Artículos

25 años de soledad

Por Ricardo Silva Romero

Porque todo era superior a sus fuerzas, porque la vida se le iba diciendo “no puedo más con la vejez de mi adolescencia”, el escritor caleño Andrés Caicedo se suicidó el 4 de marzo de 1977. Editaba la revista Ojo al cine en una época que no lo volteaba a mirar. Había redactado la novela contagiosa ¡Que viva la música! en un país al que le costaba reconocer que quedaba en el mundo. Y tenía muchos años más de los que su sensibilidad podía soportar: 25 años de soledad. Faltaban más de treinta para que publicara esta autobiografía estremecedora, Mi cuerpo es una celda, que acaba de llegar a las librerías para cargarnos aún de más dudas. El narrador chileno Alberto Fuguet está en la capacidad de despejarlas: porque fue él quien a partir de las cartas minuciosas, de las reseñas personalísimas y de los cuadernos refundidos de Caicedo, compuso esas memorias que se leen como una trágica novela de iniciación.

Queda poco para que termine 2008. Y Fuguet, que con sus propias narraciones, desde la novela Mala onda hasta la película Se arrienda, ha logrado probar que Latinoamérica no sólo produce artesanías para extranjeros, está listo a contestar los interrogantes como si fuera ya el momento de sacarse el fantasma de Caicedo del sistema nervioso.

Ya no da más. Está de acuerdo en que la familia, los amigos y los editores de Andrés Caicedo cargaron el mito en las espaldas durante 30 años (y durante 30 años lograron que fuera una voz importante en la literatura colombiana) hasta que se lo dejaron en las manos con la esperanza de que lo pusiera en el sitio que merece entre los autores del mundo. Cree firmemente que Caicedo se retrata, en Mi cuerpo es una celda, tal como era. Que cada página que pasa demuestra que no era aquel poeta maldito a punto de fundar una religión para quinceañeros dramáticos, sino un hombre frágil que trataba de agarrarse de las ficciones para que no se lo llevara la desesperanza. ¿No tiene también, cuando uno va a cerrar el libro, algo de mártir? “Sí, creo que el Caicedo del libro, un cinéfilo enfermo que ha visto más de la cuenta, es un mártir”, dice Fuguet. “En rigor, no lo es, pero me gusta la idea: me gusta pensar que se mató para que otros no lo hicieran”.

¿Cómo se pasa de descubrir a un autor a editar su autobiografía? “La obsesión comenzó en el 2000 cuando leí Ojo al cine, se convirtió en la necesidad de contar su historia cuando me tropecé con El cuento de mi vida [otra recopilación de textos perdidos de Andrés Caicedo] y se transformó en planes de “hacerme cargo” apenas conocí a la familia”. ¿Cómo fue ese primer encuentro con las Caicedo? “Les dije que si nos iba bien en la feria del libro de Guadalajara quizás podríamos hacer algo para internacionalizarlo, Caicedo triunfó en México como parte de la delegación colombiana y entonces nos dimos la mano”. ¿Pusieron alguna condición? “Las tres hermanas me pidieron el favor personal de que le cortara el pelo, el favor personal de que probara, en el libro que resultara, que no era el rock star que todos creían: Rosario me dijo ‘no era Jim Morrison, por Dios, era tartamudo’ la primera vez que hablé con ella”.

¿El libro que se pactó en Guadalajara fue siempre unas memorias? “Primero fue una biografía, pero rápidamente la deseché. Más tarde cruzó por mi mente, por un par de segundos, una novela acerca de un personaje parecido, pero, por suerte, la idea me duró muy poco. Y al final todo cambió, en Bogotá, cuando el cineasta Luis Ospina, amigo personal de Caicedo, me dijo ‘por qué no te quedas con este material que no sé qué hacer con él’ una tarde en que nos vimos. De ahí partió todo: me di cuenta de que era una autobiografía cuando leí esa caja llena de archivos, revisé las carpetas que me pasó Patricia Restrepo y ordené lo que encontré en la biblioteca Luis Ángel Arango. Sentí que él estaba contando su vida. No ‘el cuento’ sino ‘la novela’ de su vida”. ¿Y la idea fue, desde ese momento, hacerse a un lado? “Creo que, como trabajé en UCLA por esos días, me bajó una fobia académica que me llevó a prometerme no tener notas al pie de página o explicaciones o prólogos o presentaciones de otros, pero al final no tengo tan claro si me hice a un lado. Creo que estoy. Que están ‘mis temas’. Y que Andrés, como me dijo un periodista, podría ser un personaje mío”.

¿Pero la decisión de que sea una autobiografía, un texto hecho a partir de sus textos, no significó dejar por fuera muchas cosas? “Lo que más me dolió de no poderle sumar textos de otros fue no publicar una carta alucinante del ex marido de Rosario, un siquiatra, que me ayudó mucho a entender a Andrés: ahí dice que, para salvarlo, no sólo la familia, sino el país entero, tendría que entrar a una terapia donde correría sangre”.

¿Qué otros títulos estuvieron a punto de llegar a la portada? “Volvemos a Jim Morrison: no se iba a llamar Light My Fire o The End o Nadie sale vivo de aquí, que es un gran título (así se llama una biografía de Morrison) pero es celebratorio del suicidio. Quería un título triste y pop. Pensé en recuperar uno mío que nunca usé: Caída libre. Después en Night Falls Fast. Firmé el contrato con De mí para ti: así estaba rotulada una de sus carpetas con el material. Y el que tuve antes de dar con el definitivo, y que descarté porque era otra broma contra Gabo, era 25 años de soledad. Uno de los aspectos que más me molestan de Cien años de soledad es el título. Es notable, pero no tiene nada que ver con la novela. Ese libro podría llamarse Macondo o La extraordinaria y triste historia de los Buendía. La verdad es que no es acerca de la soledad, algo que me parece muy latinoamericano, sobre todo en las ciudades. Caicedo sí plasma la soledad en sus textos, en cambio, como pocos autores latinoamericanos”.

¿Qué es Night Falls Fast? “Un libro de la sicóloga Kay Redfield, acerca del suicidio, que leí para prepararme para una película que nunca filmé, Perdido, pero cuyo guión me llevó a un viaje oscuro al suicidio, la pérdida, la automutilación. Ahora capto que Caicedo llegó para liberarme del personaje de esa película: Agustín. Si Perdido se hubiera filmado, quizás a lo más hubiera hecho un prólogo para una reedición de un libro de Andrés. Pero justo cuando se cayó la filmación, por un problema de fondos, llegó el mail preguntándome si quería ir a la feria de Guadalajara a una mesa sobre Andrés. Lo curioso es que Perdido era un camino a la luz, y este libro, que claramente lo siento mío, es un camino hacia el fin. Y que, de paso, siento que cerré mi obsesión con ese “deambular por la orilla oscura”. Ando ahora con más ganas de reírme o de tratar personajes no tan oscuros, que quizás estén, como dice Scott Fitzgerald, más a la sombra que en la noche de las tres de la madrugada”.

Pero mi verdadera pregunta era esta: ¿por qué decidirse por un título tomado de una canción de Arcade Fire en vez de buscarlo en las palabras de Caicedo o en alguna canción de cuando aún vivía? “Quería algo nuevo, algo pop, algo que pudiera hacerle eco a un lector que esté cerca de los 25 años. También quería algo triste. Y una amiga, una alumna, Cata, de UCLA, que para más remate era experta en mí por estar haciendo su doctorado en mi obra (algo que a los dos nos daba risa, vergüenza e incomodidad) me empezó a hablar de The Arcade Fire. Me dijo que un tema le recordaba a un personaje mío, Lucas, de Por favor, rebobinar. Y me regaló el disco. Y aluciné.  El tema en que ella se fijó es Windowsill. Y ahí me topé, en un freeway de Los Ángeles, con My Body is a Cage. 

Además, yo estaba viviendo en una suerte de celda: una pieza. Al lado del mar, pero me sentía en una cage. LA me parecía una celda y me iba, a veces, a la calle donde vivió Andrés, a la decadente y desolada Alvarado, y pensaba: yo estoy mejor. Tengo auto, estoy aquí en la universidad, no estoy aquí intentando conquistar Hollywood. Creo que ese viaje fue, para él, el inicio del fin. Y justo se dio que estaba en LA con sus palabras. Ah, en rigor, cage es jaula, no celda. Pero la palabra celda me conectó con Andrés. Y la única canción que he escrito se llama Celda, con Heyne y Valdivia, para el soundtrack de Se arrienda, y en ese tema hay una estrofa que dice “mi cuerpo es una celda, solo quiero salir…” Él mismo usó mucho la palabra ‘calabozo’, que es otra manera de decir ‘celda’. Cuando alguien se mata, supongo que se mata para escapar, para liberarse, para silenciar el ruido mental. Es, in a twisted way, un acto de liberación. Caicedo salió de la celda. Eso.  Ese es el making off del título”.

¿Los epígrafes son de él? “Tengo una colección de citas que anoto siempre por ahí. Rosario Caicedo me recomendó la de Keats, otro suicida. La de Twain la escuché en la radio. Y, como el título era pop, quise que los epígrafes fueran literarios. Tenía muchos: de Radiohead, de REM, de Faith No More, pero la meta era justamente demostrar que, más allá del cine y del rock, Caicedo era un escritor: un gran escritor”.

¿Alguien censuró algo? “La verdad es que fue menos de lo que esperé. No está todo pero no es necesario pues hay mucho. La familia se puso de acuerdo, dejó “el qué dirán de Cali” de lado y entendió que el mismo chico que los complicó a todos hace treinta años era ahora un autor de primera que se había ganado el derecho a hablar de todo”. ¿Qué quedó por fuera? “Un par de cartas devastadoras, claro, pero me parece importante decir que fuera de Colombia me han estado preguntando todo lo contrario: no si me censuraron o si me atajaron, sino, por el contrario, cómo me dejaron publicar todas las revelaciones íntimas que hace”. ¿Hubo algún pulso agotador? “Lo que más me costó fue que me permitieran publicar la primera carta, la carta de despedida a su madre, la del suicidio que no fue. A la familia le parecía, con toda la razón, demasiado privada”.

Queda claro en cualquier caso, desde esa primera página del libro, qué tipo de hombre era. Y queda claro que la idea del suicidio no lo dejaba en paz. “Porque era su meta. No porque fuera cool o rockero o artista sino porque era la única meta que creía que podría lograr. Yo pienso que le faltó autoestima. Que no era un cínico sino un niño. Que era pura fragilidad, pura escisión, pura fractura. Una mezcla fatal de narcisismo e inseguridad. Pienso que tenía talento pero que no era capaz de resistir el rechazo Y que no es casual que sea colombiano: es su propia víctima porque es producto de una sociedad enferma que suele recurrir a la violencia”. Aunque no queda claro, cuando uno llega a la última página, si el día en que finalmente logró suicidarse más bien lo hizo por equivocación. “Creo que ese día de marzo del 77 se le fue la mano con las pastillas. Después de escribir una carta tan impresionante como la que hizo unos años antes, y con el grado de lucidez que tenía con respecto a los medios y a su propio legado, creo que hubiera escrito una carta más épica. En todo caso, sí creo que estaba en una espiral descendente. Y que, eventualmente, iba a pasar”.

¿Y si hubiera tenido Internet? “Creo que lo hubiera salvado. Habría sido un alienado de la red, un blogger serial, un fanático de los e-mails a los amigos. Y sus confesiones habrían tenido un eco inmediato que lo hubiera aliviado. Caicedo es de esta era pero le tocó otra. Y no fue capaz de soportarla”.

¿Qué le hizo falta para superar la desazón? ¿Cambiar de ciudad? “Pero una ciudad grande puede ser peor: creo que al revés, a pesar de todo, Cali le dio mucho: fue la ciudad del cineclub, la que recibió sus golpes, la de ese grupo de amigos que hicieron la vida mejor”. ¿En qué momento el cine no fue suficiente? “Yo creo que el cine le dio todo, su familia, sus amigos, sus amores, hasta llevarlo a refugiarse (vía las reseñas personalísimas que hacía) en el oficio de escritor. Y creo que hubiera querido seguir viendo películas para siempre, pero que la manera que tuvo de amar, más las drogas y las malas juntas, lo llevaron a una esquina de la que no pudo salir”. Se queda uno con tristeza de que se haya perdido todas las películas buenas que se han hecho desde el 77. “¿Qué pensaría de ciertas cintas que no vio? ¿De cómo evolucionó Clint Eastwood? ¿Qué opinaría de El diablo probablemente de Bresson o de Dazed and Confused de Linklater o de Gente como uno de Redford? ¿Le hubiera gustado Cuenta conmigo?”

Y queda sonando la expresión “demasiado privada” porque el lector se siente espiando todo el tiempo una vida ajena. “La idea era que, por momentos, te diera vergüenza saber tanto. Y que pudieras ver, al tiempo, que Caicedo se adelantó como escritor: que entendió de primero que lo que importa ya no es contar una región sino contar una pena”.

Mi cuerpo es una celda desmonta los estereotipos de Caicedo, en suma, porque el propio Caicedo dedicó los borradores de su obra a desmontar todos los que quisieron venderle. “Y yo creo que eso es lo que lo hace tan contemporáneo: la idea de que puedes ser un escritor burgués acomodado, la idea de que lo maldito puede venir de adentro, la ambigüedad en todos los terrenos de la vida: Andrés no toleraba ninguna celda”. Y sin embargo al final, toda una autobiografía después, sigue siendo un gran misterio para todos. “¿Por qué teniendo tanto sentía que le faltaba tanto? ¿Por qué alguien se transforma en quién es? ¿Cómo un chico tartamudo de Cali termina siendo una de las voces claves de la literatura latinoamericana? ¿De dónde sale el talento? ¿Por qué Andrés Caicedo se transformó en Andrés Caicedo y por qué estamos hablando de él y no de otro?”

Habría que haberlo pensado desde el principio: Fuguet ha quedado lleno de preguntas porque ha sido el primer lector de Mi cuerpo es una celda. Y está bien. Porque si algo se aprende frente a estas memorias es que sigue viviendo quien es capaz de quedarse con la duda.

Comentarios

Para comentar usted debe estar estar registrado, ingresar ó registrarse.