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El cine y los años 70s: crónica de un testigo

Por Luis Fernando Afanador Perez
Ninguna época es uniforme y los años 70s no son la excepción. Si uno mira en la distancia el cine que se veía en aquellos años, pueden encontrarse con muchas tendencias: igual que ahora, igual que siempre. Sin embargo, es indudable que esos años fueron marcadamente políticos y el cine que vimos y que nos gustaba, las películas que fueron para nosotros "las grandes películas", estaban impregnadas de política.

Amor y anarquía de Lina Wertmuller: esa emotiva historia de una anarquista (Giancarlo Giannini), que no era más que un pobre campesino que había llegado a Roma nada menos que para matar a Mussolini y se enamoraba de una prostituta (Mariangela Melato), que era su enlace para la operación (por supuesto, fallida). Y también, otras de la Wertmuller: A la deriva y Arrasados por un insólito destino en el mar mediterráneo, esta última sobre una burguesa y un obrero (otra vez la pareja Mariangela y Giancarlo) que naufragan en una isla y se enamoran apasionadamente hasta que son rescatados y todo cambia: ella recupera su condición de burguesa y lo abandona: contundente lección sobre las clases sociales y las relaciones de poder en el amor.

Y claro Z, Investigación de un ciudadano sobre toda sospecha, Memorias del subdesarrollo (la cubana que, bien vista, permitía ver muy claro que la revolución no iba por buen camino) y el documental Fascismo ordinario: canónicas. Pero éstas ya eran demasiado políticas y queríamos algo más: calidad artística, amor, sexo y problemas existenciales: toda la esfera privada y "pequeñoburguesa"que la militancia nos quería reprimir. Los 70s fueron una época de transición. La política era importante pero empezábamos a cuestionarla, a presentir que no era la respuesta a todo. Entonces, política y algo más. Como en la inolvidable Nos amamos tanto y Un día muy especial de Ettore Scola, El conformista y Novecento de Bertolucci, El fantasma de la libertad y El discreto encanto de la burguesía.

El reprimido apetito existencial quedó más que saciado con las películas de Bergman vistas en ciclos completos de cine club: Gritos y susurros, Escenas de la vida conyugal, Persona, El séptimo sello, La pasión de Ana, Vergüenza. Y, por si esto no fuera suficiente, ahí estaban El muelle de las brumas, de Marcel Carné (anterior pero descubierta en esa época), El extranjero y Muerte en Venecia, de Visconti que de paso con su Ludwig, la pasión de un rey, nos metía de cabeza en el esteticismo puro que ponía entre paréntesis al realismo socialista.

Afirmación rabiosa de lo personal (hoy día parece algo ridículo pero fue toda una heroica conquista para nosotros). Ahí, en esa reafirmación categórica de nuestra pasiones, es donde surge, inmenso, François Truffaut. Jules et Jim, Historia de Adéle H. Cada película de Truffaut es la expresión desmesurada de una obsesión: el hombre que amaba el cine, el que amaba a las mujeres, el que amaba los libros. Y, claro está, de la infancia: La piel dulce y Los 400 golpes. Así, con ese gran libertador, pudimos descubrir y apreciar en toda su belleza esa oda al mundo de la infancia que es Amarcord, de Fellini, y de la amistad, que es Amigos míos, de Mario Monicelli (daría mi vida por volverla a ver).

Se vivía el cine como algo muy importante y definitivo, lo cual era bueno, sin duda, pero se sacrificaba al cine como entretenimiento. Era el culto del cine europeo y la satanización de Hollywood. Prohibidas Aeropuerto, Tiburón, Love Story, El mundo está loco, loco. Prohibidas y por lo tanto más gozadas: en secreto. Prohibido lo rosa: Un hombre y una mujer, de Claude Lelouch (prohibido Lelouch). Había, no obstante, una excepción a aquella tiránica regla: las películas de vaqueros. Por unos dólares más, Por un puñado de dólares y la impresionante Pandilla salvaje de Sam Peckimpah. Por ahí se coló el buen cine norteamericano: Vaqueros de medianoche, El último deber, Maridos, Barrio Bohemio, Mi vida es mi vida, American Graffitti. Apenas la punta del iceberg de una tradición que hubiera sido un error imperdonable desconocer porque nos llevaba directo a un gran descubrimiento: la época dorada de Hollywood de los años 40 y 50 (no es necesario citar directores ni películas: todos las conocen). Quedaba despejado el camino para apreciar, en toda su magnitud de gran cine, películas como El Padrino. (Hair y 2001, odisea del espacio: de directores europeos en Estado Unidos, ¿merecen un capítulo aparte?).

Así como conquistar lo personal fue un gran logro de esos años, también lo fue apropiarnos de la cultura baja o "pop". Disfrutar sin culpa el cine de entretinimiento, la televisión con sus seriados y telenovelas, los comics, la radionovelas, las revistas, que ya hacían parte de nuestro entorno y que resultaba ridículo negar. Gozarla a partir de una reelaboración irónica -como no lo enseñaron Manuel Puig y Guillermo Cabrera- y sin hacer una idolatría a ultranza, como se vive ahora, cuando se pretende hacer de ella un modelo tiránico que arrase con todo lo que tenga un atisbo de profundidad o de cuestionamiento, o un leve sabor a gran cultura. El cine como arte o el cine como entretenimiento: no importa siempre y cuando haya calidad. Un amplio registro, pero en el que no todo vale: ese sería para mí el gran legado de los maravillosos 70s.

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