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Remakes: películas remedio, remedos de historias

Thursday, February 7, 2013 por Samuel Castro

Piense en la primera cita romántica que tuvo con esa mujer que le gustó o con aquel tipo que le fascinaba. Todo era perfecto: la conversación fluía, la comida estaba deliciosa, a su pareja se le ocurrieron chistes muy ingeniosos y ninguno de los dos se quería despedir cuando la noche se acabó. Ahora imagine que al día siguiente todo se repite exactamente igual: las palabras, el menú, el restaurante. Pero quien está al frente suyo es otra persona. Parecida pero otra. Eso es un remake. Aquella palabrita gringa con la que se nombran los films que están basados en otra película o en una serie de televisión.

The departed

Es casi obvio entonces por qué los remakes casi nunca funcionan bien. Y digo casi nunca porque en el cine, como en la vida, no hay verdades absolutas. ¿Recuerdan los más adultos o los que sintonizan canales como MGM y TCM esa genial película de gángsters de 1982 que es Scarface, en la que Al Pacino se fajaba una actuación antológica? Pues esa película era un remake de la original Scarface, que ninguno de nosotros vio, porque estuvo en cines en 1932. Incluso, en contadas ocasiones, el remake es mejor que el original, como The departed, que superaba por mucho a la película hongkonesa en la que se basaba: Infernal affairs. No era sólo que se cambiaba a los protagonistas de ojos rasgados por Matt Damon y Leo DiCaprio. Era que detrás del asunto estaba un maestro como Martin Scorsese, que supo tomar el material original y volverlo una película con su firma narrativa.

The ring

Pero esas son excepciones. La dura realidad es que los remakes se hacen porque el cine es un negocio y como en todo negocio, alguien quiere minimizar los riesgos, haciendo de estas cintas un remedio fácil para la salud de la economía cinematográfica. La lógica de los productores es ¿para qué buscar una idea original si hay pilas de ideas que ya demostraron que funcionaron? Es decir, ¿para qué tomarse la molestia de usar el cerebro? Y es allí donde radica el problema: pareciera que a los guionistas de remakes los sacaran del pabellón de lobotomías de un hospital. Por eso surgieron cosas tan terribles como Godzilla, que convertía al antiguo y respetable monstruo japonés en una lagartija con gigantismo perseguida por idiotas o esas versiones descafeinadas de El aro que protagonizaba Naomi Watts? ¿Cómo no enojarse cuando aquellos dibujos animados como el Inspector Gadget o Mr. Magoo que tanto nos divertían cuando niños, perdían su gracia desde que a alguien se le ocurría volverlos de carne y hueso?

Evil dead

Pero la tragedia no parará. La crisis económica ha hecho que en el mundo entero y especialmente en Hollywood haya menos espacio para el riesgo (y más espacio para los muertos resucitados que son los remakes). En los próximos meses tendremos que soportar las nuevas versiones de Evil dead, de Dirty dancing, de Robocop. Y cuando salgamos, inevitablemente tristes por la comparación con las historias y las imágenes que teníamos en nuestros recuerdos, menos perfectas pero tal vez por eso más ingeniosas, pensaremos que lo bueno de que la industria cinematográfica colombiana esté en pañales es que todavía no tenemos remakes y no hay que ver a Sebastián Martínez reemplazando al Gordo Benjumea, en la nueva versión de El taxista millonario. Por ahora.

Lo mejor del año que se fue

Wednesday, January 9, 2013 por Samuel Castro

No hay mejor momento para pensar en el cine y la televisión vistos durante el año que pasó, que en medio de la preparación del sancocho del primero de enero, tradición que hace parte de la vida cotidiana de la mitad de los colombianos. Mientras la familia busca con desespero en medio de las profundidades de la olla algún pedazo de carne, yo me sumerjo también en el mar de imágenes vistas para no dejar nada importante por fuera. Como siempre, tengo que hacer una advertencia a los lectores de este post, especialmente a los que viven en Colombia: este conteo es personal e intransferible. No está conformado por películas que pasaron por nuestras carteleras (ni siquiera por películas sólo de este año), sino por lo mejor entre lo que vi, tanto en salas, como en cineclubes y DVD de amplia procedencia. Y aunque eso podría llevar a pensar en un terreno muy grande, hay que aclarar que no tuve acceso a mucho cine de calidad que se estrenó en 2012, especialmente porque no tengo la paciencia para soportar descargas de torrents o subtítulos mal puestos en copias editadas en Vietnam. Aquí no están ni Amour de Haneke, ni Bernie de Linklater, ni algunos de los estrenos más importantes de festivales. Puede que en 2013 ocupen su lugar. Pero es lo que hay, y en vez de quejarnos habrá que seguir reclamándole a los exhibidores, como propósito para el 2013, que se arriesguen un poquito más, a ver si este listado de 12 se hace todavía más diverso en 2014.

 Welcome

Welcome: Al pensar en películas de inmigrantes las primeras tramas que se nos vienen a la mente seguramente tendrán que ver con latinoamericanos que intentan alcanzar Estados Unidos por “el hueco”. Pero en esta cinta francesa nos cuentan una historia, por lo menos para mí, desconocida: la de los inmigrantes de la India, que llegan a Francia e intentan cruzar el Canal de la Mancha, para encontrarse con algún pariente hace tiempo instalado en Londres. Vincent Lindon, su protagonista, es una maravilla como intérprete: su cara, perfecta para encarnar a tipos “duros” y a villanos, logra comunicar la epifanía emocional que siente cuando conoce al joven al que ayudará primero como una forma de reivindicarse frente a su esposa y después, por simple afecto.

We need to talk about Kevin

We need to talk about Kevin: Tilda Swinton brinda un concierto interpretativo en la piel de una madre que se siente extraña desde el momento mismo de la concepción de su hijo. En esta película visualmente impactante, en la cual cada plano parece hecho para una campaña publicitaria, ese mito facilista de que los hijos son siempre una bendición, se resquebraja frente a todos, gota a gota, hasta que la copa que se rebosa se convierte en una tragedia.

The ides of march

The ides of march: Todo el mundo amó a Ryan Gosling en Drive pero yo lo preferí en esta película de George Clooney por un motivo muy simple: él encarna acá toda la inocencia de los jóvenes de hoy, tan seguros de sí mismos y de sus posgrados, ante la política real. Como animales domésticos que sueltan en la selva, a su personaje sólo le queda comer y no ser comido. Y las escenas de los monólogos de Paul Giamatti y Philip Seymour Hoffman, son magia pura.

Homeland

Homeland y otros dramas televisivos: Yo sí me siento privilegiado por poder presenciar la edad de oro de la televisión norteamericana, y le ruego a todos los santos que se mantenga por muchos años más en ese nivel, ahora que ni en Pixar se puede confiar. Y entre todas las maravillas de las que he hablado en otros años (Dexter y su inteligente comienzo del fin, Mad men y su fantástica quinta temporada) hay que mencionar a la serie favorita de Obama: Homeland. Que Claire Danes haya encontrado un lugar donde su mirada de loca quede perfecta ya es una suerte, pero aquí además nos enfrentamos a un gran uso del terrorismo como generador de suspenso, mezclado, como debe ser, con una historia de amor imposible.

The flowers of war

The flowers of war: Ah, las historias  de época grandiosas, contadas con lujo de detalles, con escenografías costosas donde no se ahorra en extras, ni en vestuarios. Pero cuando esas películas están acompañadas además por una historia que lo tiene todo, que es capaz de retratar el momento en el que se desarrolla (la invasión de China por parte de Japón) sin abandonar ni a sus personajes ni el melodrama, el resultado es esta gran cinta de Zhang Yimou sobre un estafador (con el rostro de Christian Bale) que un día se encuentra sin querer al mando de un internado de señoritas, que servirá de refugio para un grupo de prostitutas. Un drama como pocos, con uno de los mejores planos secuencia que he visto en la vida.

The dark knight rises

The dark knight rises: Se ha escrito tanto sobre esta película (se escribe tanto sobre las películas de superhéroes) que sólo diré que todos los pecados del cine de Christopher Nolan (la duración excesiva, los diálogos tan inteligentes que a veces suenan postizos, los guiones con demasiadas trampas) se perdonan cuando el resultado es una película capaz de hacer de la historia de un enmascarado con capa, una reflexión sobre la justicia, sin evadir las grandiosas secuencias de acción que necesita el público masivo. Y como si eso no bastara, está Anne Hathaway vestida de cuero negro. Nada más hace falta.

Moonrise kingdom

Moonrise kingdom: Los que me han oído hablar de lo que pienso sobre el cine de Wes Anderson podrán extrañarse con esta selección en la lista. Pero los que hayan visto esta hermosísima película sabrán que el preciosismo de siempre de Anderson (innegable su maestría en la composición visual y espacial de sus planos) esta vez se usa para contar una historia inocente y mágica, de dos niños que se están convirtiendo en adolescentes y que son el primer amor que cualquiera hubiera querido tener. Dos príncipes de cuento de hadas que iluminan con sus gestos a los adultos que les rodean. Tan hermosa que parece más un sueño que una película.

Monsieur Lazhar

Monsieur Lazhar: Las películas de profesores se han convertido durante los últimos años en melcochas azucaradas con guiones calcados los unos de los otros. Pero Monsieur Lazhar es la muestra de que cualquier género, por maltratado que esté, en las manos adecuadas es capaz de producir historias memorables. La delicadeza con que esta película canadiense afronta temas tan complicado como la muerte o el suicidio, es conmovedora. Y su último plano, ese abrazo que los gringos hubieran editado por políticamente incorrecto, hace llorar al más curtido.

HOW I MET YOUR MOTHER

How I met your mother: Hace mucho rato que tenía pendiente dedicarme a ver esta comedia, que hoy todavía no sé en qué canal del cable nacional dan ni a qué horas. Gracias a Netflix he podido maravillarme con esta comedia inteligente, creativa y arriesgada desde lo narrativo. Muchos la consideran el reemplazo de Friends pero yo creo que por derecho propio, por su reparto, por capítulos perfectos como “El hombre desnudo” (búsquenlo por favor), How I met your mother merece su propia casilla entre las grandes comedias televisivas de los últimos años.

Hugo

Hugo: Es el maestro Martin Scorsese, que hace películas en las que cada plano tiene una explicación, haciendo por primera vez una película familiar, en 3D y rindiéndole homenaje a uno de los primeros magos del cine, George Méliès. ¿Se necesita decir más?

the girl with dragon

Girl with the dragon tattoo: Creo que David Fincher es uno de los cineastas imprescindibles de nuestra época. Por eso cuando me enteré de que iba a asumir la adaptación anglo de las novelas de Stieg Larsson, a sabiendas de que ya existía una versión europea, ni siquiera me inquieté. Sabía que iba a ser buena, porque el regular de Fincher es la cima a la que algunos nunca llegarán en toda su vida. Pero al verla la disfruté todavía más, porque su belleza formal, la actuación de Rooney Mara y la perfección quirúrgica de cada plano sí le hacían justicia a uno de los mejores personajes femeninos de la literatura contemporánea.

Argo

Argo: A ningún crítico le gusta escribir dos veces sobre la misma película. Porque es complicado no repetirse y porque uno teme quedarse estancado en la mitad de uno de los textos. Con Argo me pasó, pero no hubo tal bloqueo. Porque me gustó mucho y siempre me faltaba espacio para elogiar a Ben Affleck, para destacar a un reparto que ofrece un alto nivel en todas sus intervenciones (mis respetos, señor John Goodman) o para hablar de las muchas virtudes de la cinta. Hoy, cuando seguramente estará en varias de las categorías del Oscar, quisiera volverla a ver, sin presiones ni la atención alerta para alimentar la escritura. Sólo para sentir esa maravillosa tensión que sólo los buenos thrillers, los que son inteligentes y bien hechos, pueden producir en el público.

Eso nos pasa por sapos

Sunday, December 2, 2012 por Samuel Castro

¿Qué país vive diciendo que está cansado de que lo identifiquen en el mundo con narcotráfico, mafiosos y cocaína, pero cuando tiene la oportunidad de escoger la película que lo representará en los Premios Oscar decide enviar como candidata una película que trata sobre narcotráfico, mafiosos y cocaína? La respuesta es Colombia.

Aunque, en honor a la verdad, ese no es el problema, o al menos no el principal. El asunto es que la sola escogencia de El cartel de los sapos demuestra que los encargados gubernamentales de nuestro cine no entienden muy bien cuáles son los criterios de los Premios de la Academia en esa categoría. Es cierto que los ganadores recientes de película en idioma extranjero (piensen en El secreto de sus ojos o en La vida de los otros) son películas que a su manera cuentan un pedazo específico de la historia del país al que representan, como lo hace El cartel de los sapos, pero lo hacen de una forma única y original, de una forma que en Hollywood no se atreverían a hacer. Por eso los premian. Porque le recuerdan a la meca del cine, que hay otras formas de narrar, otros guiones que se salen de los esquemas prefabricados, otro tipo de personajes.

Pero no, en nuestra infinita sabiduría, tan “vivos” como nos creemos, decidimos mandarles una historia de maleantes igualita a las que ellos hacen desde hace décadas, en cine y en televisión. Sí, claro, puede que debamos enorgullecernos de que por fin tenemos un sonido decente y que los diálogos de los personajes se escuchan incluso en las escenas de balaceras, pero la mejor secuencia de acción de El cartel de los sapos no tiene nada que hacer al lado de, por poner un solo ejemplo, un capítulo cualquiera de las ocho temporadas de 24. Tan inocente y provinciana es la cinta, que nadie fue capaz de contarle a Robinson Díaz, que su personaje, el Cabo, que en el formato de telenovela (porque eso es narrativamente El cartel de los sapos, una de nuestras telenovelas de acción comprimida en dos horas) se desarrollaba a través de la historia, y daba miedo por sus contradicciones y sus vicios, en una película se iba a ver como una especie de villano de caricatura al que le gustan los marranitos. Con decirles que el mejor actor de la cinta es Diego Cadavid. ¡Calculen!

Igual no vamos a ganar nada, pero al menos debimos haber intentado perder con algo más de dignidad, sin tratar de vestirnos como la dueña de la casa, ni copiar en versión pobre, la pinta del niño rico de la cuadra. Para no quedar como los sapos de la fiesta.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N° 63

Un clásico de juguete

Monday, September 24, 2012 por Samuel Castro

Hace unos años, en la Revista Kinetoscopio escogimos las películas esenciales para nosotros como cinéfilos. Este es el texto que escribí, sobre una cinta inolvidable: Toy Story

La anécdota es ya uno de esos mitos del mundo del cine que se enriquecen con detalles cada vez que se cuentan, como la obsesión por las rubias de Hitchcok o los percances en la filmación de Apocalypse now (1979). Varios de los más importantes ejecutivos de Disney acaban de dejar la sala donde les han relatado el argumento, escena por escena recreadas con dibujos en papel, de la próxima película que pretende estrenar el estudio Pixar, utilizando la marca de Walt como sombrilla. Acaban de salir y aún no se reponen de la impresión. La película es un asco. Está llena de bromas crueles, de chistes violentos, de un humor negro que provoca angustia más que risa. Alguien pregunta: “¿Qué pasó?” y la voz de otro más sincero contesta: “Hicieron lo que les dijimos”. Muchas sugerencias. Demasiados consejos acerca de “lo que gustaba al público” por parte del gran estudio que la gente de Pixar, inexperta, había asumido como órdenes. El fracaso estaba a la vuelta de la esquina.

Y aquí viene la parte de la historia que la convierte en leyenda. John Lasseter, enfundado en su eterna camisa de motivos hawaianos, sale a pedirles a esos mismos ejecutivos que le den dos semanas, que en dos semanas van a tener una historia que les guste y que permita que todos esos animadores que ya han contratado, puedan comenzar a trabajar. Probablemente aceptaron por la cara de angustia que vieron en el animador californiano y porque no tenían nada que perder  (¿qué posibilidades había de que arreglaran aquel desastre?), sin saber que ese mismo tipo, en menos de 20 años se convertiría en el jefe creativo de los estudios Disney.

Toy story (1995), que muchos reconocemos como un clásico del cine, se creó en quince días. En esas dos semanas, Joe Ranft, (que después sería co-director de Cars), Andrew Stanton (director de Finding Nemo y de WALL-E) y Pete Docter (director de Monsters Inc. y de Up) junto al mismo Lasseter, dibujaron y escribieron una historia donde desaparecía todo el sarcasmo que habían incluido y los dos protagonistas convertían la trama en una típica buddy movie, ese subgénero cinematográfico en el que dos personajes muy distintos entre sí deben convertirse a la fuerza en compañeros y enfrentar juntos una serie de peripecias. En vez de hacerle caso a los manuales de instrucciones decidieron hacer justo lo que ellos creían que era lo correcto: que no hubiera realmente “villanos”, que las canciones se redujeran al máximo posible, que todos los personajes hablaran, pensaran y se comportaran como adultos (con excepción, por supuesto, de los niños). Y la fórmula funcionó. Toy story consiguió la financiación necesaria y se convirtió en el primer largometraje diseñado enteramente por computador de la historia del cine. Pero más que eso (que podría haber sido una casualidad cronológica) gracias a la calidad de su historia, al manejo del humor y a la frescura de sus personajes, Toy story fue la película que volvió a reconciliar a los adultos con la animación, que mostró que se podían hacer películas “familiares” que no fueran estúpidas y que convirtió a Pixar en una de las marcas más respetadas, admiradas y reconocidas en el mundo del cine.

Una de vaqueros y una del espacio

A veces olvidamos lo deliciosamente anacrónica que es Toy story. ¿Realmente cuántos niños jugaban con vaqueros de juguete en los años noventa? Pero ese era un detalle en el que no reparamos (siempre pasa con las buenas historias) porque estábamos maravillados con ese mundo que se despertaba cuando nadie estaba viendo. Casi todos los adultos que acompañaron a sus hijos a las salas de cine en 1995 se encontraron recordando con nostalgia sus propios juguetes: el hombre forzudo, los soldados de plástico, la alcancía de cochinito, el tablero mágico, el Señor Cara de Papa. Ese fue el astuto anzuelo que Pixar le lanzó al público para que se identificara con la historia del juguete preferido que es desplazado por uno más bonito y más moderno, y que tras muchas peripecias se ve trabajando en equipo con el otro para enfrentar ese peligroso mundo exterior y lograr volver a casa, sanos y salvos. Era una situación que todos podían entender: por un lado casi cualquiera ha sentido alguna vez que alguien nuevo llega a deslumbrar y a quitarlo del centro de atención; por otro, todos sabemos que un amigo te salva de morir en tu primer día de colegio, que un amigo hace que la oficina nueva no sea tan despiadada. Por eso, por lograr contarnos una historia universal vestida con el ropaje asombroso de una clase de animación que nunca habíamos visto y que se parecía tanto a la vida real, Toy story le llegó al alma a millones de personas.

Como ocurre con las grandes películas, ¡hay tanto cine en Toy story! Un amor por la historia del séptimo arte estadounidense que se va haciendo evidente conforme pasan los minutos Todo es más claro cuando sabemos que en principio, Lasseter y compañía quisieron que las voces de sus personajes principales, el vaquero Woody y Buzz Lightyear fueran las de Paul Newman y Jim Carrey. Su idea era mostrar cómo el “viejo” Hollywood iba siendo desplazado por esas “nuevas” estrellas, que estaban transformando el negocio.

Por eso Toy story comienza siendo un western (que narra en sus juegos Andy, mientras usa a sus juguetes para armar la fantasía), se convierte en una película de guerra (con la ya antológica secuencia de los soldados de plástico en su operación para averiguar cuáles eran los regalos de Andy por su fiesta de cumpleaños), pasa por la ciencia-ficción (con los marcianitos mirando asombrados al cielo donde los iba a recoger la nave madre), se transforma en una película de terror (en las escenas donde intervienen los “monstruos” que ha creado Sid, el niño “malo” vecino de Andy, que ha cambiado cabezas de lugar y ha destripado a todos sus muñecos), y termina en una persecución digna de cualquier filme de acción. Todos los géneros en uno, como desafiando a cualquiera que se atreviera a decir que la animación era un juego de niños. Y por si eso fuera poco, los reemplazos en las voces (Tom Hanks y Tim Allen) haciendo un trabajo sobresaliente en su tarea de darle vida a los diálogos de esa comedia de enredos que se producía por la creencia de Buzz Lightyear de ser realmente un integrante de la Patrulla Espacial. ¿Qué niño no sabe hoy a qué personaje nos referimos cuando escucha la frase “Al infinito y más allá”? ¿No forma parte de las sentencias mejor dichas del cine la de Woody desesperado gritándole a Buzz “¡You are a toy!”? Eso es lo que hacen los clásicos: se instalan en nuestra memoria y se convierten en parte de los referentes que tenemos para entender el mundo.

Durante los siguientes años hubo muchas personas que creyeron que el mérito de Toy story estaba en la técnica y por eso nos llenamos de cintas animadas con historias tontas y predecibles que nada nos decían. Por fortuna, haciendo honor a su pieza fundacional, siempre estuvo Pixar para recordarnos que hoy y siempre, en 3D o en dibujos a lápiz, el asombro y la magia provienen de las buenas historias.

Publicado originalmente en la Revista Kinetoscopio N°90

Oscar 2012: hagan sus apuestas, señoras y señores

Sunday, February 26, 2012 por Samuel Castro

Hoy es la ceremonia del Oscar. Ya ustedes saben, porque pasa lo mismo cada año. Si me llaman los despacharé muy rápido y si insisten seré incluso grosero. Sólo acepto otras apuestas por los resultados. Y aunque en 2012 pareciera todo cocinado, al final siempre hay una sorpresa o dos que hacen que valga la pena ver la transmisión, sobre todo porque este año vuelve Billy Cristal (y mañana todos dirán que no estuvo a la altura y que la Academia debe renovarse, y propondrán a Rocky Gervais en lo que yo llamo la “indignación cíclica”) y repite, una década después, el Circo del Sol. Apostemos entonces, y como queda por escrito, no hay trampas de último minuto que valgan. Vamos a ver si logro un mejor resultado que el año pasado.

MEJOR CORTO DE ACCIÓN REAL
The shore
La historia de dos amigos que viven un malentendido durante 25 años. Cirian Hinds, ese señor actor, siempre escondido de los reflectores, le da a la historia un peso dramático que maravilla.

MEJOR CORTO ANIMADO
La luna
Este año Pixar no clasificó en la categoría de largo animado por el corto vuelo de uno de sus films más flojos, Cars 2. Pero este cortometraje, preciosista, puede ser la compensación. La otra que podría ganar es The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore pero a mí no me convenció.
 
MEJOR CORTO DOCUMENTAL
The tsunami and the cherry blossom
No se ha hecho todavía un documental de categoría sobre el tsunami pero este corto logra emocionar con imágenes impactantes del desastre y un conmovedor relato como le gusta a la Academia: lleno de esperanza.

MEJOR DOCUMENTAL
Pina
Un documental en 3D. Y además filmado por un reconocido director extranjero. Y a eso agréguenle que es sobre danza y una de las más importantes coreógrafas de la historia. Muchos motivos para ganar en un año que no parece el apropiado para volver a entristecerse con la triste realidad del mundo.

MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA
Jodaeiye nader az simin (A separation)
Además de ser la oportunidad de recordarle a Washington que en Hollywood piensan “distinto” premiando una película iraní, la verdad es que esta cinta ha arrasado dondequiera que va, lo que dejaría muy mal parada a la Academia si no vota por ella.

MEJOR PELÍCULA ANIMADA
Rango
Entre una categoría huérfana de la película que debió ganar, que por supuesto era Tintín, sobresale este homenaje al western protagonizado en la voz por ese verdadero camaleón de la actuación que es Johnny Depp

MEJORES EFECTOS VISUALES
Hugo
En general estas son las categorías donde los tanques taquilleros de robots del espacio tienen oportunidad, pero este año los miembros de la Academia tienen la oportunidad de premiar a una gran película. Los transformers también lloran.

MEJOR EDICIÓN DE SONIDO
War horse
Un caballo que corre en medio de las trincheras es algo que se dice fácil pero que cuesta mucho trabajo. Y de alguna manera habría que compensar este gran título de Spielberg que no tuvo la suerte que él esperaba.

MEJOR MEZCLA DE SONIDO
Hugo
Véanse las mismas razones que escribí dos categorías más arriba.

MEJOR CANCIÓN ORIGINAL
“Man or muppet” de The muppets
Puede que a todos les guste la música brasilera y por una especie de solidaridad latinoamericana queramos que ganen Sergio Mendes y Carlinhos Brown, pero creo que a la Academia le producen más nostalgia la Rana René y Miss Piggy.

MEJOR PARTITURA PARA UNA PELÍCULA
Ludovic Bource por The Artist
The Artist le debe la mitad de su fuerza a esta partitura elegante y apropiada, que le imprime la emoción justa a cada escena. Si hay un Oscar que de verdad merezca The Artist, es éste.

MEJOR MAQUILLAJE
Albert Nobbs
Es probable que este Oscar sea la única consolación que tenga la cinta dirigida por Rodrigo García que, supongo, es Colombia en el Oscar. Debería ganar Harry Potter, pero no sé por qué la Academia no aprecia mucho a esta franquicia inglesa.

MEJOR VESTUARIO
Sandy Powell por Hugo
La van a odiar, porque cada vez que gana un Oscar (lleva 3) da un discurso pretencioso y engreído. Pero es también una maestra en su trabajo y en Hugo recreó los disfraces de las películas mudas de Méliès.

MEJOR DIRECCIÓN DE ARTE
Dante Ferreti y Francesca Lo Schiavo por Hugo
Podría ganar también Midnight in Paris, pero lo que hacen con la estación de Montparnasse estos dos grandes profesionales, es excepcional

MEJOR EDICIÓN
Thelma Schoonmaker por Hugo
Yo se lo daría a los editores de Girl with dragon tattoo pero con Hugo pasa que el impulso de sus muchas nominaciones le da un impacto adicional. Y dárselo a Thelma Schoonmaker es reconocer el trabajo de una de las mejores editoras de la historia del cine.

MEJOR FOTOGRAFÍA
Emmanuel Lubezki por The tree of life
Esta será la única estatuilla que se lleve The tree of life porque las imágenes que logra el “Chivo” Lubezki son la poesía que sostiene la película frente a nuestros ojos. 
 
MEJOR GUIÓN ADAPTADO
Alexander Payne, Nat Faxon y Jim Rash por The descendants
Si algo tiene bonito The descendants es la sensibilidad y la piedad por sus personajes de su guion, la marca de fábrica del hombre que creó Sideways

MEJOR GUIÓN ORIGINAL
Woody Allen por Midnight in Paris
La ceremonia necesita acortarse cada año. Y si además de hacer justicia se pueden ahorrar algunos minutos con la segura ausencia del neoyorquino… Aquí la pregunta es cuál de los presentadores lo recibirá en su nombre.

MEJOR DIRECTOR
Martin Scorsese por Hugo
Sé que me estoy apartando de las predicciones. Pero la única manera de ganar las apuestas es no ir siempre por lo seguro. Y creo que la Academia adora la oportunidad de premiar al director vivo más importante del planeta, sobre la de destacar a un desconocido francés. Es su fiesta, ¿no?

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Octavia Spencer por The help
Apuesta fija. Además de ser políticamente correcto, es justo.

MEJOR ACTOR DE REPARTO
Christopher Plummer por Beginners
¡Qué maravilloso será ver al Capitán Von Trapp recibiendo el Oscar casi medio siglo después de su participación en La novicia rebelde

MEJOR ACTRIZ PRINCIPAL
Viola Davis por The help
A este sí le tengo pereza. En un mundo justo se lo llevaría Rooney Mara, o incluso Meryl Streep, como en una pelea que se gana por puntos. Pero la Academia va a aprovechar para hacer “una moñona histórica” premiando a dos actrices negras, en una película donde las mujeres son el mayor encanto.

MEJOR ACTOR PRINCIPAL
Jean Dujardin por The Artist
La Academia no se va a perder la oportunidad de que el francés baile un par de pasos de claqué antes de recibir la estatuilla de manos de Natalie Portman. Y aunque Clooney es muy popular, cada cierto número de años los Oscar se sienten felices de convertir en estrella a un desconocido actor internacional.

MEJOR PELÍCULA
Hugo
Ya sé que voy contra las apuestas. Pero pienso que Hugo, una película norteamericana dirigida por Scorsese que rinde homenaje a un cineasta francés, es un voto más lógico para la Academia (una mayoría de hombres blancos mayores de 60 años) que una película francesa que rinde homenaje a Hollywood.

Listo el asunto. Como siempre digo, vamos a ver si mis presentimientos funcionan y lo más importante, vamos a usar la apuesta para divertirnos con el show que algunos esperamos todo el año.

Lo mejor del año que se fue

Monday, February 20, 2012 por Samuel Castro

Las tradiciones, cuando tienen lógica, es mejor conservarlas. Y aunque todos ya tenemos en la cabeza que el Oscar es el próximo fin de semana y lo que queremos es hacer nuestras apuestas (que llegarán, se los prometo) para ver qué tanto nos equivocamos, no podía dejar de hacer este listado, siempre marcado por la falta de sincronía colombiana con los estrenos que de verdad importan, para que repasemos juntos las mejores imágenes e historias que vi en 2011. Como siempre aclaro, este post no es un “lo mejor del año” tradicional, hecho sólo de cine o de estrenos. Es también una invitación a que nos movamos a ese reino de la historia en que se ha convertido la televisión norteamericana o a que repasemos algún clásico vuelto a ver en TCM o en el cine club del maestro y amigo Juan Carlos González en la Universidad EAFIT. Incluso hay cierta contención en la lista, pues no puse en ella series de las que ya he hablado en este blog o en este post tradicional, que yo sigo viendo y que siguen haciendo capítulos memorables: House M.D., Dexter, Grey’s Anatomy. A lo mejor se me pasó algo y ustedes me lo recuerdan en los comentarios o a lo mejor descubren alguna cosa que les interesa.

Vientos de agua: La vi a comienzos del año pasado, antes de que a la Cuevana que funcionaba de maravilla le diera por ser una web mediática y ponerse en la mira de los cazadores. Es sobre un español que se vino a América en barco en busca de un futuro mejor y su nieto, argentino, décadas después, que se devuelve a Europa en avión en busca de un presente menos terrible. Todo contado en paralelo, con actores maravillosos y bajo la supervisión de Juan José Campanella. “Fue lo mejor que hice”, alcanzó a decirle al crítico que lo entrevistó en el Festival de Santafé de Antioquia.

Inside job: Parece mentira que haya pasado tanto tiempo, pero este documental que desnuda nuevamente, como en el cuento, al emperador, o al imperio en este caso, lo pudimos ver apenas a comienzos de 2011. Y parecería que han pasado siglos desde aquello, pero no; hoy seguimos condenados, por los hechos que relata esta película de terror en envase equivocado, a repetir la crisis y probablemente a profundizarla. Y Atenas en llamas.

Psycho: Gracias al especial que hizo la Revista Kinetoscopio sobre la obra de Hitchcock, tuve que volver a ver, a una mejor edad para disfrutarla, esta maravilla. Cada plano es perfecto. Cada sombra que resalta con su oscuridad algún aspecto del cuadro, hace que todos, callados, nos veamos en la obligación de cerrar los ojos y admirar con respeto el genio del director inglés. Maestro.

You don’t know Jack: ¿Por qué habrá todavía personas que creen que las “películas para televisión” son la expresión correcta para designar las malas películas. Las películas para televisión, cuando las hace HBO y las actúan personas como Al Pacino, Susan Sarandon y John Goodman, son cosas como ésta: crónicas hermosas sobre un personaje único, que se ganó a pulso aquel sobrenombre de “Doctor Muerte.

Carancho: Que la salud está podrida en Latinoamérica es algo que podemos comprobar todos los días cuando asistimos a un servicio de urgencias. Pero que Pablo Trapero tome el tema y sea capaz, junto con la prodigiosa actuación de Ricardo Darín, de hacer un film noir latino, demuestra que nuestro cine, el que habla español, no debe temerle a ningún género cuando detrás de la cámara hay gente que realmente sabe lo que quiere.

The treasure of Sierra Madre: La mejor película que vi del cine-club de Eafit, lo que no quiere decir que sea la mejor que hayan pasado en él, porque no pude asistir a todas las citas con el buen cine. Una historia escrita con desencanto, donde ese Dobbs que compuso Humphrey Bogart, se parece desde tanto al Gollum de El señor de los anillos de Peter Jackson que da miedo.

Crazy, stupid love: Es una maravilla cuando uno va sin expectativas a ver una película y se encuentra con una pequeña delicia como esta comedia romántica multiusos, la mejor entre las que trajo la propuesta comercial en 2011. Divertida, bien escrita, con situaciones realmente graciosas y con una pareja cómica buenísima conformada por Ryan Gosling y Steve Carrell. Si a eso le añadimos Emma Stone, Julianne Moore y Marisa Tomei, estamos hablando de una de esas cintas que, con los años, crecerá en la memoria. 

Downton Abbey: Después de leer en Arcadia que Carolina Sanín no entiende realmente esta serie aunque ella piense que sí, debería salir a defenderla, contándoles cuál es el encanto de una historia que se desarrolla por los años de la Primera Guerra Mundial y que nos va paseando por las vidas de los aristócratas habitantes de un gran palacio y sus criados, continuando (porque son del mismo guionista) con aquello que no pudo hacer del todo bien Robert Altman en Gosford Park. Debería, pero no. Basta con que la vean un par de episodios para que se enamoren al instante de esta serie de la BBC.

Jane Eyre: Para todos aquellos jóvenes que no han visto las versiones anteriores, ésta, con un trabajo de fotografía admirable, que nos hace creer en la primera mitad que vemos un relato de misterio, para luego atropellarnos con una historia romántica como pocas, esta versión es la posibilidad de acercarse a un clásico, traducido a un lenguaje actual sin perderle el respeto a la fuente. Una gran versión.

Super 8: Vivimos una época nostálgica. Recordamos con afecto aquellas canciones de los ochenta que hasta hace algunos años nos parecían ridículas, tal vez porque nos vamos dando cuenta del encanto de aquella ingenuidad. Con el mismo espíritu de búsqueda del tiempo perdido, esta película inteligente protagonizada por niños brillantes y por la hermosísima Elle Fanning, tan talentosa como su hermana pero más bella, nos acerca a aquellos años en que los efectos especiales todavía eran como actos de magia.

Midnight in Paris: Hacer un gran guion (que seguro ganará el Oscar) basado en una idea simple (nunca estamos contentos con el tiempo que nos tocó vivir) pero no tan explorada como otras, para convertirlo en un cuento de hadas moderno. Ese es el encanto único de esta película que ocurre en una de las ciudades más hermosas del planeta, que Woody Allen, enamorado de ella, muestra mejor que muchos directores franceses.

The help: ¡Tantos críticos amargados, de esos que sólo creen que es buen cine aquello que pueden ver muy poquitos, que atacan esta película porque supuestamente es más de lo mismo! Sí, puede que se le note lo que está hecha para ganar premios, pero no se le puede negar ni la producción perfecta, ni el hecho de jugársela del todo por verdaderas actrices (Emma Stone, Jessica Chastain, Viola Davis, Octavia Spencer) que logran que creamos una fábula de época. ¿Ligera? ¡Qué importa si funciona! Y funciona tan bien que cuando acaba no nos dimos cuenta de su duración. Eso también es virtud del buen cine.

Un pelao de barrio en el Teatro Heredia

Saturday, January 28, 2012 por Samuel Castro

Como siempre pasa en el Hay Festival, la primera charla, la que inaugura el evento, es una de las más concurridas, sobre todas porque hay demasiadas personas de Cartagena que quieren salir en la foto de sociales de los periódicos o en la sección de farándula de RCN. A pesar de eso, el personaje que convocaba, John Leguízamo, tenía el suficiente prestigio como para pensar que asistiríamos a una charla muy interesante.

Hubo más entrevistado que entrevistador. Como si sufriera un terrible jet-lag, o tal vez porque su conocimiento sobre cine es mucho menos que el que tiene sobre música, Roberto Pombo, director de El Tiempo, no pareció nunca estar cómodo y realizó una entrevista que fue amena gracias a las respuestas llenas de alegría de Leguízamo, pero sin el picante que ha sabido imprimirle el mismo Pombo en otros años.

Leguízamo, con su acento indefinible, que pasa del paisa al chicano, del mexicano al costeño y luego al rolo, habló de sus pocos recuerdos de infancia asociados a Colombia, que tenían que ver con la compañía que había aquí, contrastada con la soledad que tuvo que vivir su familia al comienzo en Estados Unidos. Habló de su madre, que se mataba trabajando mientras su papá le dedicaba mucho tiempo a conquistar mujeres, y contó lo que le dijo mientras planchaba: “Chucho, tú tienes el toque de Midas pero al revés; todo lo que tocas lo conviertes en mierda”. Recordó que sus habilidades para la actuación comenzaron a desarrollarse por la necesidad de ser gracioso y lograr que no le pegaran a él mismo, uno de los pocos latinos que había en su barrio en aquel entonces; narró la historia de cuando, alentado por sus amigos, tomó el micrófono de la línea 7 del metro de New York y comenzó a contar sus historias y sus chistes. Como lo arrestaron por eso, su mamá fue a la comisaría diciéndoles a los policías: “Él no es un delincuente. Solamente es hiperactivo”.

También recordó su primer contacto con el teatro, a los 17 años, en el que conoció a Shakespeare y a las grandes autores, lo que hizo que se enamorara de la actuación y de la dramaturgia, empezando a escribir sus obras. Con una de ellas, lograría que al teatro de 70 sillas donde se presentó por primera vez (¡qué tal que viera nuestros teatros de 15 sillas!) fueran a verlo Madonna, Al Pacino, Rubén Blades y algunos de los que hoy siguen siendo sus amigos en el star system de Hollywood. Vendrían entonces sus primeros papeles en el cine, destacándose el de mafioso que hizo en Carlito’s way, en el que le gritaba (y cómo él dijo, le escupía mientras lo hacía), a dos centímetros de su rostro a Pacino. Relató con gracia, su paso por Two wong foo thanks for everything, Julie Newman en el que hacía junto a Patrick Swayze y Wesley Snipes, el papel de tres drag queens atrapadas en un pequeño pueblo. Según Leguízamo, se metieron tanto en sus personajes que a Swayze y a él les dio síndrome premenstrual y se fueron a las manos en algún momento de la filmación.

Hubo comentarios acerca del momento actual de Hollywood: nada que no supiéramos, por supuesto. Ese fue el tipo de temas que Pombo introdujo en la conversación que fueron un desperdicio de minutos, tanto como las supuestas “escenas importantes” de la trayectoria del actor, que eran vistas en una pantalla de video y que en vez de representar una carrera, más bien mostraban haber sido seleccionadas “a la carrera”, pues en casi todas, la aparición de Leguízamo en ese momento justo de la película, era intrascendental. Además, habría que poner en el podio de los errores, las preguntas sobre si Leguízamo pensaba en español o en inglés y la equivocadísima afirmación del entrevistador (que demuestra poco conocimiento del mundo del cine) en la que pensaba que en Hollywood eran más de derecha que de izquierda, a lo que el actor contestó que casi todos eran demócratas, con excepción de algunos tipos raros por ahí, como Arnold Schwarzenegger.

Un descubrimiento para los fans de La era del hielo: la voz de Sid nace del estudio de Leguízamo de los osos perezosos, cuando descubre que estos animales guardan comida en sus bocas, prueba él mismo con un pedazo de sándwich y decide que ese acento y esa forma de pronunciar las palabras es perfecto para su personaje animado. En el tema de los doblajes, anunció que su voz estará presente en la próxima Men in black III dándole vida a una especie de marciano graffiti.

Nos enteramos también de que Leguízamo le rogó a Baz Luhrman, con quien ya había trabajado en Romeo y Julieta, que lo dejara probar en una audición para Moulin Rouge y hacer su versión de Toulouse-Lautrec; con este fin se preparó durante un mes para hablar inglés con acento francés, contratando a un profesor de dicción y cuando llegó a la audición le ganó el papel a Rowan Atkinson, porque fue capaz de correr de rodillas durante varias horas. Aunque de todas las anécdotas, la que más le salió del alma a Leguízamo fue la de su odio por Steven Seagal (tema que aparece también en una de sus obras de teatro, cuyos extractos en video asombraron por la asombrosa capacidad de imitación de Leguízamo), debido a que en alguna filmación de una película de Seagal, éste se dirigió al colombiano, muy serio, diciéndole: “Yo soy la ley. Aquí se hace mi voluntad” y ante la risa de Leguízamo (porque “quién habla así”, pensó) le asestó un codazo que lo lanzó contra una pared dejándolo sin aire. Así que la charla fue una buena oportunidad para vengarse un poco e imitar la forma de correr de Seagal, como una “viejita miedosa”.

Finalmente se habló de sus espectáculos teatrales y de sus recientes amistades con directores jóvenes y entusiastas como Simon Brand, que le han permitido trabajar también en el creativo mundo del cine independiente. No mencionaremos aquí la intervención de Salvo Basile (“dejan entrar a cualquiera”, le explicó Pombo con buen humor a Leguízamo) porque es tan vergonzosa, que lo mejor para ella es el olvido. Como ven, la charla estuvo muy entretenida a pesar de las flaquezas del entrevistador, y funcionó bien como el contacto que cada año el Hay Festival tiene con el cine.

Harry: un amigo que te quiere bien

Saturday, July 30, 2011 por Samuel Castro

Cuando terminó la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte una muchachita (la cédula todavía sin estrenar) que estaba a mi lado, dijo: bueno, ahora sí se acabó la infancia. No era para menos. La comprendo. Desde que es un ser pensante, durante más de una década, ha tenido la presencia de los libros y las películas del joven hechicero en su vida, Harry Potter ha sido uno de sus más cercanos amigos y la partida de un amigo le duele a cualquiera.

 

Hay, sin embargo, un problema en los medios de comunicación más grandes de Colombia (y supongo que en otros territorios) para poder reflejar en sus páginas, en sus espacios radiales o en sus notas televisivas, la verdadera trascendencia del fenómeno de Harry Potter y ofrecer a miles de jóvenes como la del primer párrafo, información y opiniones interesantes para ellos. Muchas de las personas que analizan la saga (periodistas culturales, críticos de cine, analistas políticos inclusive, porque así son los medios acá) nunca han leído los libros, un poco por desprecio, un poco por prejuicio, otro poco por pereza. Y al no hacerlo, así sea por celo profesional, pierden autoridad frente a gran parte del público para el que están trabajando.

 

Yo descubrí los libros de Harry Potter mientras trabajaba en un supermercado hace más de doce años, cuando aún no habían salido las películas y a escondidas de mis supervisores leía en los espacios entre un cliente y otro. Me atrajeron los nombres de los libros y el hecho de que hubiera novelas de extensión considerable vendiéndose junto a las chocolatinas y los chicles. Y me convertí, como sólo me había ocurrido con la música de Fito Páez, en un fan. No perdía oportunidad de recomendarle a quien me quisiera escuchar esos relatos atrapantes y perfectamente construidos por un autor que ni siquiera sabía que era mujer (todavía uno no consultaba en Google). Supongo yo, a pesar de lo que pueda decir Harold Bloom, que la emoción que uno siente leyendo a Harry debe ser comparable con la que sentían los obreros ingleses cuando leían las novelas por entregas de Charles Dickens: un algo que genera identificación (ya sea el sentirse distinto, el no saber qué cualidades heredamos de nuestros papás, el miedo ante lo nuevo, el anhelo por trascender en lo que hacemos) sumado a una historia atrapante y a una narración capaz de crear con detalle un universo.

 

Por eso la mayor parte de lo que leo, oigo o escucho sobre Harry Potter me parece tremendamente fuera de foco, inclusive cuando viene de personas (algunas, amigos) cuyas opiniones normalmente respeto. Si uno de ellos se queja de que la séptima película de la saga es muy lenta para lo que se supone que debe ser un gran blockbuster, refunfuño en silencio porque si quien lo dice hubiera leído el libro entendería que es tal vez la mejor de las adaptaciones a cargo de David Yates; si otro opina que de esta saga no se podía esperar profundidad en los personajes, la rabia es mayor, porque si algo ha hecho bien J.K. Rowling es lograr que Hermione, Harry, Ron, Voldemort o Snape sean mucho más que caricaturas. Que el cine tenga que centrarse más en las acciones que en retratarnos el alma de sus criaturas, por simples cuestiones de formato, no es excusa para que extendamos nuestras opiniones sobre una historia que no conocemos, y de paso ofendamos a los que sí.

 

Advierto entonces que mi balance, no es estrictamente cinematográfico; que hablo teniendo en mente las horas disfrutadas sumergido en la lectura de las novelas y la profunda admiración por todo aquello que tenga que ver con Hogwarts. Y el resultado del balance, por fortuna, tiene muchas más cosas positivas que negativas. Desde el comienzo, el esfuerzo de Warner (supongo que algo obligados por el contrato con la autora) por ser fieles a los detalles, se notó en la producción y en intentar que todos los actores de la película fueran británicos. El casting puede ser uno de los mejores que haya tenido nunca una súper producción: Emma Watson, Daniel Radcliffe y Rupert Grint fueron hasta el final, las encarnaciones perfectas de los personajes principales. Aun cuando hubo un par de desaciertos importantes (que los profesores sean como 10 años mayores de lo que debían ser por la lógica de los libros, que Gary Oldman fuera una pésima decisión para estar en los zapatos de Sirius Black por su presencia física) en general lo que uno veía en la pantalla se correspondía muy bien con lo que había leído.

 

Tal vez hubiera sido mejor si a partir del quinto libro, Warner hubiera tomado la misma decisión que tomó con el séptimo y hubiera partido las películas en dos partes, por la extensión de las novelas y para que David Yates, el peor de los directores de la saga en el balance (la quinta es la película más lamentable) adquiriera “cancha” más rápido. De la misma manera resulta incomprensible que Alfonso Cuarón, el que mejor hizo las cosas (logrando una combinación perfecta entre SU estilo y las exigencias del mundo de Rowling) en El prisionero de Azkabán no volviera a trabajar para la saga. Su ausencia se suma a otras cosas lamentables, como la muerte de Richard Harris, el perfecto Dumbledore, o el recorte de personajes entrañables y escenas memorables, que a los que leímos la novela, nos dolieron como puñaladas.

 

Pero en general lo lograron. Uno salía de cada nueva entrega con la felicidad enorme de ver en imágenes reales algunos de los párrafos que más lo habían conmovido y pensando con anticipación cómo harían tal o cuál capítulo. Algunos hasta se animaron a leer las novelas gracias a lo mucho que les gustó la película. Por eso duele que ya no vaya a existir otra noche de estreno y que por unos años (seguramente en unos cuántos harán miniseries para la BBC) no haya más hechizos en nuestra vida. La magia ha terminado y Harry, el amigo de tantas horas, debe despedirse. Puede que el fenómeno de taquilla no exista más. Pero un nuevo personaje inmortal, ha terminado de instalarse en la memoria de millones de personas en el mundo, que lo identificarán para siempre, con una parte de sus vidas.

La gracia de Grey’s Anatomy

Saturday, June 18, 2011 por Samuel Castro

Me he pasado de las peleas entre hinchas de fútbol a las discusiones entre aficionados a las series. Y así como a algunos no les cabe en la cabeza que uno pueda ser hincha de Nacional y alegrarse por las victorias del DIM, parece que no se pudieran adorar al mismo tiempo las ironías y los sarcasmos de House M.D. y disfrutar de las tramas pasionales y desgarradas de Grey’s anatomy. Sus fans parecen Montescos y Capuletos. Y me perdonan los fanáticos de ambas familias, pero las dos están muy bien. Lo que pasa es que se ha escrito tanto acerca del doctor cojo (análisis de cada capítulo, compilaciones de las frases, filosofías) y tan poco de la serie que revivió la carrera de Patrick Dempsey, que mi costumbre de ponerme del lado del débil me obliga a dedicar un rato a elogiar todas sus cualidades, y burlarme con cariño de sus defectos. Eso sí, maldiciendo la hora en que a alguien se le ocurrió hacer una adaptación “a la colombiana” que lleva el creativísimo nombre (copiado de la película de Susanne Bier) de “A corazón abierto”. Podrá ser hasta decente la versión, pero el sólo hecho de que todas las protagonistas femeninas parezcan escogidas por Diego Cadavid para la portada de Soho, me hace preferir el original.

Para empezar el rasgo distintivo de Grey’s anatomy: el personaje más carismático de la serie no es su protagonista, cosa que según los cánones gringos es un sacrilegio (aunque después vino Big love con el petardo de Bill Paxton y comprobó que cualquier cosa puede pasar) Cuando la serie comenzó, esa fue una de las características que hacían a los críticos augurarle poca permanencia al aire (es maravilloso cuando nos equivocamos tan estrepitosamente). Ellen Pompeo, la novia de Jim Carrey en las escenas eliminadas de Eternal sunshine of the spotless mind, se ha visto siempre cinco años mayor de la edad que supuestamente debería tener Meredith y un día está hermosa y al otro parece que hubiera amanecido en un parque antes de la grabación de sus escenas, habla como si le diera pereza abrir la boca y no siempre le creemos sus depresiones y sus tristezas. Pero este “defecto” hizo también que desde el comienzo las tramas de los secundarios, sus vidas y sus amores, fueran alternándose el protagonismo. El resultado es que hoy todos los personajes nos importan (cuando se fue de la serie George, el “buenazo”, debo confesarlo, lloré durante diez minutos seguidos), todas las historias han cobrado vida propia y la serie tiene decenas de caminos posibles. Queremos que Karev consiga a una mujer que no esté loca, que Cristina Yang haga la mejor operación de cardio que exista, que a Torres y a Arizona les vaya bien en su matrimonio, que a Mark le siente bien la paternidad. Y sobre todas las cosas, adoramos a Miranda, el verdadero corazón del Seattle Grace Hospital.

Los seguidores de House desprecian el dramatismo de Grey’s anatomy. Pero si uno ve de corrido las siete temporadas que lleva hasta ahora, descubrirá que una de sus muchas virtudes es dosificar la tragedia para que haya capítulos donde incluso las emergencias son graciosas y otros donde pasan pequeñas cosas, que tres episodios más adelante serán vitales para la historia. Pura inteligencia de su creadora, Shonda Rhimes, que además no ha dejado de atreverse a correr riesgos: un capítulo grabado como si fuera un documental televisivo, otro donde a lo Rashomon, veíamos la versión de los hechos según cada persona que los contaba, uno más donde la protagonista hablaba con los muertos en un cielo que era un quirófano vacío. Nada mal para una serie supuestamente rosa.

¿Qué es lo que tanto nos gusta de Grey’s anatomy? Que a diferencia de House, un genio solitario que sólo podemos imitar, los personajes de Grey’s se parecen mucho a nosotros. Supuestamente ya son “grandes” pero todavía tienen que descubrir cuál es su talento, para qué sirven en la vida; todos cargan sobre sus hombros los pecados y las miserias de sus padres; están aprendiendo a ser papás, esposos, buenas personas; se han ido transformando a lo largo de la serie y ya no son los mismos muchachitos (sobre todo Meredith) que peleaban por una operación de vesícula hace unos años. Pero todavía en cada capítulo pueden tomar una decisión que les cambie la vida (al menos durante media temporada) Es una gran serie, distinta a House pero maravillosa a su manera.

Puede que uno quiera conocer a House más que a Meredith o a McDreamy.  Pero nadie puede negar, que entre los dos hospitales, el más divertido, el más parecido a cualquiera de nuestras casas, es el de Seattle. Y esa es su gracia.

Blogumental de cine: Felipe Restrepo

Friday, May 27, 2011 por Samuel Castro

A falta de post y críticas (ya se imaginarán el trabajo en el que andamos, no dejen de disculparnos y de leernos) siempre es bueno continuar con los buenos proyectos, como el de nuestro blogumental. Esta vez, el invitado es Felipe Restrepo, (@felres en Twitter), uno de esos tipos que cualquiera quisiera tener de amigo, que ha tenido la suerte de satisfacer su pasión por el cine, con entrevistas a verdaderas estrellas (Ewan McGregor o Chris O’Donnell han sido algunas de las más recientes) que realiza como editor de la revista Esquire para Latinoamérica. Además el tiempo le alcanza para ser columnista de El Espectador y la Revista Gente edición mexicana. Un verdadero gatopardo de la literatura y de la escritura.

¿Recuerda qué se siente ir a cine por primera vez?

Desde muy chiquito mi papá me llevaba a cine todos los sábados por la tarde. Más que las películas que me llevaba a ver, recuerdo la impresión que me causaba entrar en ese mundo. Por lo general íbamos al Astor Plaza o al Royal Plaza —que ya no sé si siguen siendo salas de cine o las convirtieron en iglesias o en discotecas— que eran teatros enormes y viejos. Me sentía muy bien ahí y descubrí pronto que el cine era una de las mejores cosas que tenía la vida. Creo que cada vez que regreso a ver una película busco volver a sentirme igual. Pero, como decía, no recuerdo exactamente qué películas veíamos. Yo siempre quería que me mi papá me llevara a ver las de James Bond, pero eran para mayores de 12 años —creo que por las escenas, fuertísimas, de sexo— así que no me dejaban entrar. Siempre terminábamos viendo alguna de acción malísima o, peor, una de Disney. Me acuerdo que Volver al futuro fue la primera que me gustó de verdad.
 
¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Estoy de acuerdo con algo que dice por ahí Alejandro Martín: los eventos que menciona no fueron grandes eventos. Más bien trámites aburridos. En cambio, algunas películas sí fueron acontecimientos que marcaron momentos muy precisos de mi vida. La lista es larga, pero más o menos es, en orden cronológico: las de Superman, Batman e Indiana Jones (porque era como ser amigo de tres niños: uno bueno, uno malo y uno inteligente); Adiós a los niños (porque era sentir la misma angustia de ir al colegio); El silencio de los inocentes (porque no podía imaginarme nada más asustador); El club de la pelea (porque ahí estaba todo lo que siempre había querido que me dijeran); Y tu mamá también (porque era muy caliente); Bowling for Columbine (porque el mundo no es un lugar seguro); Belleza americana (porque tiene la secuencia final más bonita que yo haya visto); Secreto en la montaña (porque fue liberadora); y El Padrino (porque mi propia familia no era tan disfucional, después de todo).

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

Pues me imagino que le mostraría mi película favorita: El club de la pelea, de David Fincher. Aunque no sé si eso le explicaría algo sobre mí —es posible que más bien lo asustara un poco—. Creo que mejor haría una selección de la lista que mencioné en la respuesta anterior.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

Tengo una debilidad por los placeres y mucho más si son culposos. Así que mi lista es larga y un poco vergonzosa para confesarla acá. Pero hay dos películas que tendría que mencionar. La primera es Forrest Gump que muchos consideran mala, pero no lo es tanto. Hay algo en esa película —las actuaciones o cómo cuentan la historia, no sé— que siempre me conmueve mucho.
Y luego está —en un merecido primer lugar— La sinfonía del Señor Holland (Mr.Holland Opus). Una película pésima, con Richard Dreyfuss, que no es más que una serie de lugares comunes: la esposa abnegada, el alumno rebelde, la alumna gordita, el hijo sordo, etc. Pero debo confesar que me parece la obra maestra de ese género que nos gusta tanto a todos: el del profesor sabio que le cambia la vida a sus alumnos.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

Por dos razones. Una práctica: me quedaría sin trabajo y sin con qué vivir. Y otra aún más práctica: me quedaría sin ganas de vivir.