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Una lección de cine

Jan 24, 2009 por Samuel Castro

Sabemos que acaban de anunciar las nominaciones al Oscar y aunque podríamos decir muchas cosas (como por ejemplo que es muy bueno ver a Richard Jenkins postulado al premio a Mejor Actor por The visitor) por lo menos yo quiero esperar a ver la mayor cantidad posible de películas antes de dar un vaticinio (sobre todo porque, como nos ha enseñado Ricardo Silva, hay películas que van a ganar y películas que uno quiere que ganen) así que dejaremos eso para próximos días y nos vamos a ocupar hoy del pequeño infierno que pueden ser los otros.

Es como una maldición. Todo comienza con un montón de cuadraditos rojos y sólo dos amarillos, la representación gráfica de las sillas ocupadas y las dos butacas vacías en una esquina que la persona que te atiende en la boletería te muestra con cara de “¿se atreve?”. Y uno se atreve porque a pesar de que sea el último fin de semana de vacaciones y vea detrás en la fila a las hordas de adolescentes (una mezcla de todas las tribus, con sus pelos planchados o sus minifaldas o sus pintas para verse distintos que sólo los uniforman) que visitan el cine porque no tienen nada más qué hacer, todavía creemos en el género humano y en la civilización y pensamos (qué inocencia) que todos sabrán comportarse en el cine.

Pero no. Antes de que comience la película se alcanzan a escuchar cinco teléfonos (que son canciones que suenan “a todo taco” porque los ringtones ya no se usan) y cinco voces que llenas de gallitos y sin terminar de cambiar todavía saludan a su “parce” o a su “parcerita”, y le avisan que van a ver “mera” película que se ve “una chimba” (porque todos hablan más o menos como Juanes) pero que como no ha empezado tienen tiempo de conversar. Sí, como lo leen, ¡conversan durante los cortos!, una de las partes más importantes del ritual de cine para quienes nacimos hace más de 25 años. Lo que pasa es que ellos ya han visto una y mil veces esos trailers en internet y no sienten que sean importantes. Como susurrar es una palabra que no conocen, una vez comienza la película deberemos aguantar carcajadas inexplicables (se ríen, supongo que por tanto ver cine colombiano, cada vez que un personaje de la película dice mierda o puta o cagar, incluso cuando lo dicen en inglés y ellos se enteran por los subtítulos), comentarios a gritos entre butacas (no hay necesidad de hablar sólo con el de al lado, es un país libre, piensan tranquilos) y tiro al blanco con crispetas si la película no tiene una escena donde “pase algo” cada cinco minutos, pues sufren de desorden de atención por ver cantidades industriales de videos de 120 segundos en youtube.

Sí. También sé que suena a queja de anciano ante los tiempos que corren. Es cierto. Pero mi queja no es contra los pobres teenagers que nos amargan la salida a cine. Al fin y al cabo ellos crecieron así… silvestres digamos… salvajes. Mi reclamo es contra sus padres. Porque desde hace rato, en esta moda moderna de no contradecir a los niños, de hacer lo que ellos digan y regalarles lo que deseen aunque cueste un ojo de la cara, los papás olvidaron que su papel no es el de proveedores sino el de educadores. Y gracias a los matinés y a las películas animadas han dejado crecer a sus cachorros sin control. Los meten a las salas desde que tienen cinco años, suspiran de alivio mientras miran desde afuera cómo entran a la penumbra, y se van a recorrer el centro comercial, felices de librarse de sus retoños durante dos horas. Por eso estamos como estamos. Porque estos papás no se sentaron junto a sus niños (o lo hicieron pero como los pusilánimes en que se ha convertido la mayoría) ni estuvieron ahí para decirles que al único al que le sientan bien los eructos es a Shrek que es un ogro, que las crispetas tienen que entrar por la boca y no por el hueco de la camisa del que está adelante, que no se habla con la boca llena, que esos “ancianos” que ven la película junto a ellos son personas y no otros adultos como sus papás que tienen que soportarlos, que el cine es un espacio público y que ellos, que no son los dueños del mundo aunque lo crean, necesitan respetar a los otros que se encuentran a su alrededor y quieren ver la película. Porque todos esos muchachitos creen que el cine es la sala de su casa donde ven las películas en su DVD. Y no. Todavía no. Así que la lección no es para ellos, sino para todos los papás que existen, que han olvidado que es de ellos, de lo que hagan por educar a sus hijos, y no de los niños, de quienes depende el futuro del mundo. Y de esa antigua costumbre, ya casi arqueológica, de ir a una sala de cine.

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