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Chinatown: más que un homenaje

Por Iván Gallo

En el 1974 pensar en hacer cine negro era considerado una locura. El mundo había cambiado y ya nadie quería hablar de Sam Spade. Robert Evans, quien en esa época era el mandamás de Paramount Pictures y había insuflado vida al moribundo estudio con el éxito de El padrino, contactó al guionista insignia del “Nuevo Hollywood”, Robert Towne. La idea era hacer "El gran Gatsby" y para eso el productor le ofreció a su tocayo 150 mil dólares. El escritor le dijo que él no estaba interesado en competir con Scott Fitzgerald y le recomendó dejar quietos a los clásicos. “Más bien hagamos esto: me das 25 de los grandes y yo te doy a cambio una historia que estoy escribiendo, es un policial y se llama Chinatown”. Evans aceptó.

El guión era un mamotreto de 180 páginas. Hasta el momento los argumentos de las grandes películas de cine negro eran sobre halcones, reliquias sagradas, asesinatos a sangre fría. La historia que propuso Towne era sobre el agua, sobre la especulación que hacían con el preciado líquido los poderosos de Los Ángeles a comienzos de la década del 30. A Evans esto le parecía aburrido, un disparate. Sin embargo era una época en que los estudios asumían riesgos y el público norteamericano estaba lejos de sufrir el retardo mental que le imprimiría George Lucas y su saga espacial. Evans la tenía clara, le iba a pasar el proyecto a Polanski. El director polaco no estaba muy seguro de volver. Habían pasado apenas cinco años desde la tragedia en Cielo Drive y Los Ángeles le traía malas vibraciones “Sin embargo cuando leí el guión dije: yo quiero hacer esta película” El topo diabólico estaba de vuelta.

Había que recortar por lo menos sesenta páginas y el cuarteto creativo, completado por Jack Nicholson decidió pasar unos días en el Caribe, específicamente en Cartagena, para terminar de pulir una novena versión. La semana que pasaron en suelo colombiano fue tan fructífera que el homenaje al país está implícito en la película: el hotel donde pasa la tarde Hollis Mulwray con su hijastra se llama “Residencias El Macondo”. Seguramente ninguno de los cuatro había leído la novela pero en esos días “Cien años de soledad” era un fenómeno absoluto.

Sólo había que conseguir a la actriz que le hiciera contrapeso a Nicholson. Evans se empecinó con Jane Fonda pero Polanski quería a Faye Dunaway. Al final lo consiguió. “La maquillamos como si fuera mi madre, se parecía mucho a Faye. Tenía esas cejas delgadas como se usaban en esos tiempos y ese aire de fatalidad”. Sin embargo la relación entre el director y la actriz fue más tormentosa. “A Roman le fastidiaba que todo el tiempo estuviera maquillándose, no podía con el ego de los actores. En Europa los actores eran poco menos que ganado”, recordaba Evans. Según Peter Biskind en su célebre libro “Moteros tranquilos, toros salvajes”, Dunaway al parecer sufría de la vejiga porque todo el tiempo quería ir al baño a orinar. Como no siempre Polanski le daba permiso, ella no dudaba para mear en vasos, floreros o lo que se pudiera encontrar. Más de un técnico desprevenido afirma haber bebido orines de Faye por equivocación.

La estela satánica que había dejado el asesinato de Sharon Tate aseguraba de entrada un taquillazo. Esto explica por qué una historia tan complicada, tan descarnada y pesimista pudo tener las recaudaciones que tuvo. La otra razón radica en que antes de que Spielberg creara el blockbuster con su Jaws, el público norteamericano exigía calidad. Era la generación que había madurado en los sesenta y gracias a Godard el cine se había convertido en una religión.

Chinatown es mucho más que un homenaje al cine negro. Es una historia tan precisa que solo podía contarse de esa forma. Uno no puede ver esos ridículos guiños que años después Curtis Hanson y Brian De Palma quisieron imponerle al género. No. Lejos, muy lejos se está de eso. Es una película sobre la especulación que hacen los poderosos con los recursos naturales, siento tal vez la primera vez que habló de eso en el cine de gran producción, pero a la vez es una película sobre el incesto y la figura de un padre corrompido y corrupto.

Cada escena fue construida por Robert Towne como si fuera la pieza de un rompecabezas. Todo encaja y es coherente. Los diálogos son dignos de Shakespeare. Recuerdo uno que dice el mortífero Noah Cross: “Claro que soy respetable, soy viejo. Los políticos, los edificios públicos y las putas se hacen respetables si duran lo suficiente”. Esto dicho con esa voz profunda y cavernosa de John Huston emociona.

El final fue motivo de una batalla entre guionista y director. Towne quería un final feliz pero el polaco insistía en que “Las jóvenes rubias mueren asesinadas”. Es el padre el que termina aplastando al hijo, lo aniquila. No podía ser de otra forma. Pensar en un final así de pesimista en una película financiada por una de las grandes compañías, hoy en día es imposible. El público no lo soportaría, sería considerado un insulto. Polanski se salió con la suya y gracias a eso Chinatown tiene uno de los mejores finales de la historia.

Si no la han visto háganlo. Todo lo que se necesita saber sobre cómo hacer una película está consignado en estas dos horas. Allí está comprimido el espíritu de uno de los periodos más fecundos que vivió el arte en el siglo XX: los setenta y el nuevo Hollywood.

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