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Archivo para June, 2011

Blogumental de cine: Andrés Sánchez

Wednesday, June 29, 2011 por Samuel Castro

Seguimos con nuestro blogumental, el lugar donde escuchamos a algunas voces valiosas, hablándonos de nuestro tema favorito, el cine. En este caso, nuestro invitado es Andrés Sánchez, (@tropicalia115 en Twitter). Pero que sea una de los fundadores de Ochoymedio, Ricardo Silva Romero (@RSilvaRomero) el que nos presente a Andrés.

Andrés Sánchez es un escritor que se ha hecho a sí mismo en la era de Internet: entre YouTube, Twitter y los blogs. Tiene una cultura, desde los libros hasta los videos, que resulta abrumadora. Y, como él mismo suele decir, la clave de su vida se encuentra en todas las ficciones que lo mantienen a flote. Hoy en día se lo tropiezan con mayor frecuencia sus alumnos del CESA y sus compañeros de la maestría en literatura de la Universidad Javeriana.

¿Recuerda qué se siente ir a cine por primera vez?

Difícil. Pero creo que fue una de las películas de Disney de principios de los 90, en el Astor Plaza o en los teatros viejos de Granahorrar. Y terminé pasmado viendo las historias (en esa época eran excelentes) para después volverme fiel de la sala de cine.

¿Cuáles son las películas de su vida que puede comparar con (haberlas visto fue para usted) un gran evento como la primera comunión o la graduación o el matrimonio?

Comienzo con Inocencia interrumpida, que me enseñó el placer de ver cine solo sin nadie (además, daría pena llorar toda la película al lado de alguien). Sigo con las de Pixar, todas. Me permito agregar algunos capítulos de series (no comprendo cómo el “cinéfilo” desprecia la televisión): algunos de Grey’s Anatomy, Los Simpsons y South Park (que son una clase magistral de escribir guiones); a veces un capítulo o dos minutos de una serie tienen mucho más sentido para una vida que una película que, a veces, es aburridora. La última escena de La vida acuática con Steve Zissou (cuando Bill Murray levanta al sobrino de Klaus y suena Queen bitch de David Bowie) me dejó completamente pasmado, y Waking life me dejó con ganas de no tener más sueños lúcidos. Luego, las sagas: La guerra de las galaxias, Indiana Jones, El señor de los anillos: la espera por un capítulo más, el placer agridulce de la última imagen. Después, irían esas que son construidas, tipo Crash, Babel y Magnolia, fragmentadas como la mente a medida que uno crece. Y terminaría con The Big Lebowski, sólo por lo que significó el momento en todo sentido para mi vida de hoy en día.

Si acabara de conocer a alguien que ve pocas películas, y quisiera presentarse como es, ¿qué películas lo pondría a ver con usted?

Todas las anteriores.

¿Cuáles son sus películas malas favoritas, es decir, cuáles son sus principales placeres culposos del cine?

Las películas de desastre son mi placer culpable por excelencia. Ponen una por televisión y no puedo dejar de verla, ahí podría incluir Día de la independencia, El día después de mañana, Godzilla (Roland Emmerich es un genio para los desastres, creo que tiene algo con destruir la Estatua de la Libertad), Armageddon, Impacto profundo, e incluso la deprimente Pearl Harbor no me deja cambiar de canal. Juego de gemelas es una que repiten siempre y siempre la veo, y cualquiera de Ben Stiller me parece perfecta para perder el tiempo un domingo por la tarde después del fútbol.

¿Por qué no puede dejar de hacer cine? O: ¿por qué no puede dejar de ver cine, de escribir sobre cine, de escribir cine?

Es lo más cercano a un arte total como lo soñó Wagner con la ópera. Y el cine es la fuente de la cual están bebiendo muchas, por no decir todas las artes. Desde la literatura hasta la música: quien no ve cine no puede crear arte en este momento. Sería, por lo menos, un arte que olvida su contexto.

La gracia de Grey’s Anatomy

Saturday, June 18, 2011 por Samuel Castro

Me he pasado de las peleas entre hinchas de fútbol a las discusiones entre aficionados a las series. Y así como a algunos no les cabe en la cabeza que uno pueda ser hincha de Nacional y alegrarse por las victorias del DIM, parece que no se pudieran adorar al mismo tiempo las ironías y los sarcasmos de House M.D. y disfrutar de las tramas pasionales y desgarradas de Grey’s anatomy. Sus fans parecen Montescos y Capuletos. Y me perdonan los fanáticos de ambas familias, pero las dos están muy bien. Lo que pasa es que se ha escrito tanto acerca del doctor cojo (análisis de cada capítulo, compilaciones de las frases, filosofías) y tan poco de la serie que revivió la carrera de Patrick Dempsey, que mi costumbre de ponerme del lado del débil me obliga a dedicar un rato a elogiar todas sus cualidades, y burlarme con cariño de sus defectos. Eso sí, maldiciendo la hora en que a alguien se le ocurrió hacer una adaptación “a la colombiana” que lleva el creativísimo nombre (copiado de la película de Susanne Bier) de “A corazón abierto”. Podrá ser hasta decente la versión, pero el sólo hecho de que todas las protagonistas femeninas parezcan escogidas por Diego Cadavid para la portada de Soho, me hace preferir el original.

Para empezar el rasgo distintivo de Grey’s anatomy: el personaje más carismático de la serie no es su protagonista, cosa que según los cánones gringos es un sacrilegio (aunque después vino Big love con el petardo de Bill Paxton y comprobó que cualquier cosa puede pasar) Cuando la serie comenzó, esa fue una de las características que hacían a los críticos augurarle poca permanencia al aire (es maravilloso cuando nos equivocamos tan estrepitosamente). Ellen Pompeo, la novia de Jim Carrey en las escenas eliminadas de Eternal sunshine of the spotless mind, se ha visto siempre cinco años mayor de la edad que supuestamente debería tener Meredith y un día está hermosa y al otro parece que hubiera amanecido en un parque antes de la grabación de sus escenas, habla como si le diera pereza abrir la boca y no siempre le creemos sus depresiones y sus tristezas. Pero este “defecto” hizo también que desde el comienzo las tramas de los secundarios, sus vidas y sus amores, fueran alternándose el protagonismo. El resultado es que hoy todos los personajes nos importan (cuando se fue de la serie George, el “buenazo”, debo confesarlo, lloré durante diez minutos seguidos), todas las historias han cobrado vida propia y la serie tiene decenas de caminos posibles. Queremos que Karev consiga a una mujer que no esté loca, que Cristina Yang haga la mejor operación de cardio que exista, que a Torres y a Arizona les vaya bien en su matrimonio, que a Mark le siente bien la paternidad. Y sobre todas las cosas, adoramos a Miranda, el verdadero corazón del Seattle Grace Hospital.

Los seguidores de House desprecian el dramatismo de Grey’s anatomy. Pero si uno ve de corrido las siete temporadas que lleva hasta ahora, descubrirá que una de sus muchas virtudes es dosificar la tragedia para que haya capítulos donde incluso las emergencias son graciosas y otros donde pasan pequeñas cosas, que tres episodios más adelante serán vitales para la historia. Pura inteligencia de su creadora, Shonda Rhimes, que además no ha dejado de atreverse a correr riesgos: un capítulo grabado como si fuera un documental televisivo, otro donde a lo Rashomon, veíamos la versión de los hechos según cada persona que los contaba, uno más donde la protagonista hablaba con los muertos en un cielo que era un quirófano vacío. Nada mal para una serie supuestamente rosa.

¿Qué es lo que tanto nos gusta de Grey’s anatomy? Que a diferencia de House, un genio solitario que sólo podemos imitar, los personajes de Grey’s se parecen mucho a nosotros. Supuestamente ya son “grandes” pero todavía tienen que descubrir cuál es su talento, para qué sirven en la vida; todos cargan sobre sus hombros los pecados y las miserias de sus padres; están aprendiendo a ser papás, esposos, buenas personas; se han ido transformando a lo largo de la serie y ya no son los mismos muchachitos (sobre todo Meredith) que peleaban por una operación de vesícula hace unos años. Pero todavía en cada capítulo pueden tomar una decisión que les cambie la vida (al menos durante media temporada) Es una gran serie, distinta a House pero maravillosa a su manera.

Puede que uno quiera conocer a House más que a Meredith o a McDreamy.  Pero nadie puede negar, que entre los dos hospitales, el más divertido, el más parecido a cualquiera de nuestras casas, es el de Seattle. Y esa es su gracia.