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El terror ya no es lo que era

Oct 2, 2012 por Samuel Castro

El problema comenzó con la salsa de tomate. Fue en alguno de esos programas en que muestran el “detrás de cámaras” de las películas donde nos develaron el secreto: la sangre que salía a borbotones de los cuellos juveniles que Jason Voorhees o Freddy Krueger desgarraban con sus cuchillas era esa mezcla que también se podía echar tranquilamente sobre un perro caliente. Ahí comenzamos a perderle el respeto al cine de terror.

Por obvias razones cronológicas no habíamos gritado viendo a ese vampiro deforme y pálido (pura lógica: si alguien no puede ver la luz del sol es difícil que parezca un salvavidas bronceado, como ciertos vampiros que gustan a las adolescentes de hoy en día) que protagonizó Nosferatu en 1922, pero gracias al Betamax sí tuvimos la posibilidad de revisar las cintas que hicieron gritar a nuestros padres en los sesenta y setenta, como La noche de los muertos vivientes, El bebé de Rosemary, El exorcista o La profecía. El miedo que producían esas películas era algo respetable: las historias que contaban se tomaban en serio a sí mismas y después de verlas en la oscuridad de una alcoba no era fácil animarse a buscar agua en la cocina.

Los ochenta nos permitieron disfrutar sin remordimiento de las “pesadillas sin fin”, los “viernes 13” y los “halloweens” porque las funciones de esos títulos eran lo más parecido a los parques de diversiones que teníamos: se valía gritar, saltar en la silla y abrazar a quien tuviéramos al lado. Hasta que vimos lo del truco de la salsa de tomate. Y los gritos, entonces,  se convirtieron en carcajadas. De repente, el cine de terror se volvió barato: se notaban los micrófonos colgando por todas partes, los brazos arrancados en las torturas eran tan reales como los de un maniquí y cualquiera podía comprar las máscaras de los asesinos en serie.

La decadencia continuó imparable. El matón de Scream era tan torpe como los jovencitos que perseguía: se tropezaba con las mesas, se enredaba con los cables del teléfono y se caía. Sé lo que hicieron el verano pasado lograba que uno se tapara la cara pero por la sensación de pena ajena. A veces daba más miedo Scary movie. Hubo esperanza cuando los japoneses introdujeron su estilo lleno de niñas pálidas a las que el pelo negro les tapaba los ojos o cuando alguien hizo Saw con una buena historia y pocos dólares. Pero se reprodujeron sin control y comenzamos a saber lo que iba a pasar en sus decenas de secuelas desde el minuto 10. Hoy, con tristeza, tenemos que soportar títulos como The final destination, cuya trama es más de cuento infantil que de película para asustar. Y entonces, lo único que podemos hacer es animarnos con directores como Rob Zombie o Eli Roth que quieren revivir la época gloriosa del terror y buscar en las videotiendas más antiguas algún título de los setenta que haya sobrevivido en VHS. Para que otra vez veamos con miedo la salsa de tomate en nuestro perro caliente.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N°26

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