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2001 Odisea del espacio. Frialdad que mata

Por Iván Gallo

Controlador como pocos, Kubrick necesitaba desesperadamente liberarse definitivamente o al menos reducir a su mínima expresión el factor humano en  la realización de sus películas. A sus 37 años el director ya tenía en su haber éxitos como Lolita o Senderos de gloria pero necesitaba encontrar su voz propia.

A Kubrick las actuaciones le tenían sin cuidado. A pesar de que en su juventud presumía de leer los clásicos de la literatura rusa, nunca fue un intelectual. Él usó el cine como medio de expresión porque tenía el elemento mecánico. Stanley antes que un artista brillante era un ingeniero genial. El rodaje de Dr. Strangelove empezó a marcar un cambio en la manera de rodar del realizador neoyorquino. Los decorados eran más importantes que los actores.

Propio de la megalomanía que lo llevó a encontrar un alter ego nada más y nada menos que en Napoleón, Kubrick alzó su mirada al cielo y descubrió las estrellas. Nunca estuvimos más cerca del universo que en la década del sesenta y el director, alentado porque ya se daban las condiciones técnicas absolutas para llevar a la realidad esa idea que empezaba a crecer como un tumor maligno, convenció a la MGM para que invirtiera en un documental que pretendía escudriñar nada más y nada menos que el origen del hombre.

Para esto usó el cinerama, una técnica que había comenzado en 1962 con La conquista del Oeste y que necesitaba de tres proyectores que cubrían una pantalla descomunal. Con su desprecio habitual por los guionistas, Kubrick pidió al mejor de los autores de ciencia ficción. Sus asesores le recomendaron a Arthur C. Clarke, un escritor mediocre que no tenía nada que hacer al lado de Ray Bradbury o Isaac Asimov.

Después de leer alguno de sus relatos el director se fijó en “El centinela”, un cuento corto que hablaba del hallazgo de un monolito en la superficie de la luna que revelaba la existencia de vida extraterrestre. Sin que el guión se terminara en su totalidad y eliminando diálogos que ayudaban a que la narración tuviera sentido, Kubrick comenzó a rodar el 29 de diciembre de 1965. Por fin el pequeño Napoleón tenía el control absoluto sobre una película.

Hace un par de noches la volví a ver. Las primeras veces movido por el esnobismo típico de un universitario, salía de la sala a beberme unas copas y comentar el contenido “profundamente poético” del filme. Una década después no encuentro razón alguna por la cual esta película es una invitada habitual a la hora de elegir a las mejores de la historia. Me imagino que es por su pericia técnica, sus sets giratorios, sus revolucionarios efectos especiales y sobre todo, el hecho de que gracias a 2001 la ciencia ficción llegó por fin a su mayoría de edad.

La verdad me aburrí cómo una hiena en un restaurante vegetariano. No puedo encontrar una explicación al hecho de ver cómo uno de los astronautas corre durante doce veces en círculos por la nave espacial. Hay un plano de 7 minutos donde vemos, a punto de dormirnos, cómo una de las naves hace un alunizaje. Los astronautas no tienen ninguna vida interior o complejidad. Al lado del verdadero protagonista de la historia, la computadora HAL- 9000, parecen ellos los verdaderos autómatas. Decía con extrema lucidez un crítico español que este filme había sido hecho “Para que dentro de 500 años los androides que pueblen la tierra la puedan disfrutar”.
 
Cuando creemos que el tedio de los primeros minutos va a ser por fin superado y Kubrick en su divina gracia va a sentir compasión por nosotros y nos va a revelar los oscuros misterios del universo, la frialdad se abre paso al delirio. Comienza entonces un viaje alucinante a Júpiter, al inconsciente o a la cabeza del director. Son una tonelada de minutos en donde lo único que pasa es el color. Decía Andrew Sarris que no la entendió hasta que fue al cine “colocado”. La fama y el éxito de taquilla que tuvo 2001 Odisea del espacio se debe en parte a la época en que fue estrenada, en pleno verano del amor.  Las salas donde se exhibían solían estar atestadas de humo de marihuana.

La carrera de Stanley Kubrick nunca volvió a ser la misma. Como Fellini después de ,sus películas respondían a una estética propia y llegó a ser, según Paul Newman, “el director más original de América”. Me parece injusto que haya sido ésta y no La naranja mecánica o Barry Lyndon su película más reconocida.
 
Aunque no lo haya dicho nunca, estoy seguro de que HAL- 9000 es el personaje que más se le parece y de pronto el que más quiso. Un ojo rojo con voz fría, macabra. Un ojo que todo lo mira. Un ojo de mirada interminable.

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