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Series: cine serio

Por Iván Gallo

Al hueco más inmundo del planeta no llegan las películas nominadas al Óscar. Cada una de las críticas que hago se ha escrito después de haber visto el film en una sala de cine. Este año me veo en la extrema necesidad de verlas desde la pantalla del televisor, online o copiada en un DVD mal subtitulado o con pésima resolución. Anoche lo intenté con Amour  de Haneke. Entré a www.internetcine.org que es de las pocas páginas que no ha sido atacada por un león que no para de rugir. La empezamos a ver y a confirmar el grado de maestro indiscutible que se ha ganado el director austriaco después de La cinta blanca cuando en la mitad, justo en la mitad de la película, la conexión se cayó y tuve que maldecir una y cien veces a los dioses del cine.

Últimamente cada vez que voy al cine me siento como si estuviera traicionando a alguien que yo fui. La necesidad de escribir sobre cine me ha convertido en un espectador profundamente católico, no a la manera de Bazin, por supuesto, sino a la manera de la viejita que va a misa los domingos y siente resignación y misericordia ante todo lo que ve. Para mi triste consuelo, esta misma actitud la he visto no sólo en críticos nacionales sino en revistas tan prestigiosas como “El amante”. Leonardo D’Espósito, su crítico bandera, se atrevió a decir en el 2010 que Avatar “va a tener la importancia de El nacimiento de una nación”, no porque esta historia repugnantemente ecologista le haya aportado algo al lenguaje cinematográfico, como sí lo hizo la película de Griffith, sino por los avances tecnológicos que le aportaba al cine.

Esa condescendencia es lo que ha permitido que el cine le pertenezca cada vez más a la tecnología que al arte. Si vas a Hollywood descubrirás que ya los taxistas han dejado de decir que son guionistas, ahora son ingenieros. En nuestros días un rodaje se desarrolla en un setenta por ciento sobre una pared verde, donde los actores se convierten en mimos que imaginan estar luchando contra guerreros demoniacos con los ojos enfocados en un monitor de video. El cine se parece cada vez más a los videojuegos y viceversa.
 
Hace unos años le escuché a un muchacho que estudiaba guión en Buenos Aires que el futuro de los guionistas iba a estar en los videojuegos porque estos cada vez contaban mejores historias.  Lo decía feliz porque gracias a esto él iba a poder, con su mediocridad, saltarse todas esas cosas aburridas, complicadas y humanas que escribieron para la gran pantalla blanca y negra Charles Brackett, Billy Wilder, James Agee, Robert Towne, Ben Hecht, Robert Bolt o Paul Schrader. Ahora iba a aprender mejor, divirtiéndose mientras mata zombies en una arriesgada y complicadísima misión. “El cine viejo es aburrido” decía una y otra vez.

Hay una deficiencia que ha puesto desde los ochenta en peligro al cine y es que sus estudiantes o los que directamente lo hacen, no ven películas, desconocen su historia, no reflexionan las películas, no entienden de emociones, no saben de qué va la vida porque han pasado muchos años delante de una pantalla matando alienígenas. No vamos a tener que esperar demasiado para ver como ya no se necesitarán guionistas para estructurar una historia. Habrá un programa que calcule bien los minutos en que la película deba hacer reír o llorar a su público. La manipulación es total. El director jugará con los sentimientos del espectador desde una pared llena de botones: el verde saca lágrimas, el rojo grande risas, el negro miedo. Ir al cine será una experiencia completamente deshumanizante.

Pareciera que todos esos genios que alguna vez escribieron películas se hayan pasado para la televisión. Hace unas décadas ver una serie significaba la degradación total para un cinéfilo. La televisión ya había aportado sus joyas allá, a comienzos de los ochenta, con el Berlin Alexanderplatz  de Fassbinder; a mediados de la misma década Edgar Reitz sorprendió al mundo con su Heimat y empezando los noventa David Lynch estableció los parámetros estéticos del grounge con su magistral Twin Peaks,  pero estos trabajos significaron hechos aislados, pequeños aguaceros en un paisaje áspero, seco y estéril.  Fue a mediados de la década pasada cuando comenzó a aparecer la tendencia de la serie como “obra de arte” y empezamos a darnos cuenta de que el cine como tal estaba vivo, sólo que se había reducido a las dimensiones de un televisor.

Una de las cosas que me molestaban más de las series es que fueran incapaces de seguir una historia a través de toda una temporada, ¿Por qué ese afán de conseguir adeptos a medida que la serie transcurría en vez de engancharlos con una historia larga que durara toda una temporada? ¿Por qué la televisión tenía que desperdiciar el tiempo para desarrollar sus personajes si justamente una de sus ventajas con respecto a las películas son los años que puede durar una de sus historias? Estos problemas parecen haberse zanjado para siempre. Los soprano fue el primer aviso; después vendrían las series que catapultaron la televisión a su adultez definitiva. Hablo de Mad Men, Breaking Bad y ahora Homeland.

En Mad Men no sólo vemos como se han construido personajes que tienen vida, sino que hemos sido testigos en sus cinco temporadas de cómo cada uno de ellos ha cambiado, se ha desarrollado o degradado, enflaquecido o engordado, se ha puesto bella o al contrario, ha perdido sus atributos  ¡como sucede en la vida real! Dicen que Lars Von Trier lleva veinte años haciendo una película donde precisamente muestra cómo una niña crece y envejece. Al parecer el danés filma todos los años unos veinte minutos y espera tenerla lista para dentro de ocho años. Este tipo de extravagancias no tiene sentido después de ver al genial y encantador Donald Draper envejecer con nosotros o presenciar como al otrora esbelto Pete Campbell se le empieza a notar una incipiente papada.

Pero no sólo son los personajes los que nos atrapan sino la época, los sesenta, la década donde empezó la adolescencia, donde la música estalló, donde todo estaba lleno de colores, donde ejecutivos cincuentones como Roger Sterling son capaces de vivir una experiencia de LSD no solo como un goce estético sino como una experiencia terapéutica que le ayudará a replantearse su vida. En la década donde todo cambió, vemos cómo las mujeres asumen el poder, se rebelan ante sus maridos y cambian definitivamente el mundo. Si quieren viajar en el tiempo no esperen a que los chinos terminen de perfeccionar su máquina, vayan a Netflix y déjense embrujar por el cigarrillo, el whisky, el pop y la marihuana.

Esos mismos cambios que vemos en los personajes de Mad Men se sintieron todavía más en la última temporada de Breaking Bad. Poco queda del profesor de química medio lento, asustadizo y manipulado completamente por su esposa. Ahora Walter White es Heisenberg, el dueño de la ciudad, con su pinta a lo Burroughs ya no le tiembla el pulso para eliminar a todo aquel que se interponga en su camino, sin importarle si son inocentes. O socios.

Como me quedé sin más capítulos para ver de estas dos magistrales series comencé a ver American Horror Story. En unos cuantos días acabé su primera temporada y me sorprendió. En el cine es difícil que algo te pueda perturbar; acá sus creadores se valen del tiempo otra vez para convertir a sus personajes en personas vivas (así algunas lleven décadas muertas) y podemos sopesar y entender que un fantasma nunca es malo sino que está triste, melancólico y, sobre todo, muy solo. Además y como deben  ser las grandes historias de terror, es consecuente con el contexto en que fue realizada. Aborda el tema de la crisis financiera e hipotecaria en los Estados Unidos de una manera cruda, realista y asfixiante. No te puedes ir tan fácil de una casa encantada cuando todo lo que tenías lo has puesto allí y ya nadie te quiere comprar. Es mejor soportar los espantos que declararse en bancarrota, es más sano para tu salud mental.

Como nunca antes la televisión está llenando el vacío de millones de espectadores de cine que hoy se quedan huérfanos al ver que los efectos especiales han desplazado a los sentimientos. Cada día aparecen nuevas propuestas, nuevas ideas, nuevas historias que quieren ser contadas. Netflix lanza una soberbia serie política protagonizada por Kevin Spacey y producida por David Fincher y FX acapara los Globo de Oro y los elogios de la crítica con la segunda temporada de Homeland. Mientras tanto en Colombia todavía muchos creen que las series buenas son las de los ochenta McGyver, Los magníficos o Profesión peligro con Lee Majors. Estamos muy lejos de que cualquiera de esas series mencionadas remplace a “La rosa de Guadalupe” o “El cuerpo del deseo”. Igual nuestra televisión está hecha para enanos mentales.

Si no tienen una vida y están aburridos por eso, abran su computador a la edad dorada de la televisión. Van a sentir por un momento lo excitante que era el cine en la década del setenta, cuando los directores aspiraban a ser autores y no eran lo que son hoy: técnicos muy eficientes que tienen miedo de que algún día el estudio no los vuelva a llamar.

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