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Malas personas
Por Ricardo Silva Romero
¿De qué estamos hablando cuando hablamos de “un momento Larry David”? De una situación incómoda, penosa y sin salida que nos revela alguna terrible verdad que hemos callado en vano. Por ejemplo, el señor Larry David trata de enseñarle a su perro que no hay que ladrarles a los negros, pelea a muerte con un “inválido” porque ha entrado al baño de los “normales”, se le queja a su médico de siempre de que un vello púbico se le ha quedado atascado en la garganta. ¿Y entonces, ante semejante panorama de incorrección política, de quién estamos hablando cuando hablamos de Larry David? Del más amargo humorista neoyorquino que ha pasado por el mundo del stand up comedy. De uno de los dos creadores de la mejor comedia de situaciones que se ha visto en la televisión del planeta: Seinfeld. Del payaso genial que desde 1999 escribe, se interpreta a sí mismo y produce la serie más divertida de estos últimos años: Curb Your Enthusiasm.
O también: la serie de HBO que hizo por el humor negro lo que Los Sopranos hizo por el drama; la puesta al día de esas sátiras que han salvado a los judíos en un mundo católico; el falso reality show que ha probado, durante siete temporadas, que la vida adulta es una farsa.
“Este no es un programa para gente feliz”, aclara David, “les pide que ‘controlen su entusiasmo’ a esas parejas que se besan por la calle y a esos niñitos triunfales que corren por los parques”.
Y viene de una tradición, la del humorista narciso, misántropo e incómodo en el mundo que al final se gana el cariño del público, que empezó a asomarse en inglés en las obras de teatro de Oscar Wilde, George Bernard Shaw y George S. Kaufman; en los libros de Mark Twain, Ambrose Bierce y S. J. Perelman; y en las películas de W. C. Fields, los hermanos Marx y Buster Keaton. Y que se tomó los escenarios de stand up comedy, las producciones de Hollywood y los programas de variedades de la televisión, desde mediados de los años 50, gracias a comediantes con cara de hastío de la talla de (va una lista en orden de aparición) Bob Hope, Mort Sahl, Peter Cook, Peter Sellers, Sid Caesar, Mel Brooks, Woody Allen, Lenny Bruce, el grupo Monty Python y George Carlin.
Las comedias de situación, que pasaron de la radio a la televisión norteamericana gracias a producciones como Abbott y Costello, El show de Phil Silvers y Yo amo a Lucy, y que se empeñaban en contar historias coherentes de un poco menos de media hora, siempre le reservaron un personaje secundario al humorista desagradable.
Sin embargo, nunca, hasta la llegada de Seinfeld en 1989, se le entregó el protagonismo. Aún más: gracias a Seinfeld, la historia en 173 episodios de cuatro amigos narcisos, misántropos e incómodos en un mundo plagado de monstruos, el género rompió con las ideas fijas de los finales felices y los personajes que aprenden de sus errores, y se atrevió, incluso, a pintar un mundo en el que nadie es particularmente agradable, pero sí, sin lugar a dudas, absolutamente ridículo. Contra todos los pronósticos, pues los televidentes tienden a preferir las historias edificantes, en apenas cinco años Seinfeld pasó de ser una comedia norteamericana de culto a un fenómeno sociológico mundial: desde que terminó, en 1998, ha sido elegida por las encuestas de los medios especializados, en varios lugares del planeta, como “la mejor comedia de situación de la historia”. Y se ha reconocido que si el comediante Jerry Seinfeld, ese filósofo de las cosas de todos los días, era el corazón del proyecto, Larry David, el maestro de poner escena los pensamientos malévolos que descartamos, sin lugar a dudas era el cerebro.
David nació el 2 de julio de 1947, en Brooklyn, Nueva York, bajo la mirada crítica de una pequeña familia judía. Trató de ser “normal”, fue a la universidad a estudiar tanto historia como negocios, pero pronto se dejó arrastrar por el mundo del stand up comedy: “el pobre Larry odiaba un poco el stand up: a veces se quedaba mirando al público cara por cara, como viendo si eran personas a las que valía la pena dirigirse, o si su extraño sentido del humor iba a perder el tiempo con semejante auditorio de idiotas, y furioso, ante la manada de espectadores boquiabiertos, se bajaba del escenario sin haber pronunciado una sola palabra”, recuerda Richard Lewis, su gran amigo, en un documental sobre Curb Your Enthusiasm. David se refugió entonces, para descansar de la tensión de los escenarios, en la escritura de programas de variedades: hizo parte de los equipos de Fridays y Saturday Night Live al principio de los ochenta.
Ahí lo encontró Jerry Seinfeld, su compañero de clubes, cuando recibió la oferta de la NBC para convertir su número en una comedia de situaciones. Al tanto de su talento, convencido de que los dos sentidos del humor se complementaban, Seinfeld le propuso a David que escribieran juntos el programa. Y así, apenas se les ocurrió que las historias serían “sobre nada” (sufrir un ataque de risa, esperar una mesa en un restaurante, encontrar el lugar del parqueadero en donde se dejó el carro), se les fueron nueve años de vida.
Supervisaban cada detalle de la producción de cada capítulo: desde las frases sueltas que pronunciarían los personajes secundarios hasta la ropa que usarían los extras. David, que en verdad era el cerebro de la operación, sufría mucho en el proceso de grabar los episodios. Su perfeccionismo, su tendencia a trabajar más de la cuenta, su empeño en no dejar suelto ninguno de los cabos, lo convertían en la única persona del equipo que estaba disponible las 24 horas del día.
El estresado David salió de ahí, del más grande show de la televisión, a dirigir su primera película: la desigual Sour Grapes. Y un año después, en 1999, convertido ya en una figura importante de la comedia norteamericana, recibió la propuesta de hacer un especial para HBO. En busca de un formato que no lo esclavizara del todo, de un peso que no le costara tanto llevar sobre los hombros, pensó que lo ideal sería escribir un libreto sin diálogos: un libreto en el que estuviera perfectamente claro lo que los personajes tenían que improvisar. Eso hizo: redactó el guión de un falso documental sobre su regreso, el regreso de Larry David, al mundo del stand up, y lo llenó de personajes ficticios con el suficiente dinero para darse el lujo de no madurar jamás. El especial, que fue titulado Curb Your Enthusiasm, fue recibido como un trabajo genial por los televidentes del canal por suscripción.
Y le abrió paso a la serie que acaba de llegar a su séptima temporada. Que contará, desde el 20 de septiembre hasta el 29 de noviembre, el supuesto regreso de Seinfeld. Tal como suena: en los próximos diez episodios de Curb Your Enthusiasm se relatará, como si fuera verdad, la mentira de cómo el elenco de Seinfeld se reúne para grabar un último show. La reunión, aun cuando no pasa de ser una ficción, un juego, es la más reciente portada de la revista Entertainment Weekly.
Podría decirse que la clave del éxito de Curb Your Enthusiasm está en que el Larry David de la ficción, un sociópata que a la larga siempre tiene la razón, se atreve a decir en voz alta todas las verdades que se traga el Larry David de la vida real. Podría decirse, también, que la serie ha convertido a David en el enlace entre todas las malas personas que han pasado por la televisión, que, si no hubiera sido por la serie, jamás habría podido actuar al lado de su admirado Mel Brooks, su amado Woody Allen no le habría ofrecido el papel del protagonista de la película Whatever Works (que llegará a Colombia en diciembre) y se habría perdido el placer de enredar en sus tramas a una cantidad de comediantes amargados de las siguientes generaciones que se han declarado sus más fervientes seguidores: Paul Reiser, David Schwimer, Ben Stiller, Nia Vardalos, Wanda Sykes, Mike Binder y Sasha Baron Cohen.
El humorista inglés Ricky Gervais, célebre por haberse inventado la versión original de la comedia de situaciones The Office, ha reconocido que Larry David es su ídolo. Y no dudó en interrogarlo cuando los ejecutivos de la BBC le dieron la oportunidad de entrevistar a la persona que quisiera. Quizás sea en esa entrevista, en la que se prueba que sin los aportes de David no habrían existido en la televisión de hoy comedias tan negras como 30 Rock, Arrested Development o Entourage, en donde queda más clara la forma en la que piensan estos humoristas que sólo le deben al mundo el mal sabor en la boca. Gervais recuerda la escena de Curb Your Enthusiasm en la que alguien le pregunta a David “¿por qué dijiste esa barbaridad?, ¿en qué estabas pensando?”. Y él responde, encogiéndose de hombros, “me la jugué”.
Esa es, dice Gervais, la definición de un gran comediante. Y resume la actitud de esa casta que ha reivindicado a las malas personas.
O también: la serie de HBO que hizo por el humor negro lo que Los Sopranos hizo por el drama; la puesta al día de esas sátiras que han salvado a los judíos en un mundo católico; el falso reality show que ha probado, durante siete temporadas, que la vida adulta es una farsa.
“Este no es un programa para gente feliz”, aclara David, “les pide que ‘controlen su entusiasmo’ a esas parejas que se besan por la calle y a esos niñitos triunfales que corren por los parques”.
Y viene de una tradición, la del humorista narciso, misántropo e incómodo en el mundo que al final se gana el cariño del público, que empezó a asomarse en inglés en las obras de teatro de Oscar Wilde, George Bernard Shaw y George S. Kaufman; en los libros de Mark Twain, Ambrose Bierce y S. J. Perelman; y en las películas de W. C. Fields, los hermanos Marx y Buster Keaton. Y que se tomó los escenarios de stand up comedy, las producciones de Hollywood y los programas de variedades de la televisión, desde mediados de los años 50, gracias a comediantes con cara de hastío de la talla de (va una lista en orden de aparición) Bob Hope, Mort Sahl, Peter Cook, Peter Sellers, Sid Caesar, Mel Brooks, Woody Allen, Lenny Bruce, el grupo Monty Python y George Carlin.
Las comedias de situación, que pasaron de la radio a la televisión norteamericana gracias a producciones como Abbott y Costello, El show de Phil Silvers y Yo amo a Lucy, y que se empeñaban en contar historias coherentes de un poco menos de media hora, siempre le reservaron un personaje secundario al humorista desagradable.
Sin embargo, nunca, hasta la llegada de Seinfeld en 1989, se le entregó el protagonismo. Aún más: gracias a Seinfeld, la historia en 173 episodios de cuatro amigos narcisos, misántropos e incómodos en un mundo plagado de monstruos, el género rompió con las ideas fijas de los finales felices y los personajes que aprenden de sus errores, y se atrevió, incluso, a pintar un mundo en el que nadie es particularmente agradable, pero sí, sin lugar a dudas, absolutamente ridículo. Contra todos los pronósticos, pues los televidentes tienden a preferir las historias edificantes, en apenas cinco años Seinfeld pasó de ser una comedia norteamericana de culto a un fenómeno sociológico mundial: desde que terminó, en 1998, ha sido elegida por las encuestas de los medios especializados, en varios lugares del planeta, como “la mejor comedia de situación de la historia”. Y se ha reconocido que si el comediante Jerry Seinfeld, ese filósofo de las cosas de todos los días, era el corazón del proyecto, Larry David, el maestro de poner escena los pensamientos malévolos que descartamos, sin lugar a dudas era el cerebro.
David nació el 2 de julio de 1947, en Brooklyn, Nueva York, bajo la mirada crítica de una pequeña familia judía. Trató de ser “normal”, fue a la universidad a estudiar tanto historia como negocios, pero pronto se dejó arrastrar por el mundo del stand up comedy: “el pobre Larry odiaba un poco el stand up: a veces se quedaba mirando al público cara por cara, como viendo si eran personas a las que valía la pena dirigirse, o si su extraño sentido del humor iba a perder el tiempo con semejante auditorio de idiotas, y furioso, ante la manada de espectadores boquiabiertos, se bajaba del escenario sin haber pronunciado una sola palabra”, recuerda Richard Lewis, su gran amigo, en un documental sobre Curb Your Enthusiasm. David se refugió entonces, para descansar de la tensión de los escenarios, en la escritura de programas de variedades: hizo parte de los equipos de Fridays y Saturday Night Live al principio de los ochenta.
Ahí lo encontró Jerry Seinfeld, su compañero de clubes, cuando recibió la oferta de la NBC para convertir su número en una comedia de situaciones. Al tanto de su talento, convencido de que los dos sentidos del humor se complementaban, Seinfeld le propuso a David que escribieran juntos el programa. Y así, apenas se les ocurrió que las historias serían “sobre nada” (sufrir un ataque de risa, esperar una mesa en un restaurante, encontrar el lugar del parqueadero en donde se dejó el carro), se les fueron nueve años de vida.
Supervisaban cada detalle de la producción de cada capítulo: desde las frases sueltas que pronunciarían los personajes secundarios hasta la ropa que usarían los extras. David, que en verdad era el cerebro de la operación, sufría mucho en el proceso de grabar los episodios. Su perfeccionismo, su tendencia a trabajar más de la cuenta, su empeño en no dejar suelto ninguno de los cabos, lo convertían en la única persona del equipo que estaba disponible las 24 horas del día.
El estresado David salió de ahí, del más grande show de la televisión, a dirigir su primera película: la desigual Sour Grapes. Y un año después, en 1999, convertido ya en una figura importante de la comedia norteamericana, recibió la propuesta de hacer un especial para HBO. En busca de un formato que no lo esclavizara del todo, de un peso que no le costara tanto llevar sobre los hombros, pensó que lo ideal sería escribir un libreto sin diálogos: un libreto en el que estuviera perfectamente claro lo que los personajes tenían que improvisar. Eso hizo: redactó el guión de un falso documental sobre su regreso, el regreso de Larry David, al mundo del stand up, y lo llenó de personajes ficticios con el suficiente dinero para darse el lujo de no madurar jamás. El especial, que fue titulado Curb Your Enthusiasm, fue recibido como un trabajo genial por los televidentes del canal por suscripción.
Y le abrió paso a la serie que acaba de llegar a su séptima temporada. Que contará, desde el 20 de septiembre hasta el 29 de noviembre, el supuesto regreso de Seinfeld. Tal como suena: en los próximos diez episodios de Curb Your Enthusiasm se relatará, como si fuera verdad, la mentira de cómo el elenco de Seinfeld se reúne para grabar un último show. La reunión, aun cuando no pasa de ser una ficción, un juego, es la más reciente portada de la revista Entertainment Weekly.
Podría decirse que la clave del éxito de Curb Your Enthusiasm está en que el Larry David de la ficción, un sociópata que a la larga siempre tiene la razón, se atreve a decir en voz alta todas las verdades que se traga el Larry David de la vida real. Podría decirse, también, que la serie ha convertido a David en el enlace entre todas las malas personas que han pasado por la televisión, que, si no hubiera sido por la serie, jamás habría podido actuar al lado de su admirado Mel Brooks, su amado Woody Allen no le habría ofrecido el papel del protagonista de la película Whatever Works (que llegará a Colombia en diciembre) y se habría perdido el placer de enredar en sus tramas a una cantidad de comediantes amargados de las siguientes generaciones que se han declarado sus más fervientes seguidores: Paul Reiser, David Schwimer, Ben Stiller, Nia Vardalos, Wanda Sykes, Mike Binder y Sasha Baron Cohen.
El humorista inglés Ricky Gervais, célebre por haberse inventado la versión original de la comedia de situaciones The Office, ha reconocido que Larry David es su ídolo. Y no dudó en interrogarlo cuando los ejecutivos de la BBC le dieron la oportunidad de entrevistar a la persona que quisiera. Quizás sea en esa entrevista, en la que se prueba que sin los aportes de David no habrían existido en la televisión de hoy comedias tan negras como 30 Rock, Arrested Development o Entourage, en donde queda más clara la forma en la que piensan estos humoristas que sólo le deben al mundo el mal sabor en la boca. Gervais recuerda la escena de Curb Your Enthusiasm en la que alguien le pregunta a David “¿por qué dijiste esa barbaridad?, ¿en qué estabas pensando?”. Y él responde, encogiéndose de hombros, “me la jugué”.
Esa es, dice Gervais, la definición de un gran comediante. Y resume la actitud de esa casta que ha reivindicado a las malas personas.

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