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Reinventando la forma de hacer películas

Por Andres Borda Gonzalez
Todo comenzó en los cincuenta. Primero fue La nueva ola, el neorrealismo italiano y el cine inglés. Mientras los franceses redescubrían el cine norteamericano que durante la segunda guerra mundial se habían perdido -rescatando las películas de Howard Hawks, de Alfred Hitchcock, de Nicholas Ray- en Estados Unidos una sensación de libertad se respiraba en la industria cinematográfica. Salían, en los sesenta, películas como Bonnie and Clyde, La pandilla salvaje, Quién le teme a Virginia Wolf; y con ellas nombres como John Cassavetes, Sam Peckinpah y Samuel Fuller se hacían populares (en parte gracias a la misma crítica cinematográfica francesa) entre los estudiantes de cine de todo el país.

Y, claro, llegaron los setenta. Y con ella llegaron también los estudiantes de cine que, fascinados, habían sido testigos y espectadores de las películas que en Francia, en Italia, y en su mismo país se estaban haciendo. No se escribió ningún manifiesto, no se pensaba cambiar para siempre la historia del cine: simplemente comenzó a surgir una especie de nueva visión cinematográfica, casi documental, liderada por fanáticos de las películas que rendían con su trabajo homenaje a los directores que más habían influido en sus vidas. Los primeros fueron Peter Bogdanovich, Francis Ford Coppola y Brian de Palma; luego vinieron Martin Scorsese, Paul Schrader, George Lucas, Steven Spielberg, Bob Rafelson, Woody Allen y, con ellos, muchos otros más.

Basta con ver Mi vida es mi vida, La conversación o Mean Streets para saber exactamente qué quiere decir "cine de los setenta". Dándose mucha libertad en cuanto a estructura narrativa se refiere, con actores nuevos y desconocidos en su tiempo (Robert de Niro, Jeff Bridges y Harvey Keitel son algunos de los muchos actores que surgieron en esta década), los directores de esta nueva generación se preocupaban más por imprimir en sus trabajos una visión personal que por entretener al público. John Cassavetes fue prácticamente el inventor del llamado "cine independiente", y fue la imagen a seguir y el maestro de algunos de estos directores: Scorsese, por ejemplo, cita a menudo una frase que éste solía decir a sus alumnos: "¡Si uno quiere hacer una película no ha de temer a nada ni a nadie!".

Los setentas, podríamos decir, comenzaron en el sesenta y nueve con Vaquero de medianoche y Easy Rider. La primera, de John Schlessinger, cuenta la historia de Joe Buck, un hombre que viaja a Nueva York con la intención de convertirse en un gigoló. La película ganó tres premios Oscar, incluyendo mejor película, y fue sin embargo censurada como "pornográfica". Easy Rider, por otro lado, se convirtió rápidamente en una película de culto entre los motociclistas y los jóvenes, y en ella el público comenzó a reconocer a Jack Nicholson, a Peter Fonda y a Dennis Hopper, tres actores que, con el tiempo, se convertirían prácticamente en íconos del cine.

En el setenta aparecieron, entre muchas otras producciones, tres de las películas más influyentes de su generación: Patton, dirigida por Franklin J. Shaffner, escrita por Coppola, y protagonizada por George C. Scott, tiene una de las escenas más memorables de la filmografía de su director; Five Easy Pieces de Bob Rafelson, con Jack Nicholson, enseñó que las películas no necesitaban, para ser contadas, grandes historias pero sí buenos personajes; y M*A*S*H, la primera gran película de Robert Altman, es también la primera aparición importante de Donald Sutherland en el cine.

1971 fue un año aun más emocionante. Las carreras de Peter Bogdanovich, Steven Spielberg, Woody Allen y William Friedkin despegaron con películas como El último espectáculo, El duelo, Bananas y The French Connection. Así mismo, el mundo tuvo la oportunidad de ver dos de las obras más controversiales de la historia del cine, La naranja mecánica de Stanley Kubrick, y Perros de paja de Sam Peckinpah, que con el tiempo han ganado su propio público. Clint Eastwood hizo, además, su debut como director con Play Misty for Me.

El 72’ y el 73’ son, probablemente, dos de los años más importantes de la historia del cine. El estreno de la primera parte de El padrino, junto con Deliverance de John Boorman (una película invisible que, con su realismo, llega a ser más aterradora que la mayoría de las películas de su época) y Cabaret de Bob Fosse (la cual revolucionó y cambió la manera de hacer musicales), marcaron los hitos más importantes del 72’. En el 73’ Martin Scorsese se reveló al mundo con Mean Streets, una película sumamente personal que logró convertirse en una de las producciones más innovadoras de su época a nivel cinematográfico (el uso de dos narradores y la fuerza narrativa de la música son dos de los aportes de la película). Robert de Niro, con ella, fue reconocido por primera vez, y fue gracias a esta película que más tarde Coppola lo contrataría para hacer El padrino II. En este año, además, salió El último tango en París de Bertolucci (la cual, según la crítica de cine Pauline Kael, partió la historia del cine en dos); American Graffiti de George Lucas, por otro lado, revelaría una nueva forma de hacer cine autobiográfico; El último detalle de Hal Ashby demostraría la versatilidad y el talento de Jack Nicholson como actor; y El exorcista de William Friedkin se convertiría en una de las películas más míticas y parodiadas del cine de terror.

Tras este gran comienzo sólo quedaba esperar qué más les quedaba por hacer a todos estos directores casi desconocidos para el mundo. Aparte de ellos estaban también Brian de Palma con la famosa Carrie, Spielberg con Tiburón (quien, con sus películas, ha mostrado otra forma de hacer cine de cinéfilo diferente a la realizada por Scorsese y por Sergio Leone), Sydney Lumet con Network, Milos Forman con Atrapado sin salida (uno de los clásicos más originales y curiosos de los setenta), Michael Cimino con The Deer Hunter, y muchos otros.

El resto del mundo, que aparentemente había iniciado su revolución cinematográfica en los cincuenta, no se quedaba quieto. A finales de los sesenta había comenzado en Alemania el llamado Nuevo cine alemán liderado por Wim Wenders, Rainer Werner Fassbinder, Werner Herzog y Wölker Schlondorff: Aguirre, la ira de Dios hizo que Truffaut considerara a su director como el más importante de la década. En Italia los directores del neorrealismo seguían trabajando intensamente (aunque no tanto como en los cincuentas y sesentas), y de este trabajo surgió el clásico de Fellini Amarcord. Por otro lado, las películas de Mario Bava y Darío Argento habían generado una nueva tendencia cinematográfica en Italia, el cine de terror, que inspiraría más adelante a directores norteamericanos como John Carpenter y Tobe Hooper a reinventar el género en su propio país con Halloween y La masacre en Texas. Ingmar Bergman, que no había parado de trabajar desde los cuarenta, hizo también Gritos y susurros y Sonata de otoño, dos de las películas más importantes y significativas de su carrera.

Taxi Driver, Supermán, La guerra de las galaxias, Una mujer bajo influencia, Rocky, Apocalypse Now, Barry Lyndon, La vida de Brian y Annie Hall son algunas de las películas que no alcanzamos a nombrar. Y son muchas, muchas más las que faltan. Los setenta es uno de los periodos más emocionantes y complejos del cine, y también uno de los más estudiados. El cine norteamericano que hoy en día conocemos nació, de alguna forma, en esa época. Paul Thomas Anderson, Alexander Payne, Soffia Coppola, Quentin Tarantino y Wes Anderson son algunos de los directores contemporáneos que pueden dar testimonio de esto. Ojalá nosotros encontremos las películas de esta década tan inspiradoras y emocionantes como lo hicieron ellos.

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