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Hombre en Venecia

Por Gregorio Sánchez
No es difícil entender por qué algunos piensan que Larry Clark es un viejo enfermo, peligroso, desequilibrado, que disfruta profundamente espiando el mundo de los adolescentes menores de edad. Su obra suena a delito. Y si, uno la ve desprevenido, si uno ve al personaje de Ken Park masturbarse atado a la chapa de su puerta, o ve al protagonista de Bully violar a una mujer mientras ve un video porno homosexual (ampliemos la lista: si uno ve cómo un nieto acribilla a sus abuelos, cómo un padre comete incesto con su hija, cómo un skater se vuela la cabeza en un parque, cómo un grupo de amigos drogados asesinan a golpes a un abusador en las historias filmadas con la cámara al hombro de Clark), lo más probable es que tenga la sensación de que alguien ahí, en esas películas, está cometiendo un horrendo crimen. Los trabajos cinematográficos de Larry Clark, como aquellas fotografías suyas que los principales museos neoyorquinos exhiben en sus paredes, están plagadas de explícitas escenas de sexo entre personas que aún no cumplen los 17. No habría que decir nada más si buscáramos promocionarlas. Quizás que son largometrajes brillantes. Que algo han descubierto del mundo en que vivimos.

Se trata de Estados Unidos: el lugar que nos hemos visto obligados a vivir desde los años noventa, un paraíso artificial lleno de sótanos infernales que negamos a muerte, jamás ha sido narrado con la tremenda honestidad que Clark despliega en todas las escenas que filma. Sí, Gus Van Sant ha revisado sin afectaciones el mundo de los drogadictos, de los estudiantes marginados, de los monstruos de barrio a quienes nadie voltea a ver, pero es Clark, con su espíritu sin compromisos, con la libertad que le ha dado el hecho de no haber conseguido venderse a los estudios (no porque no haya querido: la orgía final de Ken Park le cerró todas las puertas del mundo), quien ha señalado, como un documentalista capaz de organizar sus ideas, el horror que vive en las calles de aquel país en donde todo funciona en la superficie. Scorsese ya lo había hecho: sus calles eran malas, peligrosas, una tentación bajo mil formas. Spielberg construyó un imperio sobre la misma base: pequeños barrios alejados del centro de la ciudad que podían transformarse en pesadillas, pistas de aterrizaje de extraterrestres, cementerios vivos, de la noche a la mañana. Pero, ¿y la confusión sexual de estos niños?, ¿y qué pasaba ahora, años después, en un mundo sin padres?

Para eso estaba Larry Clark, nacido en Tulsa, Oklahoma, en 1943, en una familia menos dramática de lo que podría imaginarse. Fue al colegio como cualquiera. Sobrevivió al sinsentido de la guerra de Vietnam sin pasarse una vida reclamándole al mundo su desgracia. Y estudio arte en Wisconsin. Pronto, a comienzos de los 70, cuando aún no cumplía las 30 años, se convirtió en una celebridad del mundo de la fotografía gracias a un libro de retratos íntimos, duros, convincentes titulados Tulsa. No se trata de un trabajo fácil de abrir. Recoge fotografías tomadas desde 1963 hasta 1971 y muestra a Clar y a su grupo de amigos perdidos en la vida inyectándose drogas, teniendo relaciones sexuales y viviendo sin mirar hacia adelante. "Todos tomábamos drogas", dijo. "La diferencia es que mis amigos entraron en el mundo del crimen". La autodestrucción juvenil, que Tulsa documenta a la perfección, parecía ser una realidad que nadie quería.

Más adelante (1982 y 1992) aparecerían dos libros más, Perdición adolescente e Infancia perfecta, que confirmarían la leyenda: había en Estados Unidos un hombre, en ese entonces un hombre maduro, dedicado a observar con compasión, sin atenuantes, sin tener muy claro la línea entre el documento y la perversión, la desolada vida adolescente. Se trataba de un hombre capaz de fotografiarse sin ropa rodeado de adolescentes. Capaz de retratar a un quinceañero mientras una prostituta hacía su trabajo. Se trataba de un fotógrafo cuyo trabajo Martin Scorsese había usado para ciertas imágenes de Taxi Driver (¿quién iba a pensar que esa Jodie Foster de 13 años haciendo de prostituta tenía algo de imagen lograda por Larry Clark?), Francis Ford Coppola había reciclado en dos películas seguidas sobre el mundo de los jóvenes y Gus Van Sant había incorporada a su propia visión tortuosa de la realidad a la que los medios suelen darla la espalda. Nada más, nada menos.

Su primer película, Kids, de 1995, lo convirtió en un personaje reconocible más allá de las galerías de arte contemporáneo y las salas de los cineastas más preparados. Era un viaje en tiempos del sida, de culturas subterráneas más allá de la alegría televisiva, de niños abandonados por sus padres en el vacío del futuro, en fin, era una travesía escalofriante que todo el tiempo nos señalaba una verdad: que no teníamos ni idea de en qué mundo estábamos viviendo, que el planeta no era aquel lugar organizado que el cine nos había presentado en los últimos cien años, sino un lugar devastador, terrible, en donde era todo un logro llegar a viejo sin haber perdido el espíritu o las bondad o alguna extremidad en el proceso. Sus escenas, como sus fotografías (y esto lo confirmarían Bully, Another Day in Paradise, la tonta Caveman y la descarnada Ken Park), no le ahorraban al espectador ni una sola imagen por más dura o privada que fuera.

Larry Clark vive en Nueva York con sus tres hijos adolescentes. Montó en monopatín, en Washington Square, hasta que cumplió los sesenta años. Ha superado el tiempo en que vivió con prostitutas, se drogó, perdió las perspectivas. No lanza mensajes contra la droga ni el suicidio. Pero sabe que su labor tiene que ver con darle una mano a los demás. Es, gústenos o no su obra, nos den asco o no sus miradas de reojo a la sexualidad juvenil, un artista de fondo, un brillante observador de la realidad, un solidario seguidor de vidas sin esperanza. Cuesta hoy defenderlo cuando se le acusa de morboso, verde, pederesta con las manos lavadas, pero en unos años, cuando no lo tengamos cerca y podamos ver en perspectiva el universo que ha rescatado del horror y del olvido, cuando logremos ver en sus escenas sexuales la salvación de sus personajes y no el gancho comercial al que nos han acostumbrado las revistas de moda, le daremos las gracias por haber pasado por la tierra.

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