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Archivo para February, 2015

La polla de Óscar ataca de nuevo

Sunday, February 22, 2015 por Samuel Castro

Creo que me estoy contagiando de la moda de titular provocadoramente para después salir con un chorro de babas, esa “fórmula” que tantas revistas “novedosas” usan para atrapar incautos. En este caso, el chorro no es de babas sino de apuestas, a TODAS las categorías del Premio Óscar. Cada año hago esto porque supongo que si acierto todos los resultados puedo salir corriendo a comprarme el Baloto con la seguridad de que me lo voy a ganar. O, más bien, porque así tengo una excusa para no dormirme viendo la ceremonia mientras voy contando qué tal me va con los porcentajes. Aunque soy fan de Neil Patrick Harris, así que confío en que no me decepcione encargándose de conducir uno de los pocos momentos de año que, en mi vida, realmente merece el adjetivo de imperdible, tan malgastado en Twitter. Vamos con la apuesta entonces y los que lean esto serán los encargados de rifas, juegos y espectáculos. O invitan a una cerveza, lo que prefieran.

MEJOR CORTO ARGUMENTAL
The phone call
Aunque hay otros cortos buenos en la categoría, incluso otro con actores reconocidos, como Aya, que cuenta con Ulrich Thomsen, este es el más emotivo de todos, con una situación bien bonita: la llamada de un anciano a un servicio de asistencia social porque ya no quiere vivir más. La que atiende la llamada es una estupenda Sally Hawkins y el enorme actor que nos conmueve con su voz, al que nunca vemos, es otro gigante: Jim Broadbent.

MEJOR CORTO ANIMADO
Feast
Uno a veces tiene la sensación de que Pixar se gana las cosas por su fama. Pero en este caso no. El cortometraje que nos encantó a muchos cuando vimos Big hero 6 en salas de cine es también el más bello de su categoría, porque logra poner la técnica al servicio de una historia que se entiende sin traducción y que es tierna, divertida y profunda a la vez. Como pasaba antes, cuando Pixar nunca se equivocaba.

MEJOR CORTO DOCUMENTAL
White Earth
Esta es la categoría más difícil de las de cortometrajes. Suena cruel pero creo que al haber dos cortos sobre niños enfermos los votos se dividirán y eso le permitirá a White Earth, un retrato social sobre una realidad que para la mayor parte de los gringos es desconocida: la vida en las tierras heladas donde lo único que se produce es petróleo.

MEJOR DOCUMENTAL
Citizenfour
Se habló demasiado sobre Edward Snowden y sobre lo que sus revelaciones causaron, como para que los votantes de la Academia no se inclinen a premiar este documental que documenta uno de los momentos más importantes de la historia política norteamericana de los últimos años.

MEJORES EFECTOS VISUALES
Interstellar
Alguna cosa deben darle a esta película que debió estar en las nominadas en la categoría principal. Y suena mejor que dárselo a Guardianes de la galaxia, por mucho que nos haya gustado. ¿O no?

MEJOR EDICIÓN DE SONIDO
American Sniper
La proximidad de su estreno con la votación hace que la gente la tenga más fresca en la memoria, por un lado. Por el otro, creo que habrá muchos votantes que pensaron que esta era la oportunidad para darle al taquillazo de Clint Eastwood un par de estatuillas.

MEJOR MEZCLA DE SONIDO
American Sniper
Aquí, o gano dos o pierdo dos en esta apuesta. Y si me la jugué por American sniper en la anterior, moriré con las botas puestas. Pero si gana Interstellar, lo confieso, seré más feliz.

MEJOR CANCIÓN ORIGINAL
“Glory” de Selma
Porque a pesar de que debería poder llevárselo “Lost stars” de Begin again, premiar esa canción será la forma de muchos de la Academia de aplacar sus conciencias y hacer su “buena acción” de la noche.

MEJOR PARTITURA PARA UNA PELÍCULA
Alexandre Desplat por The Grand Budapest Hotel
Aunque hacía mucho que Hans Zimmer no creaba una partitura tan sobrecogedora como la de Interstellar, no es para todos los oídos, así que la Academia, si las dos candidaturas no lo perjudican, reparará una deuda de hace años y le dará por fin su hombre dorado a Desplat.

MEJOR MAQUILLAJE
Guardians of the galaxy
A pesar de que es impresionante no creo que la nariz de Steve Carell y la calva de Mark Ruffalo en Foxcatcher sean más impresionantes que los cientos de extraterrestres de Guardianes de la galaxia. Además Foxcatcher no está entre los favoritos de ninguna categoría grande, así que no hay arrastre.

MEJOR VESTUARIO
Anna B. Shepard por Maleficent
Normalmente en esta categoría se van por las películas de época, pero Mr.Turner se desinfló en el camino. Creería yo que un vestuario que se ha convertido en uno de los disfraces más pedidos para Halloween merecería ser reconocido acá. Vamos a ver. Para que enfoquen a Angelina.

MEJOR DISEÑO DE PRODUCCIÓN
Adam Stockhausen y Anna Pinnock por The Grand Budapest Hotel
¡Qué sería del cine de Wes Anderson sin un gran diseño de producción! Ya es hora de que la Academia lo empiece a reconocer como el gran autor de marca visual que es y esta categoría puede ser un buen comienzo.

MEJOR EDICIÓN
Tom Cross por Whiplash
Basta con ver un par de secuencias de Whiplash por ahí para entender que le hicieron caso al director cuando pidió que las escenas de música se filmaran como si fueran combates de acción. Y ese ritmo se logra a punta de edición.

MEJOR FOTOGRAFÍA
Emmanuel Lubezki por Birdman
Podría repetir el texto del año pasado. El maestro Roger Deakins sigue sin ganarlo y eso es una injusticia universal. Pero este año el Óscar no se lo quitan al Chivo por nada del mundo. Podrían marcarlo ya en la base, como la Champions. Es más, háganlo por favor.

MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA
Ida
Entiendo que le hagamos barra a Relatos salvajes, pero Ida no es sólo una obra maestra, además tiene nominación justísima en otras categorías (cosa que poco ocurre) y toca uno de los temas consentidos de la Academia: la Segunda Guerra Mundial. Más que justo.

MEJOR PELÍCULA ANIMADA
Song of the sea
Creo que va a ser la sorpresa de la noche. Desde que no nominaron a The Lego movie he creído que el mundo funciona raro. Y el estilo y las imágenes de Song of the sea son de una belleza, que nadie reclamará cuando se lleve el premio.

MEJOR GUIÓN ADAPTADO
Anthony McCarten por The theory of everything
Se van a ir por la fácil. Se lo van a dar a Anthony McCarten por hacer una biopic de llanto previsible, sólo porque creen que esa es la manera de honrar la vida de Stephen Hawking.

MEJOR GUIÓN ORIGINAL
Alejandro González-Iñárritu, Nicolás Giacobone y Alexander Dinelaris por Birdman
¿Cómo se van a perder la oportunidad de ver subir a la cuota latina en la noche, sobre todo si de verdad escriben el mejor guión de la velada? Por eso los personajes nos gustan tanto. Por eso sus actores se lucen así.

MEJOR DIRECTOR
Richard Linklater por Boyhood
Esto es una carrera de acumulación. Y Richard Linklater, el chico bueno de Texas, el muchacho de la casa que se ha vuelto autor, el que creo esas bellezas de la trilogía de “Antes de” tiene la oportunidad de consagrarse con una película que sólo estuvo en su cabeza y que retrata la infancia de no sé cuántos norteamericanos. Está en bandeja de plata, Academia, no la desperdicien.

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Patricia Arquette por Boyhood
En honor a todas las mamás solas que han criado hijos a punta de cojones. De esas mamás a las que tanto quiere la senadora Viviane Morales. No hay discusión. Es uno de los fijos.

MEJOR ACTOR DE REPARTO
J.K. Simmons por Whiplash
Un hombre que va con sombrero a una gala de premios de cine sabe que se lo va a ganar. Él lo sabe. Nosotros también.

MEJOR ACTRIZ PRINCIPAL
Julianne Moore por Still Alice
En un mundo justo (y bueno, ustedes saben cómo es) la ganadora sería Rosamund Pike por Gone girl. Pero no puedo recordar cuándo fue la última vez que una actriz ganó por un papel de malvada. Así que claro, como por variar, se lo van a dar a la gran actriz que actúa una enfermedad devastadora. Otra vez.

MEJOR ACTOR PRINCIPAL
Michael Keaton por Birdman
Sé que voy en contra de las probabilidades. Pero quiero creer que en el corazón de los votantes del Óscar que tienen más de 60 hay algo de solidaridad de edad con el actor que se acerca más a su generación y al que la suerte no lo favoreció en una época de su carrera. Quiero creerlo y por eso apuesto. Sería triste si no gano.

MEJOR PELÍCULA
Boyhood
¿Y entonces cuántos son o qué? Si gana Birdman también sería justo pero esta película merece ganar porque logra retratar una vida común, ni grandiosa ni terrible, común y corriente. Y mostrar su belleza. La belleza de lo cotidiano, de una vida en la que no pasa nada, es decir, de una vida como la de la mayor parte de la humanidad. ¿De verdad no les parece un buen argumento para que gane? Lo hará. Cuando lo haga, también se habrá hecho justicia.

Listo. Que comience esta vaina. Y que conste que los vaticinios están aquí. A ver si por fin me animo a comprar el Baloto.

Solo ante el prejuicio

Thursday, February 5, 2015 por Samuel Castro

El fuego es implacable, como la injusticia. En la madrugada del domingo primero de junio de 2008, las llamas no tuvieron piedad, y consumieron una buena parte de  las instalaciones de los Estudios Universal en Los Angeles. Casi todos los periodistas menores de 30 años lamentaron la pérdida de una construcción icónica en el cine de ciencia-ficción: la torre del reloj de Hill Valley, aquella en la que el doctor Emmett Brown, con su pelo revolcado por el viento, espera ansioso a que un rayo caiga y haga funcionar el artilugio que ha creado para que su amigo Marty McFly regrese al futuro. Sin embargo, en otra parte de los cables noticiosos, también se resaltaba una pérdida igual de irreparable: la corte de justicia del pequeño pueblo imaginario de Maycomb y réplica de la corte real de Monroeville, Alabama, era ahora una pila de escombros humeantes. Y aunque para algunos los decorados de las películas sólo sean una mezcla de papel maché, cartón y madera, esta corte típica de los estados sureños norteamericanos de la primera mitad del siglo XX era el escenario más importante de la que el American Film Institute declaró como la mejor película de estrados judiciales en la historia del cine norteamericano, To kill a mockingbird (Matar a un ruiseñor). En esa corte, el digno y honrado Atticus Finch defendería al pobre Tom Robinson. No ganaría el caso, por supuesto, porque Tom Robinson era un negro acusado de violar a una mujer blanca en el territorio racista por excelencia de Estados Unidos y todo ocurría durante los años treinta, muy lejos en el tiempo de la década del 60 y su reivindicación de la igualdad y los derechos civiles; pero su defensa inobjetable en aquel caso, su porte y sus palabras, convertirían a Atticus Finch en uno de los personajes más recordados en la historia del cine. Por fortuna, aunque la escenografía ya no exista, la cinta sigue siendo tan emocionante como en el año de su estreno y sigue haciéndole justicia a un libro único.

 Matar a un ruiseñor 1

 Del libro a la película

“For Jack Dunphy and Harper Lee. With my love and gratitude”. Eso decía la dedicatoria del libro. El amor, por supuesto, era para Jack, su novio de aquellos años. Pero la gratitud era para su amiga y confidente, su cómplice y ayudante. Truman Capote sabía que tal vez sin Harper Lee, sin su compañía y consejo, no habría podido terminar “A sangre fría”, la obra maestra que ansiaba escribir desde hacía varios años. Gracias al furor desatado por las dos películas biográficas que se hicieron, muchas personas escucharon el nombre de Harper Lee, y la vieron encarnada por Sandra Bullock y por Catherine Keener respectivamente. Sin embargo, Lee ya brillaba entre los escritores de su generación en 1961, cuando comenzó a trabajar con su amigo Capote en aquel gran reportaje, pues la novela que había publicado el año anterior, “To kill a mockingbird” acababa de ganar el Premio Pulitzer. El éxito fue casi instantáneo, aunque desde el comienzo la escritora debió insistir en que la novela no era un relato autobiográfico sino una historia de ficción. Las confusiones se debían a que el personaje principal del libro y que además narraba la novela era, al igual que Lee, la hija menor de un abogado de un pueblo en el sur norteamericano.

Matar a un ruiseñor 2

Con el éxito vinieron de inmediato las propuestas para la adaptación al cine. Pero a diferencia de su amigo Capote, que ese año había visto su nombre como guionista de “The innocents”, Lee no se sintió muy feliz con la posibilidad de trabajar para la industria de Hollywood. Ella era de alguna manera la antítesis anímica del autor de “Desayuno en Tiffany’s”: tímida, seria, retraída. Desde aquellos años hasta hoy, por ejemplo, nunca ha querido conceder una entrevista y jamás publicó otra novela. Así que para la adaptación al cine de aquel éxito no se podía contar con la autora. Era necesario buscar a un guionista que fuera capaz de captar la belleza y el drama de aquella pequeña historia rural. Y había un hombre perfecto para esa tarea.

Un equipo a la medida

Los comienzos de la televisión fueron los mismos en todas partes. También en Estados Unidos muchos de los programas de los primeros años se transmitían en vivo, pues la tecnología para grabar era muy costosa. Por lo tanto, era necesario contar con actores experimentados, casi todos venidos del teatro o probados en el cine, que supieran muy bien sus líneas y no fallaran frente a la cámara; con guionistas competentes que tuvieran un claro sentido del tiempo para que los picos emotivos de las historias se dieran justo antes de comerciales y con directores que supieran ubicar muy bien sus cámaras para sacarles el mayor jugo a las escenas. Uno de los programas más importantes de aquella época, aún hoy tenido en cuenta en las listas de los mejores de la historia fue “Playhouse 90”, llamado así porque en 90 minutos contaba historias dramáticas originales de un talentoso grupo de escritores de planta o adaptaba novelas de autores como William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald o Ray Bradbury. Charlton Heston, Joanne Woodward o Paul Newman fueron algunos de los grandes nombres del cine que actuaron en aquella serie.

Uno de los escritores de “Playhouse 90” era Horton Foote. Horton había comenzado su carrera como actor de teatro pero cansado de que le dieran papeles mediocres, decidió que la mejor manera de tener libretos decentes era escribirlos él mismo. Si algún escritor sabía qué tipo de material necesitaba un actor para lucirse era uno que hubiera actuado, así que cuando las críticas por su escritura fueron mejores que las recibidas por su actuación, cambió su dirección dentro de la industria. Foote se distinguía porque sabía cómo contar historias sobre pueblos, pueblos típicos norteamericanos como aquel del que él mismo provenía: Wharton, Texas. Por eso fue el encargado de escribir un capítulo de la serie basado en una historia original de William Faulkner en la que un granjero recogía a una mujer embarazada que había sido abandonada por el padre del niño: Tomorrow. En ese capítulo, Foote volvió a encontrarse con un director con el que ya había trabajado en otra serie del mismo corte, “Studio One” y con quien se había entendido muy bien: Robert Mulligan, un joven que ya se destacaba por sus buenos oficios a la hora de dirigir actores y que había demostrado que podía lidiar con grandes estrellas sin problemas, pues le había dado órdenes a Laurence Olivier en la adaptación televisiva de la novela de William Somerset Maugham, “La luna y seis peniques”.

Robert Mulligan fue quien dirigió la primera película que produjo Alan J Pakula, Fear strikes out y juntos formarían un equipo sólido durante seis rodajes más. Así que cuando Pakula le dijo a Mulligan que tenían la posibilidad de adaptar la novela de Harper Lee, éste pensó inmediatamente en Horton Foote, el escritor a quien ya conocía, ideal para conservar la fuerza que emanaba esa historia de campo, como lo había hecho con el relato de Faulkner. El equipo estaba completo, y además contaban con una estrella confirmada: Gregory Peck. Lo que éste no sabía es que gracias a ese fantástico grupo de profesionales iba a conseguir la interpretación más importante de toda su carrera.

Un héroe a través de los ojos de un niño

En 2003 el American Film Institute hizo otro conteo como el que nos ocupa en este número de Kinetoscopio, pero esa vez decidieron escoger a 100 grandes personajes de la historia del cine norteamericano: 50 villanos y 50 héroes. Según aquella clasificación, el villano más terrible que se había visto era el doctor Hannibal Lecter de El silencio de los inocentes, lo que no era de extrañar teniendo en cuenta sus hábitos gastronómicos. Frente a ese personaje malévolo, el héroe más recordado debía ser alguien a su altura; un hombre que no se detuviera ante nada y que fuera capaz de derrotar a cualquiera. Para sorpresa de muchos, por encima de los poderes de Batman o Superman, de los puños de Rocky, de las armas de James Bond o del látigo de Indiana Jones, el AFI escogió a un héroe común, a un hombre que cumple con su deber a pesar de que no triunfe, que consigue la hazaña de hacer siempre lo que cree correcto y de enseñarle a sus hijos lo que es justo. El héroe de todos los tiempos no era otro que Atticus Finch, el abogado viudo que encarnó Gregory Peck en To kill a mockingbird y que le permitió ganar el único Oscar a mejor actor de su carrera. Pero, ¿qué tiene de especial Atticus Finch?

Lo primero, es que lo observamos a través de los ojos de sus hijos, que están en la edad en la que los padres son el comienzo y el fin del universo La visión infantil de la película se subraya desde el principio mismo de la cinta, pues en los créditos de presentación vemos que se abre ante nosotros la caja de tesoros de Jen, el hijo mayor de los Finch: en ella encontramos un par de muñecos tallados, unas canicas, un reloj, crayones negros, un silbato metálico. Esos créditos, ejemplares por su belleza y su poder de síntesis, fueron diseñados por Stephen O. Frankfurt, diseñador gráfico y publicista que en aquel entonces había hecho campañas exitosas para marcas de productos infantiles. El objetivo de Alan J. Pakula era que Frankfurt se metiera en la mente de los niños y consiguiera reflejar en esa secuencia el rol vital que ellos tenían en la historia. Hasta el nombre de la película aparece en pantalla “traducido” al mundo infantil: una mano de niño descubre el título coloreando con un crayón una hoja en blanco. Un adulto escribió antes la frase en una hoja que ya no está, pero los espectadores la vemos gracias a que el niño nos muestra algo que no está presente a simple vista: nos ha descubierto lo invisible, como lo harán Scout y Jen a lo largo de la cinta. Stephen Frankfurt, otro de los hombres perfectos para su trabajo de esta película, continuaría trabajando en el cine y creando campañas publicitarias donde pondría en práctica su filosofía de insinuar más que mostrar y de apelar a las emociones de los espectadores. A él le debemos dos promociones cinematográficas que harían historia: el clasificado en la sección de nacimientos de los periódicos que simplemente decía “Reza por el bebé de Rosemary” y la frase fantástica en el cartel de Alien: “En el espacio nadie puede oír tus gritos”.

Al comenzar la película, Scout, la narradora (en realidad la voz de la actriz Kim Stanley, quien también había trabajado con Mulligan en Playhouse 90), nos recalca que lo que vamos a ver es un recuerdo de su infancia, de cuando el pueblo donde había crecido vivía las consecuencias terribles de la Gran Depresión de los años treinta. Es una buena estrategia lo de la memoria infantil porque si los adultos somos nosotros, es nuestra responsabilidad encontrar el sentido “profundo” de las cosas. Cuando Atticus le dice a su hija que la próxima vez que vuelva a la casa el señor Cunningham, el granjero que ha venido a pagarle con parte de su cosecha un trabajo judicial que hizo para él, lo mejor es que le diga que no está, somos nosotros los que debemos entender cuál es la razón para enseñarle a un niño a mentir. Y también somos nosotros los que deberíamos saber que aquel es el acto de generosidad de un hombre justo, conciente de que quienes le rodean están pasando por tiempos difíciles.

Los niños Finch ven al mundo con la insensatez de los que llevan pocos años en él. Sin embargo, es la llegada de un niño “forastero”, Dill Harris, demasiado curioso e inteligente para su edad, la que hace que los Finch miren nuevamente su entorno con algo de extrañeza. Se dice que si el personaje de Scout fue inspirado por las vivencias de infancia de Harper Lee, Dill Harris, aquel muchachito muy bajo para su edad, contador de historias inverosímiles y de voz aflautada, era la versión infantil de Truman Capote. Juntos, los niños tejerán conjeturas sobre la “leyenda” de su barrio, el muchacho que está encerrado en la casa de los Radley, al final de la cuadra, a quien han puesto el nombre de un fantasma: Boo. Los juegos y las pequeñas apuestas de valentía, van acercándolos a ese misterio sin rostro. Pero el guión es muy inteligente y lo que parece ser una historia tonta sin relación con la vida de su padre, cobrará al final todo el sentido.

Mientras los niños juegan, a su papá le encargan la defensa de Tom Robinson. El juez le insinúa a Atticus que puede negarse pero él acepta, con el mismo gesto de deber cumplido que tendrá durante toda la película: porque es lo que hay que hacer, parece afirmar con cada postura de su cuerpo. Como dice la vecina, la señora Atkinson, en una de las muchas excelentes líneas de diálogo escritas por Horton Foote, “algunos hombres nacen para hacer nuestros trabajos odiosos” y Atticus Finch es uno de esos hombres.

Que la película está narrada desde el lado de los niños lo prueba que nada sabemos de lo que ocurre con su padre cuando no está junto a ellos. Que el pueblo está hablando mal de él lo averigua Scout cuando se pelea en el colegio con un niño que insulta a Atticus. Pero entonces él le dice a Scout que debe invitar a ese niño a la casa. Sólo sentados en el comedor, cuando el muchachito sumerge sus pancakes en miel de maple como si en eso se le fuera la vida, entendemos que tiene hambre y que el hambre no es buena compañera de la razón. Por eso ha querido Atticus que el niño vaya a la casa. Porque sabe que muchos de los prejuicios de sus conciudadanos son producto de la desesperación, de la pobreza y la incertidumbre. Ahí, sentados, pronuncia la lección central de la película: no podemos aniquilar a aquellos que lo único que han hecho es ser como son, que no nos causan ningún daño. Como el ruiseñor, que lo único que hace es cantar. Por eso no se puede matar a un ruiseñor.

Matar a un ruiseñor 4

Lecciones eternas

Hasta el día de hoy en Estados Unidos, “hacer de Atticus Finch” es la expresión utilizada cuando alguien lee un libro mientras monta guardia. Tal es el poder de ver a Gregory Peck con toda su gravedad de capitán ballenero, frente a la prisión en la que descansa su defendido, dispuesto a enfrentar lo que venga con una tranquilidad temeraria y la luz de una lámpara que alumbra sus páginas. Cuando llega la turba dispuesta a linchar a Robinson él sigue imperturbable. Sólo lo altera la llegada sorpresiva de sus hijos. Sin embargo, en una muestra más del enorme acierto de Mulligan al dirigir niños (en su última película, The man in the moon, descubrió el talento de Reese Witherspoon), la escena se resuelve con ellos mostrando que comprenden más de lo que creíamos, que saben que a cualquier adulto le avergüenza lo que está mal frente a un niño. No es inocencia lo que demuestra Scout cuando le pregunta al señor Cunningham (el mismo del comienzo) cómo siguen en su casa: es astucia.

Sin embargo la injusticia, como el fuego, es implacable. Y al final, a pesar de que los argumentos de Atticus Finch en la corte son incontestables, aún cuando todos en la sala de la corte (incluso ese personaje que en una esquina ahueca la mano junto al oído, como diciéndonos que a veces somos sordos cuando la razón habla) saben que Tom Robinson es inocente, el pobre es condenado. Pero los pobladores negros han visto que alguien se atrevió a hablar por ellos, a tratarlos como personas y no como a sirvientes. Por eso el reverendo Sykes les ordena a los niños que se pongan de pie, junto con todos los que llenan las tribunas para negros de la corte, cuando su padre está pasando. Es lo menos que se merece un hombre que lucha solo contra una sociedad desigual.

Ni Atticus ni ningún adulto pueden creer la versión de que Tom Robinson quiso escaparse y que por eso le dispararon cuando lo trasladaban a otra prisión. Otra vez somos los espectadores los que debemos leer entre líneas y entender la tremenda injusticia que se ha cometido. Sin embargo, “To kill a mockingbird” se escribió y se convirtió en película antes de que Kennedy fuera asesinado. Todavía la gente creía en algo parecido a la justicia. Y por eso, cuando los niños Finch van a ser atacados por alguien cuando vuelven a su casa después de una fiesta comunal, aparece de la nada un justiciero, un fantasma que los ayuda y que, sin quererlo, hace lo que los tribunales no pudieron. Un fantasma tan inocente como un ruiseñor, que lo único que deseaba era defender a unos niños indefensos, como él.

Matar a un ruiseñor 3

“¿Me puedes llevar a casa?”. Esa es la única frase que pronuncia Arthur “Boo” Ridley en toda la película. Pero con eso y con menos de tres minutos de presencia frente a cámara le alcanzó al joven actor Robert Duvall, quien interpretaba al personaje, para comenzar con pie derecho una carrera impecable. Muchos años después y con una historia del mismo guionista, Horton Foote (Tomorrow, la misma que había adaptado en aquel programa de televisión), Duvall ganaría el Oscar a mejor actor. Con esa frase y con Scout llevando de la mano a aquel inocente que ha hecho justicia hasta su casa termina To kill a mockingbird. De repente sabemos que Scout se ha hecho adulta con ese paseo. Y entendemos por qué Atticus Finch es una figura que ha trascendido a generaciones y generaciones de espectadores: porque nos hace recordar que las cortes pueden quemarse en los incendios y aún así la única esperanza del género humano es que los padres siguen enseñándole a sus hijos con el ejemplo, qué es lo bueno, y lo digno, y lo justo.