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Escena # 3: Quiero lo mismo de ella

Por Tomás Obregon

Tal vez debamos aceptar que Harry y Sally (1988) es un clásico del cine. Es cierto que le debe su banda sonora, su sentido del humor y sus recursos cinematográficos a la vasta obra del neoyorquino Woody Allen -su primera película fue un documental de mentiras y su comedia más conocida, Annie Hall, termina con una falsa obra de teatro en la que los personajes principales se llaman Harry y Sally-, pero también es verdad que cuando uno termina de verla, siente que todo lo que le habían dicho sobre ella era cierto: las actuaciones de Meg Ryan y Billy Cristal parecen detenidas en el tiempo (aunque son dos grandes actores uno siente, en sus películas siguientes, que no están cómodos del todo en sus papeles), la dirección de Rob Reiner nunca pierde la cordura y el magnífico guión de Nora Ephron, que se convertiría en la directora de Sleepless In Seattle y Tienes un e-mail, siempre nos dice algo de nuestra forma de enfrentar las relaciones románticas.

Una escena representa mejor que ninguna a Harry y Sally. Los dos personajes centrales han llegado a ella después de unos diez años de conocerse. La primera vez que se vieron, eran dos estudiantes adolescentes de viaje a dos universidades de Nueva York. La segunda, cinco años después, en un avión de regreso, se habían transformado en un par de profesionales entusiastas a punto de perder a sus parejas. La tercera, cinco años más allá, en una pequeña librería de Manhattan, acababan de darse cuenta de que sus vidas no iban para ninguna parte. Entonces se hicieron buenos amigos. Harry le hablaba a Sally del final de su matrimonio bajo las hojas de otoño del Central Park. Y Sally le hablaba a Harry, en los museos, del final de su romance con Joe. En la escena en cuestión, que ocurre en un delicatessen llamado Katz\'s, los dos continúan su única conversación, su único debate. Parten, de nuevo, de la pregunta ¿pueden un hombre y una mujer ser buenos amigos sin que el sexo se involucre en la relación? Se han quedado atrapados, una vez más, en aquella discusión imposible de resolver.

Sally, después de hacer su complicadísima orden (con las salsas en el borde del plato), le explica a Harry que los orgasmos se pueden fingir:

Sally Albright: La mayoría de las mujeres lo ha fingido alguna vez.
Harry Burns: Bueno, no lo han fingido conmigo.
Sally Albright: ¿Cómo lo sabes?
Harry Burns: Porque lo sé.
Sally Albright: Ah, claro, claro, es clarísimo. Se me olvidaba. Tú eres un hombre.
Harry Burns: ¿Qué significa eso?
Sally Albright: Nada. Es sólo que todos los hombres están seguros de que nunca les ha pasado y todas las mujeres lo han hecho alguna vez así que haz el cálculo.

Para demostrar su punto, Sally finge un orgasmo ahí, bajo la mirada de los comensales (lo mejor, claro, es ver la escena), sin ningún pudor a la vista. Cuando termina, completamente despeculada, cansada de sus "sí" gritados hasta el final, se come la papa frita más rica que se ha comido en su vida. Y una señora que ha sido testigo de todo le pide a una mesera: "quiero lo mismo que ha comido ella".

La idea de la escena fue de Meg Ryan. Si algo brillante tiene el guión de Nora Ephron es que reúne, sin hacerlo evidente, la experiencia vital del propio Rob Reiner (el director, autor de This Is Spinal Tap y Stand By Me, que acababa de superar un divorcio), las ideas de los dos protagonistas y del productor Andrew Sheinman, y sus propias intuiciones sobre la imposibilidad de ser felices en pareja. Ephron, cronista famosa, se hizo célebre cuando publicó el libro en el que Mike Nichols se basó para producir Heartburn. En ese volumen, se sabe, hablaba de su fallida relación con el periodista Carl Bernstein, conocido por descubrir el Watergate de Nixon. Reiner sabía, pues, que su escritura era fundamental para el largometraje.

Pero la idea de la escena de antología, la escena del orgasmo fingido, fue de Meg Ryan. Y la coreografía, porque la actriz no consiguió hacerlo divertido en las dos primeras tomas, estuvo a cargo del propio Reiner. El realizador se sentó frente a Ryan antes de filmar la tercera toma. Y le mostró, ante la mirada aterrada de todos los presentes en el set, todos los gestos, los gritos y los manoteos que quería. La madre de Reiner, Estelle, esposa del también director y actor Carl Reiner, estaba de visita ese día en el lugar de filmación. Y Billy Cristal tuvo la idea de que, una vez terminados las exclamaciones de placer, dijera las palabras: "quiero lo mismo que ha comido ella". Así fue. La moraleja es, siempre, que las escenas nos pertenecen. El autor es imposible de encontrar.

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