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Bastardos sin gloria 1: Michael Madsen

Sep 26, 2009 por Samuel Castro

Michael Madsen

Hay varios tipos de actores (no, no voy a decir “y de actrices”, me niego a hablar como estúpido o como candidato político —el chiste fácil de que son lo mismo, se lo dejo a cada cual— sólo porque a algunas funcionarias del Estado se les ocurrió que esa era la manera de sentirse “incluidas” en el lenguaje). Para mencionar sólo algunos están las estrellas fulgurantes, de las que no necesitamos mencionar ni siquiera su nombre (Pitt, Jolie, DiCaprio, Damon); están los actores secundarios que siempre recordamos y que incluso a veces protagonizan (Ben Kingsley, Kathy Bates); los soles apagados (que alguna vez fueron estrellas y que ahora gozan de su retiro o escogen muy bien aquello en lo que participan); los que vemos y no recordamos (ya vendrá su sección) y una categoría que se me ocurre, y que para generar más tráfico en el sitio (la sinceridad ante todo) y porque realmente le calza perfecto, sería la de “los bastardos sin gloria”.

¿Quiénes son? Aquellos que uno no entiende cómo no fueron grandes estrellas. Que son talentosos, que tienen presencia, que alguna vez han mostrado su valía, pero que por descuido o irresponsabilidad, por mal gusto o drogadicción, se perdieron en algún punto de la ruta para no jamás convertirse en lo que pudieron ser. Para que quede más claro, un bastardo sin gloria es lo que era Mickey Rourke hasta antes de que interpretara el Marv de Sin city o lo que iba a ser con seguridad Robert Downey Jr, hasta que él mismo decidió ocupar su merecido lugar de estrella, cambiando su comportamiento errático por elecciones tan poderosas como Iron man. Un bastardo sin gloria de verdad sólo se luce cuando ÉL QUIERE, especialmente si trabaja para directores que conocen su calidad y los aceptan con todos sus defectos, que son muchos: a los bastardos sin gloria nadie los quiere; los bastardos sin gloria no tienen club de fans; los bastardos sin gloria jamás serán una apuesta segura. Los bastardos sin gloria son tan buenos actores que aparecen sin problemas en películas de cualquier género, pueden sostener una historia por horas o volver memorable un momento que dura segundos.

Michael Madsen 2

Michael Madsen, quien cumplió años ayer 25 de septiembre, es el bastardo sin gloria por antonomasia. Sólo un bastardo sin gloria puede tener, en 27 años de carrera, 170 producciones en su hoja de vida, con años en los que puede actuar hasta en 9 producciones. ¿Qué ninguna es importante o digna siquiera de estrenarse en salas? Eso no le importa. Él se para ahí, frente a la cámara, con esa imagen de chico rudo que tiene, sin los problemas de calvicie de tantas estrellitas (¿o no, señor Jude Law?) dice sus líneas con convicción y logra que lo recordemos, incluso en papeles estúpidos, como el del papá de aquel niño que quería salvar a la ballena en Free Willy. Hasta repitió el personaje en la segunda parte porque sabe que su prestigio está sobre el bien y sobre el mal: él cobra su cheque y los críticos que se jodan. Sabe que cuando se lo propone, con una sonrisa basta para que creamos que es el novio buena gente de Susan Sarandon en Thelma y Louise o que con poco esfuerzo puede ser el más malo de todos, como en Donnie Brasco. Quentin Tarantino, que es un bastardo con gloria, lo adora. No poco de su éxito se debe a la manera en que Madsen pronunció sus parlamentos en Reservoir dogs como el temible Mr.Blonde. Lo quiere tanto que es el padrino de los hijos de Madsen.

¿Premios? Sólo tres, conseguidos apenas hace un año por su actuación en una peliculita sin pretensiones que nunca llegará a nuestros cines: Strenght and honor. ¿Para qué necesita premios un tipo que mide casi 1,90 y que enseguida de actuar en Kill Bill se apunta a una película que se llamó Vampiro anónimo? Madsen, como los buenos bastardos anónimos la tiene clara: si no es más invitado de alfombras rojas por sus películas, se remangará la camisa y empezará a aspirarlas, porque nada de este mundo le es ajeno. Madsen se le mide a todo, y ese, que es su principal defecto, es también su mayor virtud.

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