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Woody Allen y el blues de los efectos secundarios

Por Tomás Obregon
En Desmontando a Harry, la última película de Woody Allen, un escritor descubre que la realidad es insoportable y que la ficción es la única carta que le queda para no volverse loco. Aún más: descubre que la realidad no tiene ningún sentido y que sólo la ficción, sólo los relatos imaginados o soñados, pueden hacerla verosímil.

La vida de Harry Block, el escritor del que hablamos, es algo parecido al infierno. Los hechos se suceden unos a otros, y él no logra hacer parte de nada, como si en algún punto de su vida se hubiera dado cuenta de que su destino sería el de errar y errar hasta la muerte, con el único objetivo de convertir en cuentos y novelas su navegar sin un puerto en mente, y sus constantes traiciones y mentiras. Pero Harry Block no es sólo un escritor que basa sus relatos en su propia incapacidad para vivir la vida de este mundo. Es, además, un obseso sexual que ha vencido el insomnio gracias a una pasión desmedida por las relaciones con prostitutas y con todas aquellas mujeres que le ayuden en su empeño inconsciente de no comprometerse con ninguna vida aparte de la suya, para, de paso, marginarse del mundo que le ha tocado vivir. Y, en ese momento de su vida, el momento que narra la película de Woody Allen, Harry Block, después de publicar su última novela autobiográfica, vive una especie de larga pesadilla. Es una larga pesadilla, no cabe la menor duda: Harry sufre un bloqueo de escritor que no parece tener salida inmediata, y una antigua amante, la hermana de su primera esposa, lo amenaza con suicidarse o con matarlo cuando descubre que el escritor ha utilizado su romance a escondidas para uno de los capítulos más divertidos de su última novela; su mejor amigo ha decidido casarse con la que fuera su novia, y Harry ha descubierto, al oír la noticia, que, a pesar de que nunca la quiso mientras estuvieron juntos, existe la posibilidad de que al fin se haya enamorado de ella; además, se enfrenta por enésima vez a su hermana, que no resiste que odie sus orígenes judíos y no puede creer que la haya utilizado como inspiración para uno de sus cuentos despiadados; y finalmente, la Universidad de la que muchos años antes fue expulsado, ha decidido homenajearlo y, como su segunda esposa no lo deja ver a su hijo, se le ha ocurrido secuestrar al niño para que éste recupere la fe en su padre y se de cuenta, de una vez por todas, que existe algo en el mundo que el que le dio la vida sabe hacer bien, algo por lo que se le quiere y se le respeta.

Desmontando a Harry comenzó a filmarse en septiembre de 1996 y se estrenó a finales del año pasado en Estados Unidos. Como "Annie Hall", se trata de una comedia narrada desde la cabeza de su personaje principal, de tal manera que los eventos de la realidad de Harry Block se encuentran ordenados a partir de la forma en que el escritor se imagina sus propios relatos de ficción. Cada cosa que ocurre en la vida de Harry, tiene una respuesta en su imaginación. Cada error cometido en la realidad, tiene un castigo en la ficción. Cada problema inexpresable en la vida cotidiana, tiene una salida en sus cuentos y sus novelas. La película cuenta, como suele suceder con las películas de Woody Allen, con un reparto incomparable: mientras el propio Allen demuestra que nadie más que él podría haber interpretado a Harry Block, Judy Davis, Billy Cristal, Robin Williams, Elizabeth Shue, Kirstie Alley, Richard Benjamin, Mariel Hemingway, Amy Irving, Julie Kavner, Julia Louis-Dreyfuss y Stanley Tucci, demuestran en un par de minutos, cada uno, por qué se encuentran entre los más importantes actores del momento.

Gracias a este reparto, a un libreto cercano a la genialidad y a su eterno equipo de colaboradores, Woody Allen ha conseguido, nuevamente, hacer una pequeña obra maestra. Desmontando a Harry es una de sus comedias que hacen reír desde el primer hasta el último minuto de su proyección, pero que en la memoria se nos aparece como una historia supremamente triste. Se trata de la misma sensación que puede producirnos la última escena de La rosa púrpura del Cairo, Broadway Danny Rose, Crímenes y delitos menores, o Poderosa Afrodita. Es la sensación de que, como en las tragedias griegas, al final de las películas de Woody Allen, el río ha vuelto a su cauce; es la idea de que, después de la crisis y el desastre, después de la magia y la locura, la vida de los personajes de Allen ha regresado al equilibrio, pero que ese regreso ha ocurrido a pesar de sus propias almas, en contra de sus esperanzas y de sus posibilidades de alcanzar la felicidad.

Desmontando a Harry se estrenó en Europa durante el primer semestre de este año al mismo tiempo que Wild Man Blues, un documental dirigido por Barbara Kopple en el que las cámaras siguen a Woody Allen durante la gira que su banda de jazz realizó por varias ciudades europeas. El documental, por supuesto, no es una película usual: ha sido producido por el mismo equipo que produce las películas de Allen y presenta, casi que por primera vez, al Woody Allen real, al ser humano que se enamora, escribe, filma e interpreta el clarinete y que no parece hecho para las cosas cotidianas sino, precisamente, para darle paso al momento en el que la realidad se convierte en ficción. Que Woody Allen haya permitido la realización del documental no es una sorpresa; es, por supuesto, una forma de decir que Harry Block y Woody Allen, a pesar de todas las diferencias, tienen algo en común: que ninguno de los dos soporta los efectos secundarios de la realidad; que ambos dependen de los trucos; que sus obras son como el blues, que nos divierten mientras las oímos y nos entristecen cuando las recordamos; que los dos escriben porque la vida sería peor si no lo hicieran.

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