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Don’t Speak!: Sesenta años de Dianne Wiest

Por Otto Gómez
Es la Segunda Guerra Mundial y la convulsionada Algeria es el escenario de una historia de amor. La enfermera escocesa Anne trabaja para las tropas británicas y en medio del ir y venir de los heridos conoce a un piloto de guerra norteamericano de apellido Wiest.  Como en las películas de guerra que todos conocemos, se prometen amor eterno y tiempo después tendrían su final feliz con una humilde boda en Nápoles.

Dianne Wiest recuerda de ese modo tan cinematográfico a sus padres. Su infancia, por otro lado, está dispersa en diferentes memorias, diferentes lugares. Su niñez “peripatética” como ella la llama, tuvo de hogares a ciudades tan opuestas en el mapa como Núremberg, Alemania o San Antonio, Texas. Era, sin duda, un comienzo algo inestable para la pequeña Dianne y sus hermanos menores Greg y Don. Luego de hacer amigos en una ciudad, Dianne se veía obligada a abandonar todo lazo afectivo y seguir adelante con su familia nómada.

“Es muy doloroso,” le diría a la periodista Leslie Bennetts de The New York Times en 1987. “Hay beneficios: conoces el mundo, desarrollas cierta sofisticación y cuando vas a estos lugares te ves forzada a pasar por un periodo de adaptación que, supongo, me ha servido de algo.”

Ya cuando la familia Wiest pudo asentarse de manera definitiva en los Estados Unidos, Dianne adoptó la danza como su primera pasión. Sin embargo, justo antes de graduarse del colegio, aquella vocación por el escenario pasó al teatro. La disciplina adquirida como bailarina fue el empujón definitivo para atreverse a pisar un escenario, y empezar a dar sus primeros pasos en aquel oficio que llaman actuación.

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Es 1984 y Dianne Wiest es una actriz recurrente en los escenarios de Broadway. No lejos de allí en Park Avenue, Woody Allen está llevando a cabo el casting de su próxima película. Juliet Taylor, la leal directora de casting de Allen, le cuenta sobre esta impresionante actriz de teatro de apellido Wiest y la propone como una de las prostitutas de la película. Allen acepta una reunión con ella.

“Mi primera reunión con Woody Allen duró treinta segundos. Me miró, dijo ‘hola’, pidió a alguien que tomara una Polaroid, me agradeció y luego me mostraron la puerta.”

Treinta segundos son suficientes para Woody Allen. Como si fuera una ley universal de la física, Allen es capaz de saber si alguien es o no apropiado para el papel en tan corto tiempo que los actores entran en pánico.

Un mes después Wiest se encontraba interpretando el pequeño papel de Emma, una prostituta que conoce a Tom Baxter, el personaje prófugo de su propia película en aquella inteligente fábula sobre el cine, la ilusión y el amor en la Gran Depresión llamada The Purple Rose of Cairo.

Allen, consciente del potencial de aquella tímida y dulce actriz decidió adoptarla en su pequeño círculo de actores recurrentes y diez meses después le confiaría el papel de la inestable Holly, una actriz solterona y neurótica adicta a la cocaína en aquella obra maestra titulada Hannah and Her Sisters.

De repente aquella mujer de voz aguda estaba en boca de todos los críticos de cine de Estados Unidos. Su interpretación sería reconocida en una de las seis nominaciones al premio Oscar que obtuvo la película y el 30 de marzo de 1987, su nombre era anunciado como la ganadora del Oscar a Mejor Actriz de Reparto. Un reportero al preguntarle sobre sus próximos proyectos ahora que era una flamante ganadora del premio de la Academia, sólo logró que Wiest le recordara que seguiría con el privilegio de  trabajar con Woody Allen y que precisamente en ese momento se encontraba rodando su próximo largometraje.

“Es como una familia,” diría ella al describir su estrecha colaboración con Allen, “Es como regresar al colegio todos los años, en otoño. El mismo equipo, el mismo director de fotografía, el mismo camarógrafo, Mia por supuesto, y Woody.”

De este esfuerzo conjunto nacieron la tía solterona Bea de la nostálgica Radio Days y la enamoradiza y confundida Stephanie de September. Mientras tanto otros directores empezaron a llamar. Ron Howard le daría la oportunidad de interpretar a Helen Buckman, una madre divorciada que se ve en la obligación de criar a dos hijos adolescentes, en la comedia Parenthood con Steve Martin. La Academia reconocería su trabajo por esta película una vez más con una nominación a Mejor Actriz de Reparto y en 1990 llamaría la atención de Tim Burton. En Edward Scissorhands, Dianne interpretaría a la amable Peg Boggs, una sonriente vendedora de Avon, que toca la puerta del olvidado hogar de Edward y decide adoptarlo y presentarlo a la comunidad.

Sin embargo la carrera de Dianne pareció estancarse. A su escritorio llegaban guiones y propuestas que la veían a ella como la madre amable y dulce; ella quería interpretar lo contrario, quizá una asesina en serie. Su refugio y constante lugar para redescubrirse como actriz continuaba siendo el teatro hasta que a comienzos de 1993 sonó su teléfono: era Woody Allen y quería darle un regalo.

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El 27 de Septiembre de 1993 comenzó el rodaje de Bullets Over Broadway en los estudios Kaufman Astoria de Nueva York. Aquel regalo que tenía Allen para Wiest era el papel de Helen Sinclair, una diva de teatro de Broadway de los años 20; una mujer egocéntrica, alcohólica y con sus mejores años atrás. Wiest, emocionada, no veía la hora de interpretar a este personaje. Sin embargo, luego del primer día de rodaje, había problemas. Allen la llamó a un lado y le dijo:

“No está bien.”

Le mostró las escenas rodadas del día y ella no tuvo más remedio que aceptar lo terrible que era su actuación. Pensó, como le recordaría a Ellen Pall en una entrevista para The New York Times, que estaban frente a un gran caso de mal casting; ella no era la indicada para interpretar a Helen Sinclair. Abatida le dijo a Allen que por favor la dejara abandonar la película y contratara a otra actriz para el papel. Sin embargo Allen, basado en su inmensa intuición, no aceptó su renuncia. Confiaba en ella y la obligó a buscar otra forma, otro camino para darle vida a Helen Sinclair.

Esa noche Wiest no pudo conciliar el sueño. Por primera vez en mucho tiempo dudaba de su oficio, de su talento y pensaba que era inevitable defraudar no sólo a su director y a su público, sino a sí misma. Pero allí, en el estremecedor silencio de aquella noche, tuvo una idea. Cometería uno de los grandes pecados que un actor pueda cometer: usar su voz de teatro en el cine.

Al día siguiente todos los del equipo de producción morían de la risa. Helen Sinclair hablaba con voz grave, grandilocuente y gestos exagerados. Allen no se inmutó, su asistente gritó ‘corte’ y dio la orden de seguir con la siguiente escena:

“Estuvo perfecto” dijo el director.

Allen recordaría, tiempo después, que tenía muy claro que Wiest no lo iba a defraudar:

“Este personaje es tan diferente a lo que ella es, tan diferente a cualquier papel que ha interpretado. Pero es una actriz tremendamente talentosa. Puede hacer comedia, o Lady Macbeth o Arthur Miller. Al final es un problema de explorar (el personaje) con ella un poco más. Y así, muy rápidamente lo logró.”

Lo que en otra actriz habría sido una caricatura penosa, en ella fue una de las grandes actuaciones cómicas de los últimos tiempos. Sus colegas no tardaron en reconocerlo. El 27 de marzo de 1995 recibiría de manos de Tommy Lee Jones su segundo Oscar a Mejor Actriz de Reparto.

“Estoy en deuda con mi leal amigo e intachable artista Woody Allen.” diría en su discurso de aceptación.

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Lejos del ruidoso Hollywood, en el silencio de la disciplina constante, Dianne Wiest ha logrado construir una admirable carrera. Ha ido, como la nómada que fue en su niñez, de personaje en personaje, sin juzgar, a distancia de todo aquello que sea una distracción del oficio. Continúa en Broadway; mientras Katie Holmes atrae a la prensa por su debut teatral en All my sons de Arthur Miller, Wiest hace su trabajo y, de paso, es celebrada una vez más por el público. El vertiginoso mundo de la televisión, afanado por ratings y actuaciones aceptables, tampoco se le escapa. La brillante serie de HBO In Treatment le ha dado la oportunidad a Wiest de actuar con gestos mínimos, miradas pacientes; su personaje, la psicoanalista Gina, le ha dado su segundo Emmy en septiembre de este año. Un mes después, en el cine, hace parte del impresionante reparto del debut como director de Charlie Kaufman en Synecdoche, New York. A sus sesenta años no muestra señas de abandonar su oficio.

Un oficio que cae fácilmente en la celebridad, en el espectáculo de lágrimas y sobreactuaciones, en el narcisismo. Wiest es paciente. Sabe que cada personaje es una oportunidad más de ser otro y de esta manera –desde la más profunda sencillez- ha logrado convertirse en una de las grandes actrices de los terrenos de la ficción.

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