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Eso nos pasa por sapos

Dec 2, 2012 por Samuel Castro

¿Qué país vive diciendo que está cansado de que lo identifiquen en el mundo con narcotráfico, mafiosos y cocaína, pero cuando tiene la oportunidad de escoger la película que lo representará en los Premios Oscar decide enviar como candidata una película que trata sobre narcotráfico, mafiosos y cocaína? La respuesta es Colombia.

Aunque, en honor a la verdad, ese no es el problema, o al menos no el principal. El asunto es que la sola escogencia de El cartel de los sapos demuestra que los encargados gubernamentales de nuestro cine no entienden muy bien cuáles son los criterios de los Premios de la Academia en esa categoría. Es cierto que los ganadores recientes de película en idioma extranjero (piensen en El secreto de sus ojos o en La vida de los otros) son películas que a su manera cuentan un pedazo específico de la historia del país al que representan, como lo hace El cartel de los sapos, pero lo hacen de una forma única y original, de una forma que en Hollywood no se atreverían a hacer. Por eso los premian. Porque le recuerdan a la meca del cine, que hay otras formas de narrar, otros guiones que se salen de los esquemas prefabricados, otro tipo de personajes.

Pero no, en nuestra infinita sabiduría, tan “vivos” como nos creemos, decidimos mandarles una historia de maleantes igualita a las que ellos hacen desde hace décadas, en cine y en televisión. Sí, claro, puede que debamos enorgullecernos de que por fin tenemos un sonido decente y que los diálogos de los personajes se escuchan incluso en las escenas de balaceras, pero la mejor secuencia de acción de El cartel de los sapos no tiene nada que hacer al lado de, por poner un solo ejemplo, un capítulo cualquiera de las ocho temporadas de 24. Tan inocente y provinciana es la cinta, que nadie fue capaz de contarle a Robinson Díaz, que su personaje, el Cabo, que en el formato de telenovela (porque eso es narrativamente El cartel de los sapos, una de nuestras telenovelas de acción comprimida en dos horas) se desarrollaba a través de la historia, y daba miedo por sus contradicciones y sus vicios, en una película se iba a ver como una especie de villano de caricatura al que le gustan los marranitos. Con decirles que el mejor actor de la cinta es Diego Cadavid. ¡Calculen!

Igual no vamos a ganar nada, pero al menos debimos haber intentado perder con algo más de dignidad, sin tratar de vestirnos como la dueña de la casa, ni copiar en versión pobre, la pinta del niño rico de la cuadra. Para no quedar como los sapos de la fiesta.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N° 63

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