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Todas las recetas son útiles: guía práctica de las comedias románticas

Por Tomás Obregon
La gente que estudia “escritura de guiones” dice que las comedias románticas repiten, punto por punto, la historia que sigue: (primero) un personaje Equis conoce a un personaje Ye durante los quince minutos iniciales de la película; (segundo) el pobre Equis se enamora consciente o inconscientemente de Ye al final del primer acto del drama: se traza, como propósito de vida, convertirse en su pareja; (tercero) Equis supera los peores obstáculos que podemos imaginar, durante el segundo acto de la historia, en nombre del amor de Ye; (cuarto) Equis pierde el afecto de Ye por culpa de una serie de malentendidos, para abrirle paso, así, a un último capítulo en el que (quinto) Equis emprende una exitosa cruzada para recuperar la confianza de Ye. Por supuesto: tanto Equis como Ye pueden ser un hombre o una mujer de cualquier edad, en cualquier época, en cualquier ciudad del mundo.

La gente que estudia la estructura del relato explica que, como todas las ficciones se dedican a narrar la aventura de un personaje que tiene serios problemas para alcanzar un objeto de deseo, las comedias románticas siempre describen el viacrucis de un protagonista hasta el ser amado que transformará sus vidas.  Sí, claro, si revisamos al pie de la letra esa estructura descubriremos que muchas telenovelas colombianas son comedias románticas contadas en mil y una noches. Pero lo que nos importa, ahora, es que cuando vemos una comedia romántica cualquiera estamos ante una historia de amor en la que el destino les concede a uno o a dos personajes cómicos (según la definición clásica: seres inferiores de los que podemos reírnos) una vida tranquila después de superar una temporada en la incertidumbre que viene con todos los amores. Lo que quiere decir, en síntesis, que tanto Equis como Ye son personajes risibles, torpes, más parecidos a lo que somos que a lo que querríamos ser.

La chica del adiós (1977), uno de las obras principales del género, puede servirnos como primer ejemplo. La frágil Paula McFadden, cansada de ser abandonada por los hombres, conoce al actor Elliot Garfield de la peor de las maneras: alguien le ha arrendado a él, en Nueva York, el apartamento en donde ella vive con su hija. Entre los dos personajes se desarrolla, entonces, una rivalidad insalvable que sólo parece tener una salida: Lucy, la hija de ocho años de Paula, se convierte en la mejor amiga de Elliot. Paula logra superar su aversión contra ese actor que toca guitarra para relajarse –consigue, en verdad, vencer su temor hacia los hombres- hasta enamorarse de él sin reparos. Da por terminada su relación con Garfield (se trata, les recuerdo, del cuarto paso de la receta) cuando a él le ofrecen un papel en una película importante que se filmará lejos de Nueva York. Todo parece indicar que el romance ha terminado hasta cuando ella se da cuenta de que él ha dejado en el apartamento su guitarra.  

Todas las recetas son útiles. Pero tienden a convertirse, desde el momento en el que alguien las formula, en simples puntos de partida. Los guiones de las comedias románticas son predecibles a más no poder (sabemos de memoria que van a vivir felices hasta el día del juicio final) pero siempre han jugado, como los guiones de otros géneros, con las convenciones del drama. La chica del adiós, para no ir muy lejos, le pone un único obstáculo a la risible, torpe, familiar Paula McFadden para hallar el amor: su propio temor a ser abandonada. Que se transforma –he aquí la comedia del romance- en una antología cómica de mecanismos de defensa. La bondad de Garfield, el actor, le parece imposible. Que no las eche del apartamento que ha arrendado la lleva a pensar que quiere acostarse con ella. Lo maravilloso de la historia de Neil Simon, aparte de los diálogos precisos y de los gestos de los protagonistas, es que ella comienza a liberarse de la armadura que carga gracias a la relación que su hija establece con Elliot Garfield. Quizás sea eso, la presencia de esa niña que se convierte en la prueba de las buenas intenciones de esa Equis y ese Ye, lo que ha hecho de esta pequeña obra un clásico del cine y el teatro. La versión cinematográfica de Herbert Ross, versión definitiva hasta el momento, le dio el premio Óscar a Richard Dreyfuss en 1978. Este año, 2004, se ha presentado una adaptación para televisión protagonizada por Jeff Daniels.

La chica del adiós es sólo una prueba de cómo puede jugarse con las normas de la comedia romántica. La historia del cine, hasta donde yo la conozco, está llena de ejemplos inolvidables. Voy a hablar un rato, para darle paso a este especial que hemos preparado en www.ochoymedio.info, de por qué mis favoritos son mis favoritos. Y voy a comenzar, de una vez, por Cantando bajo la lluvia (1952): la estrella de cine Don Lockwood baila con su paraguas cerrado, en esa escena inolvidable que todos hemos visto, porque se ha dado cuenta de que está enamorado de una irrespetuosa corista llamada Kathy Seldon. Lo extraordinario de esta gran historia de amor entre seres imperfectos, capaces de odiar sin descanso a la escandalosa Lina Lamont, es que se resuelve gracias al paso del cine mudo al cine sonoro: rescata al personaje central, convertido en una arrogante estrella sin voz, transformándolo en un hombre con sentido del humor que no se avergüenza de sus orígenes humildes. Tiene, además, a ese amigo que más bien parece un ángel de la guarda. Su nombre es Cosmo Brown. No deja de ser conmovedor que nuestro propio ángel, Germán Pardo, cuya película favorita era Cantando bajo la lluvia, tuviera el mismo apellido.

Después pienso en El apartamento (1960). Quienes quieren escribir diálogos, creo, deberían limitarse a imitar el tono de las conversaciones que inventó Billy Wilder. Las de El apartamento, entre todas, son siempre una gran sorpresa. El romance en cuestión tiene, para ir al punto, uno de los obstáculos más grandes que se hayan imaginado hasta el momento: esta vez el señor Equis, llamado C.C. Baxter e interpretado por Jack Lemmon, no sólo se ha enamorado de la amante de su jefe, la frágil señorita Kubelik, sino que se ha convertido en el ser mediocre que les presta su apartamento para que pongan en escena su penoso y censurable romance. No sé si queda claro: el señor Baxter, un hombre bueno pero pusilánime, dispuesto a escalar a fuerza de prestarle a los ejecutivos de su empresa las llaves de su apartamento, ha contribuido a la desgracia de la mujer que ama. Debe elegir entre su trabajo y su historia de amor con la señorita Kubelik. Y, al final, ¿cómo va ella a enamorarse de un hombre que no tiene personalidad?, ¿cómo va a darle un beso al tipo que le prestó su cama para convertirse en la amante de un hombre casado?

 Luces de la ciudad (1931), de Charles Chaplin, es la comedia romántica en la que pienso siempre que veo una película de esas: resulta genial, sin duda, que la amada del vagabundo sea una mujer ciega. Pero creo que, si se trata de jugar con las convenciones del género, ninguna película consigue tanto como El graduado (1967). Dirigida por Mike Nichols, inspirada en una novela de Charles Webb e interpretada por el mejor Dustin Hoffman, El graduado decide enamorar a su héroe en crisis, el joven Benjamin Braddock, de la angelical hija de su amante. Y decide que su amante –el gran obstáculo que debe superar para alcanzar el objeto de su deseo- sea una mujer casada, la hastiada Mrs. Robinson, amiga de sus padres desde que tiene uso de razón. Que, como si fuera poco, se parece mucho a su propia madre. En fin. El aparatoso Benjamin conoce a Elaine, se enamora de ella, la pierde por culpa de sus errores y la recupera en el último rollo de película, pero nunca sabremos (creo que por eso es una de mis películas favoritas) si hemos sido testigos de un final feliz. Nunca sabremos si el héroe ha conseguido ser una persona extraordinaria.

La ambigüedad es, creo, el gran legado de El graduado. La comedia romántica tiene algo de fantástico. A fin de cuentas nos quiere hacer creer, como los cuentos de hadas, que el beso final no tuvo consecuencias. Pero El graduado nos pone de pies sobre la tierra: Benjamin y Elaine escapan en un bus como dos recién casados de segunda mientras las voces tristes de Simon y Garfunkel nos recuerdan, en The Sound Of Silence, que acaba de empezar el fin de aquellas adolescencias.

Sigo con mi lista de comedias favoritas. Me gusta la estupenda Charada (1963), del mismo director de Cantando bajo la lluvia, Stanley Donen, porque obliga a su heroína despistada (Audrey Hepburn) a acosar al hombre del que se ha enamorado. Me sorprende Juego Sucio (1972), del olvidado Colin Higgins, porque una bibliotecaria logra conquistar al policía que investiga el asesinato del que ella fue testigo. Me parece divertida Problemas en el paraíso (1932), de Ernst Lubitsch, porque le da un giro inolvidable al romance de siempre: ocurre, esta vez, entre un par de estafadores que se ven amenazados por la presencia de la mujer a la que van a estafar. Me conmueve La tienda de la esquina (1940), también de Lubitsch, precursora de la agradable Tienes un e-mail (1998), porque enamora por carta a los dos vendedores rivales de un pequeño almacén y porque se empeña en mostrar que las historias de amor fracasan cuando todos interpretamos un papel. Recuerdo Shrek (2001) porque aún no puedo creer que un ogro verde con serios problemas de higiene conquiste el amor de una princesa de cuentos de hadas, Descalzos en el parque (1967) porque consigue montar una aventura sobre los primeros errores de una pareja de recién casados y The Awuful Truth (1937) porque una pareja de esposos indecorosos, que no confían ya el uno en el otro, emprenden una carrera espectacular contra su propio divorcio: lo que me interesa, en este caso, es que los dos se encuentran en la misma posición.

Todo lo que hace Woody Allen me parece memorable. Sé que en la mayoría de sus películas el amor se acaba, pero me hace sonreír que en sus primeras narraciones absurdas, Bananas (1971), El dormilón (1972) o Love And Death (1975), su personaje sarcástico, apocado y más bien ignorante deba convertirse en un ser valiente e idealista, capaz de acabar con dictaduras asfixiantes en el presente el futuro o el pasado, para enamorar a una mujer que en un principio no lo encuentra atractivo. No sé si puede llamarse “comedias románticas” a las tristes historias de amor de Annie Hall (1977), Manhattan (1979) y Broadway Danny Rose (1984), pero me gustan los obstáculos que los personajes enfrentan en las tres para encontrar el amor: la confusión personal, el egocentrismo y la deslealtad. He disfrutado las pequeñas metáforas de La maldición del escorpión de Jade (2001) y Final hecho en Hollywood (2002): quien se enamora, o bien se encuentra hipnotizado, o bien se ha vuelto ciego.

De estos últimos años, en los que el género ha tratado de volver a los tiempos de Katharine Hepburn y Spencer Tracy, podría citar unas diez películas como ejemplos que vale la pena revisar: citaría Defending Your Life (1991) porque el miedo es el problema central, el humor de Albert Brooks invade todas las escenas y la pareja se junta después de la muerte, Tootsie (1982) porque aquel actor forzado a vestirse de mujer no puede confesarle sus sentimientos a la mujer que quiere, Working Girl (1988) porque una secretaria conquista a un ejecutivo inventándose todo un personaje, Harry y Sally (1988) porque consigue comprobarnos que la amistad es la peor barrera para un romance, Notting Hill (1999) porque imagina lo que ocurriría si el objeto de deseo de un hombre cualquiera fuera una estrella de cine con la cara de Julia Roberts, El diario de Bridget Jones (2001) porque monta un triángulo rectángulo amoroso en el que la hipotenusa es una mujer en crisis, Serendipity (2001) porque consigue que sigamos una aventura romántica en la que los dos protagonistas no se han visto sino una tarde en la vida, Shakespeare in love (1998) porque es una comedia romántica inimitable, construida por el gran Tom Stoppard, en la que el protagonista es William Shakespeare (La fierecilla domada o A vuestro gusto son ejemplos perfectos del género), Cuatro matrimonios y un entierro (1994) porque los escenarios de la relación entre un inglés y una americano parecen paradójicos, y Perdidos en Tokio (2003) porque el amor real entre esos dos personajes solitarios acabaría con la historia de amor. Iba a olvidar la más infravalorada de todas: Crossing Delancey (1988). Y tres romances escritos y dirigidos por Cameron Crowe: Say Anything (1989), Jerry McGuire (1996) y Casi famosos (2000) tendrían que aparecer en las antologías.

Podría citar, también, algunas que me gustaron porque quise que me gustaran, pero que quizás puedan verse con ojos más críticos. Alguien tiene que ceder (2003) me parece una oportunidad perdida, pero sé que tiene algo que deberían tener todos los ejemplos del género: una pareja carismática que en verdad parezca enamorada. Admiro que a Mujer bonita (1990) no le importe la verosimilitud: le encuentra la pareja ideal a una prostituta con la primera cara de Julia Roberts. Aunque Only You (1994) no tiene ni pies ni cabeza en términos narrativos, se ríe afectuosamente de la idea del destino. A Lo que quieren las mujeres (2000) se le va la mano en sus moralejas, sí, pero es una fábula feminista que en realidad es una historia divertida. Sleepless in Seattle (1993) es chantajista a morir, pero al menos consigue chantajearnos. Antes del amanecer (1996) es una romántica conversación por las calles de Viena. Divinas tentaciones (2000) cuenta bien –aunque no sin trucos de segunda- un triángulo amoroso entre un cura, un rabino y una yuppie. Un día normal (1996) se inventa una relación amorosa, en apenas un día, sin caer en todos los lugares comunes. Loser (2000) recrea los conflictos de El apartamento en el mundo de los adolescentes universitarios. Mientras dormías (1995), en medio de todas las licencias que se toma, no deja de ser conmovedora. Y Sliding Doors (1998) le da la dos opciones a su personaje central: vivir una comedia romántica o un drama de segunda.

Pero volvamos, para terminar, a una idea básica: una comedia romántica debe convencernos de que sus protagonistas defectuosos, encarnados por actores carismáticos, están profundamente enamorados. Pensemos, con eso en la cabeza, ¿a quién le interesa el romance de Regresa a mí (2000) entre el señor de los archivos equis y la actriz de Good Will Hunting?, ¿o entre Julia Roberts y Nick Nolte en I Love Trouble (1994)?, ¿o entre Sandra Bullock y Ben Affleck en Fuerzas de la naturaleza (1999)?, ¿o entre Matthew Perry y Salma Hayek en Fools Rush In (1997)? El problema de La familia de mi novia (2001) es, ahora que lo pienso, que la novia del título no hace méritos suficientes para ganarse el amor del pobre Gaylord Fucker. El problema de Seis días, Siete noches (1998) es, en cambio, que uno siente que ni siquiera abandonados en esa isla esos dos podrían enamorarse: ¿Harrison Ford y Anne Heche? No, nadie lo creería.

Pienso, en todo caso, que la mejor comedia romántica fue filmada por Alfred Hitchcock. Si me preguntaran cuál es mi película favorita, la mejor historia de suspenso, la única que me llevaría a una isla con sistemas eléctricos si tuviera que llevarme solo una, creo que diría el mismo título: La ventana indiscreta (1954). Somos testigos, en aquel drama divertido, de todas las posibles historias de amor desde la ventana de ese tal L. B. Jeffries encarnado por James Stewart. Vemos un par de recién casados agotados por culpa de la incertidumbre, hastiados matrimonios sin hijos, solitarios que tratan de encontrar a alguien que los entienda. Y nuestro protagonista, el fotógrafo inmovilizado, condenado a observar vidas ajenas durante ese verano, se convierte en el esquivo objeto de deseo de una novia perfecta con la que no se imagina casado. Sí, en La ventana indiscreta no es el protagonista quien persigue a su amada. Es ella, Lisa Freemont, interpretada por la impecable Grace Kelly, quien resolverá la ecuación que los estudiosos del guión han formulado. Ye envolverá a Equis gracias a una trama de suspenso en la que lo que está en suspenso, en últimas, es la naturaleza misma de las relaciones románticas.

Creo que Misterioso asesinato en Manhattan (1993), de Woody Allen, es un gran homenaje a La ventana indiscreta. No sabría decir si se trata de un homenaje voluntario. Woody Allen tiende a negar que Hitchcock sea un artista de la estatura de Bergman o de Fellini o de Kurosawa, pero uno no sabe si lo está diciendo en serio. Tendría que aceptar, en cualquier caso, que en la comedia romántica de Alfred Hitchcock no sólo están en juego los mismos dilemas que proponen los grandes artistas de la historia sino la esencia del espectáculo cinematográfico. Las grandes historias de amor comienzan, nos dice la película, cuando los dos involucrados aceptan que el juego ha terminado. Incluso si, como en la obra de Woody Allen, llevan veintitantos años de casados.

Creo que me he dejado llevar por el tema. En algún otro momento, cuando daba clases, les habría ahorrado a mis amigos tantos párrafos sobre lo mismo. Habría dicho que la comedia romántica, esa historia de amor que redime a dos seres risibles, ha existido desde el principio de los tiempos. Y que nos ha recordado, desde siempre, que el único alivio que el mundo nos permite, a cambio de las ruinas que crea nuestra ceguera, son los finales felices de las historias de amor que vivimos.

Sí, el cine siempre ha conseguido rescatarnos: www.ochoymedio.info es una manera de darle las gracias.

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