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Veinte años sin Truffaut

Por Luis Fernando Afanador Perez

Amo muchos directores de cine: Visconti, Buñuel, Fellini, Ettore Scola, Woody Allen, pero si tuviera que escoger solo uno para la hipotética isla desierta, no vacilaría: François Truffaut. Me gusta todo Truffaut; hasta sus películas malas.

Sin duda, Truffaut tiene un nicho asegurado en la historia del cine. No sé si grande o pequeño, pero lo tiene. Como protagonista de primera línea de esa revolución que fue la Nueva Ola (la Nouvelle Vague) ayudó con lucidez a derrumbar todos los mitos intelectuales que tenía el cine francés: que las películas debían supeditarse a la literatura (la palabra a la imagen), que los westerns, las comedias musicales -en fin: el cine norteamericano- y Alfred Hitchcok no eran importantes. Desde las páginas de Cahiers du ciema, primero, y después en la práctica, con sus obras, Truffaut, en compañía De Claude Chabrol y Jean Luc Godard propusieron una nueva estética: cine de autor -es decir libertad creadora frente a exigencias comerciales-, rodaje en exteriores e interiores naturales, iluminación con spots, cámara en la mano -sí, antes que los de Dogma-, veracidad, reportería, bajos costos y nada de estrellas.

En 1958 Chabrol realiza El bello Sergio y Truffaut, en 1959, una obra maestra: Los cuatrocientos golpes que gana en el mismo año el premio al mejor director en el festival de Cannes. Allí, Truffaut cuenta la historia de Antoine Doinel (un personaje que irá creciendo en sus películas siguientes), un niño inadaptado por el desafecto de sus padres y la indiferencia de la sociedad que se refugia en su fantasía, el vagabundeo callejero y su amor por el cine: la escena en la que se roba de un teatro el afiche de una película es grandiosa y el larguísimo travelling final que sigue Doinel escapándose del reformatorio para terminar frente al mar, mirando a la cámara inquisitivamente -acusándonos a todos-, es un momento memorable del la historia del cine.

Infancias problemáticas, búsqueda de la identidad y del amor. Los personajes de Truffaut son frágiles y tiernos pero temerarios y admirables por la forma en que abordan sus obsesiones. Son seres profundamente apasionados que no nos dejan indiferentes. Pasión desbordada por el cine, por los libros, por las mujeres, por las historias: eso es lo que abunda en las películas de Truffaut, eso es lo que las hace tan entrañables y tan cercanas a nuestra vida. En los años sesentas y setentas, en pleno furor político, las películas de Truffaut, comparadas con las de sus otros compañeros de movimiento, parecían un tanto elementales e individualistas. Sin embargo, lo podemos comprobar hoy, él es el que menos ha envejecido de todos: sus temas no eran de coyuntura sino temas de siempre. Y, formalmente, el vanguardismo de Godard, parece algo anacrónico: ha perdurado más la claridad narrativa de Truffaut.

Tres amigos (Jules et Jim) quieren vivir sin culpas un ménage à trois; a un vecino, amante de su vecina (La mujer de al lado), no le es suficiente acostarse con ella todos los días en un motel cercano y un día, delante de sus respectivos esposos, se le bota encima; un profesor quiere educar a un niño que ha crecido sin contacto con la cultura (El niño salvaje); los habitantes de un mundo futuro en el que están prohibidos los libros (Fahrenheit 451) se convierten ellos mismos en libros; la bellísima e inteligente hija de Victor Hugo (Adela H) se enamora hasta la degradación y la destrucción de un tenientucho mediocre; un hombre (El hombre que amaba las mujeres) cree que en cada mujer hay algo único, irrepetible, y decide amarlas a todas. Si lo anterior no es índice de desmesura total, no sé que más pueda serlo.

Un artista puede llevar la vida que le plazca, puede ser aventurero u oficinista, pero si en su interior no alberga una pasión desmedida por algo, está perdido: no vale la pena. El mundo de imágenes, de música, de personajes, de palabras y de amorosos y fetichistas detalles que construyó François Truffaut está imbuido de muchas pasiones absolutas que pueden resumirse en una sola: la pasión de vivir. Por eso su obra lo ha sobrevivido a él y, sin duda, nos sobrevivirá a nosotros. Y será imprescindible para los seres del futuro siempre y cuando les interese seguir celebrando la vida.

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