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Películas con alma de tinta

Por Samuel Castro

Cada libro es la película que de él se hace el lector en su cabeza. Esas producciones cinematográficas que dirigimos en nuestra imaginación poseen las ventajas que da la fantasía: presupuesto ilimitado, casting perfecto. ¿No sería Scarlett Johansson una Madame Bovary precisa? ¿No es Adrien Brody, el mismo de El pianista, el candidato ideal para Don Quijote? Las películas que adaptan nuestros libros favoritos siempre salen perdiendo frente a lo que nosotros ya habíamos pensado. Por eso no falta quien reclama (con manifestaciones durante la filmación) cuando algún actor no cuadra con ese reparto extraordinario que los libros que amamos merece.

A finales del 2008, miles de lectores especulaban con el nombre de la actriz que encarnaría a uno de los personajes de novela más atractivos de los últimos años: la hacker, víctima victimaria, promiscua y bisexual (¿o eso es un pleonasmo?), Lisbeth Salander, protagonista femenina de los tres libros de la serie Millenium que alcanzó a escribir el periodista sueco Stieg Larsson antes de morir, éxito de ventas en todos los países donde han sido publicados. Era muy importante la elección del personaje más amado por los lectores de la serie. Su forma de ser, mezcla de niña desprotegida y asesina en serie, autora de pocas pero contundentes frases en los diálogos de la novela, obligaban a que la escogencia de la actriz fuera casi un secreto de Estado. Noomi Rapace, la elegida, no lo dudó ni por un instante cuando obtuvo el papel: se cortó el pelo, se perforó cejas, nariz y labios, comenzó a practicar kickboxing y sacó su licencia para conducir moto. Sabía que tenía una oportunidad que muy pocos actores poseen: darle rostro y cuerpo a una historia, ser el rostro definitivo (o tal vez no) de una leyenda contemporánea.

UN AMOR LARGO Y DE PAPEL
El cine y la literatura han tenido un romance desde el nacimiento del primero. George Méliès, el mago de los efectos especiales (mago también en la vida real) y pionero del séptimo arte, usaba a comienzos de siglo las novelas de Julio Verne para escribir los guiones de sus películas asombrosas. La imagen más famosa de su filmografía, la de esa luna con cara humana que recibe el impacto de un cohete en uno de sus ojos, es la forma que se le ocurrió de mostrar el viaje que aparecía en De la tierra a la luna. Más de un siglo después, las novelas siguen siendo uno de los campos de recolección de ideas más fértiles para la industria cinematográfica, siempre necesitada de historias para recrear.

A la hora de los balances hay de todo. Por ejemplo, ¿qué tanto conoceríamos la obra de Shakespeare si no fuera uno de los autores más (y mejor) adaptados en el cine? Aunque, ¿cuánto del interés por adaptarlo radica en el hecho de que no hay que pagar derechos de autor para hacerlo? Sin embargo, los resultados son más buenos que malos, gracias a excelentes intérpretes que han buscado las palabras del bardo inglés para lucirse. Leonardo DiCaprio fue Romeo, en la versión audaz y provocadora de Baz Luhrmann, Ethan Hawke ha encarnado a Hamlet con solvencia y Al Pacino fue un soberbio Shylock en la más reciente adaptación de El mercader de Venecia, dirigida por Michael Radford, un director que se hizo famoso precisamente por otra adaptación, la de “Ardiente paciencia”, la novela de Antonio Skármeta que sería la base de Il postino.

Skármeta es el perfecto ejemplo del autor que se beneficia del cine, pues gracias a la difusión de esta película (cinco nominaciones al Oscar en 1996) su obra se hizo mundialmente reconocida. Lo que permite desmitificar una creencia muy arraigada: sólo de buenos libros se hacen buenas películas. Falso. Sobre todo porque son los libros que algunos llamarían “mediocres” los mejores para adaptar pues tienen más acción que reflexión en sus páginas. Es más difícil traducir al cine el mundo interior de Gregorio Samsa que su aterradora transformación en cucaracha  De autores “menores” que hacen dinero y fama con las adaptaciones de sus novelas está lleno el mundo: Michael Crichton y su Jurassic park; las historias asombrosas de Stephen King (quien dice no ver qué hacen con sus historias después de firmar el cheque cediendo los derechos) como Misery o Milagros inesperados, los novelones jurídicos de John Grisham. Se pueden poner muchos peros a su escritura, pero quién puede negar que La fachada o El informe pelícano sean buenas películas. Y en cambio, ¿quién defiende Troya?

TODOS SOMOS NIÑOS EN EL CINE
Sólo el cine puede convertir en imágenes los juegos de quidditch de Harry Potter, la tierra de Fantasía en La historia sin fin o los peligros de la Tierra Media de El señor de los anillos. Gracias al desarrollo de los efectos especiales, en los últimos años la literatura fantástica ha sido una de las más adaptadas por los grandes estudios, destacándose la saga de Las crónicas de Narnia y la feliz llegada a la pantalla grande de los libros de la escritora alemana Cornelia Funke, con su Corazón de tinta.

¿A quién queremos engañar? También los adultos gozamos con las imágenes de dragones escupiendo fuego. Somos felices incluso cuando aquel detective de nuestra novelita de bolsillo (“pulp fiction” para los amigos) toma el rostro de George Clooney o cuando vemos Los hombres que no amaban a las mujeres en la pantalla grande. Porque entonces, por noventa minutos y entre tinieblas, podemos pensar que los sueños que inspiraron nuestros libros más queridos, se hicieron realidad.

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