Artículos

Buscando a Juan

Por Nicolás Mendoza

Juan Fischer tiene una versión oficial sobre la génesis de su película Buscando a Miguel; según esta versión oficial, la que cuenta primero, la película se gesta a partir de una noticia que leyó hace diez años: “se trataba de un tipo que se había levantado en una morgue en Barranquilla: le habían dado un palazo y se lo habían llevado para que los estudiantes de medicina tuvieran cadáveres para hacer autopsias”. Aunque es cierto que en su película hay “un tipo que se despierta en una morgue”, la verdad es que Miguel, el protagonista se hubiera podido despertar en un potrero, en un burdel o en cualquier lugar y seguiríamos teniendo la misma película, la misma road movie urbana en la que lo que importa es el camino.

Entonces, ¿Cuál es la verdad, la versión off the record, que es la que nos gusta? Después de haber charlado un buen rato, Fischer ya está más relajado y sin darse cuenta me arroja la clave a la cara: “para mí era increíble ver a los que eran mis amigos, los bacanes con los que jugaba fútbol en el colegio hechos unos hijueputas, corruptos… pero se veía venir, ya chiquitos uno les oía cosas escalofriantes como “es que los pobres son pobres porque son brutos””. Ahí si se entiende por qué es necesario que Miguel conviva con un travesti, y con una comunidad cartonera, y se entiende que la morgue es un trámite cinematográfico.

La mejor explicación para Buscando a Miguel es que es una película que viene de una decepción profunda de su director: ha perdido a sus amigos de infancia, se los ha devorado la manigua del horroroso clasismo bogotano, ahora están irreconocibles y todos somos culpables. De ahí que no requiramos una estructura argumental muy compleja, lo importante es que la película nos rete: “confrontar al espectador con sus propios demonios, y cuando hablo de demonios hablo de la moral imperante y de los prejuicios y de la manera como lo han enseñado a ver las cosas”.

Lograr esta sensación de incomodidad es la medida del éxito de Fischer, en medio de una película que está lejos de creerse perfecta. Lo acertado es que el ataque al clasismo se hace con una manera de hacer cine que no es clasista, como suele serlo el mainstream cinematográfico colombiano (basta acordarse de los soldaditos de Soñar no Cuesta Nada comprándole ropa a Ricardo Pava).

Nada de concesiones esteticistas y nada de product placement. “Si uno está demasiado obsesionado con la estética de las escenas, termina es con unas actuaciones muuuuy rígidas” dice Fischer y explica con un ejemplo: “Hay películas en las que los actores no se pueden mover tres centímetros porque ya se están saliendo de foco; eso hace que todo se vuelva un poco rígido.”

Al describir su método cinematográfico en el que la prioridad es “respetar lo que está sucediendo en la escena, y capturar el ritmo real de la escena”, Fischer cuestiona la dirección convencional en Colombia: “Las actuaciones generalmente son muy orientadas hacia dar un resultado. En el cine no se puede pensar en hacia dónde va uno, sino en gozar el camino, la experiencia, y que éso que están haciendo los actores enfrente de la cámara esté sucediendo por primera vez.”.

Las consecuencias permean toda la producción: “muchas veces es necesario hacer planos secuencia, la cámara puede girar en cualquier momento y mostrarnos otro pedazo de una habitación”, lo cual hace necesario preparar toda la habitación (o toda la calle) para que la cámara haga un registro de lo que estaba ocurriendo allí. “Al director de fotografía le toca esconder luces por todas partes” dice sonriendo.

Fischer nos quiere mostrar que en la marginalidad hay seres igualmente humanos (no mejores sino igual de buenos e igual de malos, como bien lo sabía Buñuel), por eso toda la película está hecha con cámara en mano “es como si hubiera un personaje más, como si el espectador caminara invadiendo la privacidad de los personajes y esto hace que estén mucho más al desnudo”.

Después de charlar con Juan Fischer, queda en la mente la imagen de un niño inquieto y atrevido que está aprendiendo a usar sus crayolas; y que por ahora muestra orgulloso lo que ha descubierto. A sus cuarenta y siete años inspira la sensación de ser un muchacho cuyo mejor trabajo está por verse, y es promisorio. Buscando a Miguel es como un caldero en ebullición, lleno de ideas poderosas que su director apenas está empezando a dominar.

 

***

 

Artículo publicado originalmente en Revista Arcadia

 

www.revistaarcadia.com

 

nicolasmendo@gmail.com

Comentarios

Para comentar usted debe estar estar registrado, ingresar ó registrarse.