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Películas de carretera

Jan 28, 2009 por Samuel Castro

No había pensado, hasta anoche, que incluso una mala película puede ser mejor de acuerdo con el lugar donde uno la vea. Estaba en el asiento 11 del bus de Rápido Ochoa que cubría la ruta Medellín-Cartagena, eran las 8:30 PM y pusieron Get shorty de Barry Sonnenfeld. Normalmente, a esa hora y en mi casa, hubiera disfrutado de una comedia con humor negro como aquella. Referencias cinéfilas, autoparodias y comentarios ácidos sobre el mundo de Hollywood (“Voy a ser productor, no necesito saber mucho de cine”) me hubieran divertido. Pero no. Aún con la excelente calidad de la imagen (unas por otras, los monitores del bus estaban perfectos, el sonido era muy bueno aún con el doblaje obligatorio, pero tuvimos que aguantarnos un video institucional sobre la Tarjeta Éxito) no fui capaz de verla. No quería pensar mucho, necesitaba algo menos exigente con el espíritu, algo más fácil, algo que me hiciera olvidar del niño ajeno que se había dormido sobre mi pierna izquierda y del otro que en la silla de atrás me hacía presagiar avalanchas terribles sobre mi cabeza, diciendo que estaba mareado. Y a las 10:30 PM, atendidas mis súplicas por la Virgen del Carmen (o la que sea patrona de los transportadores) pusieron License to wed de Ken Kwapis, ese bodrio insufrible en el que Robin Williams hace de cura que dirige cursos prematrimoniales y les pone a los novios pruebas para que demuestren su compromiso. Normalmente hubiera movido el control o hubiera pateado el televisor o hubiera salido despavorido. Pero en medio del bamboleo del bus por las terribles carreteras colombianas, la película resultó perfecta. Era como una historia que te cuenta alguien que no te importa, pero que es lo suficientemente interesante como para que recuerdes los detalles aunque no los nombres. Sabía que era mala, pero me entretuvo. Ya no sé si extraño aquellos viajes donde sólo ponían malas películas de Van Damme (perdón por la redundancia) o títulos desconocidos de Jet-Li. Lo que tengo claro es que en carretera, el espíritu se transforma de maneras desconocidas. Y eso ya nos lo habían enseñado las road-movies.

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