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Lloro por quererme

Aug 15, 2013 por Samuel Castro

Todos nos acordamos de nuestra primera vez. La mía fue a los 12 años. Sólo yo estaba en casa cuando ocurrió. Frente a mí, sin que mis lágrimas la conmovieran, Winnie Cooper terminaba su noviazgo con Kevin Arnold en Los años maravillosos. El dolor por lo que estaba viendo era tan grande que el llanto se dio espontáneamente. De ahí en adelante, llorar frente al televisor se volvió costumbre. ¿Alf volvía a su planeta y dejaba a los Tanner? Lágrima inmediata. ¿El padre Pío Quinto fallecía frente a sus feligreses en San Tropel? Mi mamá y yo teníamos que compartir pañuelo. Y mejor no hablemos de mi cara roja y congestionada cuando murió Juliet en Lost.

The wonder years

Pero ¿por qué lloramos frente al televisor? Si sabemos que lo que vemos son mentiras bien contadas. Si incluso conocemos los nombres reales de los actores y nos reímos con los chismes sobre sus vidas que nos cuentan en E!. ¿Qué nos impulsa a ese lagrimeo incontrolable? Se me ocurre pensar que en este mundo despiadado que nos tocó en suerte, es muy incómodo llorar en público: cuando no hay un desconocido que se acerca a preguntarnos qué nos pasa, hay un compañero que nos mira con cara de vergüenza ajena, por tener que soportar a un adulto que llora. Si lloras te ven como a un bicho raro, incapaz de controlar sus emociones.

En cambio en casa, frente al brillo tibio del televisor, nadie nos juzga. Podemos sollozar tranquilos sin excusas y sin explicaciones. Podemos incluso buscar intencionalmente el llanto sintonizando, por ejemplo, Extreme makeover home edition, ese programa donde le regalan la casa de sus deseos a familias que lo merecen o que lo perdieron todo por alguna desgracia. ¿Lo conocen? Resulta imposible no llorar viéndolo. Es mejor aun que pelar cebollas. Y es que después de años de acompañar las horas de soledad con su voz distante y sus imágenes sorprendentes, el televisor se ha convertido en ese amigo que siempre está ahí, en el consejero de los momentos difíciles, en la bulla amable que nos ayuda a dormir después de un día agotador en la oficina.

Extreme makeover

Aquellos que no entienden por qué nos hace llorar una serie, una telenovela o un reality, son los mismos que no se conmueven cuando un amigo pierde su trabajo y que nunca dedicaron una serenata. Porque llorar frente al televisor es, finalmente, la forma moderna de desahogo que nos queda a los sentimentales de siempre, a aquellos que piensan en sus personajes favoritos como en amigos lejanos. A los que sabemos que en lugar de estar solos, es mejor estar mal acompañados.

Publicado originalmente en revista Únete #39 de noviembre de 2010

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