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Sydney Pollack (1934-2008)

Por Ricardo Silva Romero

La biografía del cineasta Sydney Pollack lleva a pensar que una vida, a pesar de todo, puede ser una historia de amor. Desde que nació en aquella frágil familia de raíces judías, el 1 de julio de 1934, fue evidente para él que sus padres no veían las cosas de la misma manera, que había algo en el ambiente que hacía imposible que esas dos personas se entendieran. Muy pronto los do señores se divorciaron. Y su madre murió de golpe sin haberse sobrepuesto a una melancolía que nunca la dejó en paz. Pollack, que siempre se vio a sí mismo “como un niño triste e impopular”, comenzó entonces a tomar sus propias decisiones. Dejó el lugar donde pasó su infancia, South Bend, Indiana, a los 17 años. Y en vez de dedicarse a la odontología, como quería su padre, un farmaceuta que no paraba jamás de trabajar, se fue a Nueva York a transformarse en el artista que fue.

 Pronto se dio cuenta de que la escuela de actuación a la que había entrado, The Neighborhood Playhouse School of the Theatre, “era la mejor escuela del mundo”. Sanford Meisner, su maestro, le pidió que enseñara junto a él. Y fue en el ejercicio de ese nuevo oficio como conoció a la alumna con la que estuvo felizmente casado hasta el día de su muerte: Claire Griswold. Pronto, junto a esa mujer que nunca tuvo afán de famas, se inventó la familia que tanta falta le había hecho. Se mudó a Los Ángeles. Trabajó como asistente en un largometraje de 1961 titulado Los jóvenes salvajes. El gigantesco protagonista, Burt Lancaster, lo animó a volverse realizador cuando notó lo bien que entendía a los actores. Y desde ese momento, al tiempo que nacían sus tres hijos, se fue convirtiendo en uno de los directores más importantes de Hollywood. Filmó algunas de las más exitosas obras norteamericanas de los últimos cincuenta años. Se llevó dos premios Óscar en 1986. Siempre, como director o actor o productor, fue fiel a su pasión por las buenas historias.

 La relación con su esposa, que lo vio morir el pasado 26 de mayo, que le sostuvo la mano mientras moría, le hizo saber que sí era posible hacer una vida entre dos personas. Pero las 19 ficciones que dirigió, desde La vida vale más (1965) hasta La intérprete (2005), parecerían decir todo lo contrario: que todas las historias de pareja son, sin falta, una tragedia. El periodista Scott Holleran, de
www.boxofficemojo.com, le preguntó hace unos meses, precisamente, por qué los enamorados de sus relatos jamás acaban juntos. Y él capoteó el asunto con las palabras “no tiene que ver con lo que creo sino con lo que me parece más efectivo en un drama: las historias de amor que no nos dejan en paz son sobre oportunidades perdidas”. Sydney Pollack fingía, pues, que era un simple narrador, un director por encargo en la tradición de la edad de oro de Hollywood, un William Wyler, un Michael Curtiz. Pero un breve recorrido por su filmografía prueba que era un autor coherente cargado de obsesiones.

 Se le escapó algún día que el estupendo Robert Redford le sirvió siete veces de protagonista, entre tantas estrellas que lo acompañaron (por sus películas pasaron Harrison Ford, Dustin Hoffman, Barbra Streisand, Sean Penn, Nicole Kidman, Meryl Streep, Tom Cruise, Gene Hackman), porque lograba contener el dolor mejor que todos. Reveló que la sofisticada música de sus obras, compuesta por el jazzista Dave Grusin casi siempre, jugaba con los sentimientos de sus héroes. Concedió que las muertes trágicas de su madre y de su hijo menor le hicieron imposible participar en producciones ligeras. Y reconoció que no hubiera podido hacer lo que hizo si hubiera nacido en otro tiempo, si su generación no hubiera idolatrado a los cineastas europeos de las nuevas olas o si los estudios hubieran sido en ese entonces las multinacionales torpes que ahora son. Muy pocas veces aceptó, no obstante, que se le fue una vida contando la misma historia.

Desde 1965 hasta 2008 dirigió veinte largometrajes. Y en todos siguió con sumo respeto la odisea de un personaje que se ha enamorado en el mundo equivocado: si uno lo piensa con cuidado, si se detiene en cada uno de los 40 enamorados que pasaron por su cámara, se da cuenta de que sus mejores héroes, la mujer rebelde de El baile interminable (1969), el joven conservador de Nuestros años felices (1973), el detective cansado de Yakuza (1974), el investigador paranoico de Los tres días del cóndor (1975), el actor desesperado de Tootsie (1982), la mujer extraviada de África mía (1985), el jugador cínico de Havana (1990), el abogado inexperto de La firma (1993) y el policía maltrecho de Random Hearts (1999) han venido a la vida en una era en la que el amor no es suficiente.

 “No me importa que sea un thriller o una comedia”, aceptó, sorpresivamente, hace unas semanas, “porque un argumento siempre es una historia de amor para mi: el conflicto entre dos personas que desearían no ver el mundo de manera diferente”. No dijo nada más. La confesión paró ahí. Podría decirse, sin embargo, que hizo veinte películas para deshacerse de todo lo que pudiera arruinar su vida feliz en la tras escena. Que logró darse las gracias a sí mismo, a punta de películas, por no tener la vida de sus padres. Y que nos dejó a todos, de paso, con la esperanza de morir cuando el relato haya valido la pena.

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