volver a ochoymedio.info

Archivo para October, 2012

Latinoamérica es un mito al sur de Estados Unidos

Monday, October 15, 2012 por Samuel Castro

Los que tuvimos la mala suerte de verla, recordamos esos primeros minutos de Mr & Mrs Smith en que nos muestran una Bogotá perdida entre la selva. En su apariencia de ciudad calurosa y de clima tropical, donde todas las mujeres lucen vestidos de falda corta, los hombres tienen bigote y el principal periódico se llama Prensa, está reflejada la visión que muchos de los habitantes del primer mundo tienen de ese continente, mítico en su imaginación, que es Latinoamérica.

No son sólo los estadounidenses los que creen eso. Si nos fijamos en la participación del cine latinoamericano en los principales festivales europeos (Cannes, Venecia, San Sebastián y Berlín) tendremos que concluir que para los encargados de la selección oficial en esos certámenes, Latinoamérica, cuando existe, es un lugar fantástico y mágico, todavía muy rural, donde historias urbanas y más “comunes” no tienen cabida. Como si se acercaran a nuestro cine con un interés antropológico o periodístico, más que artístico.

Aunque Claudia Llosa en innumerables entrevistas ha aclarado que gran parte de la historia que narra en La teta asustada es una invención suya, cuesta creer que sin la anécdota de la mujer que se mete una papa en la vagina para protegerse de la violencia masculina la película hubiera alcanzado el éxito que tuvo. En las reseñas que hizo un medio tan respetado como Variety cuando cubrió el Festival de Berlín de 2009, donde la cinta ganó el Oso de Oro al mejor largometraje, se leen expresiones como “un bien filmado estudio etnográfico de la vida en las grandes ciudades de Perú” o “la realidad peruana mezclada con el realismo mágico, crean una vívida pintura de la sociedad y sus problemas”. ¿Por qué ante la historia de un niño que nace con alas, como lo es Ricky, de François Ozon, también parte de la selección de ese año, nadie dijo que esa fantasía reflejaba la realidad francesa?

Y eso que en Berlín es donde al cine latinoamericano mejor le ha ido últimamente. En 2008 el máximo galardón del Festival ya se lo había llevado Tropa de élite, la película de Jose Padilha que aborda el tema de un grupo comando que debe enfrentar a las bandas criminales de las favelas de Río. La elección estuvo acompañada de críticas a los excesos de violencia de la cinta.  Por supuesto, la violencia es otro de esos temas “interesantes” de nuestros países. Ya sea una violencia contenida que de pronto explota, como la de El otro o El custodio, cintas argentinas que también han estado en la selección de Berlín, o la violencia explícita que se da en escenarios particulares, como nuestras cárceles. Eso parece gustarles en Cannes, donde Crónica de una fuga de Adrián Caetano, y Leonera, de Pablo Trapero, que se desarrollan en centros penitenciarios, o Elefante blanco, también de Trapero, que ocurre en una “villa miseria”, han acompañado en el último lustro a las cintas de Carlos Reygadas, un consentido del festival por sus historias “raras”: Batalla en el cielo mojó toda la prensa que quiso por incluir sexo explícito entre personas “normales” con cuerpos que se salían de los cánones estéticos y Luz silenciosa se destacó por su belleza formal y por retratar a una comunidad menonita, no propiamente muy común en nuestros países.

Cannes es un caso paradójico: o se hace un cine “raro”, como el de Reygadas y el de Lucrecia Martel con La mujer sin cabeza, o se trabaja con tramas más “universales” y se corre el riesgo de dejar de ser considerado un representante de Latinoamérica, como le ha pasado con sus últimas historias a Guillermo del Toro, Alejandro González-Iñárritu y Alfonso Cuarón. Porque cuando un director de acá trata de hacer ciencia-ficción, cine fantástico o dramas protagonizados por Brad Pitt y Cate Blanchett, de repente se vuelve un autor universal, pero si un director norteamericano, como Steven Soderbergh, hace la biografía de un personaje como el Che Guevara, presentada en Cannes en 2008, los medios hablan de inquietudes artísticas y búsqueda personal.

En Venecia ni siquiera están interesados en mirarnos: no hubo representación del cine latinoamericano en su selección oficial en 2006, 2007 y 2009; en 2008 estuvo Guillermo Arriaga con The burning plain, (hablada en inglés y protagonizada por Charlize Theron y Kim Bassinger), que además de la violencia tiene ese melodrama trágico que también se asocia con este continente y en 2010, la única candidata de acá fue Postmortem del chileno Pablo Larraín. David Gritten, crítico de The Daily Telegraph la elogió porque era “muy fuerte, cruda y poderosa”, tal vez refiriéndose a la trama en que un empleado fúnebre termina realizando, como parte de su trabajo rutinario, la autopsia al cadáver de Salvador Allende. Parece que nuestra historia sólo funciona como tema cuando contamos los episodios que nos avergüenzan (por algo la única ganadora del premio del público en el Festival de Toronto fue La historia oficial de Luis Puenzo, en 1985) porque esos son los que interesan en Europa. Ni siquiera San Sebastián, donde por obvias razones la presencia del cine de nuestros países debería ser importante, se escapa. Una sola película por edición en los últimos tres años, habla de una verdadera apatía por nuestra cinematografía. Claro, como El secreto de sus ojos parecía cine hecho en el primer mundo y no en el tercero, no obtuvo ningún galardón en 2009, para luego llevarse el Oscar a mejor película extranjera.

Parece que al hablar de cine, en el resto del mundo sienten que Latinoamérica sólo vale la pena como lugar de safari visual, donde lo raro, lo violento y lo curioso son algo “autóctono”, Y por desgracia, el pesar es muy distinto al respeto.

El terror ya no es lo que era

Tuesday, October 2, 2012 por Samuel Castro

El problema comenzó con la salsa de tomate. Fue en alguno de esos programas en que muestran el “detrás de cámaras” de las películas donde nos develaron el secreto: la sangre que salía a borbotones de los cuellos juveniles que Jason Voorhees o Freddy Krueger desgarraban con sus cuchillas era esa mezcla que también se podía echar tranquilamente sobre un perro caliente. Ahí comenzamos a perderle el respeto al cine de terror.

Por obvias razones cronológicas no habíamos gritado viendo a ese vampiro deforme y pálido (pura lógica: si alguien no puede ver la luz del sol es difícil que parezca un salvavidas bronceado, como ciertos vampiros que gustan a las adolescentes de hoy en día) que protagonizó Nosferatu en 1922, pero gracias al Betamax sí tuvimos la posibilidad de revisar las cintas que hicieron gritar a nuestros padres en los sesenta y setenta, como La noche de los muertos vivientes, El bebé de Rosemary, El exorcista o La profecía. El miedo que producían esas películas era algo respetable: las historias que contaban se tomaban en serio a sí mismas y después de verlas en la oscuridad de una alcoba no era fácil animarse a buscar agua en la cocina.

Los ochenta nos permitieron disfrutar sin remordimiento de las “pesadillas sin fin”, los “viernes 13” y los “halloweens” porque las funciones de esos títulos eran lo más parecido a los parques de diversiones que teníamos: se valía gritar, saltar en la silla y abrazar a quien tuviéramos al lado. Hasta que vimos lo del truco de la salsa de tomate. Y los gritos, entonces,  se convirtieron en carcajadas. De repente, el cine de terror se volvió barato: se notaban los micrófonos colgando por todas partes, los brazos arrancados en las torturas eran tan reales como los de un maniquí y cualquiera podía comprar las máscaras de los asesinos en serie.

La decadencia continuó imparable. El matón de Scream era tan torpe como los jovencitos que perseguía: se tropezaba con las mesas, se enredaba con los cables del teléfono y se caía. Sé lo que hicieron el verano pasado lograba que uno se tapara la cara pero por la sensación de pena ajena. A veces daba más miedo Scary movie. Hubo esperanza cuando los japoneses introdujeron su estilo lleno de niñas pálidas a las que el pelo negro les tapaba los ojos o cuando alguien hizo Saw con una buena historia y pocos dólares. Pero se reprodujeron sin control y comenzamos a saber lo que iba a pasar en sus decenas de secuelas desde el minuto 10. Hoy, con tristeza, tenemos que soportar títulos como The final destination, cuya trama es más de cuento infantil que de película para asustar. Y entonces, lo único que podemos hacer es animarnos con directores como Rob Zombie o Eli Roth que quieren revivir la época gloriosa del terror y buscar en las videotiendas más antiguas algún título de los setenta que haya sobrevivido en VHS. Para que otra vez veamos con miedo la salsa de tomate en nuestro perro caliente.

Publicado originalmente en Revista ÚNETE N°26