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Qué es el cine

Por Gregorio Sánchez
Para entender el cine lo mejor que puede hacerse es leer El manifiesto de las siete artes del italiano Riccioto Canudo. La colección azul de Cátedra lo editó dentro de una antología titulada Textos y manifiestos del cine. ¿Qué dice, en pocas palabras (al fin y al cabo lo que más nos gusta es el cine), el manifiesto mencionado? ¿Qué es el cine? ¿Podemos definirlo en esta era que le huye a las definiciones, que las relativiza todas? Por lo menos podemos decir, con El manifiesto, que el cine es el séptimo arte. Sí, es el lugar común de la definición, pero va a esto: el hombre, en su instinto de no dejar escapar el mundo, finge la realidad de dos maneras: temporal y espacial. Las artes espaciales (arquitectura, pintura, escultura) contienen u ocupan las tres dimensiones que conocemos. Las temporales (danza, música, literatura) pretenden registrar, modificar, iluminar el paso del tiempo.
El cine finge la realidad de ambas maneras. Sintetiza los dos tipos de artes. Reúne a la arquitectura, a la pintura, a la escultura, a la danza, a la música, a la literatura en una sola pantalla que ocurre en el tiempo. Canudo hablaba, por eso, de un séptimo arte. Cuando él lo decía sonaba menos tonto que ahora. Él lo decía por primera vez. Y no lo decía ni en vivo ni en directo. Estaba fascinado con el nuevo invento, una máquina llamada cámara que durante muchos años (el manifiesto aparece en 1914, casi veinte años después de la famosa primera proyección organizada por la familia Lumiére), durante mucho tiempo fue vista como un instrumento de laboratorio, una ayuda para el necesitado mundo de la ciencia. Quería, Canudo, hacer caer en cuenta a los hombres de ese nuevo siglo, el siglo pasado, que todo estaba cambiando. Que el planeta, en un par de años, sería otro planeta por cuenta de ese arte que ponía en juego todos los sentidos, y, de paso, reunía a la gente alrededor de una nueva fe: la fe en el movimiento.

Pero estamos definiendo el cine. Y ya hemos dicho que es el séptimo arte. ¿Tenemos algo que decir de su lenguaje?, ¿es el cine un lenguaje diferente al de los demás lenguajes? Por supuesto que sí. El cine es un lenguaje hecho de imágenes sucesivas, simbólicas y en movimiento. Y, puesto que como cualquier técnica artística (piensen en la pintura o en la música) cumple sin querer o queriéndolo con la función de documentar el mundo, podríamos hablar de que hay dos tipos de cine: el documental y el argumental. Los dos se cruzan todo el tiempo, no cabe duda, las ficciones documentan y los documentales reordenan el mundo a su antojo (las dos, por supuesto, se valen en últimas del mismo lenguaje), pero son más bien diferentes en sus propósitos: los documentales, a través de una mirada que querría ser objetiva, buscan hacernos evidente, cercana, próxima una realidad que ha vivido al tiempo con la nuestra; las ficciones cinematográficas, por medio de una mirada que aspiraría a la subjetividad, pretenden desmontarnos (esto es, obligarnos a criticar e interpretar) una realidad que se parece a la nuestra.

¿No es claro? Bueno, bien, no tiene porque serlo en un primer momento. Ya hablaremos de la ficción y del documental con más cuidado. Por lo pronto estamos, les recuerdo, respondiéndonos la pregunta "qué es el cine". Todos lo sabemos. Todos lo hemos visto. Sabemos qué nos da y qué nos quita. Pero no está mal decir que es el arte de las imágenes sucesivas, simbólicas y en movimiento que sintetiza la búsqueda de las seis primeras artes. No está mal, sobre todo, porque no hemos entrado a hablar de lo narrativo. ¿Por qué? Porque el cine tiende a narrar historias, es cierto, pero no sólo se uso para eso: su lenguaje ha servido para las reflexiones, para la revisión del presente. Claro, el cine, aparte de la vocación a no dejar que el mundo se escape de las manos, satisface otro de los instintos básicos del hombre: el instinto de contar historias. Pero las cámaras no sólo han servido para eso. Piensen en pintura o en literatura. También con el cine se ha experimentado. También ha habido obras abstractas.

Estamos hablando, en este punto, de contar historias. Y la verdad es que el cine, superados siglos y siglos en el empeño de capturar el movimiento (he aquí una rápida mirada por el proceso de invención de las cámaras), tardó en descubrir que la cámara también servía para eso. No mucho, no, finalmente algo contaba aquellla primera proyección de los Lumiére. Pero tuvo que aparecer Georges Méliès, un mago en busca de nuevos trucos, para que los cineastas del momento cayeran en cuenta de que el cinematógrafo era una nueva oportunidad para las ficciones. Hubo muchos contadores de historias, muchos más (en la próxima clase los reseñaremos), que comenzaron a ver en el nuevo aparato una herramienta tan poderosa como la pluma o el pincel o el piano. Pero ninguno, como Méliès, notó que en el centro del nuevo arte estaba la magia.

Pronto, en la búsqueda de una estructura para narrar ficciones con la cámara, se adoptó la estructura dramática que Aristóteles describió en uno de sus tratados. Se adoptó, mejor dicho, la misma forma como le contamos a un amigo una historia que acaba de sucedernos: el principio, el medio y el fin, los tres actos del teatro, los tres momentos de cualquier relato, la presentación de unos personajes, la aventura que trata de reparar un mundo y la resolución que responde una serie de preguntas. No sólo eso. También se adoptó la posición del espectador de una obra de teatro como el lugar en donde debía estar la cámara. Si ustedes ven las primeras películas, no verán esos ángulos arriesgados (de cámara de seguridad de tienda de ropa) tan de moda por estos días, ni notarán diferentes planos o movimientos extraños, sino, simplemente, un cuadro por el que se mueven una serie de personajes. Igual que cuando vamos a teatro.

El cine, pues, cuenta historias. Y lo hace de manera dramática: en tres momentos. Pero puede no hacerlo si no quiere. Puede no contar nada o hacerlo en dos momentos. Lo que pasa es que tiene que hacerlo muy bien. Tiene que convencernos de que era mejor hacerlo de ese modo. El cine tiene algo en común con las demás artes: en esta era de indefiniciones, en esta época que no se atreve a decir "las cosas son así o así", tiene que rendirle cuentas a los espectadores, cumplir las promesas que hace, responderle a un lenguaje que es el suyo, y no romper sus propias convenciones porque sí, porque no hay jefes en el mundo del arte, sino porque algo quiere decir de esa manera. Sea lo que sea.

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