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Vaqueros impuros

Por Luis Fernando Afanador Perez

No me interesan los géneros puros  y mucho menos el “western puro”. Por eso me tiene sin cuidado la célebre descalificación que hicieran Howard Hawks y John Wayne de High noon porque les pareció inconcebible que un sheriff pidiera ayuda. Es más: creo que ellos, sin querer,  le hicieron el primer elogio. Y nos facilitaron la discusión. Defender su impureza ante los guardianes del canon es el  mejor camino para señalar sus cualidades y aclarar de qué manera brillante enriqueció el género.

Por supuesto, lo vaqueros clásicos no piden ayuda.  High Noon transgrede el formato aunque dudo que haya otro western  en la historia del cine que tenga tanta vigencia para el espectador del siglo XXI, menos dispuesto que nuestra generación a tragarse esos enormes sapos de política reaccionaria que hay en el imaginario del western: el exterminio de los indios, la defensa del  hombre blanco puritano y su modelo  de capitalismo arrasador como único modelo válido.  Es cierto, todavía perdura el sustrato épico del valor y la dignidad frente a la muerte - muy celebrado por Borges en su momento- pero si algo tiene High Noon es precisamente eso.  Si vamos a hablar de esencias y a pelear por las esencias, es mejor hacerlo en dicho terreno y no en el secundario de Howard Hawks y John Wayne. Borges resulta más convincente: Cuando yo frecuentaba el cinematógrafo, cuando mis ojos podían ver, a mi me gustaban mucho dos tipos de películas: los western y las películas de gángsters. Sobre todo las de Josef von Sternberg. Yo pensaba: Que raro, los escritores han olvidado que uno de sus deberes es la épica y aquí está Hollywood que, comercialmente, ha mantenido la épica. En una época que está olvidada por los escritores; o casi olvidada. Y Hollywood ha salvado ese género: Ese género que la humanidad necesita, además. Usted ve que las películas de cowboys son populares en todo el mundo. ¿Por qué? Bueno, porque está lo épico en ellas. Está el coraje, está el jinete, está la llanura también.

Es cierto, el sheriff Will Kane (Gary Cooper) pide ayuda… ¡pero no se la dan! O sea que finalmente actúa solo.  No olvidemos que High Noon se titulo en España Sólo ante peligro (en Latinoamérica, La hora señalada). ¿Acaso John Wayne y Howard Hawks se salieron indignados en la mitad de la película? Parecería que sólo vieron las dudas de Will Kane, su expresión angustiada, y no vieron el momento en que completamente solo va enfrentarse con la muerte en una demostración de coraje que ya quisiera el vaquero más valiente del Oeste. La secuencia es memorable porque cinematográficamente es memorable. La cámara se levanta en una grúa y vamos viendo al sheriff cada vez más pequeño en contraste con la inmensa soledad del pueblo. El pueblo tiene el tamaño de su soledad. Lo ha abandonado su esposa, su ex amante, sus mejores amigos. Lo ha abandonado inexorablemente cada una de las personas a las cuales clamó por una ayuda. Como no la obtuvo, va a asumir su destino con estoicismo. La decisión está tomada y pase lo que pase, ha entrado en la categoría de los valientes y de los héroes, de los sheriffs auténticos. Pero dudó, diría la pareja defensora implacable del western puro. Primero la duda, el ruego; después la decisión. Son dos momentos que denotan una transformación en la conciencia, un conflicto interno que tuvo que ser resuelto. Es verdad, los héroes de la mitología, seres tocados por la gracia divina, no vacilan. Aquiles no vacila antes de entrar a la batalla. Es lo que es sin sombras ni disquisiciones. La duda no existe para los personajes de la épica, aparecerá más tarde, en la tragedia. Antígona desgarrada entre el deber filial de enterrar a su hermano y sus obligaciones con la Polis que se lo prohíbe.

Will Kane es un héroe problematizado. Recién casado con Amy (Grace Kelly, actriz debutante)  ha renunciado a ser sheriff y se dispone a emprender una vida apacible en una granja con su bonita y virtuosa mujer. Los espera una vida corriente llena de hijos y olor de boñiga en los establos. Algo que a cualquier vaquero decente le produciría nauseas. Son las diez y cuarenta de la mañana. Acaba de llegar una noticia inesperada que amenaza con echar al traste todos los planes de la nueva vida. Frank Miller, un hombre a quien Will Kane había enviado a prisión, ha salido libre –de una forma no muy santa- y llegará en el tren de las doce meridano para tomar cumplida venganza. Sus compinches ya lo están esperando en la estación. Legalmente Will Kane ya no es el sheriff y ese no es un problema suyo sino del pueblo o del nuevo sheriff. Como el hecho no es personal -se derivó del ejercicio de sus funciones- se va con su mujer pero, a pocos kilómetros del pueblo, da vuelta atrás en su carreta: no puede eludir sus responsabilidades, no puede dejarlos abandonados a su suerte o, mejor, a merced del  intimidatorio Frank Miller y su banda que hacía sus fechorías sin control hasta que Will Kane lo mandó a la cárcel.

Queda una hora y veinte minutos. El tiempo real coincide el tiempo la acción. En una hora y veinte minutos habrá una cita. ¿Entre quienes? En principio, entre el pueblo luchando por su libertad y la banda criminal que quiere venganza e imponerse a la fuerza. Pero el pueblo escurre el bulto, Amy odia la violencia que se llevó a su hermano y a su padre y no quiere que ahora se lleve a su esposo. Lo chantajea con abandonarlo aunque la novata Grace Kelly en su papel de Amy no es tan convincente como la recia ex amante, Hellen Ramírez, interpretada por una soberbia Katy Jurado. No hay interlocutores, no hay quien responda a un debate que es moral y político. Está en juego la libertad y la prevalencia de la ley; sin embargo,  nadie ve más allá de sus narices: el pragmatismo y el instinto de conservación (las alusiones al macartismo de los años cincuenta, el llamado sutil a una sociedad postrada moralmente para que reaccione, son evidentes). La cita es privada y es una cita con la muerte: el sheriff solo, un hombre de códigos,  no tendrá  ningún chance contra los hábiles pistoleros. Sobre él pende una condena a muerte que es fácil visualizar: en un reloj, en el tiempo que pasa lento e implacable. La narración se intensifica, el suspenso se hace sentir. Los hechos se tornan graves, trascendentales, definitivos. No hay lugar para las distracciones, para lo secundario. Por eso los encuadres son precisos. La belleza de esta película es austera, como corresponde a las tragedias. No, no sabemos cuánto pesa la muerte cuando se sabe la hora exacta de su llegada. Puede llegar a ser insoportable para un hombre, lo cual explica por qué le cedimos semejante responsabilidad a los dioses o al destino. El único bálsamo es la melodía de Dimitri Tiomkin y la canción de Ned Washington interpretada por Tex Ritter, que con justicia se volverá tan famosa como la película, premiada con cuatro Oscares y cuatro Globos de oro.

Al final,  Amy se arrepiente y decide colaborarle a su esposo activamente. Con algo de engaño y juego sucio, clave para la victoria. Algo que haría ruborizar a Wayne. Pero que no exagere: él había trabajado en un western muy famoso –La diligencia-  que no era precisamente el paradigma de la pureza con borrachos, prostitutas y psicología.

*Este artículo fue publicado inicialmente en la revista Kinetoscopio No. 20

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