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¿Por qué matamos a Betty si era tan buena muchacha?

Jun 7, 2013 por Samuel Castro

Cuando hace tres años un amigo me contó que estando de vacaciones en París (¡en París!) había perdido toda una mañana de su paseo, irremediablemente “enganchado” a la televisión de su cuarto con la versión local de Yo soy Betty, la fea, comprendí que la magia de esa historia no estaba en su reparto o en sus diálogos (mi amigo no entendía ni jota de francés), sino en la originalidad de la historia: la protagonista más fea que recordáramos triunfaba gracias a su cerebro en el medio donde la imagen es más importante: la moda. Aquella historia fue el punto máximo de lo que caracterizaba ya a la telenovela colombiana: alterar lo suficiente el esquema clásico del melodrama haciendo que pareciera algo nuevo.

Betty la fea

Hace treinta años las telenovelas eran iguales, lo único que cambiaba era el nombre de piedra preciosa de la protagonista: Esmeralda, Topacio, Rubí. México y Venezuela habían creado una industria televisiva que vendía sus productos a todo el continente y que hacía telenovelas como quien fabrica salchichas: igual sabor, igual tamaño. Pero como ocurrió con algunos movimientos cinematográficos importantes (el neorrealismo italiano, la “nueva ola” francesa), fueron las peculiares necesidades de producción y profesionalización del medio colombiano las que permitieron que aquí pasaran cosas distintas. Como nadie era dueño de los canales, sino de los espacios en ellos, las productoras tenían que competir entre sí con propuestas muy diversas para diferenciarse: algunas exploraban los misterios y coqueteaban con las tramas de terror en telenovelas como Los Cuervos o La abuela; otras exploraban los universos peculiares colombianos, especialmente el costeño, con Gallito Ramírez o Caballo viejo; o se adelantaban décadas a Glee combinando telenovela con musicales, como en Música maestro o en Quieta Margarita. Aquí no hacíamos salchichas sino platos a la carta donde todo era posible: que el protagonista fuera un cura de pueblo o que creáramos una telenovela infantil, con un monstruo que se llamaba Guri-Guri. Y tal vez porque vivíamos una época en que las noticias diarias ya nos contaban suficientes sufrimientos, se convirtió en un requisito que los personajes secundarios y las tramas estuvieran llenos de humor.

La hija del mariachi

En 1994 llegó Café, que tenía todo lo anterior (humor, mundo regional, música) y le añadía una heroína con carácter y una conspiración empresarial al asunto. Fue el boom. El mundo entero quería estas novelas distintas que no se parecían a ninguna. Vinieron Betty y Las Juanas y La hija del mariachi. Pero con la internacionalización, aparecieron demasiados actores con cuerpos de modelos, historias mafiosas (que al ser universales también se venden) en las que hay balas en vez de humor y empezamos a copiar libretos en vez de escribirlos. Hoy por desgracia, aquello que nos dio reconocimiento, la identidad de nuestros melodramas, peligra porque dejamos a un lado la risa y el riesgo creativo y nos creímos aquello de que sin tetas no hay paraíso.

Publicado originalmente en revista Únete #37 de septiembre de 2010

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