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Diálogo en la tras escena: El cine según Hitchcock

Por Ricardo Silva Romero
El cine según Hitchcock es mi libro preferido. Lo salvaría antes que a otro en un incendio de mi biblioteca. Sería el que me llevaría a una isla perdida, o a una ciudad en guerra, o a una temporada en la cárcel, si sólo pudiera llevar uno a algún viaje sin pasaje de regreso. Porque en solo un volumen cuenta el paso de una vida, describe la puesta en escena de una vocación y recuerda que el cine es la razón por la que estamos todos en el mundo. ¿Por qué mi copia está llena de frases al margen? ¿Qué  hay en las páginas de esta obra con la portada a punto de desprenderse? Una larga conversación, ocurrida en agosto de 1962 en los estudios Universal, entre un cineasta joven llamado François Truffaut (en realidad un crítico de Cahiers du Cinema que ya había sido capaz de filmar dos extrañas películas tituladas Los 400 golpes y Jules y Jim) y un maestro del cine, el temeroso Alfred Hitchcock, que poco a poco, gracias a la mirada de ciertos periodistas franceses, dejaba de ser visto como un simple mago empeñado en asustar a los espectadores.

Yo no me he visto las 53 películas de Alfred Hitchcock. Pero sé, gracias a esta charla de 346 páginas, de qué se trata, cómo se hizo, por qué se hizo cada una de ellas. También sé que el director inglés –un hombre gordo de baja estatura- fue castigado a los cinco años con un par de horas de cárcel, que tuvo la misma esposa desde los 20 o los 21 años y que desde que comenzó a frecuentar los estudios de cine, cuando nadie contaba con escenas habladas o escenografías de colores, llegó a la conclusión de que le interesaba filmar ajustadas tramas de suspenso que sólo pudieran contarse por medio del lenguaje cinematográfico, parábolas paranoicas que no dijeran de frente los horrores de la vida y que fueran siempre dos pasos más allá que el público (que, en otras palabras, sorprendieran a esas parejas que entraban a los teatros un viernes en la noche) sin recurrir a las vergonzosas trampas de los espectáculos de feria. Sí, eso es, en resumen, lo que le cuenta Hitchcock a Truffaut cuando el diálogo está comenzando: que se dejó llevar por esa vocación cuando los demás pensaban en pasar un buen rato el próximo fin de semana.

Después le revela, en la tras escena de cada una de sus producciones, que las cosas no suelen salir como uno quiere cuando se trata de crear un largometraje.  Que la vida del hombre de cine es una vida a la espera de un milagro.

Y Truffaut toma nota, claro, porque los maestros se pasan de mano en mano sus secretos. Lo hace hablar de las diferencias entre la sorpresa y el suspenso, de las mujeres que no tienen el sexo inscrito en la cara, de un estilo artístico –o mejor: una forma de vivir la vida como si no se hiciera parte de ella- que podemos llamar el understatement. Le sugiere que ha creado a un personaje, a Hitchcock, esa silueta que quiere asustarnos a todos, ese hombre que pasa de pronto por alguna escena de todos sus largometrajes, sin tener que dar el espíritu a cambio como tuvieron que hacerlo Walt Disney o Charles Chaplin. Le hace decir que sólo se pueden adaptar en paz los libros malos, que la labor principal de un director es dilatar el tiempo, que las profesiones de los personajes no pueden ser simples adornos y que a la gente que entra en un cinema, por más que a los críticos sin imaginación les cueste entenderlo, lo único que les importa es el film puro: los pedazos de película unidos por la música, por los encuadres, por los movimientos de la cámara. Le recuerda, en algún momento, que La ventana indiscreta es su mejor obra porque nos recuerda quiénes somos cuando vemos una película.

Pero Hitchcock se resiste, en aquella conversación, a ser considerado un artista. Se resiste a recibir elogios que no sean las asombrosas cifras que espera en las taquillas. Cambia de tema cuando el hombre que lo consulta, “como Edipo al Oráculo de Delfos”, trata de hacerle caer en cuenta de que es el autor de una forma de ver la realidad que vemos todos. Y todo en un solo volumen, en un solo libro de bolsillo a punto de quedarse sin cubierta, que en el fondo defiende nuestro derecho a reinventar la vida.

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