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Las raíces que dan sombra

Por Samuel Castro

Cuando todo el mundo esté aburrido de la música en video, automatizada y en serie, nuestros descendientes nos despreciarán por haber desperdiciado lo mejor de nuestra cultura”
Alan Lomax

Martin Scorsese estaba trabajando en 1995 como productor ejecutivo de un especial para televisión (Nothing but the blues) en el que Eric Clapton tocaba algunas de las canciones más antiguas del repertorio clásico del blues. La actuación de Clapton se intercalaba con imágenes de archivo de históricos y viejos músicos que tocaban, décadas atrás, las mismas canciones que el guitarrista inglés, para dejar claro que el tiempo transcurrido entre una y otra actuación no había deteriorado el espíritu original de aquel sonido. Al ver el contraste en las imágenes y la poesía instantánea que se desprendía de ellas, Scorsese tuvo la idea de producir con la televisión pública norteamericana una serie televisiva para el 2003 (que iba a ser nombrado “el año del blues” en Estados Unidos) en la que hubiera un acercamiento histórico, pero al mismo tiempo artístico y cinematográfico a uno de los géneros musicales más importantes de la historia, conservando eso que tenía el especial de Clapton: mostrar cómo el blues contemporáneo que había influenciado a generaciones de roqueros y músicos populares era una manifestación cultural cuyas raíces venían desde muy lejos.

Como toda la serie estaba bajo su supervisión, Scorsese escogió personalmente a los distintos directores de cada capítulo, que desde sus propias perspectivas artísticas abarcarían distintos aspectos narrativos del blues. Con el cuidado por los detalles que siempre lo ha caracterizado, la selección incluía a directores que eran músicos destacados ellos mismos (como Mike Figgis y Clint Eastwood) o que ya habían trabajado el documental musical con éxito (como Wim Wenders). Además, el director neoyorquino reservó para sí mismo el primer capítulo de la serie, el que pretendía contar el surgimiento de la música negra en el delta del Mississippi y aventurar sus conexiones con la música africana tradicional. Un extraordinario trabajo que a veces no se tiene muy en cuenta dentro de la obra de Scorsese y que hemos querido comentar en este especial de Kinetoscopio.

Un trabajo a la medida

Lo ha dicho cientos de veces: “Si yo hubiera podido tocar guitarra, pero tocarla realmente bien, jamás hubiera llegado a ser realizador de cine”. La música es una de las pasiones de Martin Scorsese, una pasión que a lo largo de su carrera ha puesto al servicio de su trabajo en muchos momentos. En la entrevista que acompañaba la presentación de su película para “The blues: a musical journey”, recuerda que cuando era niño y caminaba por Elizabeth Street en Little Italy, por las ventanas de todas las casas y de los carros que cruzaban la calle, salía música maravillosa que él no podía dejar de escuchar. Su propia mamá cantaba mientras cocinaba pescado, al mismo tiempo que su papá tocaba la mandolina y su hermano Frank, la guitarra. Tal vez por eso la frase que con su propia voz se oye al comienzo de “Feel like going home”, suena más a una confesión personal, a una firma propia, que a una introducción que necesitara el guión: “No puedo imaginar mi vida, ni la de nadie más, sin música. Es como una luz en la oscuridad, que nunca se apaga”. Y tal vez nosotros podríamos agregar que Scorsese tampoco puede imaginar las vidas que muestra en sus películas sin música. Algunas de sus escenas han sido planeadas sólo para que las imágenes funcionen bien con una determinada canción que el director tenía en mente con anterioridad, como “Be my baby” de las Ronettes en Mean Streets o el Intermezzo de la ópera Caballería Rusticana para Toro Salvaje.

Además de explorar en el mundo de la música, este trabajo le permitía a Scorsese explayarse en otro de sus temas favoritos desde el comienzo de su carrera: la historia de ciertos grupos sociales con un enfoque casi antropológico. Ahí están para demostrarlo, Street scenes (donde se filmaban algunas de las protestas callejeras contra la guerra de Vietnam en New York y el mismo Scorsese junto con su amigo y actor Harvey Keitel charlaba con algunos de los estudiantes que protestaban) o Italianamerican, esa larga conversación con sus propios padres acerca de lo que significaba venir de Sicilia para instalarse en Estados Unidos. Aunque ambos trataban momentos muy particulares en las vidas de ciertas personas, buscaban en el fondo explicar un capítulo de la historia norteamericana, del mismo modo que lo haría más adelante en La edad de la inocencia, Casino Pandillas de New York o incluso en The last waltz. Queriendo lograr con el cine lo que, según él, sólo pueden hacer las canciones. “Ellas reflejan cómo es el mundo en determinado momento” le confiesa en la charla que tiene con James Lipton en el “Actor’s Studio”.

La forma es la clave

Antes que nada, Martin Scorsese es un maravilloso contador de historias. Por eso en Feel like going home consigue esa mirada científica que necesita el origen del blues creando la necesidad de que un personaje real navegue en las raíces de la música. Una especie de “viaje a la semilla” que permita a los espectadores acompañar a un hombre contemporáneo al pasado de su arte y sentir con él, mientras va encontrando personajes fantásticos muy cercanos al mito, que cada vez comprende mejor de dónde viene.

Ese personaje es el músico Corey Harris, quien además de ser un buen intérprete es un conocedor de la música popular. La cámara lo acompaña en su búsqueda de personajes que puedan recordarle cuál es el verdadero sentido y origen del blues; él mismo cuenta el sentido profundo de su jornada: “…para conocerte a ti mismo, debes conocer tu pasado. Para saber adónde vas, necesitas saber dónde has estado”. De esta manera, Harris llega a entrevistar a verdaderas leyendas musicales, vivas todavía en el momento de la filmación, como Sam Carr, el baterista de una de las primeras bandas conocidas de blues, los Jelly Roll Kings (un nombre que el mismo Harris confiesa en la conversación, le puso a la primera agrupación que tuvo, sin saber que ya lo había tenido un grupo reconocido, una insinuación de cuánto desconocimiento hay en los músicos que están empezando su carrera, acerca de lo que hubo antes de ellos) o Johnny Shines, el músico que acompañó en sus andanzas al famoso Robert Johnson, el guitarrista que con sus canciones y su forma de interpretar su instrumento influenció a personas como Bob Dylan o Jimi Hendrix.

Además de viajar por el Mississippi encontrando a las leyendas, en la segunda parte del documental acompañamos a Corey Harris hasta Mali en Africa, para conversar y tocar con músicos como Salif Keita y Habib Koité, hombres que le muestran las conexiones más profundas entre la música de uno y otro lado del océano. Lo mejor es que aún cuando no lo dijeran, esa idea queda clara a lo largo de todo el documental, gracias a lo que consigue transmitir con las actuaciones que filma (ver a Corey Harris tocando con viejos músicos en el porche de sus casas o junto a una cerca en el campo es, por lo menos, emocionante) y también, por supuesto, con las imágenes de archivo que sabiamente ha elegido Scorsese. No se puede esperar menos del hombre que ayudó a editar el registro de Woodstock.

Una deuda impagable

Martin Scorsese no es la única persona a quien le debemos la magia de Feel like going home. Hay dos personas que al terminar de ver el documental, se convierten en grandes héroes de la historia gracias a su trabajo: los investigadores musicales John y Alan Lomax, padre e hijo respectivamente, quienes viajaron desde las primeras décadas del siglo XX por todo el territorio de Norteamérica, con el único fin de grabar y filmar actuaciones de músicos populares en distintos escenarios, (Alan lograría también recorrer caminos perdidos de Europa) cuyos registros hoy hacen parte del archivo de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Gracias a los Lomax y a su trabajo (que es reconocido en distintos momentos del film) podemos apreciar entrevistas y pequeños conciertos que son unas joyas, como la actuación de Lead Belly en una cárcel de Louisiana, que se hubiera perdido para siempre si los Lomax no hubieran estado allí para registrarla.

Esa misma pasión de los Lomax por encontrar las conexiones escondidas entre músicas de distintas partes del mundo, y por preservar algunos sonidos del olvido, es la que uno encuentra en este trabajo de Scorsese. No es sólo registrar la historia, es también hacerle un homenaje en vida (casi como cuando a uno le entregan un Oscar largamente deseado por una película que no es la mejor de su carrera) a esos hombres que construyeron la música popular norteamericana. Sam Carr lo dice con sus propias palabras en uno de los mejores momentos del film: “A medida que nos morimos, la música muere con nosotros en su mayor parte”. Y lo que desea Scorsese es hacer de ese material frágil que son las canciones, algo que dure para siempre. Una memoria eterna. Una antorcha encendida.

Momentos de blues

Ver Feel like going home, además de asombrar con la sencillez con la que consigue narrar los orígenes de un género (no tenemos nada parecido acerca del vallenato o del bambuco en Colombia) es también una lección de cine, de cómo la marca de un maestro se nota incluso en sus trabajos menores.

Cada detalle está pensado con alguna intención. Cosas tan simples como que los créditos de presentación estén diseñados en azul (si uno lo piensa no podía ser de otra manera) o tan sutiles como lograr que en la toma de archivo escogida para mostrar a los trabajadores madereros del delta del Mississippi aserrando un árbol, ellos se estén moviendo al ritmo de la canción que la acompaña. El sonido enriquece la secuencia (porque entendemos a qué tipo de actividades se dedicaban los creadores de aquella música) y lo mismo ocurre al revés (porque la secuencia nos hace escuchar con otros oídos el dolor que se siente en la canción.

El cuidado por las distintas imágenes es también un ejemplo a seguir para todos los realizadores de documentales. Es difícil pensar sólo como una casualidad que todas las imágenes de archivo que consiguieron para el documental tienen ese fuerte claroscuro. Es más probable creer que la mirada de quien conduce el proyecto las retocó (sin llegar al punto de falsearlas, por supuesto) para que visualmente coincidieran con la propuesta fotográfica de las imágenes filmadas. Y si el cuidado con las imágenes es obsesivo, la forma en que captura los distintos números clásicos es ejemplar: tres cámaras por lo menos para cada uno. Un plano medio que describe la totalidad de la imagen, una cámara que nos detalla los rostros de los artistas con su sentimiento frente a cada canción y una que toma los ángulos específicos que enriquecen la interpretación, como la que nos muestra la mano que se mueve haciendo los acordes en la guitarra. No sólo son varias cámaras sino que se mueven constantemente, dándole una dinámica atractiva a las secuencias, negándose, como siempre lo hace Scorsese, a un registro simple de cámara estática. ¿Por qué hacerlo de forma mediocre si se puede hacer aún mejor?

No sólo hay hallazgos en las imágenes. Tiene un valor inestimable para quien ame la música, escuchar a Taj Mahal, otra leyenda viva de la música del delta del Mississippi, explicar cómo las letras de las canciones que los músicos de comienzos de siglo supuestamente dedicaban a las mujeres que los abandonaban, los hacían trabajar sin descanso y les quitaban el dinero de su paga eran en realidad las fachadas tras la que se escondían las quejas frente a esos patrones que aún los miraban como esclavos. Quejas que no se podían hacer públicas pues sus autores corrían el riesgo de amanecer colgados de un árbol. Al tener esa información, muchas canciones antiguas de blues cobran una dimensión totalmente distinta: se vuelve lógico ese dolor y ese sufrimiento en las voces de lo que creíamos que eran simples tonadas de amor. El mundo conocido de quienes ven el documental cambia en pocos segundos.

Porque lo que diferencia a Scorsese de cualquier otro documentalista, es ese afán incesante para lograr la claridad de sentido en lo que relata sin renunciar al entretenimiento, entendido éste como la búsqueda de un cine atractivo en cada fotograma, que busca tener al espectador interesado en el tema gracias a la belleza formal de aquello que ve. Mantener encendida la luz de la música.

Conexión África

En la segunda parte de Feel like going home aparece una de las actuaciones más sorprendentes de toda la película: Otha Turner (y su nieta Shardé Thomas) toca frente a la cámara una música que no nos suena tan “americana”. De alguna manera esas notas que combinan los ritmos fuertes de los tambores que son golpeados sin descanso, con el sonido “campestre” y salvaje de una flauta sonando en otro tempo completamente distinto, crean una polirritmia que parece un llamado primitivo y sin embargo, con una armonía y un equilibrio demasiado elaborado para ser una creación espontánea. Esa música que cualquiera podría definir como celta pero que en realidad proviene del norte del Mississippi, es la que suena en algunos momentos de “Pandillas de New York” y era la que usaba el director como fondo musical en el set, para transmitir a todo su equipo aquel aire salvaje que deseaba imprimirle a su historia, una historia que de alguna manera estaba contando el nacimiento de una nación.

Pues Otha Turner y su sonido único es el puente, la excusa para viajar al continente negro y cerrar con las entrevistas y las actuaciones de algunos de los artistas más importantes de Mali. Es con él, con su presencia en la película, que se comprueba la teoría que desarrolla todo el film de manera impecable: la misma tristeza de los hombres africanos que han perdido su tierra por la opresión colonialista es la que suena en el blues, cuando sus autores se quejan del abandono de una mujer o de los desastres que causa una inundación. Con ese conocimiento Scorsese busca que los espectadores del documental aprecien el blues en su justa medida, que entiendan que sin el blues no hubiera existido la invasión británica del rock de los años sesenta, y que el rock and roll y la música popular no serían lo mismo. Y lo consigue sobradamente, pues pone en este documental, la misma dedicación que tiene toda su obra. ¿Cuántos directores famosos quisieran que sus grandes éxitos tuvieran la calidad de una obra menor de un maestro?

En algún momento de Feel like going home alguien menciona un proverbio africano: “Las raíces del árbol no dan sombra”. Es misterioso su sentido, aunque podríamos conjeturar que se refiere a que no conocemos las profundidades y los orígenes de aquello que nos da placer. Scorsese al final ha hecho lo increíble: ha logrado con su documental que podamos disfrutar de la sombra de las raíces.

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