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Cuentos sin plumas

Por Andres Borda Gonzalez

Este volumen de cuentos, que recoge tres libros en uno solo (Perfiles, Para acabar de una vez por todas con la cultura, y Sin plumas), es tan, pero tan bueno que llega a molestar un poco que Woody Allen sea más conocido por sus películas que por sus escritos. Y como leer un libro es una experiencia absolutamente diferente a ver una película, los chistes, los personajes, las situaciones recurrentes de toda la obra cinematográfica de Allen (y que están también presentes en sus cuentos) adquieren aquí un aire nuevo y original, ya que en nuestras cabezas, sin imágenes limitándonos, suenan chistosos incluso los apuntes más absurdos.

La mayoría de ellos no son propiamente cuentos. A veces son sólo divertidos apuntes recopilados bajo un mismo título (uno de ellos, Para acabar de una vez por todas con la filosofía: mi filosofía, es una especie de antología ficticia de la obra filosófica del autor que se burla de tantos pensadores como puede), otras veces son biografías falsas (Recordando a Needleman, por ejemplo, nos muestra la vida de un hombre que no fue capaz de terminar de comerse un postre pues fue testigo de cómo derrumbaban un edificio), o también hay historias que consisten simplemente en cruces de correspondencia entre dos personas (en Cartas a Theo, Van Gogh no es un pintor sino un dentista expresionista que no puede creer que sus clientes prefieran que la dentadura les quede bien a que sea -por qué no- expresionista). Hay otros más serios, por supuesto, como El hombre inconsistente, en donde reconocemos la intención de hacer y estructurar un buen cuento, y no solo contarnos un par de chistes.

Pero lo cierto es que, cuando los hemos leído, la razón por la volvemos una y otra vez a ellos es para reírnos. Para los estados de depresión, tristeza, o simplemente aburrimiento, son ideales; y comenzar a leer sólo uno de los cuentos nos obliga a terminar por lo menos unos cuatro. Y es imposible no verse unos días después recordando algunos de sus chistes, como el del poeta irlandés que estaba obsesionado con el caballo de Troya, y que por eso mismo no dejaba sin revisar el interior de ninguno de sus regalos (cuando le regalaban zapatos, por ejemplo, apuntaba con una linterna en el interior y gritaba: "¿Quién anda ahí? ¿Ah? ¡Salga de una vez!").

También, como ocurre en sus películas, aquí tiende a retomar argumentos de sus escritores favoritos (de Kafka, de Dostoyevski) y los transforma por completo en bromas absurdas. Y en esta colección también vamos a encontrar los guiones para teatro que han sido varias veces adaptados, y uno que fue llevado por él mismo al cine con Sombras y niebla. Son, en resumen, muy buenos cuentos. Y son una experiencia completamente diferente a sus películas. Son literatura. Junto con sus monólogos como comediante de escenario, estos escritos son una de las pocas cosas que, una vez las hemos descubierto, nos hacen sentir un poco más felices por estar en el mundo.

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