Sandoval explica con el fútbol lo que significa la pasión. ¿Por qué cree usted que hay tan pocas películas, tan pocas obras de arte, que logran transmitir lo que significa el fútbol para tantas personas?

Creo que existe una vieja desconfianza del mundo intelectual y artístico hacia el terreno de la cultura popular, sus manifestaciones y sus valores. Creo que el fútbol ha sucumbido a ese prejuicio durante muchos años. Sin embargo, creo también que en los últimos años esa prevención ha retrocedido en la mirada de muchos creadores. Un camino inconcluso, tal vez, pero por el que se comienza a transitar.

¿Por qué escribir el cuento “El hombre”, que contaba la historia de Isidoro y Ricardo Morales, antes de que surgiera “La pregunta de sus ojos”?

Cuando me propuse escribir esta historia (cuyo tema central me rondaba desde hacía muchos años) yo había incursionado en el género del cuento, pero no me había atrevido a encarar el trabajo de largo aliento que significa escribir una novela. Hice varios —numerosos— intentos de que la historia entera cupiese en un cuento. Naturalmente, fracasé. Y cuando me reconcilié con ese fracaso decidí escribir un cuento que narrase un día, un solo día, de esa historia que abarcaba tres décadas. Y publicar ese cuento. Cuando fuese capaz de escribir la novela, le daría la chance a mis lectores más asiduos de establecer el vínculo entre ambos textos. Me encanta —como lector— cuando un escritor me propone ese guiño. Pienso, por ejemplo, en García Márquez y su Coronel (de “El coronel no tiene quien le escriba”), que atraviesa —cargando el tesoro revolucionario— un par de páginas de “Cien años de soledad”. Me encantan esos guiños. Y espero que se me disculpe la osadía de citar un antecedente de esa envergadura, claro.

Sacheri 2

¿Qué tan difícil fue para usted cambiar lo que ocurría en el interrogatorio a Isidoro que hacían Sandoval y Benjamín en la novela, por la versión que al final quedó en la película?, ¿cómo lo hizo?

Fue difícil pasar de una provocación eminentemente masculina, entre hombres, a otra en que el elemento femenino era tan importante. Sobre todo, encarnar esa provocación en Irene, que era un personaje tan contenido, tan poco corpóreo, en algún punto. Creo que la solución fue convertir esa escena en un punto de auto revelación para el propio personaje. Una especie de “Descubro en este instante de lo que soy capaz de provocar”. Las conversaciones con Campanella fueron también determinantes, en hallar el tono correcto para eso.

¿Qué diferencias hay en escribir el guión de una película que tendrá actores frente a la cámara y escribir una película animada, como Metegol, donde todo, teóricamente, es posible?

Bueno, la verdad es que desde mi posición de guionista no me representó tantas diferencias. Tal vez, por mi propia inconsciencia, de no tomar demasiado en cuenta los límites concretos en una producción con actores. Pero creo que, sobre todo, se debe a que en ambas películas el acento está puesto en los personajes, en su evolución, en su crecimiento a lo largo del filme. En ese sentido, Metegol es una apuesta muy ambiciosa desde lo visual, pero sobre todo es una historia de personajes, que viven, sienten y cambian. O al menos esa es mi perspectiva.

Sacheri 1

Blogumental

¿Recuerda qué sintió al ir al cine por primera vez?

Puedo poner esa respuesta en tiempo presente. Cuando se apagan las luces, y me envuelve el sonido, y esas imágenes enormes se me vienen encima, vuelvo a sentir cada vez la misma maravilla, el mismo asombro y el mismo placer que la primera vez.

¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Si tienen que ver con mi vida, sabrá dispensar el lector que su impacto tenga que ver con la edad en que las vi. Robin Hood (la versión de dibujos animados de Walt Disney). E.T., de Spielberg. Cinema Paradiso, de Tornatore. El Padrino, de Coppola (la descubrí tarde, pero me marcó absolutamente). Nueve reinas de Fabián Bielinsky.

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

La gran seducción, de Jean-François Pouliot. Esa película resume casi todo lo que me importa de la vida.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

Duro de matar. Nunca me voy a cansar de ver las doscientas vidas que puede perder Bruce Willis sin parar de aniquilar villanos.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

En realidad es más larga la pregunta que la respuesta. Es simple: porque el cine es una de las cosas más lindas que conozco en la vida. Leer libros, ver películas y jugar al fútbol. No me pidan que las jerarquice.

Lo mejor del año que se fue

Wednesday, January 9, 2013 por Samuel Castro

No hay mejor momento para pensar en el cine y la televisión vistos durante el año que pasó, que en medio de la preparación del sancocho del primero de enero, tradición que hace parte de la vida cotidiana de la mitad de los colombianos. Mientras la familia busca con desespero en medio de las profundidades de la olla algún pedazo de carne, yo me sumerjo también en el mar de imágenes vistas para no dejar nada importante por fuera. Como siempre, tengo que hacer una advertencia a los lectores de este post, especialmente a los que viven en Colombia: este conteo es personal e intransferible. No está conformado por películas que pasaron por nuestras carteleras (ni siquiera por películas sólo de este año), sino por lo mejor entre lo que vi, tanto en salas, como en cineclubes y DVD de amplia procedencia. Y aunque eso podría llevar a pensar en un terreno muy grande, hay que aclarar que no tuve acceso a mucho cine de calidad que se estrenó en 2012, especialmente porque no tengo la paciencia para soportar descargas de torrents o subtítulos mal puestos en copias editadas en Vietnam. Aquí no están ni Amour de Haneke, ni Bernie de Linklater, ni algunos de los estrenos más importantes de festivales. Puede que en 2013 ocupen su lugar. Pero es lo que hay, y en vez de quejarnos habrá que seguir reclamándole a los exhibidores, como propósito para el 2013, que se arriesguen un poquito más, a ver si este listado de 12 se hace todavía más diverso en 2014.

 Welcome

Welcome: Al pensar en películas de inmigrantes las primeras tramas que se nos vienen a la mente seguramente tendrán que ver con latinoamericanos que intentan alcanzar Estados Unidos por “el hueco”. Pero en esta cinta francesa nos cuentan una historia, por lo menos para mí, desconocida: la de los inmigrantes de la India, que llegan a Francia e intentan cruzar el Canal de la Mancha, para encontrarse con algún pariente hace tiempo instalado en Londres. Vincent Lindon, su protagonista, es una maravilla como intérprete: su cara, perfecta para encarnar a tipos “duros” y a villanos, logra comunicar la epifanía emocional que siente cuando conoce al joven al que ayudará primero como una forma de reivindicarse frente a su esposa y después, por simple afecto.

We need to talk about Kevin

We need to talk about Kevin: Tilda Swinton brinda un concierto interpretativo en la piel de una madre que se siente extraña desde el momento mismo de la concepción de su hijo. En esta película visualmente impactante, en la cual cada plano parece hecho para una campaña publicitaria, ese mito facilista de que los hijos son siempre una bendición, se resquebraja frente a todos, gota a gota, hasta que la copa que se rebosa se convierte en una tragedia.

The ides of march

The ides of march: Todo el mundo amó a Ryan Gosling en Drive pero yo lo preferí en esta película de George Clooney por un motivo muy simple: él encarna acá toda la inocencia de los jóvenes de hoy, tan seguros de sí mismos y de sus posgrados, ante la política real. Como animales domésticos que sueltan en la selva, a su personaje sólo le queda comer y no ser comido. Y las escenas de los monólogos de Paul Giamatti y Philip Seymour Hoffman, son magia pura.

Homeland

Homeland y otros dramas televisivos: Yo sí me siento privilegiado por poder presenciar la edad de oro de la televisión norteamericana, y le ruego a todos los santos que se mantenga por muchos años más en ese nivel, ahora que ni en Pixar se puede confiar. Y entre todas las maravillas de las que he hablado en otros años (Dexter y su inteligente comienzo del fin, Mad men y su fantástica quinta temporada) hay que mencionar a la serie favorita de Obama: Homeland. Que Claire Danes haya encontrado un lugar donde su mirada de loca quede perfecta ya es una suerte, pero aquí además nos enfrentamos a un gran uso del terrorismo como generador de suspenso, mezclado, como debe ser, con una historia de amor imposible.

The flowers of war

The flowers of war: Ah, las historias  de época grandiosas, contadas con lujo de detalles, con escenografías costosas donde no se ahorra en extras, ni en vestuarios. Pero cuando esas películas están acompañadas además por una historia que lo tiene todo, que es capaz de retratar el momento en el que se desarrolla (la invasión de China por parte de Japón) sin abandonar ni a sus personajes ni el melodrama, el resultado es esta gran cinta de Zhang Yimou sobre un estafador (con el rostro de Christian Bale) que un día se encuentra sin querer al mando de un internado de señoritas, que servirá de refugio para un grupo de prostitutas. Un drama como pocos, con uno de los mejores planos secuencia que he visto en la vida.

The dark knight rises

The dark knight rises: Se ha escrito tanto sobre esta película (se escribe tanto sobre las películas de superhéroes) que sólo diré que todos los pecados del cine de Christopher Nolan (la duración excesiva, los diálogos tan inteligentes que a veces suenan postizos, los guiones con demasiadas trampas) se perdonan cuando el resultado es una película capaz de hacer de la historia de un enmascarado con capa, una reflexión sobre la justicia, sin evadir las grandiosas secuencias de acción que necesita el público masivo. Y como si eso no bastara, está Anne Hathaway vestida de cuero negro. Nada más hace falta.

Moonrise kingdom

Moonrise kingdom: Los que me han oído hablar de lo que pienso sobre el cine de Wes Anderson podrán extrañarse con esta selección en la lista. Pero los que hayan visto esta hermosísima película sabrán que el preciosismo de siempre de Anderson (innegable su maestría en la composición visual y espacial de sus planos) esta vez se usa para contar una historia inocente y mágica, de dos niños que se están convirtiendo en adolescentes y que son el primer amor que cualquiera hubiera querido tener. Dos príncipes de cuento de hadas que iluminan con sus gestos a los adultos que les rodean. Tan hermosa que parece más un sueño que una película.

Monsieur Lazhar

Monsieur Lazhar: Las películas de profesores se han convertido durante los últimos años en melcochas azucaradas con guiones calcados los unos de los otros. Pero Monsieur Lazhar es la muestra de que cualquier género, por maltratado que esté, en las manos adecuadas es capaz de producir historias memorables. La delicadeza con que esta película canadiense afronta temas tan complicado como la muerte o el suicidio, es conmovedora. Y su último plano, ese abrazo que los gringos hubieran editado por políticamente incorrecto, hace llorar al más curtido.

HOW I MET YOUR MOTHER

How I met your mother: Hace mucho rato que tenía pendiente dedicarme a ver esta comedia, que hoy todavía no sé en qué canal del cable nacional dan ni a qué horas. Gracias a Netflix he podido maravillarme con esta comedia inteligente, creativa y arriesgada desde lo narrativo. Muchos la consideran el reemplazo de Friends pero yo creo que por derecho propio, por su reparto, por capítulos perfectos como “El hombre desnudo” (búsquenlo por favor), How I met your mother merece su propia casilla entre las grandes comedias televisivas de los últimos años.

Hugo

Hugo: Es el maestro Martin Scorsese, que hace películas en las que cada plano tiene una explicación, haciendo por primera vez una película familiar, en 3D y rindiéndole homenaje a uno de los primeros magos del cine, George Méliès. ¿Se necesita decir más?

the girl with dragon

Girl with the dragon tattoo: Creo que David Fincher es uno de los cineastas imprescindibles de nuestra época. Por eso cuando me enteré de que iba a asumir la adaptación anglo de las novelas de Stieg Larsson, a sabiendas de que ya existía una versión europea, ni siquiera me inquieté. Sabía que iba a ser buena, porque el regular de Fincher es la cima a la que algunos nunca llegarán en toda su vida. Pero al verla la disfruté todavía más, porque su belleza formal, la actuación de Rooney Mara y la perfección quirúrgica de cada plano sí le hacían justicia a uno de los mejores personajes femeninos de la literatura contemporánea.

Argo

Argo: A ningún crítico le gusta escribir dos veces sobre la misma película. Porque es complicado no repetirse y porque uno teme quedarse estancado en la mitad de uno de los textos. Con Argo me pasó, pero no hubo tal bloqueo. Porque me gustó mucho y siempre me faltaba espacio para elogiar a Ben Affleck, para destacar a un reparto que ofrece un alto nivel en todas sus intervenciones (mis respetos, señor John Goodman) o para hablar de las muchas virtudes de la cinta. Hoy, cuando seguramente estará en varias de las categorías del Oscar, quisiera volverla a ver, sin presiones ni la atención alerta para alimentar la escritura. Sólo para sentir esa maravillosa tensión que sólo los buenos thrillers, los que son inteligentes y bien hechos, pueden producir en el público.

Para mí nada, niño Jesús

Tuesday, December 18, 2012 por Samuel Castro

Adorado Niño Jesús. En vista de que no fui mejor persona este año (prueba de ello es que jamás tuve la paciencia para aguantar más de 20 segundos de Mundos opuestos, y seguí viendo los partidos de eliminatorias con el radio prendido porque no aguanto a ningún narrador de televisión) quiero escribirte, con el mismo fervor que RCN tiene por las ideas de Fernando Gaitán, pidiéndote algunos regalos para esta Navidad, que no serán para mí, divino niño, sino para aquellos que de verdad lo merecen. Mi lista es, como tú, pequeña pero justa:

La red

A Diva Jessurum y a la Negra Candela, niño Jesús, las principales “periodistas” de El lavadero y de La red, dales por favor una suscripción a televisión por cable, para que vean el canal E! y entiendan cómo se hacen programas de farándula y chismes entretenidos, amenos y bien producidos. Ah, y no olvides encimarles un diccionario, para que puedan entender los chistes de Joan Rivers en Fashion pólice.

A los productores de los canales de este país, venerado infante, regálales una pizca de sentido común, del que no tienen nada, a ver si algún día comprenden que el formato de Gran hermano no funciona en Colombia. Que a la gente de este país no le importa la convivencia. Lo que quieren es ver modelos en ropa interior, con cualquier excusa: diciendo que quieren ser actores, o que son cavernícolas, o que viven en el futuro.

NP&

A los reencauchados del Noticiero NP&, dales por favor, como a Pinocho, la oportunidad de convertirse en personas de carne y hueso, para que dejen de confundirlos con un programa infantil y pueda tener el éxito que se merece el único programa de humor político al aire.

A Luis Carlos Vélez, Dios en pañales (te hablo a ti, no a él, niño Jesús, su ego hace necesaria la aclaración) regálale una fábrica de gel para el pelo, porque usando un frasco cada vez que va a salir al aire, no hay sueldo por grande que sea, que aguante.

How I met your mother

Alarga, niño Jesús, la existencia por varias temporadas más de programas como The big bang theory, How I met your mother o Modern family, pues nuestros canales privados parecen incapaces de crear comedias que no sean telenovelas donde se burlen de los pobres o de las idiosincrasias regionales.

Permítele a Colombia, niño Jesús, la llegada a sus pantallas de más programas que se parezcan a La voz Colombia, donde felizmente se fijan más en el talento que en las medidas de sus participantes.

Como dice la novena, Divino Niño, espero que acojáis y despachéis estas súplicas, pues con esos regalos ajenos, también me harías muy feliz.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N°64

Eso nos pasa por sapos

Sunday, December 2, 2012 por Samuel Castro

¿Qué país vive diciendo que está cansado de que lo identifiquen en el mundo con narcotráfico, mafiosos y cocaína, pero cuando tiene la oportunidad de escoger la película que lo representará en los Premios Oscar decide enviar como candidata una película que trata sobre narcotráfico, mafiosos y cocaína? La respuesta es Colombia.

Aunque, en honor a la verdad, ese no es el problema, o al menos no el principal. El asunto es que la sola escogencia de El cartel de los sapos demuestra que los encargados gubernamentales de nuestro cine no entienden muy bien cuáles son los criterios de los Premios de la Academia en esa categoría. Es cierto que los ganadores recientes de película en idioma extranjero (piensen en El secreto de sus ojos o en La vida de los otros) son películas que a su manera cuentan un pedazo específico de la historia del país al que representan, como lo hace El cartel de los sapos, pero lo hacen de una forma única y original, de una forma que en Hollywood no se atreverían a hacer. Por eso los premian. Porque le recuerdan a la meca del cine, que hay otras formas de narrar, otros guiones que se salen de los esquemas prefabricados, otro tipo de personajes.

Pero no, en nuestra infinita sabiduría, tan “vivos” como nos creemos, decidimos mandarles una historia de maleantes igualita a las que ellos hacen desde hace décadas, en cine y en televisión. Sí, claro, puede que debamos enorgullecernos de que por fin tenemos un sonido decente y que los diálogos de los personajes se escuchan incluso en las escenas de balaceras, pero la mejor secuencia de acción de El cartel de los sapos no tiene nada que hacer al lado de, por poner un solo ejemplo, un capítulo cualquiera de las ocho temporadas de 24. Tan inocente y provinciana es la cinta, que nadie fue capaz de contarle a Robinson Díaz, que su personaje, el Cabo, que en el formato de telenovela (porque eso es narrativamente El cartel de los sapos, una de nuestras telenovelas de acción comprimida en dos horas) se desarrollaba a través de la historia, y daba miedo por sus contradicciones y sus vicios, en una película se iba a ver como una especie de villano de caricatura al que le gustan los marranitos. Con decirles que el mejor actor de la cinta es Diego Cadavid. ¡Calculen!

Igual no vamos a ganar nada, pero al menos debimos haber intentado perder con algo más de dignidad, sin tratar de vestirnos como la dueña de la casa, ni copiar en versión pobre, la pinta del niño rico de la cuadra. Para no quedar como los sapos de la fiesta.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N° 63

M. Night Shyamalan: ¿el ocaso de un niño brillante?

Thursday, November 15, 2012 por Samuel Castro

Una gran idea es un bombillo que se enciende. Con esa imagen, aprendida por todos gracias a los dibujos animados y las caricaturas, comenzaba una de las mejores películas de horror del cine norteamericano: The sixth sense. La cinta era básicamente eso: una idea extraordinaria en la que un niño le contaba a su sicólogo que veía gente muerta por todas partes. El final de la película, cuando el público descubre que el sicólogo también está muerto, llegó a convertirse en uno de esos secretos que nadie se atrevía a decir en voz alta, como la verdadera identidad del niño Jesús.

Los críticos especializados estaban asombrados pues todo en la cinta era perfecto: la fotografía lavada y fría que acercaba el horror al drama familiar, la selección de los actores, un cuidado por el significado de cada imagen dentro de la narración, a la altura de las películas de Spielberg. Y sin embargo, el creador de la historia y el encargado de llevarla al cine con tan buen pulso tenían apenas 27 años y eran la misma persona: Manoj Nelliyattu Shyamalan, o mejor, Michael Night Shyamalan, como él mismo se nombraría en la universidad. Shyamalan era un joven director indio, quien hasta ese momento sólo había hecho dos películas intrascendentes  y era más reconocido por escribir el guión de Stuart Little. Sin embargo, las luces de la fama empezaron a encandilarlo cuando se supo que Disney había pagado dos millones de dólares por el guión de Sexto sentido y lo convirtieron en una estrella cuando la cinta recaudó más de 600 millones de dólares en todo el mundo y obtuvo seis nominaciones a los Premios Oscar

Por desgracia, los problemas comenzaron casi de inmediato. Según la versión del mismo Shyamalan —no del todo confiable—, la primera mala decisión fue aceptar que Disney promocionara su segunda gran película, Unbreakable, como otro thriller sobrenatural y no como lo que él pensaba que era: una historia de acción y aventuras sobre un hombre que descubre que es un superhéroe. Lo peor es que no era ni lo uno ni lo otro; impecable en su narración visual, el guión no cuadraba del todo, especialmente por la costumbre asumida de contar una historia con final sorprendente en esa y en sus siguientes cintas: Signs, The village y Lady in the water. Al final la gente iba a sus películas esperando ese minuto de revelación que lo cambiara todo. Él mismo pareció olvidar que un final asombroso sólo conseguía ser memorable si el resto del argumento valía la pena.

Ni las críticas ni las taquillas volvieron a ser iguales. A pesar de que Señales también fue bastante rentable, Shyamalan parecía haber perdido su toque: ni siquiera se conservaba la conocida belleza formal de sus imágenes y los extraterrestres de Signs se veían como matones perdidos en un disfraz de hule barato Ya nadie le ofrecía dirigir secuelas de Harry Potter o de Indiana Jones, y se empezaron a filtrar a la prensa rumores sobre los constantes enfrentamientos entre Disney y su antiguo Midas. Su situación se complicó aún más cuando se supo que un documental que supuestamente relataba una experiencia extrasensorial del director a los 11 años y que le había permitido tener contacto con el mundo de los espíritus, era una patraña patrocinada por él mismo para hacerle publicidad a La aldea. El disgusto fue tan grande en Disney que para su siguiente película, Lady in the water, Shyamalan tuvo que cambiarse de estudio. Warner se atrevió a financiar el proyecto y el desastre fue histórico: después de gastarse 75 millones de dólares en la producción, sólo consiguió recaudar 45 millones en taquilla.

 

Como si eso fuera poco, se hicieron más conocidas sus excentricidades gratuitas y sus ínfulas de genio incomprendido. Cada sugerencia de los productores era tomada por él como un ataque personal a su talento; casi despide a Bryce Dallas Howard, su protagonista, porque cometió la “gravísima” ofensa de volverse vegetariana. Afirmó que lo único importante que había hecho Paul Giamatti (el protagonista de Sideways) antes de actuar para él era un comercial de Nike. Hacía berrinche si alguien osaba cambiar una sola palabra de sus guiones, guiones que por lo demás, cada vez sonaban más a parlamentos de obra estudiantil. Y cuando se publicó “El hombre que oía voces”, un libro que relataba las intimidades de su negociación con Disney y que pintaba a sus ejecutivos como monstruos temibles que sólo pensaban en el dinero frente a él, “el artista”, todo Hollywood empezó a verlo además como un traidor, el perro que mordía la mano de su amo.

Después de ver sus últimas películas, The happening y The last airbender se tiene la sensación de que algo muy importante se ha perdido. Aunque por fin pudo evitar Shyamalan su acostumbrado final sorpresa y algunas imágenes son inolvidables (esos hombres que caen al suelo sin que nadie sepa por qué en The happening, por ejemplo), las historias son tan malas (no, no son malas, son bobas, incluso la adaptación de un comic infantil se puede hacer con gracia), sus moralejas son tan torpes que nos obligan a creer que en este caso, el ego se tragó al talento, y a esperar que en un futuro no muy lejano (en 2013 lanzará su película After Earth, que protagonizará Will Smith), al señor Noche se le vuelva a prender el bombillo.

La primera versión de este texto se publicó en la edición #34 de Revista Arcadia, de marzo de 2010

Latinoamérica es un mito al sur de Estados Unidos

Monday, October 15, 2012 por Samuel Castro

Los que tuvimos la mala suerte de verla, recordamos esos primeros minutos de Mr & Mrs Smith en que nos muestran una Bogotá perdida entre la selva. En su apariencia de ciudad calurosa y de clima tropical, donde todas las mujeres lucen vestidos de falda corta, los hombres tienen bigote y el principal periódico se llama Prensa, está reflejada la visión que muchos de los habitantes del primer mundo tienen de ese continente, mítico en su imaginación, que es Latinoamérica.

No son sólo los estadounidenses los que creen eso. Si nos fijamos en la participación del cine latinoamericano en los principales festivales europeos (Cannes, Venecia, San Sebastián y Berlín) tendremos que concluir que para los encargados de la selección oficial en esos certámenes, Latinoamérica, cuando existe, es un lugar fantástico y mágico, todavía muy rural, donde historias urbanas y más “comunes” no tienen cabida. Como si se acercaran a nuestro cine con un interés antropológico o periodístico, más que artístico.

Aunque Claudia Llosa en innumerables entrevistas ha aclarado que gran parte de la historia que narra en La teta asustada es una invención suya, cuesta creer que sin la anécdota de la mujer que se mete una papa en la vagina para protegerse de la violencia masculina la película hubiera alcanzado el éxito que tuvo. En las reseñas que hizo un medio tan respetado como Variety cuando cubrió el Festival de Berlín de 2009, donde la cinta ganó el Oso de Oro al mejor largometraje, se leen expresiones como “un bien filmado estudio etnográfico de la vida en las grandes ciudades de Perú” o “la realidad peruana mezclada con el realismo mágico, crean una vívida pintura de la sociedad y sus problemas”. ¿Por qué ante la historia de un niño que nace con alas, como lo es Ricky, de François Ozon, también parte de la selección de ese año, nadie dijo que esa fantasía reflejaba la realidad francesa?

Y eso que en Berlín es donde al cine latinoamericano mejor le ha ido últimamente. En 2008 el máximo galardón del Festival ya se lo había llevado Tropa de élite, la película de Jose Padilha que aborda el tema de un grupo comando que debe enfrentar a las bandas criminales de las favelas de Río. La elección estuvo acompañada de críticas a los excesos de violencia de la cinta.  Por supuesto, la violencia es otro de esos temas “interesantes” de nuestros países. Ya sea una violencia contenida que de pronto explota, como la de El otro o El custodio, cintas argentinas que también han estado en la selección de Berlín, o la violencia explícita que se da en escenarios particulares, como nuestras cárceles. Eso parece gustarles en Cannes, donde Crónica de una fuga de Adrián Caetano, y Leonera, de Pablo Trapero, que se desarrollan en centros penitenciarios, o Elefante blanco, también de Trapero, que ocurre en una “villa miseria”, han acompañado en el último lustro a las cintas de Carlos Reygadas, un consentido del festival por sus historias “raras”: Batalla en el cielo mojó toda la prensa que quiso por incluir sexo explícito entre personas “normales” con cuerpos que se salían de los cánones estéticos y Luz silenciosa se destacó por su belleza formal y por retratar a una comunidad menonita, no propiamente muy común en nuestros países.

Cannes es un caso paradójico: o se hace un cine “raro”, como el de Reygadas y el de Lucrecia Martel con La mujer sin cabeza, o se trabaja con tramas más “universales” y se corre el riesgo de dejar de ser considerado un representante de Latinoamérica, como le ha pasado con sus últimas historias a Guillermo del Toro, Alejandro González-Iñárritu y Alfonso Cuarón. Porque cuando un director de acá trata de hacer ciencia-ficción, cine fantástico o dramas protagonizados por Brad Pitt y Cate Blanchett, de repente se vuelve un autor universal, pero si un director norteamericano, como Steven Soderbergh, hace la biografía de un personaje como el Che Guevara, presentada en Cannes en 2008, los medios hablan de inquietudes artísticas y búsqueda personal.

En Venecia ni siquiera están interesados en mirarnos: no hubo representación del cine latinoamericano en su selección oficial en 2006, 2007 y 2009; en 2008 estuvo Guillermo Arriaga con The burning plain, (hablada en inglés y protagonizada por Charlize Theron y Kim Bassinger), que además de la violencia tiene ese melodrama trágico que también se asocia con este continente y en 2010, la única candidata de acá fue Postmortem del chileno Pablo Larraín. David Gritten, crítico de The Daily Telegraph la elogió porque era “muy fuerte, cruda y poderosa”, tal vez refiriéndose a la trama en que un empleado fúnebre termina realizando, como parte de su trabajo rutinario, la autopsia al cadáver de Salvador Allende. Parece que nuestra historia sólo funciona como tema cuando contamos los episodios que nos avergüenzan (por algo la única ganadora del premio del público en el Festival de Toronto fue La historia oficial de Luis Puenzo, en 1985) porque esos son los que interesan en Europa. Ni siquiera San Sebastián, donde por obvias razones la presencia del cine de nuestros países debería ser importante, se escapa. Una sola película por edición en los últimos tres años, habla de una verdadera apatía por nuestra cinematografía. Claro, como El secreto de sus ojos parecía cine hecho en el primer mundo y no en el tercero, no obtuvo ningún galardón en 2009, para luego llevarse el Oscar a mejor película extranjera.

Parece que al hablar de cine, en el resto del mundo sienten que Latinoamérica sólo vale la pena como lugar de safari visual, donde lo raro, lo violento y lo curioso son algo “autóctono”, Y por desgracia, el pesar es muy distinto al respeto.