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No acepte imitaciones: The Shop Around the Corner

Por Juan Carlos Gonzalez Arroyave

¿En qué consiste la capacidad de seducción de una película? ¿Cómo hace un filme para atraparnos en su historia? ¿Qué elementos de identificación con el espectador son los que diferencian una película exitosa de un fracaso? Además de las respuestas habituales, como la fuerza del guión, la actualidad del relato y el buen trabajo de los actores, se requiere una dosis de genialidad para nada gratuita, un no-se-que mezcla de humor, atención al detalle, oportunidad y buen gusto. Un “toque” de magia que pocos autores han sabido esparcir sobre sus obras.

Hitchcock, Ford, Wilder son tres nombres que de inmediato asociamos con esas características, fruto de su dedicada observación del medio fílmico, de su ingenio narrativo, del cuidado que ponían a la construcción de sus personajes. Pero hubo un director que compitió con ellos en esos campos, logrando superarlos en sutileza y capacidad de soterrada expresión. Hablamos, claro está, de Ernst Lubitsch, el más sofisticado y elegante director de su momento, gracias a su capacidad para expresar y amplificar los más mínimos detalles de la dramaturgia y la puesta en escena y darles una importancia casi protagónica. El suyo fue el arte de la metáfora, del símil visual sugerente que brincaba censuras y acariciaba la imaginación del espectador, mientras ponía una sonrisa cómplice en su rostro.

El “toque Lubitsch” fue su marca distintiva. Acuñado por el departamento publicitario de su estudio cinematográfico para atraer la atención sobre su modo de hacer cine, a la manera de una marca de fábrica, terminó convirtiéndose en una frase a la que cada cual intenta dar un significado valido, girando siempre alrededor de las premisas de suavidad, estilo, sutileza, elegancia, sugerencia, buen gusto y evocación. El crítico Greg S. Faller afirmaba que “el toque” podía ser visto como derivado de un artilugio del cine mudo, que interrumpía el intercambio dramático entre los personajes y se enfocaba en objetos o en pequeños detalles que hacen, o un comentario ingenioso o una revelación sorpresiva, acerca de la acción principal. El autor Herman G. Weinberg sostenía que “los rusos tienen una bebida llamada kvass, en cuyo fondo hay colocada una uva pasa que le añade sabor a todo. Los actores rusos decían ‘encuentre la pasa y toda la botella es buena’. Lubitsch siempre buscaba la pasa que le impartiría sabor a una escena...”.

Ernst Lubitsch llegó a los Estados Unidos en 1922, a sus treinta años, luego de una singular trayectoria europea. Había nacido en Berlín, hijo de un prospero sastre que anhelaba que su hijo –que desde pequeño se mostraba muy afín al mundo del teatro- se hiciera cargo del negocio familiar. Aunque al principio intentó combinar ambos mundos, para 1911 se había unido al Deutsches Theater de Max Reinhardt, y al año siguiente probó suerte en los estudios Bioscope, donde en 1913 empezó a participar como actor en películas cómicas, contando con una buena fortuna. Poco después empezó a dirigir su propio material y en 1918 había abandonado la actuación para concentrarse en la dirección, aunque desde cuatro años antes venía dirigiendo cortometrajes. Die Austern prinzessin (1919) fue la película que más notoriedad le dio en esa época, por el manejo satírico de su propuesta.

Su trabajo posterior se movió entre las comedias y los dramas históricos a gran escala, alcanzando gran figuración en ambos géneros. Sus películas atravesaron el Atlántico y empezó a ser reconocido en Estados Unidos, momento en el que es requerido por Mary Pickford para que la dirigiera en un filme. Lubitsch llegó a América para hacer Rosita (1923) y allí permanecería, motivado por la movediza situación en Alemania, y por tener la posibilidad de reproducir, desde Hollywood, el sofisticado mundo parisino, o las calles de Budapest o los jardines de Varsovia. Su segundo filme fue a su vez su primer triunfo resonante en el país, The Marriage Circle (1924). Los éxitos, a las ordenes de la Warner Brothers, se sucedían uno tras otro: Forbidden Paradise (1924), Kiss me again (1925), Lady Windermere´s fan (1925), comedias sofisticadas donde la mezcla de sexo, adulterio y lujo dio sus frutos en taquilla. En 1926 firma un contrato con la Paramount Pictures que se extendería hasta 1938. Allí realizaría su primera película sonora, The love parade (1929), sin que la transición al cine con banda sonora representara para él traumatismo alguno: la música se sumaría ahora al entramado cómico de sus “operetas picaras”. Su estilo alcanzó la madurez con Trouble in paradise (1932) y con The Merry Widow (1934), antes que su carrera se detuviera brevemente al ser nombrado jefe de producción en la Paramount, cargo que ocuparía durante un año. Volvería tras las cámaras para dirigir a Marlene Dietrich en la criticada Angel (1937) y a Claudette Colbert en Bluebeard´s Eighth Wife (1938), con guión firmado por Billy Wilder y Charles Brackett.

En marzo de 1938 deja la Paramount para formar una fugaz compañía productora independiente junto a su agente Myron Selznick. A solicitud de Greta Garbo, la MGM –que buscaba un reemplazo de George Cukor- le propone un contrato para dirigir dos películas, que Lubitsch acepta en noviembre del mismo año, sin saber que su cine alcanzaría cotas de genialidad aún mayores. “Garbo ríe” decía el eslogan publicitario de Ninotchka (1939), la primera de las dos obras para la MGM y uno de sus más grandes éxitos de taquilla. Haciendo un paralelo al “Garbo habla” con el que se hizo publicidad a Anna Christie (1930), el primer filme sonoro de la diva, ahora el publico la vería en una faceta más relajada y cercana a la farsa, gracias a un guión excepcional de los satíricos Wilder & Brackett. El éxito no se haría esperar.

Tres meses después de terminar el rodaje de Ninotchka, Lubitsch empezó a filmar The shop around de corner (1940), un filme que concluiría en apenas veintiocho días, realizada de manera secuencial –en el orden en el que vemos la película- y con un costo inferior a quinientos mil dólares. “No es una gran cinta. Es sólo una historia pequeña y tranquila... no costó mucho considerando el reparto... Espero que tenga algún encanto” –comentaba, modesto el director días antes del estreno en Nueva York, el 25 de enero de 1940. Tras su sencillo empaque se escondía una de las joyas de Lubitsch, una comedia que representaba un cambio temático y dramático frente a lo que tenía acostumbrado a su público: era hora de una comedia sobre la gente del común, sobre la vida cotidiana, lejos del lujo decadente y del oropel tapizado de dólares que ambientaba la mayoría de su cine y que distanciaban a sus personajes de lo que el publico vivía y sentía. Sin admitirlo, Lubitsch homenajeaba al cine social de Frank Capra, tan en boga en esos momentos.

El origen de la historia feliz de The shop around the corner –cuyo título sugirió la segunda esposa del director- empieza por Illatszertar, un desconocido drama húngaro compuesto por Nikolaus Laszlo, se prolonga en la adaptación que de esta fuente hiciera Samson Raphaelson, el guionista habitual y mano derecha de Lubitsch desde The Smiling Lieutenant (1931), y termina con la química entre sus actores, James Stewart y Margaret Sullavan –en el tercero de los cuatro filmes que iban a protagonizar juntos- antagonistas durante prácticamente todo el metraje, debido a una confusión de identidades de la que derivará el drama central del filme. Stewart despliega, como es habitual, su magnifica y confiable presencia fílmica, mezcla sutil de seguridad varonil y del desparpajo propio de un hijo de vecino.

Dos amigos que se contactan a través de un aviso clasificado desarrollan una armoniosa e intensa relación epistolar sin conocerse en persona, y sin presentir que trabajan bajo el mismo techo y que -como compañeros de labores- apenas si se toleran. Ella es Klara Novak (Sullavan), una vendedora, y él es Alfred Kralik (Stewart), el hombre de confianza de Matuschek y Compañía, un almacén dedicado a la venta de marroquinería y otros artículos importados, localizado en la lejana Budapest. Ambos son personas sencillas, empleados asalariados a las ordenes de un patrón con altibajos emocionales, el señor Matuschek (Frank Morgan).

Los personajes del filme, nucleados alrededor del trabajo, se comportan como una familia bajo la tutela de la figura paternal de su jefe. Prácticamente nunca los vemos fuera de su sitio de trabajo, en una preocupación del director por mostrarnos uno de los pilares de la estructura social, que estaba muy acorde con la defensa de los valores democráticos que se propugnaba en los años cuarenta. El otro factor que los aglutina son sus sentimientos, su labilidad emocional que depende de un gesto, de una llamada, de una carta, de unas palabras. Por primera vez en una película de Lubitsch, el adulterio no se ve como un gesto inteligente y libérrimo, propio de seres inteligentes por encima de toda norma social, sino como un hecho que duele y conmueve. Así mismo, la decepción amorosa es mostrada como capaz de alterar la vida de alguien, de enfermarlo y debilitarlo. Son seres a merced de sus sentimientos y alrededor de sus efectos girarán, sin poder –y sin querer- hacer nada para evitarlos. El director no se burla de su fragilidad para obtener de ella un apunte gracioso. Se conmueve de ellos y los acompaña, afectuoso y sensible, en busca de la felicidad anhelada. A su alrededor pone un grupo de personajes secundarios –encabezados por los actores inmigrantes europeos Felix Bressart y Josef Schildkraut- moldeados con simpatía y gran fuerza. Ninguno es una caricatura, son seres reales que confiaron su bienestar a otras manos y que ahora sufren. Afortunadamente el destino les deparará buenas noticias.

Aunque realizada en los californianos estudios de la MGM, parte del encanto del filme surge de la mirada nostálgica sobre un estilo de vida y sobre una Europa utópica y prospera que la inminencia de la Segunda Guerra Mundial amenazaba con destruir. Ambientada alrededor de las celebraciones decembrinas, cuando los sentimientos están a flor de piel, la película puede verse como una fábula navideña inspirada en algún texto de Dickens, donde los personajes obtienen una anhelada felicidad luego de sufrir variadas penurias. Sin embargo, más que una moraleja, lo que obtenemos es la sonrisa que surge de la comedia romántica, entendida como un género que apela al ingenio festivo para exponernos un material dramático que apunta a los sentimientos.

The shop around the corner no se destaca por sus innovaciones formales o por una novedosa técnica cinematográfica. Lubitsch lo que logra con su filme es conseguir el compromiso y el interés del espectador desde el momento en el que le revela la sorpresa principal de la trama: para su asombro, Kralik se entera que Klara es su adorada y sensible corresponsal, mientras en la cotidianeidad de su vida laboral se enfrentan en una disputa permanentemente. La situación crea un lazo emocional con el publico y genera un suspenso romántico que va a durar casi hasta la inteligente conclusión del filme. ¿Cómo va a terminar esto? ¿Cómo se va a enterar Klara? ¿Qué ocurrirá cuando lo sepa? Al hacernos cómplices de un secreto, el director nos tiene en sus manos, ansiosos por saber como se resolverá todo y eso hace inolvidable esta película llena de humanidad y encanto. "Y para la comedia humana, pienso que nunca fui tan bueno como en The Shop around the corner. Nunca hice una película en la cual la atmósfera y los personajes fueran más sinceros que en esta cinta" -expresaba el director.

La cinta fue un éxito de taquilla, obteniendo un millón trescientos mil dólares en su temporada de estreno. En 1949, sólo dos años después de la muerte de Lubitsch, se realizó un primer remake del filme, In the Good Old Summertime, un musical dirigido por Robert Z. Leonard y estelarizado por Judy Garland y Van Johnson. Luego llegaría a Broadway como She loves Me. Un segundo filme basado en The shop around the corner fue Tienes un e-mail (You´ve Got Mail, 1998) de Nora Ephron, actualizando con poca fortuna la historia hasta los tiempos del correo electrónico. Ninguna de esas versiones logró capturar la esencia del filme original, único poseedor de ese “toque” mágico, de ese secreto cautivador que Ernst Lubitsch se llevo consigo. No acepte imitaciones.

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