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Solo ante el prejuicio

Feb 5, 2015 por Samuel Castro

El fuego es implacable, como la injusticia. En la madrugada del domingo primero de junio de 2008, las llamas no tuvieron piedad, y consumieron una buena parte de  las instalaciones de los Estudios Universal en Los Angeles. Casi todos los periodistas menores de 30 años lamentaron la pérdida de una construcción icónica en el cine de ciencia-ficción: la torre del reloj de Hill Valley, aquella en la que el doctor Emmett Brown, con su pelo revolcado por el viento, espera ansioso a que un rayo caiga y haga funcionar el artilugio que ha creado para que su amigo Marty McFly regrese al futuro. Sin embargo, en otra parte de los cables noticiosos, también se resaltaba una pérdida igual de irreparable: la corte de justicia del pequeño pueblo imaginario de Maycomb y réplica de la corte real de Monroeville, Alabama, era ahora una pila de escombros humeantes. Y aunque para algunos los decorados de las películas sólo sean una mezcla de papel maché, cartón y madera, esta corte típica de los estados sureños norteamericanos de la primera mitad del siglo XX era el escenario más importante de la que el American Film Institute declaró como la mejor película de estrados judiciales en la historia del cine norteamericano, To kill a mockingbird (Matar a un ruiseñor). En esa corte, el digno y honrado Atticus Finch defendería al pobre Tom Robinson. No ganaría el caso, por supuesto, porque Tom Robinson era un negro acusado de violar a una mujer blanca en el territorio racista por excelencia de Estados Unidos y todo ocurría durante los años treinta, muy lejos en el tiempo de la década del 60 y su reivindicación de la igualdad y los derechos civiles; pero su defensa inobjetable en aquel caso, su porte y sus palabras, convertirían a Atticus Finch en uno de los personajes más recordados en la historia del cine. Por fortuna, aunque la escenografía ya no exista, la cinta sigue siendo tan emocionante como en el año de su estreno y sigue haciéndole justicia a un libro único.

 Matar a un ruiseñor 1

 Del libro a la película

“For Jack Dunphy and Harper Lee. With my love and gratitude”. Eso decía la dedicatoria del libro. El amor, por supuesto, era para Jack, su novio de aquellos años. Pero la gratitud era para su amiga y confidente, su cómplice y ayudante. Truman Capote sabía que tal vez sin Harper Lee, sin su compañía y consejo, no habría podido terminar “A sangre fría”, la obra maestra que ansiaba escribir desde hacía varios años. Gracias al furor desatado por las dos películas biográficas que se hicieron, muchas personas escucharon el nombre de Harper Lee, y la vieron encarnada por Sandra Bullock y por Catherine Keener respectivamente. Sin embargo, Lee ya brillaba entre los escritores de su generación en 1961, cuando comenzó a trabajar con su amigo Capote en aquel gran reportaje, pues la novela que había publicado el año anterior, “To kill a mockingbird” acababa de ganar el Premio Pulitzer. El éxito fue casi instantáneo, aunque desde el comienzo la escritora debió insistir en que la novela no era un relato autobiográfico sino una historia de ficción. Las confusiones se debían a que el personaje principal del libro y que además narraba la novela era, al igual que Lee, la hija menor de un abogado de un pueblo en el sur norteamericano.

Matar a un ruiseñor 2

Con el éxito vinieron de inmediato las propuestas para la adaptación al cine. Pero a diferencia de su amigo Capote, que ese año había visto su nombre como guionista de “The innocents”, Lee no se sintió muy feliz con la posibilidad de trabajar para la industria de Hollywood. Ella era de alguna manera la antítesis anímica del autor de “Desayuno en Tiffany’s”: tímida, seria, retraída. Desde aquellos años hasta hoy, por ejemplo, nunca ha querido conceder una entrevista y jamás publicó otra novela. Así que para la adaptación al cine de aquel éxito no se podía contar con la autora. Era necesario buscar a un guionista que fuera capaz de captar la belleza y el drama de aquella pequeña historia rural. Y había un hombre perfecto para esa tarea.

Un equipo a la medida

Los comienzos de la televisión fueron los mismos en todas partes. También en Estados Unidos muchos de los programas de los primeros años se transmitían en vivo, pues la tecnología para grabar era muy costosa. Por lo tanto, era necesario contar con actores experimentados, casi todos venidos del teatro o probados en el cine, que supieran muy bien sus líneas y no fallaran frente a la cámara; con guionistas competentes que tuvieran un claro sentido del tiempo para que los picos emotivos de las historias se dieran justo antes de comerciales y con directores que supieran ubicar muy bien sus cámaras para sacarles el mayor jugo a las escenas. Uno de los programas más importantes de aquella época, aún hoy tenido en cuenta en las listas de los mejores de la historia fue “Playhouse 90”, llamado así porque en 90 minutos contaba historias dramáticas originales de un talentoso grupo de escritores de planta o adaptaba novelas de autores como William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald o Ray Bradbury. Charlton Heston, Joanne Woodward o Paul Newman fueron algunos de los grandes nombres del cine que actuaron en aquella serie.

Uno de los escritores de “Playhouse 90” era Horton Foote. Horton había comenzado su carrera como actor de teatro pero cansado de que le dieran papeles mediocres, decidió que la mejor manera de tener libretos decentes era escribirlos él mismo. Si algún escritor sabía qué tipo de material necesitaba un actor para lucirse era uno que hubiera actuado, así que cuando las críticas por su escritura fueron mejores que las recibidas por su actuación, cambió su dirección dentro de la industria. Foote se distinguía porque sabía cómo contar historias sobre pueblos, pueblos típicos norteamericanos como aquel del que él mismo provenía: Wharton, Texas. Por eso fue el encargado de escribir un capítulo de la serie basado en una historia original de William Faulkner en la que un granjero recogía a una mujer embarazada que había sido abandonada por el padre del niño: Tomorrow. En ese capítulo, Foote volvió a encontrarse con un director con el que ya había trabajado en otra serie del mismo corte, “Studio One” y con quien se había entendido muy bien: Robert Mulligan, un joven que ya se destacaba por sus buenos oficios a la hora de dirigir actores y que había demostrado que podía lidiar con grandes estrellas sin problemas, pues le había dado órdenes a Laurence Olivier en la adaptación televisiva de la novela de William Somerset Maugham, “La luna y seis peniques”.

Robert Mulligan fue quien dirigió la primera película que produjo Alan J Pakula, Fear strikes out y juntos formarían un equipo sólido durante seis rodajes más. Así que cuando Pakula le dijo a Mulligan que tenían la posibilidad de adaptar la novela de Harper Lee, éste pensó inmediatamente en Horton Foote, el escritor a quien ya conocía, ideal para conservar la fuerza que emanaba esa historia de campo, como lo había hecho con el relato de Faulkner. El equipo estaba completo, y además contaban con una estrella confirmada: Gregory Peck. Lo que éste no sabía es que gracias a ese fantástico grupo de profesionales iba a conseguir la interpretación más importante de toda su carrera.

Un héroe a través de los ojos de un niño

En 2003 el American Film Institute hizo otro conteo como el que nos ocupa en este número de Kinetoscopio, pero esa vez decidieron escoger a 100 grandes personajes de la historia del cine norteamericano: 50 villanos y 50 héroes. Según aquella clasificación, el villano más terrible que se había visto era el doctor Hannibal Lecter de El silencio de los inocentes, lo que no era de extrañar teniendo en cuenta sus hábitos gastronómicos. Frente a ese personaje malévolo, el héroe más recordado debía ser alguien a su altura; un hombre que no se detuviera ante nada y que fuera capaz de derrotar a cualquiera. Para sorpresa de muchos, por encima de los poderes de Batman o Superman, de los puños de Rocky, de las armas de James Bond o del látigo de Indiana Jones, el AFI escogió a un héroe común, a un hombre que cumple con su deber a pesar de que no triunfe, que consigue la hazaña de hacer siempre lo que cree correcto y de enseñarle a sus hijos lo que es justo. El héroe de todos los tiempos no era otro que Atticus Finch, el abogado viudo que encarnó Gregory Peck en To kill a mockingbird y que le permitió ganar el único Oscar a mejor actor de su carrera. Pero, ¿qué tiene de especial Atticus Finch?

Lo primero, es que lo observamos a través de los ojos de sus hijos, que están en la edad en la que los padres son el comienzo y el fin del universo La visión infantil de la película se subraya desde el principio mismo de la cinta, pues en los créditos de presentación vemos que se abre ante nosotros la caja de tesoros de Jen, el hijo mayor de los Finch: en ella encontramos un par de muñecos tallados, unas canicas, un reloj, crayones negros, un silbato metálico. Esos créditos, ejemplares por su belleza y su poder de síntesis, fueron diseñados por Stephen O. Frankfurt, diseñador gráfico y publicista que en aquel entonces había hecho campañas exitosas para marcas de productos infantiles. El objetivo de Alan J. Pakula era que Frankfurt se metiera en la mente de los niños y consiguiera reflejar en esa secuencia el rol vital que ellos tenían en la historia. Hasta el nombre de la película aparece en pantalla “traducido” al mundo infantil: una mano de niño descubre el título coloreando con un crayón una hoja en blanco. Un adulto escribió antes la frase en una hoja que ya no está, pero los espectadores la vemos gracias a que el niño nos muestra algo que no está presente a simple vista: nos ha descubierto lo invisible, como lo harán Scout y Jen a lo largo de la cinta. Stephen Frankfurt, otro de los hombres perfectos para su trabajo de esta película, continuaría trabajando en el cine y creando campañas publicitarias donde pondría en práctica su filosofía de insinuar más que mostrar y de apelar a las emociones de los espectadores. A él le debemos dos promociones cinematográficas que harían historia: el clasificado en la sección de nacimientos de los periódicos que simplemente decía “Reza por el bebé de Rosemary” y la frase fantástica en el cartel de Alien: “En el espacio nadie puede oír tus gritos”.

Al comenzar la película, Scout, la narradora (en realidad la voz de la actriz Kim Stanley, quien también había trabajado con Mulligan en Playhouse 90), nos recalca que lo que vamos a ver es un recuerdo de su infancia, de cuando el pueblo donde había crecido vivía las consecuencias terribles de la Gran Depresión de los años treinta. Es una buena estrategia lo de la memoria infantil porque si los adultos somos nosotros, es nuestra responsabilidad encontrar el sentido “profundo” de las cosas. Cuando Atticus le dice a su hija que la próxima vez que vuelva a la casa el señor Cunningham, el granjero que ha venido a pagarle con parte de su cosecha un trabajo judicial que hizo para él, lo mejor es que le diga que no está, somos nosotros los que debemos entender cuál es la razón para enseñarle a un niño a mentir. Y también somos nosotros los que deberíamos saber que aquel es el acto de generosidad de un hombre justo, conciente de que quienes le rodean están pasando por tiempos difíciles.

Los niños Finch ven al mundo con la insensatez de los que llevan pocos años en él. Sin embargo, es la llegada de un niño “forastero”, Dill Harris, demasiado curioso e inteligente para su edad, la que hace que los Finch miren nuevamente su entorno con algo de extrañeza. Se dice que si el personaje de Scout fue inspirado por las vivencias de infancia de Harper Lee, Dill Harris, aquel muchachito muy bajo para su edad, contador de historias inverosímiles y de voz aflautada, era la versión infantil de Truman Capote. Juntos, los niños tejerán conjeturas sobre la “leyenda” de su barrio, el muchacho que está encerrado en la casa de los Radley, al final de la cuadra, a quien han puesto el nombre de un fantasma: Boo. Los juegos y las pequeñas apuestas de valentía, van acercándolos a ese misterio sin rostro. Pero el guión es muy inteligente y lo que parece ser una historia tonta sin relación con la vida de su padre, cobrará al final todo el sentido.

Mientras los niños juegan, a su papá le encargan la defensa de Tom Robinson. El juez le insinúa a Atticus que puede negarse pero él acepta, con el mismo gesto de deber cumplido que tendrá durante toda la película: porque es lo que hay que hacer, parece afirmar con cada postura de su cuerpo. Como dice la vecina, la señora Atkinson, en una de las muchas excelentes líneas de diálogo escritas por Horton Foote, “algunos hombres nacen para hacer nuestros trabajos odiosos” y Atticus Finch es uno de esos hombres.

Que la película está narrada desde el lado de los niños lo prueba que nada sabemos de lo que ocurre con su padre cuando no está junto a ellos. Que el pueblo está hablando mal de él lo averigua Scout cuando se pelea en el colegio con un niño que insulta a Atticus. Pero entonces él le dice a Scout que debe invitar a ese niño a la casa. Sólo sentados en el comedor, cuando el muchachito sumerge sus pancakes en miel de maple como si en eso se le fuera la vida, entendemos que tiene hambre y que el hambre no es buena compañera de la razón. Por eso ha querido Atticus que el niño vaya a la casa. Porque sabe que muchos de los prejuicios de sus conciudadanos son producto de la desesperación, de la pobreza y la incertidumbre. Ahí, sentados, pronuncia la lección central de la película: no podemos aniquilar a aquellos que lo único que han hecho es ser como son, que no nos causan ningún daño. Como el ruiseñor, que lo único que hace es cantar. Por eso no se puede matar a un ruiseñor.

Matar a un ruiseñor 4

Lecciones eternas

Hasta el día de hoy en Estados Unidos, “hacer de Atticus Finch” es la expresión utilizada cuando alguien lee un libro mientras monta guardia. Tal es el poder de ver a Gregory Peck con toda su gravedad de capitán ballenero, frente a la prisión en la que descansa su defendido, dispuesto a enfrentar lo que venga con una tranquilidad temeraria y la luz de una lámpara que alumbra sus páginas. Cuando llega la turba dispuesta a linchar a Robinson él sigue imperturbable. Sólo lo altera la llegada sorpresiva de sus hijos. Sin embargo, en una muestra más del enorme acierto de Mulligan al dirigir niños (en su última película, The man in the moon, descubrió el talento de Reese Witherspoon), la escena se resuelve con ellos mostrando que comprenden más de lo que creíamos, que saben que a cualquier adulto le avergüenza lo que está mal frente a un niño. No es inocencia lo que demuestra Scout cuando le pregunta al señor Cunningham (el mismo del comienzo) cómo siguen en su casa: es astucia.

Sin embargo la injusticia, como el fuego, es implacable. Y al final, a pesar de que los argumentos de Atticus Finch en la corte son incontestables, aún cuando todos en la sala de la corte (incluso ese personaje que en una esquina ahueca la mano junto al oído, como diciéndonos que a veces somos sordos cuando la razón habla) saben que Tom Robinson es inocente, el pobre es condenado. Pero los pobladores negros han visto que alguien se atrevió a hablar por ellos, a tratarlos como personas y no como a sirvientes. Por eso el reverendo Sykes les ordena a los niños que se pongan de pie, junto con todos los que llenan las tribunas para negros de la corte, cuando su padre está pasando. Es lo menos que se merece un hombre que lucha solo contra una sociedad desigual.

Ni Atticus ni ningún adulto pueden creer la versión de que Tom Robinson quiso escaparse y que por eso le dispararon cuando lo trasladaban a otra prisión. Otra vez somos los espectadores los que debemos leer entre líneas y entender la tremenda injusticia que se ha cometido. Sin embargo, “To kill a mockingbird” se escribió y se convirtió en película antes de que Kennedy fuera asesinado. Todavía la gente creía en algo parecido a la justicia. Y por eso, cuando los niños Finch van a ser atacados por alguien cuando vuelven a su casa después de una fiesta comunal, aparece de la nada un justiciero, un fantasma que los ayuda y que, sin quererlo, hace lo que los tribunales no pudieron. Un fantasma tan inocente como un ruiseñor, que lo único que deseaba era defender a unos niños indefensos, como él.

Matar a un ruiseñor 3

“¿Me puedes llevar a casa?”. Esa es la única frase que pronuncia Arthur “Boo” Ridley en toda la película. Pero con eso y con menos de tres minutos de presencia frente a cámara le alcanzó al joven actor Robert Duvall, quien interpretaba al personaje, para comenzar con pie derecho una carrera impecable. Muchos años después y con una historia del mismo guionista, Horton Foote (Tomorrow, la misma que había adaptado en aquel programa de televisión), Duvall ganaría el Oscar a mejor actor. Con esa frase y con Scout llevando de la mano a aquel inocente que ha hecho justicia hasta su casa termina To kill a mockingbird. De repente sabemos que Scout se ha hecho adulta con ese paseo. Y entendemos por qué Atticus Finch es una figura que ha trascendido a generaciones y generaciones de espectadores: porque nos hace recordar que las cortes pueden quemarse en los incendios y aún así la única esperanza del género humano es que los padres siguen enseñándole a sus hijos con el ejemplo, qué es lo bueno, y lo digno, y lo justo.

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