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Adaptaciones. Oh, adaptaciones

Mar 9, 2014 por Paula Andrea Chaparro

Todos conocemos a alguien —si tenemos mala suerte, a más de uno— que juzga sin piedad las adaptaciones fílmicas de libros, novelas gráficas, cintas clásicas e incluso series de culto. Seguramente muchos de ustedes se repiten la misma pregunta: ¿por qué estas criaturas de Lucifer no disfrutan la película como un producto independiente y dejan a los otros espectadores en paz? Porque esta gente no se limita a refunfuñar en casa, no. Lo hace en la sala llena, en ese asiento perfectamente ubicado en la mitad del teatro, para que al elevar su voz de protesta, toda la sala tenga que escucharla. Tal vez estos personajes necesiten llenar sus vacíos emocionales, sintiéndose superiores al resto de los humanos, y por eso se ven obligados a publicar sus vastos conocimientos a viva voz… pero ese no es mi asunto.

Mi idea, algo utópica, es esta: compañero insatisfecho, haga un club de criaturas de su misma especie y desgárrese las vestiduras con ellos; a quienes queremos ver la película en paz, déjenos tranquilos.

Como ex-mamerta cinematográfica, caí en ese cliché comparativo —bueno, algunas veces sufro aún esa especie de embolia digna de Sheldon Cooper—, pero desde que comencé a relajarme y a separar una cosa de la otra, me ahorro discusiones, malos ratos, úlceras gástricas y vergonzosos abucheos en el cine. Para superar los escollos de las adaptaciones debemos entender una única premisa: necesitaríamos películas de mínimo 12 horas de duración, para reproducir con exactitud cada detalle del documento base (en caso de libros o novelas gráficas), e incluso así, el fanático frenético dentro de cada uno de nosotros pediría más.

Admitámoslo, el pasatiempo favorito de la humanidad es joder la vida por estupideces.

Somos tan insolentes, que incluso encontramos imperfecciones en obras como Lord of the rings y The godfather, porque “faltan detalles de los libros”.

¿Y si nos dejamos de pendejadas y nos damos cuenta (¡oh, la epifanía!) de que realizar una película ya es de por sí complicado? Sumemos a eso la presión de hacer un buen remake, o una buena adaptación y a eso las opiniones —jamás pedidas— de los fanáticos, que no ponemos un solo peso de nuestros bolsillos y exigimos excelencia.

Soy admiradora de uno de los autores con mayor cantidad de adaptaciones fílmicas, y tengo opiniones mixtas. Stephen King ha dado origen a casi tantas películas como novelas, y el proceso ha sido agridulce. Sin embargo, ha valido la pena, por la cantidad de películas de culto que han surgido. The shawshank redemption, The shining, The green mile, Misery —para citar solo algunas— hubieran permanecido en las bibliotecas del Círculo de Lectores de nuestros familiares, acumulando polvo, de no haber sido por la incursión del celuloide.

Y esa es la cuestión.

Buenas o malas, las cintas adaptadas le dan cariz masivo a documentos de “élite”, como  libros o comics… o películas independientes, porque, siendo honestos, vivimos en una sociedad de inmediatez, que busca que sus productos artísticos sean de fácil digestión. Una película de máximo tres horas, es más fácil de tragar que un libro de 500 páginas.

De esta manera volvemos al quid del asunto. Como sea que resulte una adaptación, es una entidad autónoma. Disfrutable, o censurable, como elemento único. Debemos aprender a verlas como lo que son; parientes lejanas de sus obras base, que guardan un leve parecido con sus predecesoras, pero terminan siendo lo que pueden, de acuerdo al estrato sociocultural en el que germinan.

Algunas, son esas primas cool que “son rebeldes porque el mundo las ha hecho así”, otras siguen un sendero derechito y correcto, y las demás… Bueno, las demás se convierten en Judge Dredd con Sly Stallone.

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