Artículos

La camaleona del pelo rojo

Por Juan Gabriel Vásquez

Robert Altman fue el primero en contar la anécdota, y en Norteamérica todos los medios conocidos (y algunos desconocidos) la reprodujeron de inmediato. El director estaba reclutando a la gente de Vidas cruzadas, esa película collage que montó sobre los cuentos de Raymond Carver, y necesitaba una actriz capaz de sostener una escena de alta tensión emocional y bajo contenido textil. En otras palabras: la mujer debía aparecer desnuda de la cintura para abajo mientras le confesaba a su marido una infidelidad pasada. Madeleine Stowe, que acabó haciendo otro de los papeles de la película, ya había rechazado éste; Altman llamó entonces a Julianne Moore y le preguntó si podía hacerlo. “Puedo hacerlo, y además te ofrezco una prima adicional”, dijo ella. Altman preguntó de qué se trataba, y Moore dijo: “Soy pelirroja de verdad”.

Es fácil ver por qué este diálogo —tal vez exagerado, tal vez demasiado consciente de sí mismo— fascinó en su momento a los periodistas del entertainment. Es osado; es declaradamente sexy; es, sobre todo, desconcertante, viniendo como viene de la niña bonita de Hollywood, una mujer que ya ha agotado el cliché de belleza clásica y que podría perderse en medio de un cuadro prerrafaelita sin que nadie la encontrara nunca. Como si eso no fuera poco, es simbólico: el pelo rojo de Julianne Moore se ha vuelto uno de los mitos circunstanciales del Hollywood más reciente, un rasgo comparable con las cejas de Lauren Bacall o los huesos de Audrey Hepburn. El asunto es que Moore, que siempre ha tenido fama de ladrona de escenas, acabó en Vidas cruzadas por robarse la película entera. Es imposible olvidar esos tres minutos de puro nerviosismo sexual: Moore (el personaje de Moore) se ha derramado una copa de vino sobre la falda mientras su marido, el insípido Matthew Modine, la acusa de haber besado a otro hombre en una fiesta. Moore se quita la falda, la lava y comienza a secarla con un secador de pelo mientras cuenta que no sólo besó al hombre, sino que se acostó con él en el asiento trasero del coche. El secador sigue sonando, la mano se mueve sobre la falda con algo parecido a la neurosis, el espectador confirma que la pelirroja es pelirroja, y mientras todo eso sucede Julianne pasa de la voz neutral del narrador a la voz rota de la culpa, y termina con una pregunta histérica formulada en voz histérica y que lo deja a uno histérico para toda la noche y parte del día siguiente: “¿Es todo? ¿Es todo lo que quieres saber? ¿Es todo?” Al lado de la escena, el cuento de Carver —que no por nada se titula “¿Quieres callarte, por favor?”— parece tan tranquilo como una acuarela japonesa.

Julianne Moore es una actriz impredecible, una de esas mujeres a quienes yo escucharía gustoso leer la lista de la compra e incluso un libro de Jacinto Benavente, y todo por el placer morboso de ver qué hará enseguida. Supongo entonces que debería saber por qué Julie Anne Smith se cambió de nombre, pero no lo sé. Por otra parte, supongo que hay mil cosas que no debería saber, o que sólo debería saber si el sótano de mi casa estuviera cubierto con sus fotos o si tuviera la intención secreta de matar a Reagan para impresionarla. Sé, por ejemplo, que Moore es una mujer miedosa, pero que tiene la costumbre exótica de hacer todo lo que le da miedo: le daban miedo los caballos, y aceptó un papel de jinete; le dan miedo las pelotas, y desde hace varios años las colecciona. Sé que no le gusta ensayar y que es levemente claustrofóbica. Sé que es buena lectora, pero no logro imaginármela corriendo como se dice que corrió detrás de Tobias Wolff cuando el escritor llegó al set de Vidas cruzadas, o dándole instrucciones al director de Las horas acerca del libro de Michael Cunningham —que ella, según se dice, parecía conocer mejor que nadie. Sé, increíblemente, que después de rodar Safe, la película de Todd Haynes sobre la depresión de una mujer enferma o la enfermedad de una mujer depresiva, se vio tan afectada por la convivencia con su personaje que dejó de menstruar durante seis meses. Y debo aclarar que lo sé porque lo cuenta Todd Haynes, no una revista del corazón ni un diario con ictericia. Pero eso no es excusa: hay cosas que la gente normal no debería saber sobre la gente normal. El cine de Hollywood, y el mundo del cine de Hollywood, suspenden mucho más que la incredulidad: suspenden las normalidades al uso. Y uno acaba convertido en antólogo de pequeñas exhibiciones privadas, cuando preferiría limitarse a aquellas grandes inhibiciones públicas que son los mejores papeles de Julianne Moore.

Pues, sin perjuicio de esa maravilla de la esquizofrenia que es la pintora freak de El gran Lebowski (recuérdese la foto relativamente célebre que le tomó Jeff Bridges, compañero de reparto, en la cual aparece disfrazada de Valquiria), Julianne Moore se ha convertido últimamente en la Gran Inhibida, en la Artista de la Represión. Visto desde el presente, su personaje en Las horas funciona como abrebocas de Lejos del cielo: una especie de quintaesencia de la mujer perfecta de familia perfecta cuya vida perfecta está a punto de irse al traste. Pero Moore no es una Mujer al Borde de un Ataque de Nervios. Muy al contrario: Moore domina el ataque de nervios, y es capaz de hacer con él lo que le venga en gana. Su estilo funciona menos por explosión que por implosión, y es por eso, por la fuerza del contraste entre lo apacible de la superficie y las violencias que pueden surgir en ella de vez en cuando, que a Julianne le pertenecen dos de los estallidos más memorables de las últimas décadas. La escena de la falda y el vino es uno de ellos; el otro ocurre poco antes de una lluvia de sapos. La película es, por supuesto, Magnolia, un despliegue de actuaciones tan inusual que hasta Tom Cruise da la performance de su vida. Moore es la joven esposa de un millonario; se ha casado por dinero, y el arrepentimiento la ha devorado por dentro. En una farmacia, después de haber pedido una sospechosa cantidad de pastillas para su marido moribundo y de recibir por ello los comentarios maliciosos del encargado, Moore lanza un breve y desesperado monólogo que haría las delicias de Lady Macbeth, un caos de asociaciones freudianas, desprecio de sí misma y culpa contenida que debe haber marcado, como mínimo, un 7,5 en la escala de Richter.
 
En mi Antología Personal hay otros momentos. Está la noche que Moore, en el papel de la actriz porno de Boogie Nights, pasa en vela riendo y llorando alternativamente con la ayuda de generosas dosis de cocaína. Está el momento en que Ralph Fiennes, su cómplice en el adulterio de El fin del romance, le pone las medias y los zapatos. La escena es memorable, supongo, porque el eje de la película es justamente el opuesto —las maneras en que Fiennes se las ingenia para quitarle las medias, los zapatos y todo lo demás—, y además porque en El fin del romance no hay otras escenas memorables. En otras palabras: si he dado la impresión de Julianne Moore como productora en serie de momentos de histeria, ha sido por error. La camaleona del pelo rojo es mucho más que eso. La prueba de su capacidad de camuflaje, me parece, es bastante clara: puestos a inventarios como éste, los espectadores olvidamos sin mayor problema que alguna vez la vimos en Jurassic Park o en Hannibal, esas solemnes tonterías.

Comentarios

Para comentar usted debe estar estar registrado, ingresar ó registrarse.