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Respirar el mismo aire que Woody

Por Jimmy Arias

Y al fin, luego de un par de horas de espera y una larga fila, allí estaba el hombrecito menudo, enjuto, de pelo cano desordenado, y con las legendarias gafas gruesas, marco ineludible de sus ojillos de ratón acorralado. Y de ratón en el matadero, porque Woody, el gran Woody Allen, descendió del firmamento del cine mundial y osó poner su piececillo en un escenario distinto, exigente e implacable, muy lejano a sus amados sets de cine: el Festival de Jazz de Montréal.

Woody, sabiendo o tal vez no sabiéndolo del todo a lo que se exponía, después de un lobby de cerca de tres años, según los organizadores, aceptó la invitación del evento más importante del mundo de este género musical, para enfrentarse a conocedores, críticos y fanáticos del jazz, con su banda de New Orleáns, y su clarinete. Pobre Woody. Nada de cámaras, nada de argumentos, nada de claquetas, nada de actores tras los cuales guarecerse. Solo el hombrecito gracioso de las gafas gruesas y su clarinete frente 2.300 pares de ojos y 2.300 pares de oídos comiéndoselo vivo.

El sólo, solito, evidentemente nervioso y un tanto vacilante, se entregó en cuerpo y alma a las fauces del auditorio, durante dos noches seguidas (29 y 30 de junio), con boletería agotada desde cuatro meses atrás. Y Woody sobrevivió, pero no su imagen como músico. O bueno, como músico aficionado sí sobrevivió. ¿Pero acaso qué esperaban? ¿Un virtuoso? ¿Un mago del clarinete? ¿Un visionario del jazz? Por favor, zapatero a tus zapatos, y antes estamos en deuda eterna con él, gracias a su maravilloso legado cinematográfico.

Y claro, la prensa de la ciudad le cayó al pobre Woody con todo: “le aconsejamos que se quede como director de cine”, dijo Alain de Repentigny, de La presse, el diario en francés más importante de la ciudad; “su sonido es almibarado y desprovisto de lirismo, es un amateur”, apuntó Philippe Rezzonico, de Le journal de Montréal; “lo hace bien, pero para seguir con sus amigos en el Café Carlyle de Nueva York, eso sí, se le abona  la intención”, comentó Claude Coté, de Le Journal Metro, en una nota titulada ‘Woody y los robots’.

Pero Woody siempre lo advirtió y lo repitió hasta la saciedad: “somos unos principiantes que amamos el jazz, no somos unos profesionales”, y al propio diario La Presse, en una entrevista anterior al concierto, le aseguró: “yo siento respeto por los músicos de verdad y hasta pena me da a veces estar en un concierto y enfrentar a un auditorio”.

Woody se presentó de pantalón y camisa caqui, con las mangas de esta última remangadas hasta la altura de los codos. Muy juicioso, sentado, como un buen muchacho disciplinado y aplicado, se despachó dos horas de música, sin siquiera descruzar la pierna derecha de la izquierda. A duras penas, nervioso, quizá, se tomó algún breve instante para alisarse los pliegues de su pantalón o sonrió cómplice con alguno de sus músicos. De hecho, solo habló un par de veces.

“Estoy muy contento de estar aquí, gracias a todos, espero que les guste, vamos a hacer nuestro mejor esfuerzo”, y la otra, cuando presentó a los miembros de su banda, entre ellos Hedí Davis, en el banjo, y Gregg Cohera, en el contrabajo.

De resto, su “mejor esfuerzo”, que desplegó por fanfarrias, aires de gospel, jazz y blues de New Orleáns, a lo largo de canciones como Down by the riverside (en el que interpretó un muy buen solo de clarinete), Over in the glory lord, Girl of my dreams y una versión de La vie en rose.

“No soy lo suficientemente músico como para llamar la atención”, dijo Woody Allen en el documental Wild Man Blues, filmado durante su gira de conciertos por Europa, en 1996. Y eso que estaba en gira, pero se equivocó, porque, fuera como fuera, llenó los dos días de concierto en el Festival de Jazz de Montréal. Eso sí, Woody no será un ‘maestro’, pero es un buen músico, divertido y, para nada, ‘chambón’, con una interpretación mucho más que ‘decente’ como algunos afirmaron.

No obstante, y siendo honestos, todo el mundo estuvo allí por la curiosidad, más que por la expectativa artística, por “respirar su mismo aire”, como afirmó (muy acertada por cierto) Kate Molleson, crítica musical de The Gazzette, el único diario en inglés de Montréal.

“No importaba el instrumento, ahí estaban sus gafas, queríamos oírlo hablar, no oírlo tocar, saber que existe, que es uno de nosotros, que ese tipo divertido y genial de Annie Hall, de Manhattan, es real…”, afirmó Molleson. Y, pese a los críticos de pergaminos, la gente disfrutó del concierto y fue cálida con Woody, nadie se salió ni le hizo el feo a su presentación.

Claro que no todo fue garrote para el gran Woody, porque, por ejemplo, Guillaume Bourgault, del diario conservador Le Devoir, lo calificó como “un clarinetista de buen nivel, concentrado y aplicado”.

Woody, en múltiples ocasiones, ha confesado que su gran sueño siempre fue ser un músico profesional, desde que oyó, a los 15 años, a Sydney Bechet en la radio. Sin embargo, le tocó contentarse solo con su ‘banda de aficionados’ porque el cine colmó casi toda su capacidad creativa, gracias a Dios. Así que, admirado y ojalá eterno Woody, no hagas caso a los críticos mala-leche y sigue almibarando nuestros oídos, pero especialmente, nuestros ojos, que seguro, sin tus películas, no, nunca, serían lo mismo.

Montreal, julio 25 de 2008

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