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Hello, Stranger

Por Jorge Mario Sánchez

Closer (2004), del septuagenario Mike Nichols, nos incita, gracias a su humor negro, sus escenas contundentes, sus estupendas actuaciones y un guión preciso (basado en la obra teatral de Patrick Marber), a cuestionar nuestra vida en pareja, a meditar sobre los verdaderos motivos que nos llevan a involucrarnos en una relación sentimental. El filme abre una ventana que ilumina algunos pasadizos oscuros de las “relaciones” de nuestro tiempo, los cuales contemplamos no sin cierto horror, y lo hace recurriendo a una acertada simplificación: la mayoría de sus escenas son brutales y dolorosas.


Nichols se vale de una sorprendente economía de recursos. Sólo cuatro personajes abarcan toda la acción, y dicha acción se reduce a los eventos comunes en la relación de pareja: el encuentro, la traición, el engaño, el abandono. La historia se desarrolla en un Londres frío y opaco. Sus dos mujeres (Anna y Alice) son norteamericanas, y sus dos hombres (Larry y Dan) son ingleses. Los personajes giran alrededor de una serie de ideas y es a través de ellos, al interpretarlos, que podremos entender mejor el sentido del filme (estas ideas centrales serían: La necesidad de la mentira en un mundo donde la verdad –la realidad- es aterradora; la imposibilidad del amor; la imposibilidad de un verdadero conocimiento de los otros, de una comunicación y una comprensión reales (sobre todo entre los miembros de la pareja); el desconocimiento de nosotros mismos; el egoísmo, el sadomasoquismo, los celos, la urgencia permanente por competir y ganar, el deseo de venganza).


Anna (Julia Roberts) es fotógrafa. Le gusta retratar extraños, y el título de una de sus exposiciones lo ejemplifica: “Strangers”. A pesar de que desea aprehender a los otros tomando sus fotografías nunca logra salvar la enorme distancia que los separa de ella. No los conoce ni se acerca a ellos, no sabe la verdad, se conforma simplemente con una imagen. Los conserva en la mentira, una mentira hermosa. “Las fotos hacen que el mundo parezca hermoso”, dice Alice al ver la exposición. “Son una mentira. Todos aman las grandes mentiras”. Nuestra sociedad le rinde un culto obsesivo a la imagen: nos rodeamos de fotografías que presentan un mundo maravilloso y perfecto que no existe –el mundo falso de las vallas publicitarias– y que nos hacen anhelarlo, nos hacen querer escapar de la oscura realidad que nos oprime. Alienados, perdemos contacto con nosotros mismos y con los demás, tal como le sucede a Anna.


Porque quizá lo que ella busca al retratar extraños es conocerse a sí misma. A lo largo de la película vemos su incapacidad para decidir y autoafirmarse. Cuando abandona a Larry, su esposo, la percibimos como una mujer fría, vacía, incapaz de reacciones o emociones genuinamente humanas. Se asemeja a un barco a la deriva, cambia a cualquiera de sus amantes por otro casi sin querer, influenciada por ellos o por el mismo azar. Los usa igual que usa a los modelos de sus fotografías, con la indiferencia que nace del vacío interior.


Larry (Clive Owen), por su parte, es un hombre con un marcado narcisismo. Todo en él pretende ser superior para afianzar su ego. Le resulta humillante haber sido engañado por Dan, quien en una sala de chat sobre sexo se hace pasar por Anna, excitándolo sexualmente y haciéndole sentir una enorme curiosidad por ella. Durante esta conversación virtual, Larry nos brinda una clave importante sobre su personalidad: le confiesa a Dan (¿Anna?) que se masturba pensando en sus ex novias y nunca en su novia actual. Como buen narcisista, siempre anhela aquello que ya no tiene. Lo excitan las prostitutas porque son frías y porque no lo aman ni lo desean. Para él la mujer es un objeto más para afianzar su ego: el hecho de ser abandonado por su cónyuge lo destruye, porque destruye su imagen inflada de sí mismo. Cuando Anna lo deja –lo cambia por Dan– su vida se desmorona. Hasta ese momento Larry estaba convencido de que le hacía un favor a Anna al haberse casado con ella.


El día en que se conocen, Anna le dice a Larry, con respecto a su “encuentro virtual” con Dan: “Internet: posibilidad de genuina comunicación global. Medio democrático. Dos tipos masturbándose en el ciberespacio”. Internet ofrece la ilusión de la cercanía, del derrumbe de las fronteras entre los seres humanos, por encima incluso de los demás medios de comunicación. Es la ilusión de la comunicación: podemos hablar virtualmente con cualquier persona en cualquier parte del mundo, pero al no existir contacto físico, al no escuchar siquiera nuestras voces, resulta más sencillo falsearnos a nosotros mismos, escondernos (protegernos) detrás de una máscara. Nos convertimos, a través de Internet, en nuestra imagen ideal, en lo que desearíamos ser o deseamos tener (como hace Dan cuando finge ser Anna, a la que desea). Al igual que con las fotografías, el director utiliza esta charla a través de Internet como una metáfora del falseamiento al que recurrimos cuando queremos acercarnos a alguien, lo cual termina aislándonos aún más.


De Larry también podemos decir que es un ser básico, un “salvaje” que trata a las mujeres como prostitutas y que anhela su sometimiento. Cuando Anna lo abandona, se obsesiona por saber los detalles de los encuentros sexuales entre ella y Dan. La razón es sencilla, y se la grita a su mujer: “¡Porque soy un maldito cavernícola!”. De nuestros antepasados menos evolucionados conservamos aún el impulso masculino de competir. Al final, Larry gana su duelo personal con Dan, en el cual los trofeos han sido siempre las mujeres deseables.


Dan (Jude Law) es la imagen perfecta del niño embelesado, caprichoso o derrotado. Él busca en las mujeres una madre que lo cuide, lo proteja, lo mime, le ayude a vivir; y, justamente, ellas ven en él al niño que desean amar. Al contrario de Larry, fuerte, enérgico y salvaje por fuera, Dan nos parece un hombre frágil propenso a las pataletas. A los dos los une, no obstante, su egocentrismo formidable y su deseo de vencer al otro.


Cuando Dan conoce a Alice ella acaba de llegar a Londres desde Nueva York, y es atropellada por un auto. Dan siente entonces el impulso de guiar a la extranjera Alice, de protegerla de un mundo hostil y desconocido para ella. Él explica después su permanencia juntos: “Ella es adorable e imposible de abandonar”. Aunque quisiera, Dan no puede separarse de Alice porque cree que ella lo necesita en extremo y esto infla su ego. Cuando decide cambiarla por Anna (una mujer mayor, más parecida a la madre que necesita), siente lástima por Alice y no desea que se marche porque “No es seguro allá afuera”. Esa primera visión de ella (al ser atropellada) se ha quedado incrustada en su mente. Al final, Dan está condenado a recordar y a querer repetir con Alice aquello que vivió y sintió cuando la conoció; desearía que ella fuese siempre así de vulnerable para poder cuidarla. Pero el encuentro sexual entre Alice y Larry le ha arrebatado a ella la “inocencia”, piensa Dan. Por eso desearía que Alice fuese de nuevo una extraña y que el tedio de la vida juntos no hubiera aplacado la emoción de descubrir a un desconocido, de sentir interés por lo que se oculta bajo la superficie y que ahora él cree conocer hasta la náusea. “Eras perfecta”, le dice Dan, convencido de estar haciéndole un cumplido. Ella le responde: “Aún lo soy”.


Cuando Dan ha perdido a Anna de nuevo, Larry se apiada de su llanto y le da la dirección donde puede encontrar a Alice, la mujer que había abandonado. Dan no duda en buscarla: cualquier cosa es preferible a quedarse solo, a no dormir entre los brazos arrulladores de una madre (la verdadera la perdió hace más de 20 años). La frase final de la canción con la que se abre y se cierra la película, The Blower’s Daughter de Damien Rice, es esta: “No puedo dejar de pensar en ti… Hasta que encuentre a alguien más”.


Y, sin duda, el personaje más complejo y fascinante de la película es Alice / Jane, interpretada por una sorprendente, sexy y visceral Natalie Portman. Es ella quien mejor representa la dualidad entre mentira (enajenamiento, “stranger”) y verdad (acercamiento, “closer”) que define el filme. De allí sus dos nombres: Alice (la mentira) y Jane (la verdad). Alice nos demuestra desde el principio que el engaño y el fingimiento son preferibles porque la realidad es cruel e intolerable. Ella sabe que sólo usando una máscara puede lograr algo de felicidad, puede llegar a amar. Por eso nunca le dice a Dan su nombre verdadero. Cuando lo conoce, toma su seudónimo de una de las placas que recuerdan a esas personas que dieron su vida por los demás. La verdadera Alice Ayrees murió rescatando a unos niños de un incendio, y la falsa Alice (Jane Jones) se adueña de este nombre porque desea amar y sacrificarse por otro ser humano, dejar atrás un pasado tal vez doloroso y vacío. Jane será desde ahora la madre de Dan bajo el seudónimo de Alice. Ella lo dejará de amar el día en que él le exija la verdad, porque al rechazar la mentira la rechaza también a ella.


Para Jane el amor es una pretensión, y no es por tanto una experiencia interna y espontánea sino algo superficial, concebido gracias a un esfuerzo de voluntad. Ella elige a quién amar. Cuando ella es real, cuando es Jane Jones, trabaja como una stripper que se desnuda ante desconocidos. No le importa ser deseada y utilizada por ellos porque carece de emociones; al dejar a un lado su máscara es aún más vacía que Anna.


Nuestro mayor anhelo, cuando decidimos amar a alguien, es compenetrarnos profundamente con esa persona, poseerla, sentirla en nuestro interior y penetrar en su alma. Ser uno. Quisiéramos una verdadera comunicación, una fusión, un entendimiento. Pero tarde o temprano nos damos cuenta de la imposibilidad de ello, de que nunca dejaremos de ser extraños, y nos sentimos atrozmente frustrados. Alice ya no desea amar a Dan y resuelve abandonarlo, y él le pide que no lo haga porque la ama; ella le replica: “¿Dónde está ese amor? No puedo verlo. No puedo tocarlo. No puedo sentirlo. Sólo escucho unas palabras, pero no puedo hacer nada con tus palabras fáciles”. Ella le ha perdonado todo, se ha entregado completamente, pero se ha dado cuenta de que él siempre estará ahí afuera, a miles de kilómetros de distancia a pesar de verlo tan cerca. El egoísmo de Dan y la máscara de Alice impiden la unión. No existe ningún vínculo entre los dos. El amor es etéreo e inasible, casi inexistente.


Y así transcurre la película, en medio de los encuentros y desencuentros de cuatro seres humanos encerrados en sí mismos, anhelando amar pero sólo capaces de pretenderlo, de hacerlo por medio de máscaras. Y ellos nos dicen que, como con tantas otras cosas, hemos construido uno de los pilares de nuestra sociedad, la relación de pareja (llámese noviazgo, matrimonio, etc.), sobre una utopía, el ideal del amor y de la verdadera comprensión entre los seres humanos. Pero estamos condenados al aislamiento, a mantenernos tras “la barrera infranqueable, la distancia vertiginosa que ni el amor puede salvar” (palabras de Cortázar). Nuestras intenciones al involucrarnos sentimentalmente con alguien pueden ser mucho más mezquinas y egoístas de lo que pensamos; en este caso, el romanticismo no es más que una racionalización. Cabe entonces preguntar: ¿es el deseo de vivir en pareja un impulso instintivo, proveniente de nuestro pasado animal, o acaso este impulso ya ha sido convertido en un paradigma más, en una elaboración de nuestra mente, condicionada y ajustada por las sociedades que nos han precedido? De ser esto último, no sería extraño que en un par de siglos viésemos el matrimonio como una práctica obsoleta. Entre tanto seguiremos representando la comedia, protegidos siempre por nuestros disfraces.

http://www.elpersa.blogspot.com/

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