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El infeliz

Por Ricardo Silva Romero

Woody Allen no puede ser feliz. Lo único que consigue, cuando lo intenta, es distraerse. Por eso se sienta todo el día a inventar películas en su vieja máquina de escribir: porque aspira a no pensar, a no enloquecerse, a no enfrentarse con el vacío. Sabe que cualquier paréntesis, cualquier momento de reflexión, podría llevarlo a la desesperación. Dedos ocupados, dedos felices: esa es su máxima. No le importa si sus películas son buenas o malas, si encantan o marean, si ganan miles de premios o si se irán por el huracán del inodoro cuando él se muera. Lo único que quiere es atravesar el día. Como un alcohólico anónimo.

Se sintió incómodo en el mundo desde los cinco años. Cuando nació, el 1 de diciembre de 1935, se llamaba Allan Stewart Konigsberg y sólo era un bebé judío de clase media, sonriente y sin problemas, pero unos años después, cuando entró al colegio y entendió los programas de radio, los peligros de las calles y las peleas de sus padres, comenzó a encerrarse en su cuarto. Aún hoy, a los 66 años, recuerda las miradas, los olores y las voces de su infancia. Es como si las viviera. Como si estuviera ahí y el día comenzara, siempre, con esa primera fila para entrar al salón de clases. No, nada ha cambiado dentro de él. Aún hoy choca con la realidad y trata de evitar la hostilidad y los problemas.

Cuando va a Brooklyn a revivir esas mañanas en que viajaba al colegio por los callejones para no encontrarse con nadie, se da cuenta de que aún le tiene algo de miedo a los demás. Es ese niño que a los tres años fue por primera vez al cine y, fascinado, trató de tocar la pantalla en donde Blancanieves esperaba a que los siete enanitos volvieran de la mina. Es el niño que se enamoró a primera vista de Manhattan y entendió, mientras veía las películas de Tyronne Power, Walt Disney y Billy Wilder, que podría ganarse la vida filmando historias. Jamás comprendió el sentido de su propio Bar Mitzvah, siempre odió a las profesoras de pelo azul y faltó a muchas clases para leer comics o practicar trucos de magia a escondidas. Sí, pudo ser ayer.

Lo puede ver. Ahí está la grabación de Sidney Bechet que lo animó a tocar el clarinete. Y ahí, al final de la infancia, cuando las mujeres, los deportes y las películas de Bergman, Fellini y Antonioni estaban a punto de enloquecerlo, está la decisión histórica: escribiría chistes para los periódicos de Nueva York y, para que sus compañeros de curso y sus familiares no estuvieran pendientes de su éxito o de su fracaso, se cambiaría de nombre. Ya no sería Allan Stewart Konigsberg: ahora, desde el 25 de noviembre de 1952, sería Woody Allen. Sí, así fue: así ocurrió el cambio de nombre más afortunado de la historia.

Su paso por la universidad fue breve -llenaba los trabajos de bromas que no aprobaban sus profesores y faltaba a clase cada vez que se le ocurría-, pero sus columnas de chistes lo llevaron, pronto, a escribir guiones para comediantes y estrellas de televisión. Su sentido del humor, que se inspiraba en el ingenio callejero de George S. Kauffman, S.J. Perelman, Mort Sahl, Groucho Marx y Bob Hope, era una prueba de su desencanto: a los veintiún años ya se había casado por primera vez y había llegado a la conclusión de que ser chistoso no podía ser la primera opción de una persona normal. Y que él era chistoso. Un error de la naturaleza.

Con el apoyo de Charles Joffe y Jack Rollins, sus representantes hasta hoy, se dedicó de lleno a tres ejercicios que resultarían determinantes para su vida: el divorcio, el psicoanálisis y la comedia en vivo. En su minúsculo apartamento de casado, en el diván de cuero de su analista y en el terror que sentía cuando lanzaba sus monólogos tartamudos en el escenario, aprendió que la mejor manera de hablar mal del mundo es la de hablar mal de uno mismo. Eso hizo. Se convirtió, a los 25 años, en el comediante que se odiaba, en ese observador que en la ficción resultaba brillante pero en la realidad no era más que un tipo torpe e inseguro. Era una estrella. Era Woody Allen. Nadie más ni nadie menos.

En los setenta terminó de convertirse en él mismo: apareció en miles de programas de televisión, publicó tres libros de cuentos y tres álbumes de sus presentaciones en vivo, empezó a tocar su clarinete todos los lunes con la New Orleans Funeral and Ragtime Orchestra en el Michael\\\\\\\'s Pub de Manhattan, compró el inmenso apartamento en donde vive y sus obras de teatro y sus películas -a las que finalmente llegó gracias a su fama como comediante- fueron un éxito en Nueva York y definieron toda una época del mundo. Para comienzos de los ochenta, ya se había convertido, ante los ojos de todos, en un estupendo actor, un insuperable guionista y un relevante, importante y necesario director de cine. Sí, era un autor. Como Kubrick o Buñuel. Pero era el único, en todo el planeta, que gobernaba completamente su obra.

Desde 1965 hasta hoy, Woody Allen ha hecho 35 películas. Una por año. Y todas, sin excepción, maravillosas. Sí, claro: algunas, como El dormilón, Annie Hall, Manhattan, Zelig, La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados, Maridos y esposas y Balas sobre Broadway, son obras maestras. Sí, es verdad: hay otras, como Bananas, Love and Death, Broadway Danny Rose, Días de radio, Otra mujer, Misterioso asesinato en Manhattan, Poderosa Afrodita, Todos dicen te quiero, La deconstrucción de Harry, Celebrity y Acordes y desacuerdos, que quedarán para siempre, por la emoción y la desesperanza que transmiten, en las antologías del cine y la comedia. Y sí, es cierto: el resto, esas que han puesto a algunos críticos en su contra, como Recuerdos, Septiembre y Sombras y niebla, serán consideradas, al menos, fracasos brillantes.

Porque verlas ya es un rito. Las luces se apagan y, sobre la pantalla en fondo negro, aparecen los créditos y al final, en las letras blancas más sencillas que uno pueda imaginarse, las palabras "escrita y dirigida por Woody Allen". Hay que esperar, entonces, la historia de un ser humano lleno de tics que quiere cambiar su vida. Es la aventura de una persona que necesita gafas con mayor aumento y que descubre, como cuando salimos a la calle y la luz nos hiere los ojos después de haber estado en la feliz oscuridad de una sala de cine, que la ficción es mejor que la realidad, que necesitamos la magia, el amor, el arte y el sexo para no enfrentarnos a los temas sin salida que revisan, una y otra vez, las películas de Bergman, Fellini y Antonioni.

Woody Allen es, como cualquier artista verdadero, un hombre que parodia. En unos siglos, cuando nuestro tiempo termine, y todo vuelva a ser como era antes, la gente pensará que jamás existió. Que era varias personas. Que no era posible que un solo miope fuera capaz de reírse de tantas cosas al mismo tiempo. Por ahora, mientras todo se acaba, él es uno de nuestros símbolos. Cuando las torres gemelas cayeron, quisimos saber, de inmediato, si Woody Allen estaba bien. Y sí, estaba bien. Tanto, que viajaba por Europa para promocionar La maldición del escorpión de Jade, su última película, y decía, en mil y una entrevistas, que había que aprovechar el dolor y el ataque terrorista para reflexionar sobre las razones que habían llevado a unos seres humanos a gritar de esa manera. Es hora de que Estados Unidos cambie. Eso decía.

Mientras avanzamos, y tratamos de protegernos de las cuentas por pagar y la competencia laboral, hoy, a esta hora, él está trabajando en una nueva película. No, no está borracho ni destrozando la habitación de un hotel. Se levantó a las cinco de la mañana y se acostará a las diez de la noche. En febrero terminará el guión, en abril lo filmará con la ayuda de su equipo de siempre y con el aporte de los mejores actores del mundo -que se quejarán o se acordarán con afecto de la relación distante que tendrán con el director y que al final confesarán que jamás entendieron bien de qué se trataba la película-, y en octubre, a más tardar, la nueva obra estará completamente editada. Cuando se estrene, en el otoño del año siguiente, dividirá a la crítica y al público.

Woody Allen no verá el resultado nunca y quedará convencido de que volvió a fracasar en el intento. Pero se mantendrá ocupado. Escribirá. Leerá. Se ganará algún otro premio y enviará una carta excusándose por no poder asistir a la ceremonia. Oirá chismes sobre él y verá en los tabloides sus romances, sus problemas, sus demandas. La mayoría del tiempo no se divertirá mucho, y el resto del tiempo no se divertirá para nada. Adorará a Nueva York, dice, como un hijo puede querer a un padre borracho que le pega. Se encogerá de hombros y tocará el clarinete cada lunes. Visitará a su madre y la señora una vez más le pedirá que abandone el cine y se dedique a un negocio más estable, quizás al de las farmacias. Se encontrará a gente en los ascensores y aterrado les dirá que sí, que él es Woody Allen. Y dará las gracias, por las noches, porque ya habrá terminado un nuevo día.

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