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Burton y su país de las maravillas

Por Samuel Castro

Hagamos un ejercicio de memoria. Cierre los ojos y piense si le parece familiar alguna de estas imágenes: un muchacho pálido, con una boca pequeñísima y de gesto ingenuo pero inspirado, corta con unas tijeras por manos, el pelo de unas señoras estiradísimas; un médico brujo, usando un polvo mágico, reduce la cabeza de un tipo de pelo enloquecido y traje a rayas que espera a su lado; una mujer de ojos felinos, enfundada en un vestido hecho con trozos de cuero cosidos burdamente, maúlla mientras destroza maniquíes con un látigo; un joven de rostro melancólico camina de la mano de una mujer de piel azulada cuyo brazo son sólo huesos.

Ahora abra los ojos. Es probable que haya recordado una o varias de estas películas: El joven manos de tijera, Beetlejuice, Batman returns, o El cadáver de la novia. Todas ellas se parecen: tienen un aire macabro, como de catedral gótica, donde las formas de las cosas son exageradas, las sombras parecen más alargadas de lo que deberían y los colores no siempre combinan (aunque en conjunto todo se ve hermoso y triste, exactamente como ocurre en las catedrales) Y se parecen porque son fruto del mismo genio que desde noviembre de 2009 y hasta abril de ese año, expuso cientos de piezas de arte, dibujos y diseños en el tercer piso del Museo de Arte Moderno de New York. Fue la primera vez que esta institución cultural tuvo como expositor a un director de cine. Y el honor se confiere porque pocas personas han influido en la cultura popular de los últimos años, con su imaginario y sus imágenes, como Tim Burton.

Su historia es la de los nerds que años después del colegio toman venganza de las burlas de todos, alcanzando el éxito y el reconocimiento. Como James Cameron o Bill Gates. Después de ser despedido de Disney en los años ochenta, pues en el estudio de Mickey Mouse no sabían qué hacer con esos raros cortometrajes animados suyos, protagonizados por niños taciturnos y pesimistas (tan distintos a los que se acostumbraban en aquellos días de colores pastel), Burton lograría la fama como director de películas en las que puede o no fallar el guión (aceptemos que su versión de El planeta de los simios es una cosa terrible), pero donde su marca visual (que se nota en la selección de locaciones, en los vestuarios, en la iluminación, en la caracterización de sus protagonistas) se distingue desde la primera secuencia. ¿Cuántas tribus urbanas adolescentes no parecen salidas de un film de Burton? ¿No son pequeñas obras de arte los objetos de merchandising de sus cintas?

Gracias a Tim Burton de repente mucha gente en Hollywood se dio cuenta de que había un público que estaba cansado del gel y la perfección. Que los monstruos podían ser rentables. Que Johnny Depp, el mismo de Comando especial y de Pesadilla sin fin, era un gran actor. Pero más que nada, debemos agradecerle a Tim Burton haber demostrado con su obra que el cine no está sólo para recrear nuestros sueños más bonitos. Que era igual de valioso que alguien nos permitiera viajar al territorio de nuestras pesadillas.

Este artículo fue originalmente publicado en la revista ÚNETE #32, en abril de 2010

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